sábado, 27 de diciembre de 2025

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 


31 de diciembre, 2025

…todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser humano llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin.

Eclesiastés 3.11, La Palabra (Hispanoamérica)

 

En su momento, Dios todo lo hizo hermoso, y puso en el corazón de los mortales la noción de la eternidad, aunque éstos no llegan a comprender en su totalidad lo hecho por Dios.

Eclesiastés 3.11, Reina-Valera Contemporánea 

Trasfondo

La percepción humana del tiempo y el tiempo como tal son realidades misteriosas que el texto sagrado no dejó de abordar, especialmente en el Eclesiastés, acaso el libro que con mayor hondura y perspicacia se pregunta por el paso del ser humano en la tierra. Especialmente en el cap. 3 en donde luego de referirse al tiempo propicio (en verso, vv. 1-8), en la sección en prosa (vv. 9-15) desemboca en una reflexión sobre la forma en que Dios puso la conciencia de lo eterno en el ser humano: “Dios mismo le ha dado conciencia, le ha hecho tomar conciencia de la ‘duración’. La palabra no es ya ‘êt sino ‘ôlam, la duración indefinida del tiempo, a la vez el pasado, el presente y el porvenir. Pudiérase decir que que Qohelet piensa que Dios ha dado al hombre el sentido de la fluidez (Galling) del mundo, y por consecuencia el deseo de descubrir las leyes que rigen su marcha, de escrutar su sentido”.[1] 

La conciencia del tiempo establecida por Dios

  • Según el Eclesiastés, la comprensión divina del tiempo fue sembrada por el Creador en la conciencia humana, lo que obliga a ésta a indagar y profundizar en su espíritu y sentido.
  • Cuando el tiempo avanza, la figura de Dios, que proviene de su eternidad inmutable, se transforma paulatinamente en un ser cercano, siempre invisible, pero susceptible de ser experimentado todos los días.
  • La hermosura de cada instante del tiempo recibido de la mano de Dios consiste en la forma en que Él mismo se va desdoblando ante nosotros en los momentos significativos, es decir, todos los que conforman nuestra vida.
  • “La eternidad está enamorada de las obras del tiempo” (William Blake): tal vez por eso Dios se enamoró de la existencia, de la historia, de cada vida humana que transcurre, en su pequeñez, condicionada por los relojes, las horas y los minutos
  • Las semillas de eternidad sembradas por Dios en la mente humana se reproducen lentamente en las gotas de tiempo.

Fragilidad humana y duración del tiempo

  • La eternidad nos produce vértigo, según Borges, porque su cercanía saca a la luz el riesgo constante de no dotar a nuestra vida de un sentido continuo y permanente.
  • “Ver un mundo en un grano de arena / y un cielo en una flor silvestre, / toma el infinito en la palma de la mano / y la eternidad en una hora” (William Blake, “Augurios de inocencia”, 1803, citado invariablemente por Rubem Alves): atisbar la inmensidad en lo más pequeño, la inmensidad en un fragmento de belleza, lo trascendente en lo cotidiano, lo interminable en un tiempo limitado. El milagro de cada día.
  • Y después de todo: profundizar en las entrañas del tiempo para asomarse a los linderos de la eternidad… sin entender gran cosa, sin ser capaces de dominar el misterio, el futuro que sólo está al lado de Dios.
  • El tiempo, esa entidad nebulosa, es lo que nos constituye. Ahora es Borges: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. / El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;/ es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;/ es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. / El mundo, desgraciadamente, es real; / yo, desgraciadamente, soy Borges” (“Nueva refutación del tiempo”, en Otras inquisiciones, 1952). 

Sustancia del tiempo y devenir divino

  • Y si todo tiene su tiempo, también el encuentro con la eternidad, en medio de las estrecheces y mezquindades (hebel) de la vida, es una ventana para asomarse al misterio que rebasa todas las cosas.
  • Para salir del laberinto del tiempo y de la vida hueca, la eternidad sembrada en el corazón humano es la posibilidad cierta de la esperanza al fundamentar toda la existencia en el origen de todas las cosas, las finitas y las eternas.
  • En esta vida efímera una de las mayores bendiciones cristianas es la capacidad espiritual de percibir a Dios con los brazos abiertos para invitarnos a entrar en su eternidad. 

Conclusión

 

ECLESIASTÉS I, 9 (La cifra, 1981)

Jorge Luis Borges

 

Lo que fue es lo que será.

Lo que se hizo es lo que se hará.

Nada hay nuevo bajo el sol. (Qo 1, 9)

 

Si me paso la mano por la frente,

si acaricio los lomos de los libros,

si reconozco el Libro de las Noches,

si hago girar la terca cerradura,

si me demoro en el umbral incierto,

si el dolor increíble me anonada,

si recuerdo la Máquina del Tiempo,

si recuerdo el tapiz del unicornio,

si cambio de postura mientras duermo,

si la memoria me devuelve un verso,

repito lo cumplido innumerables

veces en mi camino señalado.

No puedo ejecutar un acto nuevo,

tejo y torno a tejer la misma fábula,

repito un repetido endecasílabo,

digo lo que los otros me dijeron,

siento las mismas cosas en la misma hora

del día o de la abstracta noche.

Cada noche la misma pesadilla,

cada noche el rigor del laberinto.

Soy la fatiga de un espejo inmóvil

o el polvo de un museo.

