viernes, 17 de enero de 2025

"Es bueno el Señor con quienes le buscan" (Lamentaciones 3.25-27), Pbro. Samuel Gallegos G.

19 de enero, 2025

Estereograma

El libro de Lamentaciones no tiene como propósito exaltar la bondad y misericordia de Dios, ni hacer una apología de su naturaleza clemente. Tampoco pone en duda su gracia y compasión. Al contrario, afirma que el amor de Dios se renueva cada mañana, revelando su fidelidad. Sin embargo, lo que este libro nos muestra es que cuando el pueblo rechaza a Dios y quebranta el compromiso de fidelidad con Él, se generan consecuencias, y una de ellas es que Dios puede retirar su bondad y su amor. Esto lleva a dejar de percibir esos atributos divinos y a experimentar soledad, abandono y desesperación.

Aunque Israel cree que Dios no los abandonará en esa soledad, la experiencia de abandono es real para ellos. En cierto sentido, el libro de Lamentaciones refleja una interrogante profunda: Se nos ha enseñado que Dios es bueno, justo, amoroso, compasivo, bondadoso, que ama a su pueblo como una madre ama a su hijo, que siente una compasión entrañable por nosotros, que perdona, que su gracia es infinita, pero ¿dónde está eso? Lo afirmamos, lo creemos, pero ¿por qué no lo vemos?

Este texto no es fácil de predicar, especialmente porque su tono es sombrío y deprimente. Reitera una y otra vez que el pueblo experimenta la ausencia de Dios, lo cual les duele profundamente. Todo lo que ocurre en Jerusalén, para ellos es una prueba palpable de que Dios los ha dejado solos. Y lo expresan abiertamente, señalando realidades que para ellos demuestran que Dios no está presente.

Lamentaciones también deja claro que tanto la sociedad jerosolimitana como el autor del texto, saben que han pecado una y otra vez contra Dios. Sin embargo, en lugar de culpar a Dios por lo que les sucede, el autor reconoce que lo que están viviendo es justo, y sostienen que Dios es misericordioso. Esta misericordia, sale como una plantita entre los escombros, surge entre la descripción de cómo Dios los ha sumido en la oscuridad, les ha quebrado los huesos, los ha dejado como cadáveres abandonados, encarcelados, con todas las salidas cerradas. La misericordia, aquí, es una plantita que apenas se asoma entre oraciones no escuchadas, crece entre tener atrofiado saber hasta lo que es estar bien.

Este escenario plantea preguntas profundas: ¿Cómo hablar de Dios en tales circunstancias?

¿Cómo ser honestos acerca de quién es Él y cómo actúa en nuestras vidas? ¿Qué hacer cuando no percibimos a Dios como misericordioso o amoroso? ¿Debemos ignorar nuestras experiencias de abandono o debemos admitir la tensión entre lo que vivimos y lo que creemos sobre Él?

En Lamentaciones, Dios permanece en silencio. No hay ningún Y dijo Dios, ningún y vino a mí palabra de Dios, diciendo. El libro es un grito hacia el vacío, una conversación con un Dios aparentemente ausente. El pueblo de Israel enfrenta esta realidad con este texto acróstico, que probablemente fue escrito por varios autores anónimos, con el fin de dar forma poética a un dolor profundo. Tal vez, este género literario se eligió para aportar algo de belleza, en medio del sufrimiento, como una forma deendulzar” el oído de Dios, con la esperanza de que Él respondiera. Pero como leemos, Dios no responde y a Israel le parece que este silencio se prolonga por demasiado tiempo. Israel expresa su dolor y sufrimiento utilizando todo el abecedario, de la Alef a la Tet, hasta que el abecedario ya no basta y terminan pensando que a Dios nunca se le va a pasar el enojo.

La experiencia de fe del pueblo de Israel también incluye la vivencia de sentirse abandonados por Dios, la sensación de que Él parece estar ausente. Esta es una parte integral de su fe. En nuestras propias vidas, ¿hemos experimentado alguna vez la sensación de que Dios está lejos? ¿Nos permitimos explorar esas experiencias para conocer más de nosotros mismos y de Dios, o preferimos reprimirlas? ¿Debemos suprimirlas o sería mejor integrar esas experiencias en nuestra fe, reconociendo que forman parte de un proceso más amplio de crecimiento espiritual?

