50º aniversario de la Iglesia Evangélica Misionera del Pacto El Dorado
22 de junio, 2025
Pero Dios le dijo a Moisés: —¿Y tú por qué me pides ayuda? ¡Mejor ordena a los israelitas seguir adelante! Toma la vara y extiende tu brazo sobre el mar, para que se abra en dos; así el pueblo podrá pasar por en medio, caminando sobre tierra seca.
Éxodo 14.15-16, TLA
Trasfondo
Ante
el 50º aniversario de la Iglesia El Dorado, un auténtico jubileo en el espíritu
bíblico de reinicio y renovación de la fe, venimos ante Dios con él corazón
henchido de gratitud por llegar hasta este momento tan significativo para esta
comunidad de fe. Toda la experiencia acumulada y el conjunto de testimonios que
dan cuerpo a lo que está iglesia ha sido y ha querido ser nos conecta en línea
directa con el relato del Éxodo, de la salida hacia la libertad del pueblo de
Dios. Porque el Señor siempre tiene a su pueblo en un éxodo continuo, en una
búsqueda permanente de mejores condiciones de fe y de vida para estar a la
altura de sus grandes proyectos.
Hacer
historia de la iglesia y como iglesia (como se aprecia en las crónicas
comunitarias) nos coloca cara a cara con los propósitos divinos que siempre nos
rebasarán y que, aun así, deben funcionar como el horizonte utópico al que
debemos aspirar sin renunciar a hacer cosas grandes en nombre de Dios (“En él haremos
proezas”, como afirma el Salmo 60.12). La obra del Señor se basa en la
fidelidad eterna de Dios a su pacto, a su alianza, en las diferentes
circunstancias históricas vividas. Sumarse a ella es subirse a un barco que no
detiene su marcha, a pesar de los escollos que se atraviesan para tratar de
impedir el avance. Es lo que se ha estado revisando minuciosamente a partir de
la historia recogida en Éxodo 14 y que ahora llega a su clímax al compás de la
celebración y la expresión de gratitud.
Yahvé dialoga con Moisés y le ordena marchar (v. 15)
El
relato busca su consumación luego de manejar un suspenso en el que Dios
parecería que juega a las escondidas con el faraón mientras endurece su
corazón. La dupla que hizo con Moisés permitió advertir la manera en que el
ánimo del pueblo subía y bajaba (igual que la iglesia de hoy cuando no se decir
de actuar en nombre del mismo Dios) ante la cercanía del ejército egipcio. La
consecución del plan divino de libertad muestra “la decisión de Dios de sacar
definitivamente a su pueblo de la tierra donde eran esclavos”.1]
Cuando Dios ve dudar a Moisés le ordena avanzar: “...la instrucción de avanzar
se ubica antes que la de alzar el bastón para abrir las aguas, con el fin de
enfatizar el acto de fe al que son llamados”.2]
El
pueblo de Dios de todas las épocas es convocado a tener una imagen clara de los
momentos claves que Dios desea que experimente en su camino a las diversas “tierras
prometidas” que aparecen como parte de su designio. La forma en que hoy
entienden las iglesias su razón de ser debe reflejar esta comprensión de los
tiempos en que Dios manifiesta su voluntad para la realización de la misión de
alcanzar a más personas para la fe en Jesucristo. Y eso acontece todo el tiempo
a nuestro alrededor.
La vara se extiende y el pueblo camina en tierra seca (v. 16)
La
decisión de Moisés para actuar al frente del pueblo está completamente
determinada por la voz divina que se va imponiendo paulatinamente a fin de
hacer visible su proyecto de liberación en medio de circunstancias no
necesariamente caóticas, pero que rozan peligrosamente el riesgo de que todo se
viniera abajo. El relato insiste profusamente en subrayar el temor del pueblo a
la hora de seguir el rumbo de Yahvé y de Moisés y al momento de que, por fin,
se levanta la vara del dirigente, el pueblo de afirmó sobre sus pies y avanzó
con la firmeza requerida.
Y
es que cuando los intermediarios entre Dios y su pueblo logran captar las
intenciones profundas de Dios con una actitud profética es posible compartir
con la comunidad la visión y la proyección que la Divinidad tiene en mente. De
ahí procede la enorme ambigüedad de quienes dirigen al pueblo, y ahora la
iglesia, pues deben aprender a distinguir, siempre sobre la marcha, cuáles son
sus intereses personales del momento y cuáles los más altos de Dios para
aplicarlos a los destinos mayores del conglomerado que presiden.
