Acrópolis de Pérgamo
20 de febrero, 2022
Al que salga vencedor, le daré a comer del maná escondido, y le daré también una piedrecita blanca; en ella está escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe.
Apocalipsis 2.17, RVC
Trasfondo
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érgamo (“ciudadela”), al norte de
Esmirna, es famosa por uno de los productos que surgieron allí, el pergamino,
material hecho a partir de la piel de cordero o de otros animales, fabricado
para escribir sobre él. Fue una de las ciudades más importantes del mundo
antiguo desde el punto de vista religioso. Allí se ubicó el gobierno romano de
la provincia. Templos impresionantes coronaban su ciudadela, de una altura de
300 metros. Con una larga historia helenística tras de sí, entre 180 y 160
a.C., Eumenes II construyó un imponente altar de mármol para Zeus (actualmente
en un museo de Berlín), cuyo fuego se mantenía encendido todo el tiempo. En el
año 29 a.C. se erigió en la parte más alta un templo dedicado a Augusto y a
Roma, con lo que comenzó el culto imperial en Asia Menor. También se veneraba a
Esculapio, deidad de la salud y los milagros que tenía allí su templo principal
(Asklepion), lugar de peregrinación,[1] en el cual se
ofrecían masajes, aguas medicinales y bañeras. De allí fue nativo el famoso
médico Galeno.
La palabra del
Señor Jesucristo dirigida a esta iglesia pone en acto toda su fuerza
irresistible: él es quien “tiene la espada aguda de dos filos” (v. 12): “La ‘espada’ del v. 12 se recoge en ‘la espada de mi
boca’ en el v. 16: ambas expresiones se combinan en la visión de Patmos (1.16).
La idea de un arma saliendo de la boca se basa en Isaías 11.4 y 49.2, pero se
modifica deliberadamente. […] Sugiere la autoridad de la palabra hablada, en
particular la sentencia del juez, y se asocia en Ap 19.13 y 15 con la ‘palabra
de Dios’” (cf. Heb 4.12 y Ef 6.17).[2] A esta comunidad de fe “Cristo se le presenta
armado de esta gran espada, y antes del final de la carta amenaza con blandirla
contra el grupo infiel dentro de la iglesia”.[3]
“Yo sé
dónde vives, y dónde está el trono de Satanás” (2.13a)
El Señor Jesucristo reconoce
desde un principio que la situación de esta comunidad era extremadamente difícil:
“Sé dónde vives: allí donde Satanás tiene su trono” (13a). En relación temática
con la “sinagoga de Satanás” (2.9; 3.9), esta expresión puede referirse a
varias cosas al mismo tiempo: a) el protagonismo de Pérgamo en el culto
al emperador, pues era algo así como la “Roma oriental”; b) el culto a
Esculapio, por la centralidad de la serpiente en el mismo; y c) el
aspecto de sillón de la gran acrópolis, que bien podía simbolizar a Satanás sentado
en las alturas para ejercer su poder nefasto. El Señor felicita a la comunidad
por haber sido fiel en un medio tan hostil incluso ante el martirio de uno de
sus integrantes, Antipas (13b). “Fueron incitados a negar la fe, pero no renegaron
de Cristo sino que se negaron a llamar kurios al César”.[4] Según algunos testimonios
históricos, los acusados podían exculparse si maldecían el nombre de Jesús. La palabra
griega mártus aún no había adquirido el significado de “testigo por la
sangre”, que recibirá más tarde.