 

El centro, del centro, del centro

Ya se ha dicho que la poesía hebrea se caracteriza por su estructura concéntrica. El Dr. Alfredo Tepox hace referencia a esta característica en una entrevista titulada También de dolor se canta,[1] señalando que en la poesía, tanto el inicio como el final están dirigidos hacia el centro, hacia el cleo del mensaje. En el caso de Lamentaciones, el centro del libro se encuentra en el capítulo tres, y dentro de éste, el centro son los versículos 21 al 24 y dentro de ellos, el centro es el corazón humano. En estos versículos, se halla el cleo de la reflexión del autor.

Los versículos dicen:

 

21 Esto recapacitaré (shub,[2] traer a), en mi corazón, por lo tanto esperaré (yakjal, esperar doliente).

22 Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.

23 Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.

24 Mi  porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré (yakjal).

 

En este pasaje, Dios no justifica sus acciones ni ofrece consuelo inmediato para los habitantes de Jerusalén, quienes han violado el pacto. Esta ausencia de Dios deja a Israel enfrentado solo a su sufrimiento y a su causa, lo deja con su fe como único recurso en su situación de abandono. El silencio de Dios intensifica el dolor, pero también permite que Israel se concentre en su sufrimiento y reflexione profundamente desde lo más íntimo de su ser.

¿Qué puede hacer el pueblo ante esta realidad? La respuesta es volver, regresar al centro de su ser, a su corazón. Allí está la experiencia de lo realmente valioso. Este regreso implica traer nuevamente a la mente la gracia de Dios (hésed), así como la compasión divina (rakjám), representada como el vientre materno de Dios. Al regresar al corazón, el autor descubre que la vida sigue presente: aún están vivos gracias a la misericordia de Dios. Aunque la situación sea devastadora, el hecho de estar vivos es prueba de la fidelidad de Dios, que no los ha consumido. Si Dios hubiera querido destruirlos, ya lo habría hecho. ¡Siguen vivos! ¡Hay esperanza! Por ello, la única respuesta es esperar, con la certeza de que la fidelidad de Dios se renueva cada día, aun en medio del dolor.

 

Lo bueno en medio del sufrimiento

Estar vivo es bueno, que haya esperanza es bueno. Que Dios renueve su misericordia cada día es bueno. Pero debe haber algo más que sea bueno.

 

25. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca (RV60).

 

Dios es bueno. Dios es gracia y compasión materna. Lo sabemos, lo hemos experimentado. Pero en el sufrimiento de hoy, lo que es bueno es esperar en él, lo que es bueno es buscarlo con dedicación, indagar su presencia con pasión, y hay que poner toda la respiración en ello. Y aquí, la palabra esperar es clave. La palabra que se traduce esperar, en el hebreo cambia en este v. 25, respecto de la palabra que se traduce esperar en los vv. 21-24. Mientras en estos versículos se usa yakjal, que se refiere a una espera doliente, en este v. 25 se usa cavá, que significa esperar para amarrar. La primera vez que se usa esta raíz es Génesis 1:9-10. Dijo Dios: Júntense (yiqqavu) las aguas que están debajo de los cielos en un solo lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Dios llamó a lo seco tierra, y al conjunto (ulemicvé) de las aguas lo llamó mares. Y vio Dios que era bueno.

Digamos que las aguas del corazón de Israel están allí, esperando, a que Dios dé la orden de que se amarren, se unan, se junten con Él e Israel vuelva a sentirse unido a su Señor. Eso es lo que buscan respirar (nefesh) los israelitas con pasión: amarrarse a Dios, porque eso es bueno y bueno también es hacerlo con todo el ser.

En medio de esta desolación sufriente, volviendo al centro, ¿hay alguna otra cosa buena?

 

26 Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. (RV60)

 

En este versículo, cambia el modo de espera. Retoman la espera doliente (yakjal) por la salvación de Dios, pero ahora en el contexto del silencio. La raíz damam, que se traduce como silencio, se refiere a la mudez que se asocia con la paciencia necesaria para ser escuchado y comprendido. Este silencio parece estar vinculado a una espera doliente de carácter penitencial, ya que la raíz damam aparece previamente en Lamentaciones 2:10, donde se describe a los ancianos de la hija de Sion, quienes se sentaron en tierra, callaron (damam), echaron polvo sobre sus cabezas y se ciñeron de cilicio.