Sólo una cosa no gustada espero,

una dádiva, un oro de la sombra,

esa virgen, la muerte. (El castellano

permite esta metáfora).



[1] André Barucq, Eclesiastés. Qoheleth. Texto y comentario. Madrid, Ediciones Fax, 1971, p. 81.




"Adorar a un bebé": el mundo no (re)conoció al Hijo de Dios (I Juan 3.1-10), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 

William Congdon, Natividad (1960)

28 de diciembre, 2025 

…por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.

I Juan 3.1b, Reina-Valera Contemporánea

 

Dios ha entrado en el mundo, no en el centro sino en la periferia. No en el poder sino en la vulnerabilidad. No al principio sino en el final. […] Se trata de una Navidad sin los edulcorantes y analgésicos del capital: el bebé que ha nacido habrá de padecer y de sufrir hasta la ignominia; y gracias a ello se hace ahora posible experimentar a un Dios que come y bebe con nosotros. Que Dios se ha hecho carne y que haya puesto aquí su tienda quiere decir que esa vida nuestra, la vida común del laico y de a pie, es poseedora de la definitividad que el Espíritu otorga.[1]

Diego I. Rosales 

Trasfondo

La celebración de la venida en carne del Hijo de Dios al mundo remite a un sinnúmero de señales que enfatizan la acción divina en el mundo. El interés de Dios por hacerse presente de manera inmediata en el universo material de la vida y la historia confrontó a los poderes humanos de una manera que no había acontecido antes. Ése es uno de los focos principales que el Cuarto Evangelio y las cartas juaninas resaltan en su anuncio de la venida del Señor pues fueron hasta el fondo de las consecuencias de la encarnación del Logos. En la primera carta, al relacionar este acontecimiento con el amor de Dios, dos de sus temas privilegiados, desarrolló lo que se afirma en Juan 1.12 sobre el rechazo de que fue objeto el Verbo encarnado: ahora se trata de mostrar cómo quienes son hijos e hijas de Dios son portadores del amor suyo. 

El mundo [ajeno al amor de Dios] no (re)conoció al Hijo de Dios (vv. 1-5)

Para la primera carta de Juan la razón que tuvo el mundo para no (re)conocer al Hijo de Dios en el mundo es su lejanía de la inmensa realidad del amor de Dios hacia él. Ese amor es, en efecto, el gran filtro que permite percibir la cercanía de Dios en su Hijo presente en el mundo y en la comunidad de sus seguidores. Por eso, los conflictos que enfrentaron las comunidades juaninas les permitió acceder a una comprensión clara de lo que Dios seguía haciendo con base en el amor hacia el mundo (Jn 3.16). A la exhortación a no amar al mundo ni lo que hay en él (2.15-17), pues amarlo es “incompatible con la condición de hijos de Dios”,[2] le sigue el hecho de que en la relación con el mundo se atraviesa el no reconocimiento de éste a la venida del Hijo de Dios. Esa incompatibilidad plantea el dilema de vivir en el mundo sin pertenecer a él (Jn 17.14-16) por estar ligados al amor de Dios manifestado en esa “venida en carne”. Aquí se alude al mundo como “orden injusto” que se opone a la voluntad y, peor aún, al amor de Dios demostrado en su Hijo. Negar al Hijo, en el espíritu del anticristo, es negar al Padre también y, por ende, su amor (2.23).

¿Quiénes no lo reconocieron?: el Imperio, Herodes, los sacerdotes, los escribas. ¿Quiénes lo hicieron?: María, José, Isabel, los pastores, los magos, Simeón, Ana, Juan el Bautista. Ante la práctica permanente del amor comunitario el mundo retrocede, se extraña, en suma, se negaron a adorar a un bebé, a reconocer la práctica de ese amor que proviene del Hijo encarnado en medio de las comunidades de fe. La filiación de los hijos/as de Dios se diferencia de la del Hijo mediante el uso de otra palabra (tecnoi, en vez de huioi, que usa san Pablo). El mundo no podía reconocer esa filiación, derivada también de la encarnación, precisamente por su incapacidad para comprender las acciones de Dios, pero al igual que podía suceder con el Señor, se manifestará abiertamente cuando “él se manifieste” (v. 2a). El (re)conocimiento de la manifestación de los hijos de Dios está implícito en el reconocimiento de ellos y ellas. “Después de la manifestación del Hijo de Dios (1.2; 3.8), no existe posible unión con Dios que no pase a través de la unión vivificante con el Hijo”.[3] El Hijo “apareció [efaneróthe] para quitar nuestros pecados” (v. 5), como propósito final de su venida. 

(Re)conocerlo como Hijo de Dios implica permanecer en él (vv. 6-10)

