12 de octubre, 2025
Aunque era Hijo, aprendió a obedecer mediante el sufrimiento; y una vez que alcanzó la perfección, llego a ser el autor de la salvación eterna parta todos los que le obedecen.
Hebreos 5.8-9, Reina-Valera Contemporánea
Trasfondo
Estos
dos principios de la Reforma protestante están íntimamente ligados pues únicamente
por medio de la fe en Jesucristo es posible ser justificados, es decir,
declarados justos/as por Dios contra toda evidencia meramente humana. Junto con
los demás principios, su articulación produce un conjunto de realidades
espirituales que produce la formalización de la salvación para todo aquel/la
que entra al proceso producido por el Espíritu Santo. Lo que hicieron los
reformadores, siguiendo el principio de la Sola Escritura, fue dejarse llevar
por el mensaje cristológico central del Nuevo Testamento. Así se estableció nuevamente
la centralidad de la obra redentora absoluta de Jesucristo y el impacto
grandioso de la absolución pronunciada por Dios gracias a la obra de su Hijo,
un tema jurídico que trasciende lo inimaginable para llevar a la humanidad
redimida a los brazos del Señor.
Cuando el Hijo atravesó el sufrimiento, llegó
a ser el autor de la salvación eterna (Heb 5.5-10)
La
cristología desarrollada por la Reforma protestante tomó muy en serio las
grandes afirmaciones del Nuevo Testamento presentes en los Evangelios, las
cartas apostólicas y el Apocalipsis para dar a conocer, por medio de la
proclamación profética de la palabra divina la excelsitud de la obra redentora
de Cristo. En Hebreos 4 y 5 se encuentra una de las mayores afirmaciones en las
que la unidad divino-humana de la persona de Jesús de Nazaret se despliega
enormemente para mostrar al Señor como un ser humano que, asumió su condición sacrificial
(algo propio de esta magnífico documento) a partir de una experiencia dolorosa que
le hizo derramar lágrimas como parte de sus ruegos y súplicas (5.7) y aun
cuando era el Hijo (8a), debió “aprender a obedecer mediante el
sufrimiento” vicario y, así, alcanzar la perfección (9) para ser “el autor de
la salvación eterna” (9b).
Así comenta Calvino esta porción:
El fin inmediato de los sufrimientos de Cristo era habituarse a la obediencia; y no es que haya sido empujado a ello por la fuerza, o que tuviese necesidad de ser ejercitado en esta forma, como en el caso de Jos bueyes o caballos cuando hay que domeñar su ferocidad, toda vez que él estaba dispuesto a rendir a su Padre la obediencia debida; mas todo esto fue realizado en relación con el provecho nuestro, para que pudiera presentar ante nosotros un ejemplo de docilidad hasta la misma muerte. Al mismo tiempo puede verdaderamente decirse que Cristo, por su muerte, aprendió perfectamente la obediencia a Dios, ya que él fue movido de manera especial a negarse a sí mismo; porque al renunciar a su propia voluntad, se entregó de tal modo a su Padre, que espontánea y voluntariamente sufrió la muerte, la cual temía sobremanera. Entonces la suma de todo es que Cristo, mediante sus sufrimientos, nos enseñó hasta dónde debemos someternos a Dios y obedecerlo.[1]
Por lo tanto, el sacerdocio absoluto del Señor se colocó muy por encima de todas las vías que la tradición había elaborado para buscar una especie de “atajos” para obtener la salvación. La Reforma, entonces, recuperó la grandeza de la obra salvadora de Jesucristo y la puso en el centro de la fe de todos los creyentes. En eso consiste su grandeza al hablar de la vía única para la salvación. Y nada puede estar al lado suyo en ese sentido: ni la Iglesia, ni los dogmas, ni los santos/as, ni los rituales, nada absolutamente nada. Es una cristología soteriológica totalizante y absoluta.
La fe que justifica impacta a la
humanidad y la acerca nuevamente a Dios (Rom 3.21-26)
Esto lo hizo Dios para manifestar su justicia, pues en su paciencia ha pasado por alto los pecados pasados, para manifestar su justicia en este tiempo, a fin de que él sea el justo y, al mismo tiempo, el que justifica al que tiene fe en Jesús.
