29 de junio, 2025
Así fue como aquel día Dios libró a los israelitas. Todos ellos pudieron ver los cuerpos muertos de los egipcios, tendidos a la orilla del mar. Al ver que Dios había derrotado a los egipcios con su gran poder, los israelitas decidieron obedecer a Dios y confiar en él y en Moisés.
Éxodo 14.30-31, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo
La consumación de la liberación del pueblo hebreo para salir de la esclavitud en Egipto quedó registrada con letras de oro en la historia de salvación de todas las épocas. El Dios que escuchó el clamor de los siervos se instaló en la historia humana como una divinidad solidaria con el sufrimiento y con la intención de instaurar una nueva sociedad libre de las amarras de la mentalidad monárquica que, lamentablemente, siglos después la nación israelita experimentaría en carne propia. El proyecto al que fue llamada la comunidad era de altos vuelos, nada menos que reaccionar a los ímpetus monárquicos totalitarios desde una práctica social concreta, igualitaria y renovadora, completamente inédita en el mundo antiguo:
La realidad que brota del Éxodo no es tan sólo una nueva religión o una nueva idea religiosa o una visión de la libertad, sino el nacimiento de una nueva comunidad social en la historia, una comunidad que posee una encarnación histórica, que tiene que inventar leyes, pautas de gobierno y de orden, normas acerca del bien y del mal y criterios sancionadores de responsabilidad. Los participantes en el Éxodo —para su sorpresa indudablemente— se vieron envueltos en la formación deliberada de una nueva comunidad social que correspondiera a la visión de la libertad de Dios. Esa nueva realidad social, en absoluta discontinuidad con Egipto, perduró en su forma alternativa durante 250 años.[1]
El ángel de Dios en
la vanguardia y en la retaguardia (vv. 19-20)
Yahvé, manifestado como un “Dios-que-libera” mediante el testimonio más revolucionario del Éxodo se expresó abiertamente en contra de todas las formas de opresión con los verbos que utiliza el texto: “Yo soy el Señor, y os arrancaré (ys’) de la opresión de los egipcios; os libraré (nsl) de su esclavitud, rescatándoos (g’l) con gran poder y terribles castigos” (6.6):
El testimonio de Israel sobre Yahvé como liberador sostiene la decidida
capacidad de Yahvé para intervenir de forma decisiva ante cualquier
circunstancia y fuerza opresora y alienante que impida una vida de bienestar.
Yahvé es más que un rival para las fuerzas opresoras, ya sean sociopolíticas o
cósmicas. […]
Cada uno de esos tres verbos
surge de un contexto diferente y de una imaginería distinta, pero todos ellos
concuerdan en su principal afirmación. Los verbos dan testimonio de una
intervención decisiva y transformadora, en virtud de la cual Yahvé ha interrumpido
la vida de Israel, con “la opresión de Egipto” y la “esclavitud”.
[…]
Lo que es importante para nuestros objetivos es que Yahvé es el sujeto de todos esos verbos.[2]
Aquí aparece el ángel de Yahvé, desdoblamiento de la fuerza divina que ya había figurado en la historia de la zarza ardiente (3.2). La narración parece vincularlo a la nube, pero en el v. 24 será Dios mismo quien esté en ella. Lo que hace es grandemente significativo pues habiendo precedido al campamento de Israel, se colocó en la retaguardia, es decir, cubriendo los dos flancos del avance del pueblo. Esta intención divina por cubrir todos los espacios se complementa con la columna de nube “que los precedía [y] se apartó y fue a ponerse a sus espaldas, entre el ejército egipcio y el campamento de Israel” (19b-20a).
