13 de octubre, 2024
Voy a defenderme ante Dios,
aunque él quiera matarme;
voy a jugarme la vida,
pues no tengo nada que perder.
Job 13.14-15, TLA
Trasfondo
Los reformadores del siglo XVI no solamente propugnaron por un vigoroso retorno a la primacía de las Sagradas Escrituras en la vida de la iglesia sino que además practicaron intensamente la interpretación bíblica para ponerla al servicio de la predicación y el estudio cotidiano. Con esa orientación, Martín Lutero quiso hacer un servicio a la iglesia y, para tal fin, redactó una serie de prefacios a cada sección y libro de la Biblia que se pueden leer hasta la fecha con mucho provecho. En el caso del libro de Job, su abordaje y apropiación se debió, sobre todo, a la manera en que se identificó con el personaje hasta el punto de que es difícil distinguir cuándo se refiere a sí mismo y cuándo a Job. En el prefacio en cuestión, escrito en 1524, se refiere al libro como un texto difícil por su lenguaje. Dice, yendo de frente hacia lo esencial de su contenido: “…el que lo compuso trata la cuestión de si también en el caso de los piadosos la desgracia procede de Dios. En esto Job se mantiene firme, sosteniendo que Dios somete a tormento también a los piadosos sin causa alguna, solamente para su alabanza, como atestigua también Cristo respecto del ciego de nacimiento, Juan 9”.[1] Al hablar de los amigos de Job, afirma que ellos buscaban “defender a Dios en el sentido de que no castiga a ningún piadoso. Si castiga a alguien, es porque éste ha pecado. Tienen de Dios y de su justicia un concepto propio del mundo y de los hombres, como si Dios fuera igual a los hombres, y su derecho igual al derecho del mundo”.
El sufrimiento de Job
A pesar de su brevedad (cinco párrafos), el prefacio apunta hacia los aspectos controversiales del libro con solvencia y profundidad. Así califica el proceder de Job: “Es cierto que también Job, al caer en la angustia de muerte, habla demasiado contra Dios por la debilidad humana y peca en el sufrimiento, insistiendo no obstante en que no ha merecido tal sufrimiento más que otras personas, lo cual es cierto”. Para Lutero, el autor de la historia dramática
llega a la conclusión de que sólo Dios es justo, y que, sin embargo, un hombre puede estar en lo justo ante el otro, incluso delante de Dios. Pero el hecho de que Dios hace tropezar a sus grandes santos ha sido escrito para nuestro consuelo, especialmente en la adversidad. Pues, antes de caer en angustia de muerte, Job alaba a Dios por el robo de sus bienes y por la muerte de sus hijos. Pero, cuando se acerca al umbral de la muerte y Dios se retira, sus palabras evidencian los pensamientos que abriga contra Dios un hombre —por muy santo que sea— en la angustia de muerte, cómo le parece que Dios no es Dios, sino un juez y un tirano colérico que procede con violencia y no pregunta por la vida proba de nadie.[2]
Lutero destaca que el lenguaje del libro “es tan
vigoroso y magnífico como el de ningún otro en toda la Escritura” para luego
abundar en algunas dificultades de traducción con ejemplos puntuales y sobre
los propósitos de su labor en ese campo. Lo cierto es que, como subraya el
estudioso australiano David J.A. Clines: “Lutero nunca escribió ni dio
conferencias sistemáticamente sobre Job, por lo que su construcción del
carácter de Job debe extraerse poco a poco del corpus de sus escritos. Pero no
es difícil discernir las líneas generales de su visión de Job, porque hay
algunos temas distintivos que se repiten constantemente”.[3] De ese modo, este autor demuestra cómo en diversos lugares de sus
comentarios bíblicos Lutero habla de Job como un modelo de fe y como un
personaje crucial para la definición de una fe individualizada, justamente en
la línea de los postulados de la Reforma eclesial y teológica que él condujo.