Permanecer en el (re)conocimiento del Hijo de Dios implica asumir una nueva actitud ante el pecado, la injusticia, la maldad. El texto de I Juan 3 se encamina, luego de subrayar la necesidad de permanecer en el Señor Jesús de manera fiel, a la afirmación del propósito de la aparición del Hijo de Dios, esto es, deshacer las obras de impiedad realizadas por el diablo (v. 8), por el principio espiritual contrario a su voluntad. Conocer y reconocer al Señor como factor principal de la existencia en sus diferentes niveles fue lo que escapó a la visión y a la decisión de los “villanos de la Navidad”: el Imperio, porque era imposible cuestionar su poder material obtenido durante décadas de guerras, sumisión y tributo, todo eso era algo irrenunciable. Herodes, porque a su esfuerzo para alcanzar un puesto que no le correspondía no podía agregarse el (re)conocimiento de una figura anclada en la tradición espiritual de un pueblo que ni siquiera era suyo; sus palabras falsas resuenan todavía hoy como parte de su ignorancia escritural y de una inocultable hipocresía espiritual: “Vayan y averigüen con sumo cuidado acerca del niño, y cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a adorarlo” (Mateo 2.8b). Los sacerdotes y escribas, a sabiendas de que llegaba el Mesías, se aferraron a sus privilegios y no cumplieron con la responsabilidad de abrir los ojos y oídos del pueblo a las promesas de Dios (Mateo 2.5-6). Su conocimiento religioso no alcanzó para sumarse al (re)conocimiento de la presencia del Hijo de Dios. Es decir, tuvieron una nula disposición para apreciar la obra de Dios anunciada en los profetas y realizada en la vida del mundo presente.

Todos ellos estuvieron en las antípodas del cuadro que presentan los vv. 6-10 en el sentido de experimentar la “espiritualidad fruto de la encarnación divina”: “Todo aquel que es nacido de Dios [como el Señor en Belén] no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar [continuamente], porque es nacido de Dios” (v. 9). “Al igual que Cristo, también el cristiano unido a él está separado del pecado. Esto se anuncia como un hecho que deriva de la unión con Cristo; tanto más cuanto que el autor está convencido de la superioridad de las fuerzas divinas sobre la violencia del maligno”.[4] 

Conclusión

Celebrar el “anverso” de la fiesta cristiana de la Navidad es afirmar positivamente los beneficios derivado” del (re)conocimiento de la venida del Verbo de Dios que el Señor ha permitido en su gracia. Pero también implica la posibilidad de asomarse al “reverso” de la fiesta (controlada por el mercado [5]) y de la realidad superior que representa, y reflexionar sobre su impacto y consecuencias. Dejarse llevar por el espíritu de una celebración superficial coloca a las personas en el reverso, es decir, al lado de aquellos quienes no (re)conocieron al Salvador ni se sumaron a la alegría por su nacimiento sino que, por el contrario, urdieron planes perversos para aprovecharse de quienes lo buscaron de corazón y así acabar con su vida desde la más tierna infancia. (Re)conozcamos, más bien al Señor en ese niño indefenso que llegó para acabar con la presencia del mal en el mundo y así mostrar el inmenso amor de Dios hacia el mundo incluso el que no quería tener trato con él. En resumen: “Se trata de que dejemos que nos hable la humanidad de Dios, en la que se hace visible y asequible su verdadera divinidad, que la admitamos como la realidad que se nos da para nuestro provecho tanto en lo grande como en lo pequeño y que permanezcamos en ella, en vez de saltar en el vacío fuera de ella. Nosotros no podemos inventarla ni hacerla”.[6]



[1] D.I. Rosales, “La Navidad o el fin de los tiempos”, en Conspiratio, 23 de diciembre de 2024, www.conspiratio.mx/blog/la-navidad-o-el-fin-de-los-tiempos.

[2] Rudolf Schnackenburg, Cartas de san Juan. Versión, introducción y comentario. Barcelona, Herder, 1980, p. 161.

[3] Ibid., p. 188.

[4] Ibid., p. 215.

[5] Roxanne Roberts, "23 Christmas traditions ranked, from cookies to shopping hell", en The Washington Post, 21 de diciembre de 2015, www.washingtonpost.com/style/interactive/2025/christmas-traditions-activitires-lights-tree/

[6] K. Barth, “Nacimiento de Dios” (Navidad de 1962), en Al servicio de la Palabra. Barcelona, Herder, 1985, p. 267.

Anexo

A pocos pasos de la basílica de la Natividad en Belén, al final de un callejón lleno de tiendas de artesanía de madera, hay un pequeño santuario. Al cruzar la puerta y bajar unos escalones, te envuelve el silencio de una gruta de piedra blanca. Los árabes la llaman Mugharat as-Sitti Mariyam, la gruta de Nuestra Señora Santa María, pero los peregrinos la conocen como la Gruta de la Leche. Según una tradición que se remonta al siglo VI, en esta gruta la Virgen se refugió durante su huida de los soldados de Herodes que tenían la orden de matar a todos los niños menores de dos años. Después de la bendición del ángel que se le apareció en sueños a san José, saldrían de esta gruta rumbo a Egipto.

Alessandra Buzzetti, "Belén. Dolor y esperanza", en

www.clonline.org/es/actualidad/articulos/belen-gruta-leche-huellas, 23 de diciembre de 2025


martes, 23 de diciembre de 2025

Jesús, el Verbo preexistente de Dios en la vida del mundo (I Juan 4.1-9), Pbro. L.Cervantes-Ortiz


Juan Antonio Rodríguez Hernández,
La adoración al Hijo de Dios nacido en Belén, (1950-1952)

24 de diciembre, 2025 

Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios.

