20 de marzo, 2022
Para que seas realmente rico, yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego, y vestiduras blancas, para que te vistas y no se descubra la vergüenza de tu desnudez.Apocalipsis 3.18a, RVC
Trasfondo
|
L |
aodicea, cuyo significado es
“perteneciente a Laodike”, esposa de Antíoco II, fue una ciudad del antiguo
imperio seléucida (los herederos de Alejandro Magno), que originalmente se llamó
Dióspolis (ciudad de Zeus) y Roas. Estaba situada a unos 10 km al sur de
Hierápolis y 17 km al oeste de Colosas, sobre un importante camino. Hoy se
ubica a 6 km de la moderna ciudad de Denizli. Antíoco III el Grande llevó allí
cerca de dos mil familias judías de Babilonia, comunidad que adquirió gran
importancia. Recibió de Roma el título de “ciudad libre” y fue la cabecera de
un conventus que incluía
otras 24 ciudades. Sufría frecuentemente de terremotos y en 60/61, bajo Nerón,
uno de ellos destruyó completamente la ciudad, en donde se adoraba a Zeus, Esculapio y Apolo, además de los emperadores. En 2013, la
UNESCO la reconoció como Patrimonio Mundial (https://whc.unesco.org/en/tentativelists/5823/).
Ciudad rica en
industrias y comercio, era también sede de una floreciente escuela de medicina.
La comunidad de fe había sido fundada por Epafras durante el trabajo de Pablo
en Éfeso (Col 1.7, 4.12ss). El Señor Jesucristo “se da a así mismo el nombre de
‘el Amén’ (equivalente a veraz, cierto). Esta palabra se traduce e ilustra con
la expresión ‘el testigo fiel y veraz’. Él demostró ser el testigo fiel y veraz
al anunciar a los hombres la revelación de Dios, pese a todo género de
oposiciones, sellando luego el anuncio con su sangre. Con propiedad puede
llamarse ‘principio de la creación de Dios’, porque es el origen de ella, dado
que por él fueron creadas todas las cosas”.[1] Xabier
Pikaza agrega: “Amén es la respuesta litúrgica de aquellos que escuchan
a Dios y le aclaman, esperando que complete su obra, al principio (1.7; cf. 5.14;
7.12) y final del Apocalipsis (22.20; cf. 19.4). El mismo Cristo cósmico y
eclesial (2,1) es el Amén, Palabra culminada, Testigo Fiel y Verdadero (cf. 19.11)”.[2] Sobre
la situación de la comunidad, resume como sigue: “Más que dividida parece mala,
pues pretende ser, al mismo tiempo, fría y caliente, pagana y cristiana (=
tibia) Es signo de todas las iglesias dispuestas a pactar con Roma, llamándose
cristianas, pero renunciando a la identidad de Jesús. Juan la sitúa ante la
gran alternativa: no puede ser las dos cosas a la vez”.[3]
“Yo sé
todo lo que haces, y sé que no eres frío ni caliente” (3.15a)
La comunidad de fe recibe el más
severo reproche, sin ningún reconocimiento. El Señor Jesús “la califica de
tibia [jliarós, 3.16], sumida en el espíritu mundano y en la
indiferencia. Es cierto que no ha caído en culpas graves, ni todavía ha
renegado de Cristo (aún no está fría), pero le falta aquel espíritu de alegre
entrega, en entusiasmo y la fiel adhesión que le darían calor. Por eso provoca
náuseas a Cristo y éste la amenaza con vomitarla, como se hace con el agua
tibia, lo que equivale a desecharla”.[4] La
situación es aún más peligrosa porque la comunidad ni siquiera se da cuenta de
la miseria en la que se encuentra y, por el contrario, vive en la ilusión de
que todo marcha bien, y está muy satisfecha de sí misma. Quizá se debía eso a
que no vivía fuertes persecuciones o pruebas, o, lo más probable, a que
disfrutaba de una gran riqueza material, pues era una ciudad rica, con muchos
bancos, fábricas y casas comerciales.
Tal como observa Elisabeth Schüssler Fiorenza desde un panorama más amplio:
…sólo una minoría de los habitantes
de las ciudades asiáticas se beneficiaba del comercio internacional en el
Imperio romano, pues la inmensa mayoría de la población urbana vivía en la
extrema pobreza o en la esclavitud (18.13).