¿Qué sigue después de este silencio lleno de dolor? La respuesta es: ser paciente, esperar con conciencia de pecado a que Dios, en alguna de esas mañanas en que su amor se renueva, lo haga real a través del pern y la compasión. Este tipo de espera es valiosa, ya que se practica en una actitud sensible y silenciosa, reconociendo el pecado cometido, y confiando en que Dios responderá en su tiempo.

Más adelante, la idea del silencio, de estar callado, tomará un nuevo giro.

 

27 Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. (RV60)

 

La palabra clave en este versículo es la que se traduce como “hombre. No se trata de ish (varón), ni de adam (hombre en sentido genérico, humano), ni de enosh (hombre débil o mortal), sino de  guéber, que se refiere a un hombre fuerte, vigoroso, y que en algunos contextos se utiliza para describir a un guerrero valiente. En su sentido negativo, guéber también puede implicar soberbia. Así, podría interpretarse como: Es bueno para el joven que se cree invencible, aprender del sufrimiento desde su juventud.

Es importante aclarar que Lamentaciones no presenta el sufrimiento como algo sin sentido. La obra deja claro que el sufrimiento proviene del pecado cometido contra Dios. En este versículo, el mensaje parece ser que, aunque nos sintamos fuertes, invencibles o lo seamos, debemos recordar que pecar contra Dios trae consecuencias tgicas y dolorosas, con las cuales no es fácil lidiar.

Para entender mejor el uso de guéber, podemos referirnos al libro de Job. Job sufre de lo que parecería ser un sufrimiento sin sentido; sin embargo, tiene el privilegio de que Dios lo escucha y le habla. Pero, ¿cómo le habla Dios? Después de que Job expresa todo lo que tenía en su corazón, Dios lo llama dos veces y lo confronta en ambas de la misma manera, no como ish, adam o enosh, sino como guéber, diciéndole: "Ciñe como varón (guéber) tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás" (Job 38:3; 40:7). Luego, Dios lo somete a una serie interminable de preguntas, como si le dijera: Te crees intocable e invencible, pues demuéstralo y contesta mis preguntas.

Volviendo a Lamentaciones 3:27, parece que este versículo nos dice que es bueno para los hombres jóvenes, por muy invencibles que se sientan, aprender a enfrentar las consecuencias de sus acciones y el sufrimiento por sus pecados y hasta respetar el silencio de Dios. Y me parece que la idea queda clara en los vv. 28-33:

 

28 Que se siente solo y calle (damam), porque es Dios quien se lo impuso (el sufrimiento).

 

¿No le basta con callar? Entonces,

 

29 Ponga su boca en el polvo, por si aún hay esperanza (tikvá).

 

¿No se calla ni así? Entonces,

 

30 Dé la mejilla al que le hiere, y sea colmado de afrentas.

31 Porque el Señor no desecha para siempre;

32 Antes, si aflige, también se compadece (rahum) según la multitud de sus misericordias (hesed);

33 Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.

 

Podemos concluir que, en el sufrimiento causado por el pecado, es sabio esperar en silencio la salvación de Dios.

 

Conclusión

El libro de Lamentaciones presenta la espera en Dios como algo valioso y necesario en medio del dolor, abordándola desde varias dimensiones profundas y reflexivas. En este contexto, la esperanza se entiende no solo como un deseo o un anhelo, sino como un concepto que se remonta a su raíz hebrea cavá, que significa amarrar o atar. De esta raíz se deriva la palabra tikvá, que se traduce como “hilo o cordel. Esta metáfora sugiere que la esperanza es un cordel de vida que uno recibe de Dios, para sacarnos de algún agujero imposible.

El Salmo 62:5, nos ayuda a entender: Solo en Dios está en silencio (damam) mi vida, porque de él es mi esperanza (tikvati). Este versículo resalta la relación inseparable entre la vida, el silencio interior, confianza y la esperanza. El término damam implica un silencio profundo, uno que no es pasivo, sino un silencio cargado de confianza en que Dios nos va a lanzar su mecate poderoso, para sacarnos del agujero negro en el que estamos. El silencio viene después del clamor, la espera viene después de la petición, la confianza aquieta nuestras emociones y se dispone a recibir el cordel de vida divino.

