viernes, 10 de enero de 2025

"Grande es su fidelidad y cada mañana se renueva" (Lamentaciones 3.22-24), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

12 de enero, 2025


Por la misericordia del Señor

no hemos sido consumidos;

¡nunca su misericordia se ha agotado!

¡Grande es su fidelidad,

cada mañana se renueva!

Lamentaciones 3.22-23, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo 

El tema central de la tercera lamentación sigue siendo el mismo: Dios es quien castiga con justicia los pecados, pero también es el único que puede salvar. El hecho de que esta lamentación esté redactada casi toda ella en primera persona del singular ha multiplicado las opiniones de los investigadores al respecto: ¿Habla el profeta Jeremías? ¿Sión personificada? ¿El rey Joaquín o Sedecías? Sea quien sea, es la persona concreta quien mejor y más profundamente expresa el dolor y la súplica, el reconocimiento de sus pecados y su esperanza en la misericordia divina, su propio ser y su pertenencia a un pueblo.[1]

La expresión del dolor humano individual o colectivo ha encontrado cauces poéticos y religiosos que permiten, al nombrarlo, proponer posibilidades de superación a fin de reencontrarse, como sucedió con el pueblo de Dios en el sitio de Jerusalén, con las promesas antiguas de la divinidad que debían actualizarse y ser experimentadas de una manera nueva y desafiante. En Lamentaciones 3 a la descripción de lo hecho por Dios le siguen palabras de alabanza y confianza en que Dios protegerá a quien clama a él. El responsable de lo sucedido es Dios mismo “y nada se asume como el fruto de la acción de fuerzas extranjeras, luchas políticas entre naciones ni tensiones internas que pueden haber ayudado a crear las condiciones para la invasión. La interpretación teológica prima sobre otras posibles debido a que al autor no le interesa cargar sobre los extranjeros sino poner en evidencia la ruptura de la alianza y la concreción de la acción de Dios largamente anunciada”.[2] La memoria tendrá un lugar muy importante (vv. 19-20) para remontar el sufrimiento: “En el v.19 lo que el orante pide a Yahvé es que recuerde su ‘aflicción’ y su ‘vagar’”.[3]

Asomarse a la ternura divina renovada continuamente (vv. 21-22)

A las amargas palabras de la primera parte de poema le sigue un giro que desembocará en una auténtica catarsis, propia de una persona que, como parte de la comunidad, habla en su nombre. Asume así una voz colectiva que puede asomarse, con base en la fe acumulada y ansiosa, a la naturaleza perdonadora y misericordiosa de Yahvé: “Ahora [el orante] deja de centrarse narcisistamente en su persona y se dispone a dar una lección sobre el amor de Yahvé y la actitud de los dolientes ante su sufrimiento (vv. 22-31). El tono es abiertamente didáctico. No se niega el dolor, sino la soledad que suele acompañarle. El amor de Yahvé se cierne sobre el dolor, dispuesto a suprimirlo: ‘No se complace en afligir’” (v.33). estamos delante de un caso en que la aflicción se resuelve en la ternura divina que se renueva cada día.[4]

En medio de la circunstancia emocional tan deprimida, surgen las primeras palabras de esperanza, que van a ser, en sentido estricto, el centro estructural y teológico de todo el libro: “Sé que no hemos sido destruidos / porque Dios nos tiene compasión. / Sé que cada mañana se renuevan/ su gran amor y su fidelidad. / Por eso digo que en él confío; / ¡Dios es todo para mí!” (22-24). A partir de ahí el lenguaje cambia, pero además se va a establecer una reflexión teológica consistente para colocar el pacto antiguo en una nueva dimensión de trato hacia el pueblo que se puede calificar de dialéctica. La afirmación de confianza es eminentemente individual (24) y de allí se parte para exhortar a los demás a confiar en Yahvé, aunque con una mirada nueva de la fe, de la historia, de la vida completa (25). La espera de la salvación debe ser paciente y deben aprenderse las lecciones desde la juventud (26-27), etapa de hondo aprendizaje, pues el sufrimiento puede afrontarse desde el silencio cuando Dios lo ordena así (28, 29-30). La actitud propuesta es definitivamente mística, contraria al exceso de palabrería de otros momentos, ante la que bien vale la pena recuperar lo que la propia Escritura afirma en otros lugares (“calle delante de Él toda la tierra”, Hab 2.20; “sean pocas tus palabras”, Ecl 5.2).


