Y sabéis que aquel se manifestó (efaneróthe), para que los pecados quitara […] Para esto se manifestó el Hijo de Dios, para que destruyera las obras del diablo.
I Juan 3.5a, 8b, Nuevo Testamento interlineal
La Navidad es […] una remembranza de que la historia del mundo está cumplida, de que el niño que ha nacido en un pesebre olvidado del vientre de una muchacha pobre, ha traído consigo la definitividad de la historia, es decir, una nueva forma del tiempo.
En otras palabras: la respuesta de Dios al mal fue hacerse niño, indefenso, vulnerable, pobre y olvidado. El mal no se combate, así, desde el poder, sino desde el vaciamiento, la humildad total; desde la renuncia a la violencia y en los foros propios de la vida cotidiana, especialmente en la familia y en el alumbramiento de la vida que viene. La madre que alimenta con sus pechos a un recién nacido es más fuerte que todos los reyes y poderosos juntos y atrincherados.[1]
Trasfondo
El Adviento es la práctica de una esperanza activa. Las
grandes esperanzas mesiánicas que se forjaron en el antiguo Israel y que fueron
alimentadas por las afirmaciones de los profetas (el primer Isaías y Miqueas,
principalmente) son el telón de fondo de las enseñanzas sobre la presencia y actuación
del Señor Jesucristo en todo el Nuevo Testamento. La forma en que fueron
citadas en los relatos de Mateo y Lucas sobre su nacimiento han dejado una profunda
huella en la memoria de fe de cientos de generaciones de creyentes. Así, lo
anunciado en Isaías 7 (la doncella y Emmanuel), 9 (las dimensiones de su
reinado) y 11 (la vara del tronco de Isaí), así como en Miqueas 5 (la pequeñez
de Belén) cobró vida y significado visible al momento de experimentar los
sucesos que acompañaron su aparición en el mundo histórico y sus acciones al servicio
del reino de Dios.
Los enunciados de la Promesa que suscitan la esperanza entran en colisión con la realidad experimentable en el presente […] e interrumpen su lógica. Sus imágenes, sus símbolos y sus narraciones no son, por tanto, resultado de la experiencia histórica. Tampoco, fruto de los anhelos utópicos de seres humanos aplastados por el sufrimiento y cautivos en un topos injusto. En boca de los profetas se ofrecen como la condición de posibilidad de experiencias nuevas. No pretenden iluminar la realidad que está ahí, sino la realidad que viene. Aspiran a insertar esa realidad en el cambio que está prometido y que esperamos. No quieren ir a la zaga de la realidad, sino precederla.[2]
La literatura juanina, sin concentrarse en los
detalles del suceso de Belén, interpretó y expresó su relevancia para la vida
humana al identificar a Jesús con el Logos/Verbo en el Cuarto Evangelio y se
centró en afirmar enfáticamente el propósito de la aparición (efaneróthe)
del Hijo de Dios en el mundo en I Juan 3.5, 8: quitar nuestros pecados y
destruir las obras del enemigo. De estas declaraciones nos ocuparemos.
El amor que nos hace hijos/as de Dios (3.1-4)
I Juan 3
inicia con la afirmación del supremo amor de Dios que nos ha hecho sus hijos e
hijas, con el cual ha borrado los pecados de la humanidad dispuesta a
recibirlo. El amor fraterno debe ser, en consecuencia, resultado de ese
esfuerzo divino por hacer presente su amor en el mundo. El amor es
la única fuerza capaz de enfrentarse al pecado y así superar las exigencias de
la ley (3.4). Jesucristo, gracias a la forma tan perfecta en que trasladó el
amor de Dios al mundo, pudo “quitar nuestros pecados” (v. 5). Permanecer en él
es “permanecer en su amor”, como tanto se insiste en el Cuarto Evangelio (“Así
como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan
en mi amor. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo
he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”: Jn
15.9-10). Amar y conocer se vuelven una misma cosa, pues para Juan no hay
contradicción entre ambas realidades, posibilidades efectivas para todo ser
humano (6b).