El traslado de la columna de humo es uno de los elementos de naturaleza sobrenatural que contribuyen a resaltar la acción de Dios. Si hasta ahora la nube era un elemento de guía en el camino, ahora se transforma en una barrera que separa a los dos pueblos. Todo da a entender que estos eventos suceden durante la noche y que, así, la misma nube que era luz para Israel se veía como oscura y tenebrosa (heb. hajoshek) para los egipcios. Esta contradicción manifiesta que estamos ante un discurso teológico que no pretende ser racionalmente coherente, sino que busca resaltar lo maravilloso de la acción de Dios a favor de su pueblo y su distinta actitud hacia quienes los oprimieron.[3]
La mano extendida
de Moisés o la dirigencia constante (vv. 21-27)
La mano extendida de Moisés fue utilizada y dirigida por Yahvé para abrir el mar, literal y metafóricamente. Las “aguas históricas” del acontecimiento del Éxodo contrastan y recuerdan las “aguas míticas” del Génesis al momento de la creación.[4] Destacar la mano de Moisés o la separación de las aguas no es una elección que permita el texto pues ambas cosas aparecen como parte de un clímax sostenido para destacar la forma en que actuó Yahvé, verdadero interés de todo el relato:
Lo que interesa ver es qué le preocupa al texto mismo, aquello que expresa lo que el texto quiere decir. Desde esta posición entendemos que el cruce del mar es parte de la narración de los portentos de Dios en defensa de su pueblo. Pretende mostrar hasta dónde puede llegar el poder de Dios y hasta qué límite llega para liberar a los esclavos de la servidumbre. El texto insiste en que en el faraón mostrará su gloria (vv. 4, 17) y que todo lo hizo Dios. Nótese que el mar se abre por orden de Dios y no por la acción del brazo de Moisés, que es sólo su instrumento. No hay batalla entre los pueblos, sino que incluso la muerte de los soldados será un acto totalmente divino (v. 30). En consecuencia, observamos que la narración obedece al tipo de literatura religiosa que utiliza elementos de la imaginación para generar un texto que exprese el poder y la voluntad de Dios. […] El objetivo de la narración se ha cumplido al establecer que la liberación es un regalo de Dios a su pueblo.[5]
La consumación de
la liberación (vv. 28-31)
Después del estruendoso clímax de la historia subrayado por el v. 27 (“Moisés extendió su mano sobre el mar, y al amanecer el mar se volvió con toda su fuerza contra los egipcios, que al huir se toparon con el mar. ¡Y el Señor derribó a los egipcios en medio del mar!”) las aguas se normalizan (son caos para los egipcios, pero la ruta de salvación para los hebreos, con lo que ello significa y con lo que el mito y la historia se reúnen) y arrasan con el ejército egipcio. Queda la duda si es todo el ejército y si, incluso el faraón pereció ahogado allí también: “El texto no dice nada al respecto, pero la expresión ‘todo el ejército’ y ‘no quedó ni uno solo’ parece indicar que también el faraón habría muerto”.[6] Dios es quien libera, destaca sobre todas las cosas el texto y aquel día el pueblo aprendió la gran lección de su historia que abarcaría todas las etapas futuras a partir de entonces, pero sobre todo, aprendió a confiar en Yahvé y en su mediador humano (vv. 30-31): “Al cruzar el mar estarán fuera del territorio de cautividad y ya no tendrán que temer las represalias de sus amos”.[7]
Conclusión
“La narración se cierra con la información de que ante la
acción de Dios el pueblo le temió y creyó en él y en Moisés. Se fortalece el
vínculo entre Dios y Moisés, hecho que irá creciendo a lo largo de todo el libro.
La experiencia histórica de la liberación ha contribuido a generar la fe.
Después de tantos portentos y maravillas de Dios, la fe viene en el momento en
que la liberación es ya un hecho irreversible”.[8] “La
historia del éxodo se ha convertido en la forma del futuro que Dios prometió a
su pueblo. La Iglesia no sabe dónde, cuándo o cómo actuará Dios. Pero como Dios
es fiel, confiamos en que seguirá actuando igual que lo hizo en el pasado. Las
acciones futuras de Dios, igual que las pretéritas, servirán para conceder
libertad ahí donde la desean desesperadamente pero parece una quimera
imposible. Y es justo ahí donde Dios ejerce su función de libertador”.[9]
[1] Walter Brueggemann, La imaginación profética. Santander, Sal
Terrae, p. 17.
[2] Walter Brueggemann, Teología del Antiguo Testamento. Salamanca, Ediciones Sígueme, pp. 194, 196, 197.
[3] Pablo Andiñach, El libro del Éxodo. Salamanca, Ediciones Sígueme,
2006 (Biblioteca de estudios bíblicos, 119), p. 244.
[4] Cf. F. M. Cross, Canaanite Myth and Hebrew Epic. Cambridge, 1973: Ha mostrado cómo la referencia a las aguas del caos y
las ‘aguas históricas del éxodo convergen y son identificadas. Así, no es posible
hacer una clara distinción entre lo que es mito y lo que es historia”, cit. por
W. Brueggemann, Teología del Antiguo Testamento…, p. 168, n. 6.
[5] P. Andiñach, op. cit., pp. 245-246. Énfasis agregado.
[6] Ibid., p. 247.
[7] Ídem.
[8] Ídem.
[9] W. Brueggemann, La Biblia, fuente de sentido. Barcelona, Claret,
2003, p. 70.

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