La misericordia/ternura de Dios se renueva cotidianamente (vv. 23-24)

Desde sus recuerdos personales el creyente se levanta para afirmar con total certidumbre que “la misericordia de Yahvé no ha acabado, / que no se ha agotado su ternura” (22),[5] la esperanza ha renacido. La memoria del poeta es la que lo sacará del pozo sin fondo en el que se abate con desesperación. Ofrece tres términos para definir con exactitud la acción salvífica de Dios: misericordia (hesed), ternura [rahamim, “entrañas”, “cariño”] y fidelidad (emunáh). El primero, se deriva también en “lealtad”, “compromiso” como parte del pacto. El segundo, define los sentimientos compasivos de Dios. El tercero, se asocia también a la teología del pacto, se puede traducir también como sinceridad, honradez, rectitud.[6] Todas esas cualidades del Dios del pacto no se han agotado y, por el contrario, se renuevan cada día: “Las tres ‘virtudes’ divinas se hallan por encima y más allá de sus correspondientes humanas, ya que no pueden agotarse o desgastarse, pues día a día vuelven a ser estrenadas por Yahvé. El poeta nos ofrece una confesión-resumen: ‘¡grande es su fidelidad!’, que podría traducirse: ‘¡su fidelidad es ilimitada!’”.[7]

La reacción del creyente que ora es exultante: “Por eso digo con toda el alma: / ‘¡El Señor es mi herencia, y en él confío!’” (24). Nuevamente la voz individual se impone y ahora la heleq, “herencia”, “parcela” o “destino” inclusive, en su vertiente teológica, aparece como la concentración de todo lo expuesto: “La persona religiosa cultiva en su interior la convicción de que Yahvé es ‘lo que mejor le podía tocar en suerte’: en Él encuentra refugio y seguridad; en Él se apoya su proyecto humano”.[8] Dios es su destino absoluto en la historia personal y colectiva. 

Conclusión

A la primera impresión que producen los versos iniciales de Lam 3 mediante una descripción minuciosa del sufrimiento y de la pérdida experimentada e incluso de ver a Dios casi como un enemigo, como alguien que no ve su dolor y que lo persigue encarnizadamente le sigue una conclusión admirable y edificante: 

Pero luego de este largo relato del dolor, en el límite con la desesperanza, algo emerge en el corazón de esta persona (vv. 19-21). Y esto no es  casual: él  ha  decidido traer a su  corazón una experiencia, la memoria le hace presente algo que significa mucho para él. Es la reserva de fe, la tradición creyente de su pueblo en la que fue educado y que está presente en su corazón, en la que él parece apoyarse ahora. La memoria de este Yahvé que nunca abandona, lleno de ternura, de un inmenso amor para su  pueblo, que lo rescató y lo sigue rescatando. En medio de este camino de angustia y dolor  máximo, donde se encuentra cara a cara con la muerte, él ha podido divisar una luz.[9] 

Ésa es la gran enseñanza sapiencial de Lamentaciones 3: “Un ser humano sufre, prueba el dolor hasta sus dimensiones liminales. En esa “vía dolorosa” siente que lo va perdiendo todo, ya no le queda nada. Hasta su propio proyecto de vida está desdibujado, no encuentra sentido a lo que vive […] Busca que la comunidad llore con su llanto, y, de ser posible, llegar hasta el mismo Yahvé, para que lo mire y escuche. Y eso ya es algo”.10


[1] Luis Alonso Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo. Bilbao, Misioneros Claretianos-Mensajero, 2008, pp. 1254-1255.

[2] Pablo Andiñach, “Lamentaciones”, en Introducción hermenéutica al Antiguo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2012, pp. 474-475.

[3] Mónica Leticia Batista, De la aflicción a la ternura que se renueva cada día. Lamentaciones 3.1-39. San José, Universidad Bíblica Latinoamericana, 2014 (Aportes bíblicos, 18), p. 67.