Lo que se resalta aquí es que, pase lo que pase, no importa cuánto se sufra o que tan prolongado sea el tiempo en que se enfrente al dolor más profundo, la vida debe buscarse con todo el ser, amarrarla a Dios, incluso aunque duela, porque Él es la fuente de esa esperanza y en Él está nuestra salvación.



[1] “También de dolor se canta”, entrevista a Alfredo Tepox, canal de Luis Rogelio Garabito del Cid. minutos 44:56-45:19, www.youtube.com/watch?v=kneta82pp8c&t=3407s. También Víctor Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2004, p. 33.

[2] Para los términos hebreos, Luis Alonso Schökel, Diccionario bíblico hebreo-español. 2ª ed. Edición preparada por Víctor Morla y Vicente Collado. Madrid, Trotta, 1999.

viernes, 10 de enero de 2025

"Grande es su fidelidad y cada mañana se renueva" (Lamentaciones 3.22-24), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

12 de enero, 2025


Por la misericordia del Señor

no hemos sido consumidos;

¡nunca su misericordia se ha agotado!

¡Grande es su fidelidad,

cada mañana se renueva!

Lamentaciones 3.22-23, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo 

El tema central de la tercera lamentación sigue siendo el mismo: Dios es quien castiga con justicia los pecados, pero también es el único que puede salvar. El hecho de que esta lamentación esté redactada casi toda ella en primera persona del singular ha multiplicado las opiniones de los investigadores al respecto: ¿Habla el profeta Jeremías? ¿Sión personificada? ¿El rey Joaquín o Sedecías? Sea quien sea, es la persona concreta quien mejor y más profundamente expresa el dolor y la súplica, el reconocimiento de sus pecados y su esperanza en la misericordia divina, su propio ser y su pertenencia a un pueblo.[1]

La expresión del dolor humano individual o colectivo ha encontrado cauces poéticos y religiosos que permiten, al nombrarlo, proponer posibilidades de superación a fin de reencontrarse, como sucedió con el pueblo de Dios en el sitio de Jerusalén, con las promesas antiguas de la divinidad que debían actualizarse y ser experimentadas de una manera nueva y desafiante. En Lamentaciones 3 a la descripción de lo hecho por Dios le siguen palabras de alabanza y confianza en que Dios protegerá a quien clama a él. El responsable de lo sucedido es Dios mismo “y nada se asume como el fruto de la acción de fuerzas extranjeras, luchas políticas entre naciones ni tensiones internas que pueden haber ayudado a crear las condiciones para la invasión. La interpretación teológica prima sobre otras posibles debido a que al autor no le interesa cargar sobre los extranjeros sino poner en evidencia la ruptura de la alianza y la concreción de la acción de Dios largamente anunciada”.[2] La memoria tendrá un lugar muy importante (vv. 19-20) para remontar el sufrimiento: “En el v.19 lo que el orante pide a Yahvé es que recuerde su ‘aflicción’ y su ‘vagar’”.[3]

Asomarse a la ternura divina renovada continuamente (vv. 21-22)

A las amargas palabras de la primera parte de poema le sigue un giro que desembocará en una auténtica catarsis, propia de una persona que, como parte de la comunidad, habla en su nombre. Asume así una voz colectiva que puede asomarse, con base en la fe acumulada y ansiosa, a la naturaleza perdonadora y misericordiosa de Yahvé: “Ahora [el orante] deja de centrarse narcisistamente en su persona y se dispone a dar una lección sobre el amor de Yahvé y la actitud de los dolientes ante su sufrimiento (vv. 22-31). El tono es abiertamente didáctico. No se niega el dolor, sino la soledad que suele acompañarle. El amor de Yahvé se cierne sobre el dolor, dispuesto a suprimirlo: ‘No se complace en afligir’” (v.33). estamos delante de un caso en que la aflicción se resuelve en la ternura divina que se renueva cada día.[4]