I Juan 4.2b-3a, Reina-Valera Contemporánea

Trasfondo

Las comunidades juaninas se comprometieron profundamente con las consecuencias radicales de la Encarnación del Verbo eterno en el mundo y confrontaron directamente a quienes dentro y fuera de la iglesia pusieron en duda la venida del Señor preexistente al mundo histórico material. Para ellas, la fe en la acción divina de tomar un cuerpo era la base de su existencia espiritual y colectiva en medio de una sociedad que al mismo tiempo que despreciaba al cuerpo por su herencia griega, lo sometían a diversas formas de violencia. La corporalidad a la que alude la fe cristiana en la encarnación, en la resurrección y en la elevación del Hijo a la presencia eterna del Padre (glorificación, en el lenguaje del Cuarto Evangelio) representó en ese tiempo una verdadera “revolución ontológica”, pues aun cuando la creencia en los dioses del Olimpo los hacía ver como muy carnales y apasionados, llegar al extremo de quedarse entre los seres humanos como uno de ellos era demasiado. Por ello, las afirmaciones de I Juan 4.1-9 colocan la realidad del Señor preexistente como razón de ser para la vida de la comunidad en amor y como demostración de un verdadero seguimiento cristiano. 

Confesar que Jesucristo ha venido en carne, camino verdadero de fe (vv. 1-5)

Toda la gran tradición espiritual que giró alrededor del Discípulo Amado se basó en la cercanía con la corporalidad del Verbo preexistente “hecho carne”. Aun cuando Juan no ofrece detalles del nacimiento del Señor, él se remontó más allá de los tiempos para asomarse a los entretelones trinitarios que ocasionaron el suceso que desembocó en el acontecimiento de Belén de Judea. Para él y para sus comunidades de fe era preciso “probar los espíritus” (4.1a) para advertir el grado de credibilidad de quienes se atrevan a hablar de la venida del Señor. En nuestra época, la festividad navideña como tal no es ninguna garantía de que se esté captando suficientemente la grandeza de lo acontecido aquella noche en los campos de Judea puesto que únicamente una actitud dispuesta al seguimiento del Señor puede asegurar que más allá de la fiesta se está en conexión directa con el plan de Dios que estaba en marcha y que llegó a un momento climático con el nacimiento del Señor. Confesar que Jesucristo efectivamente ha “venido en carne” (4.2b) comprueba que efectivamente se comprenden y asumen las consecuencias de la encarnación del Logos divino en el mundo: “El criterio para el discernimiento de los espíritus es el reconocimiento de ‘Jesucristo verdadero hombre’. La verdadera espiritualidad es la que se fundamenta en la encarnación”.[1]

La Navidad nos recuerda la radicalidad de la corporalidad del Hijo de Dios en el mundo a contracorriente de nuestras inconscientes tendencias docéticas que no nos llevan a ser igualmente radicales, a pesar de las afirmaciones verbales, litúrgicas y musicales, pues aún seguimos aceptando que Jesús era más Dios que ser humano. Incluso los detalles referidos por Mateo y Lucas cobran otra dimensión cuando se observa la manera en que desarrollaron sus asideros históricos para colocar el nacimiento de Jesús en sus marcos temporales, sociopolíticos y religiosos. Para esta literatura teológica, mucho de lo que hoy vemos en el festejo se aleja sustancialmente de los hechos originales, pero en un sentido que va por un lado muy distinto al de la crítica que se hace al consumismo y a la cursilería. Sus razones harían palidecer nuestras débiles objeciones al “espíritu” festivo que preside los últimos días de cada año, puesto que para ella lo esencial sería qué tipo de espiritualidad brota de ellos y qué tan firme es la práctica predominante del amor a los hermanos en todo lo que hacemos, vivimos y pensamos como integrantes de una comunidad cristiana. De ahí el contraste con el mundo que habla de lo que no sabe, de lo que no conoce, y pretende imponer una verdad a partir de ese desconocimiento natural de las cosas de Dios (4.5). 

Ser de Dios y vivir al lado del Hijo que vino al mundo (vv. 6-9)

La espiritualidad que brota de la Encarnación del Logos de Dios (a años luz del “espíritu navideño” o de su “magia”) es profundamente paradójica, “porque asume la carne, es decir toda la realidad humana, inclusive en su debilidad. Su punto de partida es Dios, que es su principio. Quienes asumen la actitud del anticristo tienen al mundo como su principio y dialogan con el mundo. Aunque hablan de Dios, lo que dicen no sirve de nada, pues son incapaces de hacer el movimiento de la encarnación”.[2] Ésta le otorga otro ritmo de vida al mundo, lo enjuicia, lo compadece y lo encamina por rutas espirituales impensadas. De ahí que la “domesticación” de la fiesta está atravesada por un conjunto de estereotipos y lugares comunes que permiten sobrellevarla con un dejo de resignación, pero al mismo tiempo de impotencia asumida dadas las exigencias que implica. La Navidad implica convertirnos y rendirnos ante la evidencia, por ejemplo, de la genealogía de Jesús en la que hay mujeres extranjeras de vidas complicadas, de un hombre que renuncia a afirmar su orgullo masculino al poner por encima de él los planes divinos, de la sumisión no violenta de poderes totalitarios a la inocencia de un niño inerme que trastornó la política imperial de un lacayo y propició una masacre (que recuerda el genocidio actual en ese mismo territorio), de la revelación divina a un pueblo marginalizado y sometido que no tenía muchas esperanzas para su presente y su futuro, y de hasta avizorar un horizonte de absoluto dominio militar que terminó en el asesinato de Jesús y, más tarde en la gran masacre del año 70 en Jerusalén. Así están las cosas no dominadas por lo que podría denominarse hoy como “el síndrome anual de Mariah Carey”.

