19 de enero, 2025
Estereograma
El libro de Lamentaciones no tiene como propósito exaltar
la bondad y misericordia de Dios, ni hacer una apología de su naturaleza clemente. Tampoco pone en duda su gracia y compasión.
Al contrario, afirma que el amor de Dios se renueva cada mañana, revelando
su fidelidad. Sin
embargo, lo que este libro nos muestra es que cuando el pueblo rechaza a Dios y quebranta el compromiso de fidelidad con Él, se generan consecuencias, y una de ellas es que Dios puede
retirar su bondad y
su amor. Esto lleva a dejar de percibir esos atributos divinos y a experimentar soledad, abandono y desesperación.
Aunque Israel cree que Dios no los abandonará en esa
soledad, la
experiencia de abandono es real para ellos. En cierto sentido,
el libro de Lamentaciones refleja una interrogante profunda: “Se
nos ha enseñado que
Dios es bueno, justo, amoroso, compasivo, bondadoso, que ama
a su pueblo como una madre ama a su hijo, que siente una compasión entrañable por nosotros,
que
perdona, que su gracia es infinita, pero ¿dónde está eso? Lo afirmamos, lo creemos, pero
¿por qué no lo vemos?”
Este texto
no es fácil de predicar, especialmente porque su tono es sombrío y deprimente. Reitera una y otra vez que el pueblo experimenta la ausencia de Dios, lo cual les duele
profundamente. Todo lo que ocurre en Jerusalén, para ellos es una prueba palpable de que Dios los ha dejado solos. Y lo expresan abiertamente, señalando realidades que para ellos demuestran que Dios no está presente.
Lamentaciones también deja claro
que tanto
la sociedad jerosolimitana como
el autor del texto, saben que han pecado una y otra vez contra Dios. Sin embargo, en lugar de culpar a Dios por lo
que
les sucede, el autor reconoce que lo
que
están viviendo
es justo, y sostienen que Dios es
misericordioso. Esta misericordia, sale como una plantita entre los escombros, surge entre la
descripción de cómo Dios los ha sumido en la oscuridad, les ha quebrado los huesos, los ha dejado
como cadáveres abandonados, encarcelados, con todas las salidas cerradas. La
misericordia, aquí, es una
plantita
que
apenas se asoma
entre oraciones no escuchadas, crece entre tener atrofiado saber hasta lo que es estar bien.
Este escenario plantea preguntas profundas: ¿Cómo hablar de Dios en tales circunstancias?
¿Cómo ser honestos acerca de quién es Él y cómo actúa en nuestras vidas?
¿Qué hacer cuando no
percibimos a Dios como
misericordioso o amoroso? ¿Debemos ignorar nuestras experiencias de abandono
o debemos admitir la tensión
entre lo
que
vivimos y lo
que
creemos sobre Él?
En Lamentaciones, Dios permanece en silencio. No hay ningún “Y dijo Dios”, ningún “y vino a
mí palabra
de
Dios, diciendo”. El libro es un grito hacia el vacío, una conversación con un Dios
aparentemente ausente.
El pueblo de Israel
enfrenta esta realidad con este texto acróstico, que probablemente fue escrito
por
varios autores anónimos, con
el fin de dar forma poética a un
dolor profundo. Tal vez, este género literario se eligió para aportar algo de belleza, en medio
del
sufrimiento, como una forma de “endulzar” el oído de Dios, con la esperanza de que Él respondiera. Pero
como leemos, Dios no responde y a Israel le parece que este silencio
se prolonga por demasiado
tiempo. Israel expresa su dolor y sufrimiento
utilizando todo el abecedario, de la Alef a la Tet, hasta que el abecedario ya no basta y terminan pensando que a Dios nunca se le va a pasar el enojo.
La experiencia de fe del pueblo de Israel también incluye la vivencia de sentirse abandonados por Dios, la sensación
de
que Él parece estar ausente. Esta es una parte integral de su
fe.
En nuestras propias vidas, ¿hemos experimentado alguna vez la sensación de que Dios está lejos? ¿Nos permitimos explorar esas experiencias para conocer más de nosotros mismos y de Dios,
o preferimos reprimirlas? ¿Debemos suprimirlas o sería mejor integrar esas experiencias en nuestra fe, reconociendo que forman parte de un proceso más amplio
de
crecimiento
espiritual?
El centro, del centro, del centro
Ya se ha
dicho que la
poesía hebrea se caracteriza
por
su estructura concéntrica. El Dr. Alfredo Tepox hace referencia a esta característica en una entrevista titulada “También de dolor se canta”,[1] señalando que en la poesía, tanto
el inicio
como el final están dirigidos hacia el centro, hacia el núcleo del mensaje.
