viernes, 15 de agosto de 2025

"Todos tus mandamientos son verdaderos" (Salmo 119.81-88), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

17 de agosto, 2025

Casi han acabado conmigo,

pero yo obedezco tus mandamientos porque son la verdad.

Salmo 119.86, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

La celebración de la presencia de la Palabra divina en el mundo y en medio del pueblo de Dios se muestra como un auténtico producto de la espiritualidad ligada a la Ley, por lo que todo lo que se relaciona con ella apunta hacia una verdadera “teología de la revelación escrita”, la que fue planteada en los mejores términos por el Salmo 19. Hay así una clara continuidad entre los Salmos 1, 19 y 119, unidos por la preocupación religiosa de otorgar a la Palabra del Señor el lugar que le corresponde como propiciadora, alimentadora y fomentadora de la fe individual y colectiva. Es la expresión de lo que el gran rabino Abraham J. Heschel explicó en Dios en busca del hombre:

 

La Biblia no se propone enseñarnos principios de creación o redención. Vino a enseñarnos que Dios está vivo, que Él es el Creador y el Redentor, el Maestro y el Legislador. La filosofía se preocupa de analizar o explicar, la religión se preocupa por purificar y santificar. La religión hunde sus raíces en una tradición particular o en una intuición personal; la filosofía clásica pretende estar arraigada en premisas universales. La especulación empieza en el concepto, la religión bíblica empieza en el suceso. La vida de la religión no se da en la preservación mental de ideas, sino en sucesos o intuiciones, en algo que ocurre en el tiempo.

La Biblia encierra la palabra de Dios al hombre, pero también la palabra del hombre a Él y acerca de Él; no sólo la manifestación de Dios, sino la intuición del hombre. […]

La Biblia muestra el comportamiento de Dios con el hombre y el comportamiento del hombre con Dios. Contiene a la vez la queja de Dios contra el perverso y el grito del hombre golpeado que demanda justicia a Dios.

La Biblia es la expresión eterna de una preocupación continua, el grito de Dios que reclama al hombre; no una carta de alguien que tras enviar un mensaje permaneció indiferente a la actitud del destinatario. No es un libro para ser leído sino un drama para participar en él; no es un libro acerca de sucesos sino que ella misma es un suceso, la continuación del suceso, a la vez que nuestro compromiso con ella es la continuación de la respuesta.[1]

La ansiedad humana ante la acción de la Palabra (vv. 81-84)

En este bloque es posible escuchar la expresión de la ansiedad humana al menos en tres aspectos bien claros: a) sensación de muerte (v. 81), b) la vista nublada (82) y c) edad avanzada (83-84). “El ‘odre ahumado’ sugiere que se siente consumido, que está renegrido (cf. Lam 4.8) o arrugado; prolongación del doble ‘consumirse’ y puente para la pregunta ‘cuántos años tengo o me quedan’ [84a]. Si es así, se alían la edad y la acción del enemigo. Con todo, el orante sigue ‘esperando’, no olvida, o abandona los mandamientos. Dios lo hará revivir”.[2] La situación humana que evidencian estos versículos exhibe un ambiente de persecución y cierta zozobra: a los acontecimientos puntuales le sucede la angustia existencial, el temor por el paso del tiempo y el deterioro corporal. Todo ello es confrontado y contrastado por la acción vivificante de la palabra divina como respuesta a esas urgencias.

Estrictamente hablando estamos delante de una lamentación, pero la respuesta a ella es la actuación firme de la Palabra en la vida del hablante: “pero sigo confiando en tu palabra” (81b), “pero tengo presentes tus estatutos” (83b). La Ley de Dios es el asidero fiel al cual se aferra para superar esas circunstancias negativas y opresoras, no puede haber otro recurso más seguro. La eternidad de esa Palabra es la roca sólida que permite afianzarse en la esperanza y en la confianza de que Dios responderá y aplicará su poder en la vida de quienes sólo lo buscan a Él: “¿Qué es la ley? Una manera de encarar el más difícil de todos los problemas: la vida. La ley es un problema para quien piensa que la vida es un fenómeno común y corriente. La ley es una respuesta para quien sabe que la vida es un problema”.[3]