En medio de la circunstancia emocional tan deprimida, surgen las primeras palabras de esperanza, que van a ser, en sentido estricto, el centro estructural y teológico de todo el libro: “Sé que no hemos sido destruidos / porque Dios nos tiene compasión. / Sé que cada mañana se renuevan/ su gran amor y su fidelidad. / Por eso digo que en él confío; / ¡Dios es todo para mí!” (22-24). A partir de ahí el lenguaje cambia, pero además se va a establecer una reflexión teológica consistente para colocar el pacto antiguo en una nueva dimensión de trato hacia el pueblo que se puede calificar de dialéctica. La afirmación de confianza es eminentemente individual (24) y de allí se parte para exhortar a los demás a confiar en Yahvé, aunque con una mirada nueva de la fe, de la historia, de la vida completa (25). La espera de la salvación debe ser paciente y deben aprenderse las lecciones desde la juventud (26-27), etapa de hondo aprendizaje, pues el sufrimiento puede afrontarse desde el silencio cuando Dios lo ordena así (28, 29-30). La actitud propuesta es definitivamente mística, contraria al exceso de palabrería de otros momentos, ante la que bien vale la pena recuperar lo que la propia Escritura afirma en otros lugares (“calle delante de Él toda la tierra”, Hab 2.20; “sean pocas tus palabras”, Ecl 5.2).


La misericordia/ternura de Dios se renueva cotidianamente (vv. 23-24)

Desde sus recuerdos personales el creyente se levanta para afirmar con total certidumbre que “la misericordia de Yahvé no ha acabado, / que no se ha agotado su ternura” (22),[5] la esperanza ha renacido. La memoria del poeta es la que lo sacará del pozo sin fondo en el que se abate con desesperación. Ofrece tres términos para definir con exactitud la acción salvífica de Dios: misericordia (hesed), ternura [rahamim, “entrañas”, “cariño”] y fidelidad (emunáh). El primero, se deriva también en “lealtad”, “compromiso” como parte del pacto. El segundo, define los sentimientos compasivos de Dios. El tercero, se asocia también a la teología del pacto, se puede traducir también como sinceridad, honradez, rectitud.[6] Todas esas cualidades del Dios del pacto no se han agotado y, por el contrario, se renuevan cada día: “Las tres ‘virtudes’ divinas se hallan por encima y más allá de sus correspondientes humanas, ya que no pueden agotarse o desgastarse, pues día a día vuelven a ser estrenadas por Yahvé. El poeta nos ofrece una confesión-resumen: ‘¡grande es su fidelidad!’, que podría traducirse: ‘¡su fidelidad es ilimitada!’”.[7]

La reacción del creyente que ora es exultante: “Por eso digo con toda el alma: / ‘¡El Señor es mi herencia, y en él confío!’” (24). Nuevamente la voz individual se impone y ahora la heleq, “herencia”, “parcela” o “destino” inclusive, en su vertiente teológica, aparece como la concentración de todo lo expuesto: “La persona religiosa cultiva en su interior la convicción de que Yahvé es ‘lo que mejor le podía tocar en suerte’: en Él encuentra refugio y seguridad; en Él se apoya su proyecto humano”.[8] Dios es su destino absoluto en la historia personal y colectiva. 

Conclusión

A la primera impresión que producen los versos iniciales de Lam 3 mediante una descripción minuciosa del sufrimiento y de la pérdida experimentada e incluso de ver a Dios casi como un enemigo, como alguien que no ve su dolor y que lo persigue encarnizadamente le sigue una conclusión admirable y edificante: 

Pero luego de este largo relato del dolor, en el límite con la desesperanza, algo emerge en el corazón de esta persona (vv. 19-21). Y esto no es  casual: él  ha  decidido traer a su  corazón una experiencia, la memoria le hace presente algo que significa mucho para él. Es la reserva de fe, la tradición creyente de su pueblo en la que fue educado y que está presente en su corazón, en la que él parece apoyarse ahora. La memoria de este Yahvé que nunca abandona, lleno de ternura, de un inmenso amor para su  pueblo, que lo rescató y lo sigue rescatando. En medio de este camino de angustia y dolor  máximo, donde se encuentra cara a cara con la muerte, él ha podido divisar una luz.[9] 

Ésa es la gran enseñanza sapiencial de Lamentaciones 3: “Un ser humano sufre, prueba el dolor hasta sus dimensiones liminales. En esa “vía dolorosa” siente que lo va perdiendo todo, ya no le queda nada. Hasta su propio proyecto de vida está desdibujado, no encuentra sentido a lo que vive […] Busca que la comunidad llore con su llanto, y, de ser posible, llegar hasta el mismo Yahvé, para que lo mire y escuche. Y eso ya es algo”.10


[1] Luis Alonso Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo. Bilbao, Misioneros Claretianos-Mensajero, 2008, pp. 1254-1255.