Romanos 3.25b-26, Reina-Valera Contemporánea
Debe
quedar claro que el gran “descubrimiento” de Lutero aconteció al leer a fondo
la carta a los Romanos (1.17: “Porque en el evangelio se
revela la justicia de Dios, que de principio a fin es por medio de la fe, tal
como está escrito: ‘El justo por la fe vivirá’”) que cita al profeta Habacuc
(2.4). Para entender este hecho, hay que recordar el pavor de Lutero a no ser
salvo ante el juicio de Dios, algo que compartió con sus contemporáneos en un
ambiente sumamente opresivo: “…para muchas personas, la Iglesia de Roma se
había convertido en una fuerza muy opresiva. Uno de los antiguos lemas de la
Iglesia Católica era extra ecclesiam nulla salus: fuera de la Iglesia no
hay salvación. Eso significaba que ninguno podía esperar alcanzar la salvación
después de la muerte si no vivía como miembro de la Iglesia Romana,
sometiéndose a las autoridades que Dios había puesto en la Iglesia”.[2]
Lutero solamente pudo librarse de esa ansiedad mortal al encontrarse de frente
con Cristo, la fe justificadora y la gracia en la carta a los Romanos: “Pero
ahora, aparte de la ley se ha manifestado la justicia de Dios…” (3.21a).
En
su prefacio a esa epístola (uno de los más extensos como era de esperarse), se
expresa así, en palabras memorables:
Esta epístola es la verdadera parte principal del Nuevo Testamento y el
evangelio más puro. Es digna de que todo cristiano, no sólo la sepa de memoria
palabra por palabra, sino también de que se ocupe en ella como su pan cotidiano
del alma. […]
Las obras de la ley es todo lo que el hombre hace y puede hacer en conformidad
con la ley por su libre voluntad y por sus propias fuerzas. Pero dado que bajo
y junto a esas obras permanece en el corazón el desgano y la obligación hacia
la ley, por ese motivo todas esas obras son perdidas y sin ninguna utilidad.
Esto quiere expresar San Pablo en el capítulo tercero cuando dice: “Ningún
hombre será justificado ante Dios mediante las obras de la ley” [3.20]. […]
De aquí proviene que solamente la fe justifique y cumpla la ley, pues
obtiene el espíritu por el merecimiento de Cristo, espíritu que hace al corazón
alegre y libre como lo exige la ley; de este modo las buenas obras provienen de
la fe misma. Esto es lo que indica en el capítulo 3, después de haber rechazado
las obras de la ley, dando la impresión de que quisiera suprimirla mediante la
fe. No, dice, nosotros establecemos la ley mediante la fe, esto es, la
cumplimos mediante la fe. […]
Todos son pecadores y sin la gloria de Dios [3.23], deben ser
justificados sin merecimiento alguno por la fe en Jesucristo [3.24], quien nos
lo ha hecho merecido por su sangre y ha llegado a ser un instrumento de
propiciación por parte de Dios que nos perdona nuestros pecados anteriores para
probar con ello que su justicia, que él entrega en la fe, es la única que nos
ayuda.[3]
Conclusión
La
fe en el único mediador absoluto, Jesucristo, es lo que justifica delante
de Dios. Estas grandes doctrinas enlazadas forman un conjunto soteriológico monumental
por medio del cual los creyentes tienen el acceso total ante Dios. Ser
justificado es experimentar la libertad absoluta del pecado, del egoísmo, del
mal, de la injusticia. Es la antesala a la libertad cristiana absoluta pues la
justificación posibilita la superación de todos los temores. Afirmar que sólo
Cristo salva es remontarse hasta el inicio mismo de la fe cristiana y que solamente
la fe justifica es situarse en el mismo horizonte apostólico que fundamenta la
existencia espiritual de los seres humanos deseosos de dejarse guiar por él
como Señor y Salvador. Afirmemos enfáticamente, como ayer, hoy y siempre, estos
dos grandes principios bíblicos que fueron y siguen siendo los cimientos de la
Reforma protestante.
[1] J.
Calvino, La epístola a los Hebreos. Grand Rapids, Subcomisión de
Literatura Cristiana, 1977, pp. 110-111.
[2] David Brondos, “La doctrina
de la justificación en el pensamiento de Martín Lutero”, en https://94t.mx/doctrina-justificacion-pensamiento-lutero/.
Cf. “La justificación por la fe”, en https://blogs.ua.es/luteromartin/2011/09/02/la-justificacion-por-la-fe/
[3] M. Lutero, “Prefacio a la
carta a los Romanos” (1522), en Obras de Martín Lutero. Vol. 6. Buenos
Aires, Ediciones La Aurora, 1979, pp. 129, 131, 136.
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