De ahí surge la conexión con la justicia: permanecer en el amor de Jesucristo conlleva practicar su justicia, porque él es justo” (7). Seguir dominados por el pecado es una injusticia (8a), pero si se ha nacido de Dios, el principio salvífico, la “semilla de Dios” (9) dará brotes, muestras claras de su justicia. Ésa es la distinción clave entre los hijos de Dios y quienes no lo son: la práctica efectiva de la justicia junto con el amor (10). Por eso el mundo, con sus estructuras injustas, se resiste a la práctica profética del amor de Dios en Cristo: “Si fueran del mundo, el mundo los amaría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece” (Jn 15.19).
El propósito de la aparición del Hijo de Dios (3.5-10)
La promesa de la vida eterna en Jesús introduce al
horizonte de la esperanza cristiana. Aquí, el verbo m manifestar (aparecer)
es la clave para comprender la presencia del Hijo de Dios en el mundo y su
propósito. Tajantemente, el v. 5 afirma: “Él apareció para quitar (are) nuestros
pecados”. “Podemos decir que el autor utiliza aquí este verbo en dos planos
cruzados. El primer plano es temporal: va de lo que ya se ha manifestado a lo
que todavía está por manifestarse. El segundo plano apunta a quién se refiere
la manifestación: al Hijo de Dios y a los hijos de Dios”.[3] El Hijo de Dios apareció y se manifestó para obtener
la superación de los pecados humanos. Permanecer en Él permite superar el
principio del pecado precisamente porque Él justo (v. 6). La manifestación del
Hijo de Dios incluye la de su justicia como persona, como ser humano ligado íntimamente
a Dios (v. 7). Se ha manifestado ya para superar definitivamente el poder del
pecado ocasionado por aquel que se opone a los designios de Dios. Es la
vertiente eminentemente espiritual del conflicto frontal entre la voluntad divina
de superar lo que sucede en la vida humana y que ocasiona la oposición a Dios.
El perdón de los pecados es consecuencia de la manifestación del Hijo de Dios y evidencia que quien practica el pecado pertenece al diablo (8a) porque éste ha pecado desde el principio (8b). El horizonte salvífico de la carta coloca a Jesús precisamente en el centro de la superación de esta realidad negativa, porque la fuerza con que su manifestación consigue destruir/deshacer (lýse) las obras del diablo (8c). A esa primera manifestación le seguirá otra (2.28), la definitiva y final, por lo que es un anuncio de ésta. Relacionada con ella está también la manifestación de los hijos de Dios, quienes en el espíritu del Hijo dan a conocer que han superado el dominio del pecado. El nacimiento del Hijo de Dios es una confluencia de esas manifestaciones y permite sumarse al proceso salvífico en el que Él se hizo visible para afirmar la superioridad de la justicia divina.
Conclusión
La esperanza se ha cumplido. La realidad salvífica de Dios anunciada desde la antigüedad es ya una realidad innegable y lo que se avizoraba en el horizonte se ha cumplido efectivamente en la historia para impactarla y transformarla:
En ese impulso del “ahora o nunca” se inscribe
también el tiempo de la esperanza cristiana como correlato de la Promesa del
Dios de Jesucristo. La esperanza cristiana no nos convierte en videntes del
futuro ni nos da ventajas para salir del atolladero terminal en el que nos
encontramos. Pero sí se nos ofrece como perspectiva propia a la hora de divisar
el futuro de este presente catastrófico y perplejo, y de esclarecer qué es lo
razonable a la hora de vislumbrar su posible promesa y anticiparla en la
historia. Esa mirada esperanzada no está fundada en ninguna utopía humana, sino
en el cumplimiento de la Promesa de Dios.[4]
[1] Diego I. Rosales, “La Navidad o el fin de los tiempos”,
en Conspiratio, 23 de diciembre de 2024, www.conspiratio.mx/blog/la-navidad-o-el-fin-de-los-tiempos.
[2] Francisco Javier Vitoria, Dar razón de la esperanza
en tiempos de incertidumbre. Barcelona, Cristianisme i Justicia, 2024
(Cuadernos, 239), pp. 16-17, www.cristianismeijusticia.net/sites/default/files/pdf/es239web.pdf.
[3] Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en
Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Estella,
Verbo Divino, 2007, p. 1161.
[4] F.J. Vitoria, op. cit., p. 9.

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