[2] Pablo Andiñach, “Lamentaciones”, en Introducción hermenéutica al Antiguo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2012, pp. 474-475.

[3] Mónica Leticia Batista, De la aflicción a la ternura que se renueva cada día. Lamentaciones 3.1-39. San José, Universidad Bíblica Latinoamericana, 2014 (Aportes bíblicos, 18), p. 67.

[4] Ibid., p. 74.

[5] Víctor Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2014, p. 272.

[6] Ibid., p. 273.

[7] Ibid., p. 274.

[8] Ibid., p. 275.

[9] M.L. Batista, op. cit., p. 85. Énfasis agregado. 10 Ibid., p. 87.

viernes, 3 de enero de 2025

"Yo soy aquel que ha visto la aflicción..." (Lamentaciones 3.1-12), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

5 de enero, 2024


Yo soy el que ha sufrido

el duro castigo de Dios.

Él me forzó a caminar

por los caminos más oscuros;

no hay un solo momento

en que no me castigue.

Lamentaciones 3.1-3, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo: 1. historia 

En 588 a.C., el rey Sedecías suspendió el pago de tributos a Babilonia. En 586 a.C., después de año y medio de cerco, los oficiales de Nabucodonosor conquistaron, incendiaron Jerusalén y destruyeron el templo. Fue el fin del Reino de Judá. Sedecías fue apresado y llevado con el segundo grupo de deportados a Babilonia (2 Re 25.7). Lo reubicaron junto a los expatriados del 597 a.C. Estos acontecimientos, que dan pie a las Lamentaciones, se narran en el Segundo libro de los Reyes y en Jeremías 39 y 52, y se transforman en una visión en Ezequiel (Ez 9).[1]

 

Éste es el trasfondo histórico del libro de las Lamentaciones, escrito aproximadamente entre el 586 y el 575 a.C., durante o poco después de la caída de Jerusalén. Aunque el original hebreo no indica nada que lo relacione con Jeremías, la referencia al profeta aparece en la Septuaginta, en una nota que afirma: “Sucedió cuando Israel fue llevado cautivo y Jerusalén fue asolada, que Jeremías, llorando, se sentó y entonó esta lamentación sobre Jerusalén, diciendo...”. Lo cierto es que varios poetas, hombres y mujeres, hicieron del suceso el tema de sus textos. Según Kathleen O’Connor, el trabajo mayormente debió ser realizado por mujeres,[2] pues la tradición depositaba en ellas “el arte de la lamentación”, de lo cual hay evidencia en el libro de Jeremías (9.17-21; 31.15). 

Trasfondo: 2. Literatura

“También de dolor se canta”: así tituló el Dr. Alfredo Tepox Varela una charla inolvidable acerca de las características literarias y poéticas de las Lamentaciones.[3] Con justa razón, porque este libro es un gran lamento ejecutado con una enorme creatividad y pulcritud. Estamos ante un evidente caso de “poesía teológica”, lo cual exige, además de una sensibilidad específica para abordarla, el respeto por sus características formales y expresivas (es un acróstico), lo que produce también una serie de requisitos para acceder a su contenido y mensaje. Su lenguaje realista, hiperrealista incluso, y la manera en que despliega las observaciones y los diversos temas, lo convierte, de entrada, en una profunda elegía o endecha (en griego, threno), es decir, en un poema triste que se lamenta por la muerte de la gran ciudad de Jerusalén, como si fuera una persona, y por la crisis humanitaria experimentada por el pueblo ante el sitio de la misma.

En ella caben “la descripción de rasgos sueltos, la transposición imaginativa, los lamentos, las súplicas, las preguntas desconcertadas, la exhortación. Todo ello suministra riqueza y variedad de materiales”.[4] La primera lamentación destaca el sufrimiento como consecuencia de la propia culpa; la segunda muestra a Yahvé como enemigo que ha destruido a Sión en el día de su ira; la tercera, que se confía en Yahvé en medio del dolor, porque es misericordioso; la cuarta, que el sufrimiento corresponde a la culpa, pero que el tiempo de sufrir ha terminado; y la última es una oración para salir de la miseria.