[4] Ibid., p. 74.

[5] Víctor Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2014, p. 272.

[6] Ibid., p. 273.

[7] Ibid., p. 274.

[8] Ibid., p. 275.

[9] M.L. Batista, op. cit., p. 85. Énfasis agregado. 10 Ibid., p. 87.

viernes, 3 de enero de 2025

"Yo soy aquel que ha visto la aflicción..." (Lamentaciones 3.1-12), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

5 de enero, 2024


Yo soy el que ha sufrido

el duro castigo de Dios.

Él me forzó a caminar

por los caminos más oscuros;

no hay un solo momento

en que no me castigue.

Lamentaciones 3.1-3, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo: 1. historia 

En 588 a.C., el rey Sedecías suspendió el pago de tributos a Babilonia. En 586 a.C., después de año y medio de cerco, los oficiales de Nabucodonosor conquistaron, incendiaron Jerusalén y destruyeron el templo. Fue el fin del Reino de Judá. Sedecías fue apresado y llevado con el segundo grupo de deportados a Babilonia (2 Re 25.7). Lo reubicaron junto a los expatriados del 597 a.C. Estos acontecimientos, que dan pie a las Lamentaciones, se narran en el Segundo libro de los Reyes y en Jeremías 39 y 52, y se transforman en una visión en Ezequiel (Ez 9).[1]

 

Éste es el trasfondo histórico del libro de las Lamentaciones, escrito aproximadamente entre el 586 y el 575 a.C., durante o poco después de la caída de Jerusalén. Aunque el original hebreo no indica nada que lo relacione con Jeremías, la referencia al profeta aparece en la Septuaginta, en una nota que afirma: “Sucedió cuando Israel fue llevado cautivo y Jerusalén fue asolada, que Jeremías, llorando, se sentó y entonó esta lamentación sobre Jerusalén, diciendo...”. Lo cierto es que varios poetas, hombres y mujeres, hicieron del suceso el tema de sus textos. Según Kathleen O’Connor, el trabajo mayormente debió ser realizado por mujeres,[2] pues la tradición depositaba en ellas “el arte de la lamentación”, de lo cual hay evidencia en el libro de Jeremías (9.17-21; 31.15). 

Trasfondo: 2. Literatura

“También de dolor se canta”: así tituló el Dr. Alfredo Tepox Varela una charla inolvidable acerca de las características literarias y poéticas de las Lamentaciones.[3] Con justa razón, porque este libro es un gran lamento ejecutado con una enorme creatividad y pulcritud. Estamos ante un evidente caso de “poesía teológica”, lo cual exige, además de una sensibilidad específica para abordarla, el respeto por sus características formales y expresivas (es un acróstico), lo que produce también una serie de requisitos para acceder a su contenido y mensaje. Su lenguaje realista, hiperrealista incluso, y la manera en que despliega las observaciones y los diversos temas, lo convierte, de entrada, en una profunda elegía o endecha (en griego, threno), es decir, en un poema triste que se lamenta por la muerte de la gran ciudad de Jerusalén, como si fuera una persona, y por la crisis humanitaria experimentada por el pueblo ante el sitio de la misma.

En ella caben “la descripción de rasgos sueltos, la transposición imaginativa, los lamentos, las súplicas, las preguntas desconcertadas, la exhortación. Todo ello suministra riqueza y variedad de materiales”.[4] La primera lamentación destaca el sufrimiento como consecuencia de la propia culpa; la segunda muestra a Yahvé como enemigo que ha destruido a Sión en el día de su ira; la tercera, que se confía en Yahvé en medio del dolor, porque es misericordioso; la cuarta, que el sufrimiento corresponde a la culpa, pero que el tiempo de sufrir ha terminado; y la última es una oración para salir de la miseria.