Por el contrario, el texto sagrado es notablemente firme y optimista al aseverar que al “ser de Dios” la comunidad cristiana está muy lejos de la superficialidad para asumir la encarnación divina y que el encuentro con el Señor preexistente, base absoluta de la fe, conduce a superar los impulsos que el mundo pretende imponer como “la verdad oficial”: “Por esto sabemos cuál es el espíritu de la verdad, y cuál es el espíritu del error”, no solamente en cuanto a la Navidad sino acerca de todas las cosas. Solamente una comunidad anclada firmemente en la encarnación puede encontrarse de frente con el hecho de que “Dios es amor” (4.8a) y está dispuesta a vivir sus consecuencias, y no necesariamente porque nos toque alguien a modo en el intercambio de regalos. El v. 9 concluye muy dignamente esta sección poniendo cara a cara las dos posibilidades humanas con las que nos confronta esta conmemoración: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él”. Captar las dimensiones del amor divino y hacerlo una realidad constante en nuestra vida cotidiana. 

Conclusión

La espiritualidad de la encarnación del Logos preexistente de Dios nos lleva a aceptar su amor como razón de ser de toda la existencia: “También aquí está claro que no reconocer a Jesucristo verdadero hombre (cf. 4.2-3) equivale justamente a no reconocer la manera que Dios escogió para manifestar su amor. Este amor creó un dinamismo”.[3] Y a ese dinamismo somos llamados a sumarnos mediante una práctica de esta espiritualidad que se sobrepone a las fiestas, las desenmascara y las evidencia una vez más como lo que son: distractores de la verdadera sustancia de la acción divina que hizo nacer en el mundo al Logos eterno para transformarlo profundamente y hacer llegar así su Reino.



[1] Claudio Vianney Malzoni, “Las cartas de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. II. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1164. Énfasis agregado.

[2] Ídem. Énfasis agregado.

[3] Ídem.

La gloria del Señor antes de que el mundo fuese (Juan 17.1-8), Pbro. Raúl Méndez Yáñez

21 de diciembre, 2025 

 

Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.

Juan 17.5 

Introducción

Los niños tienen una fascinante capacidad para ponernos en apuros. Al enseñarles de la Creación y mostrarles que Dios ha creado todas las cosas, tarde o temprano tendrán la pregunta que pone nervioso a cualquier teólogo: ¿Quién creó a Dios? La respuesta a esta pregunta suele ir desde un simple “Nadie creó a Dios” hasta intentar explicarle a los niños la Causa Eficiente o el Primer Motor de Aristóteles. Que, por cierto, es un tema filosófico fascinante, pero no tiene nada que ver con su pregunta. San Agustín solía bromear con lo difícil que es este tema y cuando alguien le preguntaba “¿Quién creó a Dios?” o “¿Qué hacía Dios antes de crear el mundo?”, su respuesta era mirarle a los ojos y decirle con mucha seriedad: “¡Estaba creando el Infierno para el que haga esas preguntas!”. Hoy, sin embargo, intentaremos responder a la pregunta, “¿cuál fue la gloria de Jesús antes de que el mundo fuese?”, preferentemente sin tener ese destino. Quiero explicar el error que solemos cometer al leer este versículo y pasajes semejantes como si fueran una línea temporal o nos hablaran de un pasado remotísimo. Mi objetivo es simple, deseo que no veamos este versículo como un aburrido Tratado sobre la Formación del Universo. El Evangelio de Juan no pretende darnos clases de ciencias naturales, ¡está mostrando la majestuosidad de Jesucristo como dador de vida eterna! Esta no es la historia de cómo surgió el mundo en el tiempo, es la historia del Conde de Montecristo, o mejor dicho, la historia del Cristo del Monte de la Condena, de cómo Cristo se preparó en Getsemaní para su muerte y resurrección, para cumplir el propósito de que toda la Creación contemple su gloria dando “Nuevas de Gran Gozo”… ¡Ésta es una historia de Adviento!

 

I. ¿Qué había antes del tiempo?

Nosotros estamos acostumbrados a pensar el tiempo como si fuera una cinta métrica. El momento del Big Bang o comienzo del universo estaría en el punto 0 y a partir de ahí se iría desarrollando linealmente hacia el futuro. Eso nos lleva a siempre estar pensando en un “antes” como un momento previo. Antes de llegar a la iglesia estábamos en la casa, antes de eso era verano ye estábamos de vacaciones, antes de eso ocurrió la Segunda Mundial, antes de eso fue el Pleistoceno, antes de eso se formó la Tierra, antes de eso surge el Sistema Solar, antes de eso se forma el Universo y antes de eso… ¿qué hay antes del 0 en nuestra cinta? Stephen Hawking, el científico que predijo la existencia de los Hoyos Negros, decía que el tiempo no es eterno, es parte del Universo. La palabra “antes” se refiere a algo que es previo a otra cosa. Antes de las 3 de la tarde son las 2 de la tarde. Pero eso solo tiene sentido si el tiempo ya existe. Pensemos en una esfera de Navidad. Si vamos viajando hacia el sur y llegamos al Polo Sur de la esfera, ¿qué hay al sur del Polo Sur? ¡No hay nada! Ya no hay sur. Si seguimos avanzando en esa dirección iríamos hacia el Norte. Lo mismo pasa con el Tiempo, el Tiempo no es eterno, nació con el Big Bang. Por lo tanto, así como no puede haber un sur que esté al sur del Polo Sur, no puede haber un “antes” que esté antes del tiempo. Lo que aquí llama la atención es que Stephen Hawking aseguraba que la primera persona en pensar algo así no fue un científico, sino un cristiano: nuestro amigo San Agustín, quien dijo en su autobiografía llamada las Confesiones: "Tú Dios creaste el cielo y la tierra, y esta creación procedió de Ti. Antes de que hicieras el cielo y la tierra, no había tiempo…”.