El autor del Apocalipsis se pone de parte de esa mayoría de pobres y oprimidos. No sólo critica agriamente a la comunidad de Laodicea, que se enorgullece de su riqueza, sino que anuncia continuamente el juicio y la destrucción de los ricos y poderosos del mundo (6.12-17; 17.4; 18.3, 15-19, 23).[5]
El Señor
descubre sin reparos su desnudez: como la comunidad se sentía muy rica,
seguramente lo atribuía a los bienes materiales, pero confundió eso con la
riqueza espiritual, que le escaseaba. En realidad, se debatía entre la pobreza
y la miseria; más aún, y el texto endurece su lenguaje todavía: era “pobre,
ciega y desnuda” (3.17b).
“Te aconsejo que de mí
compres oro refinado en fuego” (3.18a)
Por todo lo anterior, el Señor
aconseja a la iglesia que busque en él únicamente los motivos para su riqueza y
orgullo, invitándola a comprarle oro acrisolado, limpio de toda impureza
(3.18), a fin de salir de su pobreza, vestidos blancos para cubrir su desnudez
(18b) y colirio para curarse la ceguera (18c). “Los términos en que se hace
esta recomendación se comprenden mejor cuando se piensa que en Laodicea
abundaban los bancos, que allí se fabricaban tejidos de color negro y se
exportaba una crema para aplicar a los ojos, elaborada en forma de barritas
blandas”.[6]
Los tres objetos que podían comprar representan bienes religiosos: el precioso
tesoro de la gracia, fuerza para llevar a cabo buenas obras y, por último, la
virtud de la prudencia cristiana.
Los castigos que se anuncian proceden del amor del Señor a la
comunidad, un eco de Proverbios 3.12, con lo que se exhorta al arrepentimiento
(19). De acontecer éste, lo que sigue es una acogedora solicitud de Jesucristo
para abrir la puerta y ser recibido, y cenar con él (20). Ello equivale a decir
que le concederá un lugar en su mesa, en la del gran banquete escatológico. La
promesa hecha al vencedor se coloca en el mismo horizonte de fe y esperanza: “…le
concederé el derecho de sentarse a mi lado en mi trono, así como yo he vencido
y me he sentado al lado de mi Padre en su trono” (21), con lo que se podrá
participar de la realeza del Salvador, de la misma manera que él fue hecho
partícipe de la soberanía del Padre celestial. Allí resuena la alusión al Salmo
110.1, una referencia constante en todo el Nuevo Testamento.
Conclusión
Las metas persuasivas del Apocalipsis
son teo-éticas; en consecuencia, no existen fronteras fijas e impermeables
entre salvados y no salvados, entre cristianos y no cristianos. Tal como se
advierte en la primera serie de mensajes al principio del libro, el juicio
empieza con la comunidad cristiana. Del mismo modo que la ekklesia de Laodicea es condenada porque dice: “Soy rica,
tengo muchas riquezas y nada me falta” (3.17), también se advierte a los
lectores que no estén tan seguros de su salvación. Los cristianos pueden perder
todavía su libertad y salvación convirtiéndose en esclavos del poder de
Babilonia/Roma, un poder destructor de la tierra. El Apocalipsis pone, así, de relieve la necesidad de una ética
del compromiso. Esta ética política manifestada en
el compromiso intenta evitar que los lectores proyecten el mal en los demás y
piensen que están libres de él. El Apocalipsis proclama y visualiza el juicio
contra los poderes deshumanizantes del mal para evitar que los lectores
sucumban a los encantos de esos poderes.[7]
[1] Alfred Wikenhauser, El Apocalipsis de san Juan. Barcelona, Herder, 1981
(Biblioteca Herder, Sagrada Escritura, 100), p. 81.
[4] A. Wikenhauser, op. cit., pp. 81-82.
[5] Elisabeth Schüssler Fiorenza, Apocalipsis: visión de un mundo justo. Estella, Verbo Divino, 1997, p. 140.
[6] A. Wikenhauser,
op. cit., p. 82.
[7] E. Schüssler Fiorenza, op. cit., p. 186. Énfasis agregado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario