8 de junio, 2025
Estar hoy aquí, dentro del marco
de los 50 años de esta amada iglesia, me llena el corazón de emoción y
gratitud.
No
puedo evitar recordar que, hace ya 20 años, tuvimos el privilegio de celebrar
juntos los 30 años de vida como comunidad de fe. ¡Cuánta historia compartida! ¡Cuánta
agua ha corrido bajo el puente desde entonces!
Vienen
a mi memoria aquellos días con tanta claridad, Estrenamos
el departamento, organizábamos eventos
que nos llenaban de gozo, y celebrábamos con aquella preciosa Biblia
conmemorativa en la Traducción en Lenguaje Actual, símbolo de nuestro compromiso
con la Palabra.
Tuvimos
el honor de recibir a hombres como Juan Stam y Justo L. González, y durante
años fuimos bendecidos por el apoyo, el cariño y la guía del querido Alfredo Tepox.
Aquí
llegaron siendo unos niños nuestros hijos, Abed Ieshua e Isaac Eduardo. Esta
iglesia es parte de nuestra historia familiar. Es una iglesia que llevamos
grabada en lo más profundo del corazón.
Claro que no faltaron los retos, los desafíos, incluso momentos de desánimo. Pero algo fue constante en medio de todo: nunca nos sentimos solos. Nuestro buen Dios siempre estuvo ahí, fiel, presente, guiando cada paso.
Hoy, al ver todo lo que Dios ha hecho en estos 50 años, no puedo más que decir: ¡Gracias, Señor! ¡A Ti sea toda la gloria!
El clamor en medio del dolor
El libro del Éxodo no es simplemente un capítulo en la historia de un pueblo antiguo. No es sólo la crónica de una travesía del desierto.
El Éxodo es una revelación viva: nos muestra a un Dios que ve, que escucha y que actúa.
En sus primeras páginas, el
silencio del desierto es interrumpido por un clamor. No es un grito cualquiera.
Es el lamento de un pueblo esclavizado.
Hombres, mujeres, niños que día tras día cargan ladrillos, construyen imperios ajenos y ven pasar los años sin esperanza.
Pero aquel clamor, que podría
parecer perdido entre las piedras de Egipto, llega hasta el cielo. Porque
nuestro Dios no es indiferente al dolor humano. Él ve. Él oye. Él desciende. Él
libera.
El Éxodo no es solo el relato de una geografía recorrida, sino de una transformación profunda. Dios no solo saca a su pueblo de Egipto, saca a Egipto del corazón de su pueblo.
Libera los cuerpos, sí, pero también las mentes, las memorias y las esperanzas. Se trata de una liberación integral: una que afecta al ser entero y a la comunidad toda.
Y en esta historia, Dios no actúa desde la distancia. Él guía con nube y fuego. Él se involucra. Él pelea por su pueblo.
El corazón endurecido
Llegamos al capítulo 14, donde la tensión narrativa alcanza un nuevo nivel. El pueblo ha salido. La opresión ha quedado atrás. Pero el peligro no ha terminado.
Dios mismo le dice a Moisés que el pueblo dé la vuelta, como si se hubieran extraviado, para que el faraón piense que están atrapados.
No es una estrategia humana. Es una
trampa divina. Dios está preparando el escenario para revelar su gloria.
El texto nos dice: “Y cuando el rey de Egipto recibió la noticia de que los israelitas huían, su corazón y el de sus siervos se volvió contra ellos, y dijeron: ‘¿Cómo hemos permitido que Israel se vaya y deje de servirnos?’” (Éx 14.5, Reina-Valera Contemporánea).
Es como si el faraón recién se diera cuenta de lo que
ha perdido. El gran emperador, el que se creía dios, está confundido. Su poder
ya no le sirve. Su juicio se nubla.
Lo que sigue no es una decisión sabia, es una reacción desesperada: “Enseguida el faraón unció su carro y echó mano de su pueblo…” (v. 6).
El que se consideraba todopoderoso, ahora actúa como marioneta en las
manos del Dios que verdaderamente reina.
No es el faraón quien tiene el control, es Dios quien endurece su corazón. Dios lo utiliza, incluso en su arrogancia, para manifestar su poder.
Mano poderosa
El momento es crítico. El faraón moviliza todo su poderío. No escatima recursos. Dice el texto: “Tomó seiscientos de sus mejores carros de combate, y todos los carros de Egipto con sus respectivos capitanes…” (Éx 14.6).
Es un
desfile de poder militar. El enemigo se ve invencible. Pero lo que parece
imponente en lo humano, es débil frente al Dios de Israel. “Y el Señor endureció el corazón del faraón, rey de
Egipto, y lo hizo perseguir a los hijos de Israel; pero estos habían salido con
mano poderosa” (v. 8).
¡Qué contraste! El faraón trae lo mejor de su ejército. Israel no tiene armas, ni experiencia, ni estrategia militar. Pero tiene algo que Egipto no tiene: la mano poderosa de Dios.
No salieron por su propia fuerza. Salieron porque Dios los sacó. No porque fueran capaces, sino porque Dios es fiel. Y esa fidelidad no ha cambiado.
La trampa invertida
El relato alcanza su clímax cuando el pueblo llega a la orilla del mar. Frente a ellos, las aguas. Detrás de ellos, los carros de Egipto. “Los egipcios fueron tras ellos, con toda la caballería y los carros del faraón, y con su ejército, y los alcanzaron a la orilla del mar, donde estaban acampados” (Éx 14.9).
Todo parece perdido. Están rodeados, atrapados en un callejón sin salida.
Pero ¡Dios ha preparado este escenario! No para destruir a
su pueblo, sino para destruir al enemigo. Quien cae en la trampa no es Israel,
sino el faraón.
El mar que parecía un obstáculo se convierte en camino. El camino que parecía victoria para Egipto se convierte en su tumba.
Durante estos cincuenta años como comunidad de fe, también nosotros hemos enfrentado nuestros faraones. Algunos con nombre propio.
Otros con formas más sutiles: el miedo, la injusticia, la indiferencia, la división. Y aunque a veces hemos flaqueado, aunque nuestras fuerzas han sido pocas, el Dios del Éxodo ha permanecido fiel.
Él ha peleado por nosotros. Nuestro Salvador Jesucristo ha estado con nosotros.
En
cada desierto, ha provisto. En cada mar, ha abierto camino. En cada noche, ha
encendido su columna de fuego.
Y así como sacó a Israel con mano poderosa, también nos ha traído hasta aquí. No por mérito nuestro, sino por su misericordia, en Cristo Jesús.
El Éxodo
continúa. No es solo historia pasada. Es una invitación presente.
El Dios que escuchó el clamor de los esclavizados, escucha hoy. El Dios que abrió el mar, hoy abre caminos donde no los hay.
Y sigue guiando a su pueblo hacia una vida nueva en Cristo: una vida libre, justa y profundamente humana, vivida en su presencia.
Hoy, hermanos y hermanas, el mar está frente a
nosotros. Pero no teman. Porque el mismo Dios que abrió camino ayer, sigue
abriendo camino hoy. Sabiendo que Cristo es el Camino, la verdad y la vida.
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