Trasfondo: 3. Mensaje

 

El lenguaje característico del profeta a la hora de arremeter contra la insensibilidad y la negación monárquicas es el lenguaje de fa aflicción, la retórica que mueve a la comunidad a asistir afligida a un funeral que no quiere aceptar. En realidad, se trata de su propio funeral. Cada vez me ha impresionado mas la capacidad del profeta para hacer uso del lenguaje elegíaco y de la creación simbólica de una escena funeraria como modo de visibilizar lo que el rey debe y no quiere ver. Y creo que la aflicción y el lamento, ese llanto patetico (con «pathos»), es la forma extrema de crítica, porque anuncia el inevitable final de todo el montaje monárquico.[5]

 

La Tercera Lamentación, un acróstico perfecto, puede dividirse en tres partes bien definidas: la experiencia individual del dolor (vv. 1-20); la esperanza en la misericordia de Dios (vv. 21-39); y una súplica individual y colectiva (40-66). El tema central es el mismo de todo el libro: Dios es quien castiga con justicia los pecados, pero también es el único que puede salvar. Está redactada en primera persona, por lo que la voz que habla “expresa el dolor y la súplica, el reconocimiento de sus pecados y su esperanza en la misericordia divina, su propio ser y su pertenencia a un pueblo”.[6] El hablante asume como propio el dolor por lo sucedido hasta ese momento, de manera directa sobre él y así se presenta: “Yo soy el que ha sufrido / el duro castigo de Dios. / Él me forzó a caminar/ por los caminos más oscuros; / no hay un solo momento / en que no me castigue” (vv. 1-3). Su situación es trágica, de muerte (vv. 4-6), al grado de que “Se niega Dios a escucharme” (v. 7). El Señor ha encaminado sus fechas sobre él y, literalmente, lo acosa (8-15). La sensación es de derrota total por causa de esta actuación divina (v. 16) y “la felicidad es sólo un recuerdo” (v. 17). En el extremo del desencanto no duda en decir: “Me parece que de Dios / ya no puedo esperar nada” (18). Por ello, el ánimo está perdido (vv. 19-20). 

Conclusión

Si en otros lugares del AT, se cuestiona, así sea implícitamente, el pacto de Dios con el pueblo (Job, Ester, Eclesiastés), aquí la recuperación del mismo es agónica, es decir, se interpreta como una situación crítica que impacta en el corazón mismo de Dios para garantizar la permanencia de la alianza en el marco de la fidelidad divina indiscutible, pero sin olvidar al socio humano que, a pesar de sus desobediencias, seguirá siendo la contraparte de este convenio de amor, compasión y justicia. La voz individual y colectiva expresará de manera doliente lo sucedido en la historia, pero con una profunda esperanza en que Dios actuará para superar la circunstancia presente. Leído en la fiesta del día nueve del mes Av, día de duelo por la destrucción del templo, el libro proyectaba la ansiedad del pueblo para salir de la tragedia nacional. “El libro de las Lamentaciones no se agota en cantar las tristezas sino que dice mucho sobre la fe y la esperanza y muestra que es posible construir un discurso sanador a partir de la angustia. Este libro es un ejemplo de cómo la experiencia de profunda desazón puede no conducir al vacío sino por el contrario a impulsar a pronunciar la palabra que permita dar sentido la vida”.[7]



[1] Pinky Riva, “Meguilat Eijá. El libro de las Lamentaciones”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 67, 2010/3, p. 66, www.centrobiblicoquito.org/images/ribla/67.pdf.

[2] K. O’Connor, Kathleen, “Lamentations”, en Carol A. Newsome y Sharon H. Ringe, eds., Women’s Bible Commentary, Louisville, Westminster John Knox, 1992, 1998.

[3] A. Tepox, “También del (sic) dolor se canta”, Sociedad Bíblica de Guatemala, 21 de mayo de 2020, www.youtube.com/watch?v=kneta82pp8c&t=8s.

[4] P. Riva, op. cit., p. 67.

[5] Walter Brueggemann, La imaginación profética. Santander, Sal Terrae, 1986, pp. 60-61.

[6] P. Riva, op. cit., Ibid., p. 77.

[7] Pablo Andiñach, “Lamentaciones”, en Introducción hermenéutica al Antiguo Testamento. Estella, Verbo Divino, p. 476.

martes, 31 de diciembre de 2024

Siempre tomados/as de la mano de Dios (Salmo 103.1-19), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

31 de diciembre, 2024 


El Señor se compadece de los que le honran

con la misma compasión del Padre por sus hijos,

pues él sabe de qué estamos hechos,

¡él bien sabe que estamos hechos de polvo!