Aquí ya tenemos una pista clave para nuestro pasaje. Cuando Jesús dice al Padre: “aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” no se refiere a una gloria pasada, sepultada en el remoto origen del Universo. Y aquí debo decirles algo que más adelante habré de reiterar: No hubo un Tiempo en el cual Dios no fuera Creador, por la sencilla razón de que “antes” de la Creación, ¡no había Tiempo! La gloria que reclama Jesús no es una gloria temporal. Jesús está reclamando su gloria eterna, la que tuvo antes de su humillación, lo que los teólogos llaman kénosis. Jesús no está pidiendo regresar a un pasado remoto, está hablando de algo mucho más importante: su autoridad por sobre todas las cosas. Así que por más interesante que sea especular sobre qué había antes de que Dios creara el mundo, tenemos que dejar esa charla para alguna sobremesa que más adelante pudiéramos tener, ahora vamos a enfocarnos en la Gloria de Dios manifestada en Cristo nuestro Señor. Por lo tanto, cambiemos de enfoque radicalmente, pasemos de la teoría del Tiempo al cuidado de nuestra salud.

II. El peso de la gloria

Dice el texto: “Aquella gloria que tuve contigo”. Aunque el evangelio está escrito en griego, la palabra “gloria” tiene un sentido que proviene del Antiguo Testamento. En hebreo, la palabra que se usa para gloria es kabod y significa literalmente algo pesado. De hecho, el término “Gloria” aludía a un órgano del cuerpo, ¡el hígado!, que en hebreo se dice kaved. Es la misma raíz. Y efectivamente, el hígado es el órgano interno más pesado. Estamos hablando de que un corazón humano pesa entre 280 y 350 gramos, los riñones entre 125 y 170 cada uno. El hígado ¡ronda el kilo y medio! Es más, el hígado es ligeramente más pesado que el cerebro, que pesa 1.4 kilogramos aproximadamente. Para que vean que estudiar la Biblia te lleva a conocer más de anatomía y fisiología. No es coincidencia que Gloria e hígado tengan la misma raíz en hebreo. En el Antiguo Testamento no existen palabras abstractas, todo remite a algo tangible. Por ejemplo, la nariz. Cuando Salmo 103:8 dice que Jehová “es lento para la ira y grande en misericordia”, el texto hebreo dice realmente: “Jehová tiene narices largas”. La razón es que ellos pensaban que el enojo era como un vapor que salía de adentro. Si la nariz era corta o estaba tapada, ¡la persona explotaba como una olla exprés mal instalada! Pero Dios tiene narices muy largas y el vapor de su ira no sale de golpe, sino apaciblemente. Al pensar en la paciencia, ellos pensaban en la nariz. Lo mismo ocurre con gloria, al pensar en ella, la misma palabra la asociaba con el hígado. ¡Y es bellísimo! Quizá a muchos de ustedes no les guste el hígado encebollado, pero bíblicamente es un órgano con mucho peso.

Yo sé que ya pasó el mes de sermones de Levítico, pero es imprescindible que regresemos a ese libro para adentrarnos en lo profundo del Santuario y comprender mejor la Gloria de Dios. ¡Pero hagámoslo con cuidado! No cualquiera debe entrar al Lugar Santísimo, solo les pido que hagan lo que hagan, no toquen el Arca del Pacto, recordemos lo que le pasó al pobre de Uza, cuando creyendo que el arca se caería, se le ocurrió tocarla y el peso del arca, su poder de gloria, lo fulminó. Pasemos por los Atrios donde vemos al pueblo lavarse en la Fuente Central y entremos al Lugar Santo. Ahí están los hijos de Aarón preparando los sacrificios. ¿Les parece si entrevistamos a los sacerdotes para que nos expliquen qué están haciendo? ¡Vengan! ¡Vamos!

 

Entrevistador: Disculpen levitas, sabemos que está muy ocupados en este importante sacrificio para todo el pueblo, pero, ¿les importaría explicarnos cómo están preparando esta ofrenda?

Sacerdote 1: Shalom. Observen con temor santo. He abierto la víctima y ahora separo los órganos, el más importante es el hígado (Ha-Kaved). Este es el órgano más pesado del cuerpo. La Ley nos ordena arrancar el lóbulo que está sobre el hígado. Porque no se come, se quema en el altar. Al subir el humo, reconocemos que la parte más densa y sustancial de la vida pertenece únicamente al Señor.

Entrevistador: Fíjese que recién vi en la región de Babilonia que los reyes hacen actos de adivinación para conocer si les irá bien en la guerra. Como dice Ezequiel 21.21: ellos sacuden saetas, consultan ídolos y miran el hígado buscando el futuro. ¿Por qué ustedes en vez de usar el hígado como bola de cristal, lo queman?

Sacerdote 2: ¡Abominación! Los paganos buscan el «peso» del destino en las vísceras de la creación. Nosotros sabemos que solo Jehová dirige el destino con el peso de su gloria. No leemos el futuro, lo entregamos a Dios. Al quemar el hígado, confesamos que el destino y la vida no son nuestros sino de Dios. El humo sube como ofrenda; no bajamos la mirada a la carne para adivinar, alzamos los ojos al Cielo para desprendernos de nuestro propio peso y confiar solo en Jehová.