Otra posibilidad
para explicar este martirio e identificar el trono satánico es que podía asociarse con el templo de Esculapio, puesto que el símbolo de ese dios era
la vara con la serpiente (figura de Satán) “y que sus curaciones eran para los
cristianos caricaturas diabólicas de los milagros de Cristo. Otros, finalmente,
piensan que el trono de Satán es el gigantesco altar de Zeus”.[5] Stam subraya: “El
santuario se mantenía lleno de culebras, símbolo de la medicina y la curación,
debido a la leyenda de que resucitaban cada año”.[6]
“Al
que salga vencedor, le daré a comer del maná escondido (2.17b)
Pero la iglesia de Pérgamo
mereció también un reproche porque toleraba a un pequeño grupo de personas que
profesaban “la doctrina de Balaam” (14a), “designación metafórica de una
herejía con características innegables de libertinaje en el sentido propio del
término, es decir, de desenfreno moral”.[7] La
alusión a Balaam indica que el prototipo es aquel personaje y el consejo que
dio a Balac (Nm 22-24; 31.16). Su consejo fue que las mujeres moabitas se
entregaran a los israelitas para que éstos se convirtieran a los ídolos y
participaran de sus comidas sagradas. “A imitación de aquel, también los
herejes de Pérgamo seducen a los miembros de la iglesia, persuadiéndolos a
actos idolátricos (comer carne inmolada en los sacrificios paganos) y a
entregarse a la fornicación”,[8] entendiendo
esta última palabra en sentido metafórico. Hay un consenso general acerca de
que los nicolaítas (15) son los mismos personajes mencionados en la carta a Éfeso:
“Debía tratarse de gente entregada
a especulaciones judeo-gnósticas, como aquellas que ya san Pablo había tenido
que combatir en las cartas a los Colosenses y a los Efesios, y que prepararon
la gnosis del siglo II. Cristo exige a la comunidad que no tolere por más
tiempo ese desorden; de lo contrario, vendrá él pronto en persona, y con la
fuerte irresistible de la palabra de Dios los arrojará de la iglesia y los
entregará a la condenación eterna [16]”.[9]
Al vencedor en
estas lides ideológicas y espirituales se le promete una doble recompensa: le
será dado comer del “maná escondido” (17a), es decir, del alimento celestial,
que se niega a los mortales, símbolo supremo de la unión con Dios en la
eternidad, además de recibir una piedra blanca, con un nombre nuevo escrito
(17b), expresión de su nueva naturaleza, cuya magnificencia sólo puede
comprender y apreciar quien la posee. Entre los griegos, a los competidores en
justas atléticas se les entregaba una tablilla blanca con su nombre. La promesa
del maná tiene resonancias mesiánicas, tal como se afirma en 2 Baruc 29, que
anuncia que ese alimento volvería a caer en los días del Mesías. Otra tradición
judía dice que el maná fue escondido en una cueva. Sobre la segunda promesa: “Posiblemente
la piedrecita blanca, pura, hermosa y duradera, no sea más que un objeto
apropiado para grabar el Nombre, el mismo que el mártir no ha negado bajo prueba
y cuya bendición ahora lo ha de acompañar siempre. A la luz de la promesa
paralela en la carta a Filadelfia (3.12), podemos entender que el Nombre aquí
es el de Cristo”.[10]
Conclusión
Aunque en general la congregación de
Pérgamo había sido ejemplarmente fiel (2.13) y sólo un grupo se había desviado
de la verdad (2.14), sin embargo, todos compartían la culpa y estaban llamados
(en la persona de su ángel) a volver a Dios: “Por lo tanto, ¡arrepiéntete!...”
(2.16). Dos veces Cristo habla a la congregación en segunda persona del singular
(arrepiéntete, iré …a ti), pero después cambia a la tercera persona del plural
(contra ellos). Tanto la herejía de algunos como la tolerancia de otros serán
juzgadas por la aguda espada de la palabra del Señor”.[11]
De manera
similar, hoy, toda iglesia que quiera reivindicar de verdad el apelativo de cristiana
deberá considerar seriamente su fidelidad al Evangelio de Jesucristo en
todos los niveles a fin de no ser objeto del juicio de su Señor y Salvador.
Grande es el desafío para todas las comunidades de fe.
[1] Alfred Wikenhauser, El Apocalipsis
de san Juan. Barcelona,
Herder, 1981 (Biblioteca Herder, Sagrada Escritura, 100), p. 70.
[2] Ugo Vanni, Apocalipsis. Una
asamblea litúrgica interpreta la historia, Estella, Verbo Divino, 1989, pp. 43-44.
[3] Juan Stam, Apocalipsis. Tomo I. Caps. 1-5. 2ª. ed. Buenos Aires,
Ediciones Kairós, 2006, p. 118.
[4] Ibid., p. 119.
[5] A. Wikenhauser, op. cit., p. 71.
[6] J. Stam, op. cit., p. 117.
[7] A. Wikenhauser, op. cit., p. 71.
[8] Ídem.
[9] Ibid., p. 72.
[10] J. Stam, op. cit., p. 122.
[11] Ibid., p. 121.
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