Salmo 103.13-14, Reina-Valera Contemporànea


¿Qué tiene de extraño si lo conoce todo? Pero su modo de conocer nuestro barro fue asumirlo por amor.

Gregorio Magno (540-604)

 

Trasfondo

No cabe duda de que, cuando la fe procesa adecuadamente las acciones de Dios en la vida, la visión se ensancha y permite comprender mejor su voluntad. Salmos como el 103, un auténtico monólogo inicial en el que quien habla se presenta ante la eternidad divina con una sana conciencia y con buena claridad acerca del camino de salvación realizado por Dios, expresan la sensación de gratitud que brota de un corazón sincero. Al hablar así, la persona o la comunidad se proyectan en el tiempo y alcanzan el estatus de ”clásicos de la espiritualidad bíblica” al volcar en esas palabras repetidas por las generaciones posteriores toda una experiencia común de fe. “

 

No existe un salmo en el que la misericordia del Señor sea descrita con términos más dulces que los del Sal 103.11ss y 17. La comparación del Padre misericordioso hacia los hijos (13) alcanza la ternura de la parábola del hijo pródigo de Lc 15. La diferencia es que sólo Jesús nos ha revelado plenamente cómo Dios es Padre y nos ha hecho hermanos suyos. […] De ahí se pasa a la sublime descripción de la misericordia de Dios Padre en el himno colectivo (vv. 7-18), que la comunidad cristiana saborea superando los propios dolores, las propias miserias y los mismos inevitables conflictos internos.[1] 

La voz interior de la fe (vv. 1-5)

La invitación interior (“¡Bendice, alma mía al Señor! / ¡Bendiga todo mi ser su santo nombre!”, v. 1) es parte de un desdoblamiento interior de observación psicológica bien conocido y practicado en el Salterio:[2] quien ora se incita a sí mismo para valorar todo lo que ha hecho Dios por él en un recuento puntual: perdón y sanación (3), rescate y favores misericordiosos (4), alimento y renovación de fuerzas (5). “Es una auténtica movilización personal” de quien habla: todo el ser es convocado a celebrar el nombre santo del Señor Dios. Pues ha sido rescatado de la fosa: “Inundado de gozo agradecido, trasciende su experiencia personal y se abre a un horizonte más amplio. [...] Podemos imaginar que un judío devoto medita la definición clásica del Señor 'compasivo y clemente' (8), y la proyecta a su experiencia personal, a la de su comunidad nacional, a la condición humana” (Ídem). 

La voz plural de la comunidad (vv. 6-10)

“También podemos imaginar como arranque un hecho nacional: los desterrados 'oprimidos' han vuelto a la patria” (Ídem). La fecha posterior la exilio es muy probable porque no se mencionan Sión ni Jerusalén y la palabra "oprimidos" puede ser general. La justicia divina ha sido una constante y permanente su intervención a favor de "los que sufren por la violencia" (6). “Hacer justicia al oprimido es defender sus derechos, liberarlo del opresor. Por el resultado es acto de misericordia y compasión” (Ídem). La misericordia y clemencia del Señor ha sido patente (8a), la clásica fórmula lo expresa con claridad: “…es lento para la ira, y grande en misericordia” (8b). Aquí se repiten los títulos de Éxodo 34.7: “misericordioso y piadoso”. La hésed, su amor-fidelidad, es “democratizada” pues se sobreponen la davídica y la sinaítica para beneficio del pueblo en medio de las situaciones más dolorosas que viva.

Se reconoce que Dios ha sido magnánimo pues no ha reprendido todo el tiempo (9) ni ha castigado como el pueblo lo merecía (10) con todo y sus desobediencias. “Sí acusa y pleitea y se irrita, pero no perpetuamente; sí paga y castiga, pero no como merecemos. El destierro superado es prueba de ello. [...] La medida del castigo no es el delito, porque su justicia está temperada y superada por la misericordia” (Ídem). 