En
el caso de Lamentaciones, el centro del libro se encuentra en el
capítulo tres, y dentro de éste, el centro son los versículos 21 al 24 y dentro de ellos, el centro es el corazón humano. En estos versículos,
se halla el núcleo de la reflexión del autor.
Los versículos dicen:
21 Esto recapacitaré (shub,[2] traer a), en mi corazón, por lo tanto esperaré (yakjal, esperar doliente).
22 Por la misericordia de Jehová
no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.
23 Nuevas son cada mañana; grande
es tu fidelidad.
24 Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en
él esperaré (yakjal).
En este pasaje, Dios no justifica sus acciones ni ofrece consuelo inmediato para los habitantes de Jerusalén, quienes han violado el pacto. Esta ausencia de Dios deja a Israel enfrentado solo a su sufrimiento
y a su causa, lo deja con su fe como único recurso
en su situación de abandono. El silencio de Dios intensifica el dolor, pero también permite que Israel se concentre
en su sufrimiento y reflexione profundamente desde lo más íntimo de su ser.
¿Qué puede hacer el pueblo ante esta realidad? La respuesta es volver, regresar al centro de su ser, a su corazón. Allí está la experiencia de lo realmente valioso. Este regreso implica traer nuevamente a la mente la gracia de Dios (hésed), así como la compasión divina (rakjám), representada como el vientre materno
de
Dios. Al regresar al corazón, el autor descubre que la vida sigue presente: aún están vivos gracias a la misericordia de Dios. Aunque la situación sea
devastadora, el hecho de
estar vivos es prueba de la fidelidad
de
Dios, que no los ha consumido. Si Dios hubiera querido destruirlos, ya lo habría hecho. ¡Siguen vivos! ¡Hay
esperanza! Por ello, la
única respuesta es esperar, con la
certeza de que la
fidelidad
de
Dios se renueva cada día, aun en medio del dolor.
Lo bueno en medio del sufrimiento
Estar vivo es bueno, que haya esperanza es bueno. Que Dios renueve su misericordia cada día es bueno. Pero debe haber algo más que sea
bueno.
25. Bueno es Jehová a los que
en él esperan, al alma que le busca (RV60).
Dios es bueno. Dios es gracia y compasión materna. Lo sabemos, lo hemos experimentado.
Pero en el sufrimiento de hoy, lo que es bueno es esperar en él, lo que es bueno es buscarlo con dedicación, indagar su presencia con pasión, y hay que poner toda la respiración en ello. Y
aquí,
la palabra “esperar” es clave. La palabra que se traduce “esperar”, en el
hebreo cambia en este v. 25, respecto de la palabra que se traduce “esperar” en los
vv. 21-24. Mientras en estos versículos se usa yakjal, que se
refiere a una espera doliente, en este v. 25 se usa cavá, que significa esperar para amarrar. La primera vez que se usa esta raíz es Génesis 1:9-10. Dijo Dios: “Júntense (yiqqavu) las aguas que están debajo de los cielos en un solo lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Dios llamó a lo seco tierra, y al conjunto (ulemicvé)
de las aguas lo llamó mares. Y vio Dios que era
bueno.”
Digamos que las aguas del corazón de Israel están allí, esperando, a que Dios dé la orden de que se amarren, se unan, se junten con Él e Israel vuelva a sentirse unido a su Señor. Eso es lo
que
buscan “respirar” (nefesh) los israelitas con pasión: amarrarse a Dios,
porque eso es bueno y bueno también es hacerlo con todo el ser.
En medio de esta desolación sufriente, volviendo al centro, ¿hay alguna otra cosa buena?
26 Bueno es esperar en silencio
la salvación de Jehová. (RV60)
En este versículo, cambia el modo
de
espera. Retoman
la espera doliente (yakjal) por la
salvación de Dios, pero
ahora
en el contexto del silencio. La raíz damam, que se traduce como “silencio”, se refiere a la mudez que se asocia con la paciencia necesaria para ser escuchado y
comprendido.
Este silencio
parece estar
vinculado a una
espera doliente de
carácter penitencial, ya que la raíz damam aparece previamente en Lamentaciones 2:10, donde se describe a los ancianos de la hija de Sion, quienes “se sentaron en tierra, callaron (damam), echaron polvo sobre sus cabezas y se ciñeron de cilicio”.
¿Qué sigue después de este silencio lleno de dolor?
La
respuesta es:
ser paciente, esperar con
conciencia de pecado
a que Dios, en alguna de esas mañanas en que su
amor se renueva, lo haga real a través del perdón y la compasión. Este tipo de espera es valiosa, ya que se practica en una actitud sensible y silenciosa, reconociendo el pecado cometido, y confiando en que
Dios responderá en su tiempo.
Más adelante, la idea del silencio, de estar callado, tomará un nuevo giro.