Los mandamientos del (mitzvot) Señor son verdaderos (vv. 85-88)

La remembranza de la oposición de personas que se niegan a acatar la ley divina (85) le sirve al creyente que habla para aludir directamente a la mayor característica de los mandamientos divinos: la verdad (86). Irremediablemente se recuerda el Decálogo como fuente básica de toda la Ley antigua, un resumen apretado de las instrucciones divinas para vivir, comportarse y mantener la estabilidad individual y social. Cada uno de ellos apuntaba hacia aspectos específicos de la existencia humana en su ámbito familiar, comunitario y nacional. Las prohibiciones para practicar el mal y los mandatos para poner a funcionar el bien se sucedieron en la vida del pueblo a fin de mostrar la vía para constituirse en una nación diferente, alternativa a los comportamientos que predominaban en la antigüedad. Había que traducir esos mandatos eternos en las nuevas situaciones experimentadas por el pueblo: “El significado cabal de las palabras bíblicas no fue revelado una vez y para siempre. A cada hora se devela otro aspecto. La palabra nos fue dada una vez; el esfuerzo por comprenderla ha de continuar por siempre. No basta con aceptar, ni siquiera con cumplir los mandamientos. Estudiar, examinar, explorar la Torá es una forma de culto, un deber supremo. Pues la Torá es una invitación a la perceptividad, un llamado a la comprensión continua”.[4]

“Poco ha faltado para que me derriben, / pero ni así me he apartado de tus mandamientos” (87). He ahí una actitud recta y agradable a Dios en medio de las dificultades máximas. Al ser verdaderos y, por lo tanto, absolutamente confiables, los mandamientos del Señor conducen inevitablemente por caminos verdaderos y justos, en ellos no puede haber perversión ni malas intenciones: “Las mitzvot no son ideales, entidades espirituales suspendidas para siempre en la eternidad. Son mandamientos que se dirigen a cada uno de nosotros, Son los caminos en los que Dios se enfrenta con nosotros en momentos particulares. En el infinito mundo hay una tarea que yo debo cumplir. No una tarea general, sino una tarea para mí, aquí y ahora. Las mitzvot son fines espirituales, puntos de eternidad en el fluir de la temporalidad”.[5]

 

Conclusión

La verdad que aflora continuamente en los mandamientos divinos nos confronta con nuestra realidad en la que la mentira acecha permanentemente. La insistencia del Señor en develar las acciones humanas para instalar su transparencia absoluta compromete profundamente al pueblo de Dios para aplicar la veracidad total de esas instrucciones. Ninguna fisura se encuentra en ellas por lo que su confiabilidad las convierte en exigencias directas, justas y posibles. Recurriendo al Levítico podemos subrayarlo nuevamente: “Para ser santo un hombre ha de temer a su madre y a su padre, guardar el Shabat; no ha de volverse hacia ídolos... ni falsear... ni mentir al prójimo... ni maldecir al sordo o poner obstáculo delante del ciego... ni ser culpable de injusticia alguna... ni propalar calumnias... ni permanecer indiferente ante la sangre de su prójimo... ni odiar... ni vengarse... ni guardar rencor... sino que ha de amar a su prójimo como a sí mismo (Levítico 19:3-18)”.[6] Así, podemos concluir con el poeta, acompañándolo en sus buenos deseos: “¡Dame vida, conforme a tu misericordia, / para que cumpla los testimonios que has emitido!” (88).



[1] A.J. Heschel, Dios en busca del hombre. Una filosofía de la religión. Buenos Aires, Ediciones Seminario Rabínico, 2021, pp. 42, 53, 316, 336, www.seminariorabinico.org/wp-content/uploads/DIOS-EN-BUSCA-DEL-HOMBRE.pdf.

[2] L. Alonso Schökel y Cecilia Carniti, Los Salmos. II. 60-150. Estella, verbo Divino, 1993, p. 504.

[3] A.J. Heschel, op. cit., pp. 391-392. Énfasis original.

[4] Ibid., pp. 361-362.

[5] Ibid., p. 381. Énfasis agregado.

[6] Ibid., p. 379.

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