Entrevistador: ¡Muchas gracias!... y qué bonito atuendo. 

Como pudimos ver en esta breve entrevista, el hígado era la parte más importante del sacrificio, la grasa que lo envuelve era el elixir de la vida, por eso estaba prohibido comerla ya que la vida solo le pertenece a Dios. Hoy sabemos muchas más cosas del hígado que nos hacen ver lo maravilloso que es este órgano.

 

  Es capaz de regenerarse hasta en un 80%. Literalmente el hígado nos dice como Jesús dijo en Juan 10:18 “Tengo poder para poner mi vida y para volverla a tomar”.

  El hígado es capaz de realizar más de 500 funciones vitales simultáneamente. No hay máquina ni computadora que pueda hacer algo así: produce proteínas, almacena energía, regula hormonas, coagula la sangre. Como dice Colosenses 1:17 sobre Jesús, sostiene “todas las cosas” de nuestra fisiología.

  El hígado es capaz de filtrar aproximadamente 1.5 litros de sangre por minuto. Es nuestro guardián absoluto contra las toxinas. Esto nos regresa a nuestro pasaje, en Juan 17:17 Jesús dice “Santifícalos, purifícalos, en tu verdad”. Sí, el cerebro es lo que permite nuestra conciencia, pensar y sentir, pero para que todo eso se logre necesitamos un guardián, el Peso Pesado de los órganos internos que trabaja arduamente para mantener nuestra vida. Podemos decir bíblica y biológicamente, que el hígado es el órgano más glorioso que tenemos. De ahí que debemos cuidarlo al máximo. La gloria de Dios en Cristo es, entonces, su peso que permite que vivamos eternamente, es lo que nos permite regenerarnos y purificarnos. ¡La gloria de Dios nos mantiene vivos! Nos da la vida eterna: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (v.3).

 

III. Del castillo de if a la roca del rey

Vayamos ahora a la expresión “antes de que las cosas fuesen”. Ya hemos dicho que no puede ser una “antes” en el Tiempo porque antes de la Creación no había Tiempo. Jesús en Getsemaní está hablando de algo más importante: la restitución de su gloria tras su humillación. Para comprender mejor lo que está pasando les quiero contar brevemente la historia de Edmundo Dantés, el protagonista de la novela de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo. Edmundo Dantés es un joven capitán con un futuro brillante, pero es traicionado, lo despojan de su nombre, su rango y es hecho prisionero en las oscuras mazmorras del Castillo de If. Durante catorce años se convierte en el "Prisionero 34". Pero escapa y se encuentra con un gran tesoro. Regresa a su tierra disfrazado como el Conde de Montecristo. Se mueve de incógnito entre quienes lo despreciaron. Finalmente, llega el momento cumbre donde se quita la máscara y se revela que el aclamado Conde es en realidad aquel reo menospreciado a quien pisotearon pero que ahora posee la autoridad suprema y tiene en sus manos el destino de todos. Su gloria oculta finalmente sale a la luz.

Esto es lo que está pasando en el Evangelio de Juan. Jesús en Getsemaní se encuentra a punto de ser arrestado y llevado al pretorio tal como el prisionero 34, Edmundo Dantés, fue encarcelado en el Castillo de If. Jesús está pronto a encontrarse con la burla de sus enemigos y una Muerte de Cruz. Sin embargo, Jesús encuentra en lo profundo de su humillación el tesoro de la Gloria de Dios por la cual resucitará, ascenderá a los cielos y en su retorno juzgará a los vivos y a los muertos. No es un conde, es un Rey. Por eso cuando Jesús ora a su padre pidiendo “glorifícame al lado tuyo” está reclamando su autoridad y poder y cuando dice “desde antes de que las cosas fuesen”, significa su dignidad suprema frente a todo el mundo. Aquí es donde debemos entender la preposición “antes” en su contexto bíblico.

El texto utiliza en griego la preposición “pro”, que significa estar delante. Estrictamente hablando esa preposición tiene dos sentidos, funciona temporalmente como un “antes” o funciona como jerarquía, estar “antes” o “delante” indicando mayor autoridad. Como el capitán que va antes de sus soldados. Sin embargo, como nosotros estamos obsesionados con las cintas métricas pensamos ese “antes” solo como un tiempo previo donde el mundo no existía y Dios estaba solo y aburrido. Pero yo quiero decirles algo hermanos. Yo, como muchos de ustedes, no fui padre hasta que nació Azul. Un hijo de nosotros no puede decirnos “Cuéntame cuando eras mi papá antes de que yo naciera”. No es un asunto temporal, es de relación. Nadie mejor que Quino pudo explicarlo mejor. Vean la tira cómica de Mafalda que les han hecho llegar; vemos a la perspicaz niña argentina preguntándole a su mamá:

 

— Pero… ¿por qué tengo que hacerlo?

— (Su mamá le responde) ¡Porque te lo ordeno yo, que soy tu madre!

— (A lo que Mafalda replica) ¡Si es cuestión de títulos yo soy tu hija!... ¡Y nos graduamos el mismo día! ¿O no? 