"Bien sabe que estamos hechos de polvo" (vv. 11-14)

Los contrastes de los vv. 11-12 (distancia entre cielo-tierra, oriente-occidente) sirven al Salmo para enfatizar la misericordia de Dios y el perdón por las rebeliones. “Si el destierro ha sido un 'alejar' a los culpables de la patria (Jr 27.10; Ez 11.16), el perdón es un 'alejar' el pecado hasta fuera de alcance” (Ídem). Ello también es muestra de su condescendencia pues Él sabe muy bien que “estamos hechos de polvo” (14) y “se acuerda”. El contraste con su eternidad es crucial: “Con los términos de alfarería ysr y 'ypr fabrica el poeta su imagen. Además de padre, Dios es el alfarero que toma la arcilla y la modela. Nadie como él conoce el material empleado y el modelado impreso. Pues bien, Dios ha trabajado con barro, y el modelado ha resultado lo que dice Gn 6.5, antes del diluvio. Porque conoce como nadie, Dios comprende y perdona. Nuestra fragilidad de cerámica, nuestra contextura que cede, es nuestra mayor ventaja, sobre todo porque nuestro alfarero es nuestro padre” (Ídem). Nuestra finitud garantiza, paradójicamente, que Él considera profundamente nuestra condición perecedera y maleable, por lo que se mueve a compasión”.

“Nuestros días”, agrega el v. 15, son limitados como la hierba y las flores, “y desaparecemos, sin dejar ninguna huella” (16a). “Humilde hierba... belleza efímera, indefensa ante el viento cálido o violento” (Ídem). Ante tantas limitaciones la eterna misericordia de Dios, que está por encima de todos los vaivenes históricos, es el cobijo más confiable para nuestra humanidad transitoria. Por eso cantamos así:

 

Roca de la eternidad,

fuiste abierta tú por mí,

sé mi escondedero fiel,

sólo encuentro paz en ti;

rico, limpio manantial,

en el cual lavado fui (SDG, 642). 

Conclusión

Al trasponer los diversos umbrales de nuestra vida cronológica Dios nos va acompañando en cada una mostrando su amor paterno y maternal, recordando siempre que somos tan efímeros y lo contrario de lo que es Él. Pero esa es precisamente nuestra ventaja. Por eso debemos apegarnos a esa "Roca de la Eternidad" que es nuestro Dios, el acompañante continuo de toda nuestra existencia individual y comunitaria. "Su reino domina sobre todos los reinos" (v. 19b): su victoria cósmica es la victoria de la misericordia.



[1] Enzo Cortese y Silvestre Pongutá, “Salmos”, en A. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Antiguo Testamento II. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 718.

[2] Hans-Joachim Kraus, Salmos. II. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1990.

sábado, 28 de diciembre de 2024

La luz del Hijo de Dios ilumina al mundo (Juan 1.1-14), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

29 de diciembre, 2024


En la Palabra estaba la vida,

y la vida era la luz de la humanidad.

La luz resplandece en las tinieblas,

y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Juan 1.5-6, Reina-Valera Contemporànea

El prólogo del Evangelio de Juan hace alusión a Juan Bautista (1.6-8), el último de los profetas del Antiguo Testamento. al referirse a él, destaca que Juan es un mensajero enviado por Dios. “No era él la luz”, sino “testigo de la luz” (Jn 1.8). Estas palabras caracterizan muy bien lo que es propio del discipulado y de la vida de la comunidad de fe. Lo decisivo es dar testimonio del proyecto amoroso y rechazar la oscuridad y su actividad destructora de la vida.[1]

Victorio Araya-Guillén, Caminata en la luz. 40 días en el camino de la luz

 

Trasfondo

Misterio, milagro, escándalo, festividad, tradición… Eso y mucho más puede decirse acerca del acontecimiento de la encarnaciòn del Hijo de Dios en el mundo. Misterio, porque la escasa racionalidad humana jamás alcanzará a comprender la resonancia de una acción divina tan paradójica. Milagro, por cuanto lo sucedido, desde el punto de vista de la fe, vino a trastocar el rumbo de todo lo establecido. Escándalo, debido a que la inconmensurable eternidad de Dios entró en contubernio permanente con lo finito, lo absolutamente espiritual, asumió una forma visible, material.[2]