Por ejemplo, en su comentario sobre Gálatas 2.18 (“Si yo digo que la ley no sirve, pero luego vuelvo a obedecerla, demuestro que estoy totalmente equivocado”), dice: “Dios, que no puede mentir, declara a Job un hombre justo e inocente en el primer capítulo (Job 1.8). Sin embargo, más tarde Job confiesa en varios pasajes que es un pecador, especialmente en los capítulos noveno y séptimo... (9.20; 7.21). Pero Job debe estar diciendo la verdad, porque si estuviera yaciendo en la presencia de Dios, Dios no lo declararía justo. En consecuencia, Job es justo y pecador (simul justus, simul peccator)”.[4] Lutero se identificó hondamente con el conflicto que Job debió sentir, atrapado como estuvo en la paradoja entre piedad y culpa. ¿Cómo manejó Job ese problema?, se preguntó Lutero. Así lo expresa al comentar el Salmo 34: “Nadie bendice al Señor, excepto el que está enojado consigo mismo y se maldice a sí mismo y a quien solo Dios agrada. Entonces Job maldijo el día de su nacimiento (Job 3.1). El que se considera a sí mismo como cualquier cosa que no sea completamente detestable, claramente se alaba a sí mismo en su boca... [Nosotros] nunca alabamos a Dios correctamente a menos que primero nos menospreciemos a nosotros mismos”.[5]
La calidad moral de Job
Pero quizá sean las palabras de Job 9.28 (“…pero me asusto de tanto
sufrimiento, / pues sé bien que ante Dios, / no resulto inocente”), las que más
llamaron la atención del reformador, puesto que él no experimentaba confianza
en sus propios méritos, muy en consonancia con sus avances teológicos sobre la
doctrina de la gracia: “[Nuestra] preocupación total debe ser magnificar y
agravar nuestros pecados y así siempre acusarlos más y más... Cuanto más
profundamente una persona se ha condenado a sí misma y magnificado sus pecados,
es más apta para la misericordia y gracia de Dios... [Nosotros] sobre todo y en
todas las cosas deberíamos estar disgustados [con nosotros mismos] y así con
Job temer todas nuestras obras (Job 9.28)”.[6] este texto fue especialmente impactante para él, pues lo citó una y
otra vez para hablar del riesgo de confiar en sus propias obras (“Temí todas
mis obras”, en contraste con la versión de la Vulgata, referida a los
“dolores”): “Lutero se deleitó [en él] como una expresión de los peligros de la
justicia por las obras”,[7] de ahí su constante referencia a él. Para Lutero, “Job refleja una
profunda tensión en Lutero de autonegación: ‘No me permitas considerar nada
carnal como agradable para Ti....’ Así sucede en Job 3. Sí, la carne está
maldita, y Job ora para que no sea contado con sus sentidos, para que el
espíritu sea salvo” (Sobre el Salmo 69.27).[8] Su valoración general del conflicto expuesto en el libro es sumamente
edificante, pues sugiere que “la misma adversidad puede entonces funcionar como
un ejemplo de tentación satánica a la desesperación y pérdida de la fe, y como
un ejemplo de prueba divina”: “A veces Dios envía castigos, no porque encuentre en el hombre un pecado
que merezca tal castigo, sino porque quiere poner a prueba su fe y paciencia.
Job no merecía tales castigos... Tiende a instruirnos y consolarnos cuando
aprendemos que Dios a menudo hace que incluso los inocentes experimenten las
desgracias y los castigos más graves, simplemente para ponerlos a prueba”
(Sobre Gén 12.18-19).[9]
Conclusión
Ecos de toda esta percepción del reformador son claramente
identificables en el Job 13, adonde, una vez más, el personaje reivindica su
calidad moral (v. 2) y vuelve a solicitar el diálogo directo con Dios (v. 3),
dado que sus amigos no aportan gran cosa (4-5, 12) al querer defender a Dios
con engaños (7-8). Dios acabaría con ellos (9-11) y él defenderá su causa pues
ya no tiene nada que perder (13-15). Sus palabras son finales son dignas de su
fe persistente y bien situada: “Ningún malvado se atrevería / a presentarse
ante él, / así que él mismo me salvará” (16).
[1] M. Lutero, “Prefacio al
libro de Job”, en Obras de Martín Lutero. Vol. 6. Buenos Aires, La
Aurora, 1976, p. 62.
[2] Ídem.
[3] Ídem.
[4] David A.J.
Clines, “Job and the spirituality of Reformation”, en W. Peter Stephens, ed.,
The Bible, the Reformation and the Church. Essays in Honour of James
Atkinson. Sheffield Academic Press, 1995, p. 59. Versión: LC-O.
[5] Ibid., p. 60.
[6] Ídem.
[7] Ídem.
[8] Ídem.
[9] Ibid., p. 62.
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