En lo que compete a nosotros, seres Creados, Dios siempre ha sido nuestro Creador porque antes de la Creación, simplemente no había Tiempo. Pero desde la eternidad, antes de que el Tiempo fuese, nuestro Dios ya nos había elegido para su Gloria. A veces nos imaginamos a Dios en el pasado, solito, sin universo, sin ángeles, que también son creados, como ya nos lo advirtió el pastor en otro sermón. Nos imaginamos a Dios sentado en un trono sin nada que hacer. Lo cual también se refleja en otra caricatura de Quino, aunque no de Mafalda. Ahí vemos a Dios ya con los ángeles, pero todavía sin haber creado el mundo. Todos los angelitos están echados en sus nubes aburridísimos y Dios en su trono recargando su cabeza sobre su puño sin nada que hacer. De pronto, en la viñeta se ve a un ángel estornudando (“Achú”), y en la siguiente viñeta no pasa nada, la escena sigue congelada. En la última viñeta aparece la leyenda “5 millones de años después” y otro ángel responde “¡Salud!”.

¡Es erróneo pensar que alguna vez Dios estuvo solito, aburrido y ocioso sin nada que hacer antes de la Creación! Jesús fue muy claro: “Mi padre trabaja y yo hasta ahora trabajo”. Dios es nuestro Creador y nosotros somos su Creación, es un vínculo irrompible. ¡Importante!, porque esto va para YouTube y no vayan a aparecer los cazadores de herejías. No estoy diciendo que la Creación sea eterna, sino que Dios se ha revelado a nosotros en la historia. Y no hay un “antes” temporal que valga, porque, ya lo dijimos, el tiempo no es eterno, solo Dios. ¡Otra advertencia! Tampoco significa que Dios dependa de nosotros, sino todo lo contrario, significa que, como los bebés recién nacidos, nosotros dependemos de Dios, nuestro Padre eterno.

Entonces, ¿a qué se refiere Jesús con “antes” de que las cosas fuesen? Como les decía, la preposición “Pro” no se usaba solo en sentido temporal, de hecho, en el habla cotidiano era utilizada más en un sentido de jerarquía, de autoridad y poder. En el campo de batalla, el capitán es el que se ponía delante de los soldados, en griego se decía “pro”. También por eso se habla de la “proa” del barco. Del mismo modo, al decir “con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” significa, el peso, la autoridad que tenía sobre el mundo, mi autoridad por encima de todas las cosas. Jesús no está viajando al pasado, está reclamando su “potestad sobre toda carne” (v. 2), sobre vivos y muertos, sobre todo el orbe de la Creación que se llenará de la gloria, del peso, del poder de vida de Dios como las aguas cubren el mar. Jesús no está mirando hacia atrás a un pasado remoto, está mirando hacia arriba, hacia la gloria del Padre que hoy cubre y protege nuestra existencia.

Jesús ora así en Getsemaní porque está a punto de ser arrestado, está por ser acorralados por los guardias y ser llevado, no al Castillo de If, sino al pretorio, donde recibirá latigazos, burlas y se le impondrá el castigo de la cruz. Pero eso solo era un momento de humillación, porque tras esa prisión que se endurecerá hasta tener que descender a los mismos infiernos saldrá libre con el tesoro de la vida eterna que repartirá por todo el mundo, adquiriendo de nuevo su gloria. Aquí Jesús sería como Simba de El Rey León, desterrado de su dignidad, olvidado y menospreciado hasta el momento en que reclama su identidad como Rey y lucha contra el Enemigo, Scar para Simba, Satanás y la Muerte para Jesús. Tras la victoria puede pararse ante la roca, esa roca removida, y entonces rugir con estruendo delante de María Magdalena “ve a donde están mis hermanos, y diles de mi parte que subo a mi Padre, ¡diles que he resucitado y he recuperado mi gloria!”. 

Conclusión: Gloria a Dios en las alturas

Cuando aquella noche los pastores vieron en el cielo el coro de ángeles cantando del nacimiento de Jesucristo en la pequeña Belén, su coro tenía un solo tema: “Gloria a Dios en las alturas”. La gloria de Dios es lo que le da vida al mundo y lo que garantiza nuestra vida eterna. Junto con el Padre, Jesucristo reclama esa gloria de la que tuvo que despojarse para nacer frágil y vulnerable en aquel pesebre y luego vivir la mayor parte de su vida en algo que suele llamarse “secreto mesiánico”, lo que significa que Jesús escondió su gloria e identidad para presentarse como un simple pescador y predicador, curandero acaso. El mundo lo menospreció, solo sus discípulos y discípulas vieron en él algo que les atrajo. Los demás le llamaron “glotón”, le recriminaron que fuera amigo de prostitutas y leprosos. Camino al Calvario los soldados se burlaron de él mientras lo golpeaban. Sin embargo, aquel preso repudiado por el mundo y asesinado en la cruz, ¡resucitó de entre los muertos! Y se presentó ante el mundo como el Glorioso Hijo de Dios. Sólo muy pocos supieron lo que pasaba aquella noche en Belén y la historia que estaba por comenzar. Esta es la historia de cómo Jesucristo se humilló a sí mismo hasta la muerte y luego fue exaltado hasta lo sumo, recuperando toda su gloria eterna con la que nos protege y nos ama. Esta historia navideña comienza diciendo: “hubo una vez en el mundo un pesebre, y en ese pesebre algo más grande —y glorioso— que el mundo entero” (C.S. Lewis).

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

  31 de diciembre, 2025 …todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser huma...