 

La encarnación de la Palabra” afirma la presencia de Dios en nuestro mundo como un miembro de este mundo, como Hombre entre los hombres. De ese modo, la revelación de Dios es para nosotros, y nuestra reconciliación es con Él. Que esta revelación y reconciliación ya han ocurrido es el contenido del mensaje de la Navidad. Pero aún en el mismo acto de conocer esta realidad y de oír el mensaje de la Navidad, nosotros tenemos que describir el encuentro de Dios y el mundo, de Dios y el hombre en la persona de Jesucristo —y no sólo el encuentro sino su llegar a ser uno con nosotros— como lo inconcebible.[3]

El esfuerzo divino por entrar en la humanidad

Lo que celebramos es el esfuerzo del Dios bíblico por establecerse en la historia de manera definitiva mediante el acto supremo de la encarnación, de la secularización absoluta de lo sagrado al instalarse en el ámbito de lo terrenal. La fiesta cristiana de la Navidad forma parte de un conjunto de realidades que, si se analizan con detenimiento, llevan al encuentro de diversas manifestaciones del encuentro con lo sagrado de una manera nueva y desafiante. Aquél viejo proyecto anunciado por Isaías 40-55, la intención divina de llevar su luz a todos los habitantes de la tierra, llegó de una manera totalmente inesperada. Desde la más rotunda debilidad, la divinidad creadora y redentora se sumergió en el mundo y no temió arrastrar las consecuencias de semejante decisión: rechazo, incomprensión, martirio.

El siervo dispuesto a acompañar la tragedia humana, el mismo que ha sido objeto de burla, cuya luz debía darse a conocer en diferentes momentos, finalmente encarnó en la persona de Jesús. Él introdujo en su vida toda la fuerza con que Dios quiso impactar la historia humana. Para Isaías 52.13-15 se trata de un triunfo de la fe sobre los poderes, para Is 60 es la presencia de la luz a la que cuesta tanto trabajo acostumbrarse porque si ilumina también deslumbra: “¡Álzate radiante, que llega tu luz, / la gloria del Señor clarea sobre ti! / Mira: la tiniebla cubre la tierra, / negros nubarrones / se ciernen sobre los pueblos, / mas sobre ti clarea la luz del Señor, / su gloria se dejará ver sobre ti; / los pueblos caminarán a tu luz, / los reyes al resplandor de tu alborada” (vv. 1-3). “Ya no será el sol tu luz durante el día, / ni el resplandor de la luna te alumbrará, / pues será el Señor tu luz para siempre, / tu Dios te servirá de resplandor; / tu sol ya no se pondrá / y tu luna no menguará, / pues será el Señor tu luz para siempre / y se habrá cumplido tu tiempo de luto” (vv. 19-20). La luz ha de imponerse no sin conflicto, sobre la más intensa y temible oscuridad. 

La esperanza mesiánica en el Nuevo Testamento

La excesiva familiaridad con los relatos evangélicos de Mateo y Lucas ha producido una visión narrativa que, sin proponérselo, esconde otros aspectos muy necesarios de discutir y que, en el caso del Cuarto Evangelio, aparecen expuestos con enorme profundidad utilizando, una vez más, en línea directa con Isaías, la gran metáfora de la luz, y remontándose, literalmente, a la apertura de los cielos para volcarse en el terreno humano e histórico sin remedio alguno, pero con una conciencia impresionante de eternidad. El Verbo, la Palabra preexistente, vino a insertarse en los laberintos de la conflictividad humana para destejer las cadenas de maldad e injusticia prevalecientes: “…esa vida era luz para la humanidad;/ luz que resplandece en las tinieblas/ y que las tinieblas no han podido sofocar” (Jn 1.4-5). “La verdadera luz, la que ilumina a toda la humanidad, estaba llegando al mundo” (1.9). Con eso se cumplió el proceso radical de encarnación, de entrar al ámbito físico e histórico y hacerse parte de él sin fingimientos ni falsedades, como sugirió después la herejía llamada docetismo.