Trasfondo: 3. Mensaje

 

El lenguaje característico del profeta a la hora de arremeter contra la insensibilidad y la negación monárquicas es el lenguaje de fa aflicción, la retórica que mueve a la comunidad a asistir afligida a un funeral que no quiere aceptar. En realidad, se trata de su propio funeral. Cada vez me ha impresionado mas la capacidad del profeta para hacer uso del lenguaje elegíaco y de la creación simbólica de una escena funeraria como modo de visibilizar lo que el rey debe y no quiere ver. Y creo que la aflicción y el lamento, ese llanto patetico (con «pathos»), es la forma extrema de crítica, porque anuncia el inevitable final de todo el montaje monárquico.[5]

 

La Tercera Lamentación, un acróstico perfecto, puede dividirse en tres partes bien definidas: la experiencia individual del dolor (vv. 1-20); la esperanza en la misericordia de Dios (vv. 21-39); y una súplica individual y colectiva (40-66). El tema central es el mismo de todo el libro: Dios es quien castiga con justicia los pecados, pero también es el único que puede salvar. Está redactada en primera persona, por lo que la voz que habla “expresa el dolor y la súplica, el reconocimiento de sus pecados y su esperanza en la misericordia divina, su propio ser y su pertenencia a un pueblo”.[6] El hablante asume como propio el dolor por lo sucedido hasta ese momento, de manera directa sobre él y así se presenta: “Yo soy el que ha sufrido / el duro castigo de Dios. / Él me forzó a caminar/ por los caminos más oscuros; / no hay un solo momento / en que no me castigue” (vv. 1-3). Su situación es trágica, de muerte (vv. 4-6), al grado de que “Se niega Dios a escucharme” (v. 7). El Señor ha encaminado sus fechas sobre él y, literalmente, lo acosa (8-15). La sensación es de derrota total por causa de esta actuación divina (v. 16) y “la felicidad es sólo un recuerdo” (v. 17). En el extremo del desencanto no duda en decir: “Me parece que de Dios / ya no puedo esperar nada” (18). Por ello, el ánimo está perdido (vv. 19-20). 

Conclusión

Si en otros lugares del AT, se cuestiona, así sea implícitamente, el pacto de Dios con el pueblo (Job, Ester, Eclesiastés), aquí la recuperación del mismo es agónica, es decir, se interpreta como una situación crítica que impacta en el corazón mismo de Dios para garantizar la permanencia de la alianza en el marco de la fidelidad divina indiscutible, pero sin olvidar al socio humano que, a pesar de sus desobediencias, seguirá siendo la contraparte de este convenio de amor, compasión y justicia. La voz individual y colectiva expresará de manera doliente lo sucedido en la historia, pero con una profunda esperanza en que Dios actuará para superar la circunstancia presente. Leído en la fiesta del día nueve del mes Av, día de duelo por la destrucción del templo, el libro proyectaba la ansiedad del pueblo para salir de la tragedia nacional. “El libro de las Lamentaciones no se agota en cantar las tristezas sino que dice mucho sobre la fe y la esperanza y muestra que es posible construir un discurso sanador a partir de la angustia. Este libro es un ejemplo de cómo la experiencia de profunda desazón puede no conducir al vacío sino por el contrario a impulsar a pronunciar la palabra que permita dar sentido la vida”.[7]



[1] Pinky Riva, “Meguilat Eijá. El libro de las Lamentaciones”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 67, 2010/3, p. 66, www.centrobiblicoquito.org/images/ribla/67.pdf.

[2] K. O’Connor, Kathleen, “Lamentations”, en Carol A. Newsome y Sharon H. Ringe, eds., Women’s Bible Commentary, Louisville, Westminster John Knox, 1992, 1998.

[3] A. Tepox, “También del (sic) dolor se canta”, Sociedad Bíblica de Guatemala, 21 de mayo de 2020, www.youtube.com/watch?v=kneta82pp8c&t=8s.

[4] P. Riva, op. cit., p. 67.

[5] Walter Brueggemann, La imaginación profética. Santander, Sal Terrae, 1986, pp. 60-61.

[6] P. Riva, op. cit., Ibid., p. 77.

[7] Pablo Andiñach, “Lamentaciones”, en Introducción hermenéutica al Antiguo Testamento. Estella, Verbo Divino, p. 476.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

  31 de diciembre, 2025 …todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser huma...