27 Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. (RV60)
La palabra clave en este versículo es la que se traduce como “hombre”. No
se trata de ish
(varón), ni de adam (hombre en sentido
genérico, humano), ni de enosh (hombre débil o
mortal),
sino
de guéber, que se refiere a un
hombre
fuerte, vigoroso, y
que
en algunos
contextos se utiliza para describir a un guerrero valiente. En su sentido negativo, guéber también puede implicar soberbia. Así, podría interpretarse como: “Es bueno para el joven que se
cree invencible,
aprender del sufrimiento desde su juventud”.
Es importante aclarar
que
Lamentaciones no presenta el sufrimiento como
algo
sin sentido. La
obra deja claro que el sufrimiento proviene del pecado cometido contra Dios.
En
este versículo, el mensaje parece ser que, aunque nos sintamos fuertes, invencibles o lo seamos, debemos recordar que pecar contra Dios trae consecuencias trágicas y dolorosas, con las cuales no es
fácil lidiar.
Para entender mejor el uso de guéber, podemos referirnos al libro de Job. Job sufre de lo que
parecería ser un sufrimiento sin sentido; sin embargo, tiene el privilegio de que Dios lo escucha
y le habla. Pero, ¿cómo le habla Dios? Después de que Job expresa todo lo que tenía en su
corazón, Dios lo llama dos veces y lo confronta en ambas de la misma manera, no como ish, adam o enosh, sino como guéber, diciéndole: "Ciñe
como varón (guéber) tus lomos; Yo te
preguntaré, y tú me contestarás" (Job 38:3; 40:7). Luego, Dios
lo somete a una serie
interminable de preguntas,
como si le dijera: “Te crees intocable e invencible,
pues demuéstralo y contesta mis preguntas”.
Volviendo a Lamentaciones 3:27, parece que este versículo nos dice que es bueno para los hombres jóvenes, por muy invencibles que
se sientan, aprender a enfrentar las consecuencias
de
sus acciones y el sufrimiento por sus pecados y hasta respetar el silencio de Dios. Y
me parece que la idea queda clara en los vv. 28-33:
28 Que se siente solo
y calle (damam), porque es Dios quien se lo impuso (el sufrimiento).
¿No le basta con callar? Entonces,
29 Ponga su boca en el polvo,
por si aún hay esperanza (tikvá).
¿No se calla ni así? Entonces,
30 Dé la mejilla al que le hiere,
y sea colmado de afrentas.
31 Porque el Señor no desecha
para siempre;
32 Antes, si aflige, también se
compadece (rahum) según la multitud de sus misericordias (hesed);
33 Porque no aflige ni entristece
voluntariamente a los hijos de los hombres.
Podemos concluir que, en el sufrimiento causado por el pecado, es sabio esperar
en silencio
la salvación de Dios.
Conclusión
El libro de Lamentaciones presenta la espera en Dios como
algo
valioso y necesario en medio del dolor, abordándola desde varias dimensiones profundas y reflexivas. En este contexto, la
esperanza se entiende no solo como
un
deseo o un anhelo, sino
como un
concepto que se remonta a su raíz hebrea cavá, que significa “amarrar” o “atar”.
De
esta raíz se deriva la palabra tikvá, que se traduce como “hilo” o “cordel”. Esta metáfora sugiere que la esperanza es un
cordel de vida que uno recibe de Dios, para sacarnos de algún agujero imposible.
El Salmo 62:5, nos ayuda a entender: “Solo en Dios está
en silencio (damam) mi
vida, porque de él es mi esperanza (tikvati)”. Este versículo resalta la relación inseparable entre la vida, el
silencio interior, confianza y la esperanza. El término damam implica un silencio profundo, uno que no
es pasivo, sino
un silencio cargado de confianza en que Dios nos va
a lanzar
su mecate
poderoso, para sacarnos del agujero negro
en el que estamos. El silencio viene después del
clamor, la espera viene después de la petición, la confianza aquieta nuestras emociones y se
dispone a recibir el cordel de vida divino.
Lo que se resalta aquí es que, pase lo
que
pase, no importa cuánto se sufra o que tan prolongado
sea el tiempo en que se enfrente al dolor más profundo, la vida debe buscarse con
todo el ser, amarrarla a Dios, incluso aunque duela, porque Él es la fuente de esa esperanza y
en Él
está nuestra salvación.
[1] “También de dolor se canta”,
entrevista a Alfredo Tepox, canal de Luis Rogelio Garabito del Cid. minutos
44:56-45:19, www.youtube.com/watch?v=kneta82pp8c&t=3407s. También Víctor
Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2004, p. 33.
[2]
Para los términos hebreos,
Luis Alonso Schökel, Diccionario bíblico hebreo-español. 2ª ed. Edición
preparada por Víctor Morla y Vicente Collado. Madrid, Trotta, 1999.
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