La luz de Dios vino en Jesús a enfrentar directamente las tinieblas y sus efectos en la existencia humana. “Dar testimonio de la luz” (vv. 7-8) significó para Juan, el llamado Bautista, acercarse al profundo misterio que Dios había desplegado en el mundo al introducirse para cambiar todas las cosas. La luz de Jesús penetra en las zonas de oscuridad para hacer visible el bien y el mal; los signos de luz se muestran por doquier para hacer presente su amor y su gracia, a pesar de la constante oposición (1.14). Todo esto es muy diferente al “espíritu navideño” que nos ahoga por todas partes:

 

El “espíritu navideño” nos envuelve en esas luces y sombras, pero esa no es la “espera respecto al Mesías”. Porque esperar al Mesías quiere decir que no estamos conformes con la sociedad de la que somos parte, aunque sea una sociedad que “celebra la Navidad”. Esperar al Mesías significa que nos rebelamos contra un mundo cerrado, nos resistimos a aceptar la realidad “pura y dura” del mercado y pensamos que hay fisuras, que hay portales que se abren y que permiten ver otros mundos.[4] 

Conclusión: La luz ante la desesperanza

Por todo ello, la presencia bienhechora de la luz divina viene a darle otro rostro al mundo atosigado por la injusticia y la maldad permanentes, el pecado instalado en todas las estructuras de la vida, la violencia diversificada al por mayor y la desesperación ante las guerras interminables que, lamentablemente, han tomado nuevos bríos. El poeta T.S. Eliot la celebró así:

 

¡Oh Luz Invisible, nosotros te alabamos!

demasiado brillante para la visión mortal,

Oh luz Mayor, nosotros te alabamos por la menor;

la luz del este que toca nuestras agujas por la mañana,

la luz que se inclina sobre nuestras puertas del oeste al atardecer,

la penumbra sobre quietos estanques al vuelo de murciélagos,

luz de luna y luz de estrellas, luz de lechuza y polillas,

luciérnaga resplandor sobre una brizna de hierba.

¡Oh luz Invisible, nosotros Te adoramos!

 

Te damos gracias por las luces que hemos encendido,

la luz del altar y del santuario;

las pequeñas luces de aquellos que meditan a medianoche

y las luces dirigidas a través de los rosetones

y la luz que refleja la piedra pulida,

la madera grabada dorada, los colores del fresco.

Nuestra mirada es submarina, nuestros ojos miran hacia arriba

y ven la luz que se fractura a través de aguas inquietas.

Vemos la luz, pero no vemos de dónde viene.

¡Oh Luz Invisible, nosotros Te glorificamos!

(La Roca, X)[5]

 

Después de todo, en el final de los tiempos, el Señor iluminará todo con su luz y Él mismo será la luz para los suyos: “Una ciudad sin noches y sin necesidad de antorchas ni de sol, porque el Señor Dios será la luz que alumbre a sus habitantes, los cuales reinarán por siempre” (Ap 22.5).

 

In memoriam Pbro. Juan Santos Reyes



[1] V. Araya-Guillén, Caminata en la luz. 40 días en el camino de la luz. Meditaciones bíblicas. Las Villas, Alajuela, 2015, p. 88.

[2] Alberto F. Roldán, “El escándalo de la Navidad”, en Prensa Ecuménica. Ecupres, 23 de diciembre de 2013, http://ecupres.wordpress.com/2013/12/23/el-escandalo-de-la-navidad/

[3] Karl Barth, “El misterio y el milagro de la Navidad”, en Bosquejo de dogmática. Santander, Sal Terrae, 2000, pp. 112-118.

[4] Víctor Hernández Ramírez, “La espera del Mesías no es lo mismo que el espíritu navideño”, en Esglesia Evangélica Betel, 18 de diciembre de 2013.

[5] T.S. Eliot, “Coros de la Roca, X”, cit. por Rosanna Rion, en El profetismo en la obra literaria de T. S. Eliot. Tesis doctoral, 2006, www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/7433/tsrt1de1.pdf;jsessionid=121A76D7004EF0DCC2A298C2F66CA7A9.tdx2?sequence=1.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

  31 de diciembre, 2025 …todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser huma...