Yahvé endurece al faraón y se glorificará en él (v. 17)
La paradoja del endurecimiento del faraón por parte de
Dios muestra el grado de confrontación entre Dios y las divinidades egipcias,
incluyendo al gobernante supremo. Únicamente un poder superior podía doblegar
esa barrera máxima que se interponía entre el pueblo y la libertad. Por ello se
insiste reiteradamente en el endurecimiento, esto es, en la terquedad y
soberbia del faraón, pues esa expresión “significa que se niega a dejar libres
a los esclavos, pero también expresa la deshonestidad y crueldad de su actitud.
[…] En este caso el sentido parece connotar algunos elementos distintos, al
mostrar que el faraón actuará irracionalmente y en contra de sus propios
intereses”.3]
Cuando una iglesia revisa su historia en los diferentes
niveles (local, distrital, nacional, confesional) debe saber encontrar las
paradojas y los conflictos en los que la mano divina se manifiesta para
desenredar nudos, dar golpes de mano y de timón para reconducir a las
comunidades por el rumbo que Dios desea. En medio de ellos es muy posible
advertir las resistencias institucionales para que los factores de cambio se
desarrollen como el Señor de la Historia lo desea.
Yahvé demuestra su poder liberador (v. 18)
Si alguna imagen de Dios brota de este relato es la de
una Divinidad profundamente comprometida con la justicia, la libertad y la
igualdad, valores que no estaban muy en boga en aquella época antigua. El Dios
que emergió en la gesta del Éxodo estaba comprometido con los esclavos, era un “dios
de esclavos”, de ahí el desprecio y la arrogancia del faraón y su pueblo hacia
ese “dios menor”. Pero la revelación de Dios daría un vuelco con este suceso
para mostrar a una divinidad superior que acabaría con el orgullo de los
egipcios de arriba a abajo.
Para nadie era una sorpresa hablar de los dioses con
poder en su espacio étnico, cultual y cultural. Pero otra cosa fue proyectar la
universalidad de la salvación para todos los pueblos de la tierra tal como
afirma Amós 9.7 y el hecho de que otros pueblos se unieron a los hebreos para
salir de la esclavitud (Éx 12.38). Dios estableció así una plataforma en la
historia en la que lo espiritual y lo sociopolítico se entrelazaron
profundamente para conducir al pueblo hacia un horizonte nuevo de existencia.
Esa voluntad del Señor y Dios continúa vigente en la iglesia a la que también
le ordena seguir siempre hacia adelante.
Conclusión
Acercarse una vez más a la historia del episodio fundador
de la nación divina en la antigüedad permite trazar puentes claros entre las
exigencias divinas de un tiempo preñado de posibilidades en el que hay que leer
e interpretar adecuadamente los signos del Kairós divino para situarnos en las
coordenadas que Dios desea que nos ubiquemos, no para quedar bien con nadie sino
para estar a la altura de sus propósitos de salvación y dignificación de la vida
humana que es como debería denominarse buena parte de la misión que intentamos realizar.
Proclamar
la vigencia del llamado para tomar en serio la salvación en Jesucristo (anuncio)
y asumir una postura profética ante los signos contrarios al Reino de Dios en
el mundo (denuncia) son las dos acciones que están estrechamente ligadas
en la vida y misión de la iglesia de hoy. Pero la historia no termina allí,
pues el proyecto de Dios tendría aún más etapas para conseguir sus altas metas:
La
victoria sobre el faraón no significa, por supuesto, la consecución definitiva de
todos los objetivos de un proyecto de liberación. Pero es determinante porque
remueve el principal obstáculo para que el pueblo avance hacia la “tierra que
mana leche y miel”, a la nueva y espaciosa tierra de justicia, de la
fraternidad feliz y de la libertad plena. El triunfo sobre los enemigos del
pueblo es un momento básico; con él se cumple una fase de la lucha y se
entra en la etapa, no menos laboriosa y difícil, de la construcción de la nueva
sociedad.4
Ése
fue el espíritu original de la fiesta de la Pascua, fiesta de liberación y del
inicio del crecimiento en la libertad.
El Dios liberador nos acompaña
cuando el tiempo se interpone entre nosotros
y las fuerzas insumisas se desatan.
El Dios liberador se manifiesta
si creemos sus promesas redentoras
afinadas en el curso de la vida.
El Dios liberador es alguien cierto
al probar el sabor de las derrotas
y sentir sus alquimias bienhechoras.
El Dios liberador nos interpela
mientras somos bendecidos y guiados
por su fuerte mano firme en liberar.
El Dios liberador cumple promesas
al salir de la muerte el pueblo esclavo
y mirar horizontes de verdad.
El Dios liberador muestra su fuerza
cuando el pacto mantenemos fiel y cierto
y por Él nos dejamos conducir. (LC-O)
A
la memoria de Daniel S. Prince Alarcón

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