17 de agosto, 2025
Casi han acabado conmigo,
pero yo obedezco tus mandamientos porque son la verdad.
Salmo 119.86, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo
La celebración de la presencia de la Palabra divina en el mundo y en medio del pueblo de Dios se muestra como un auténtico producto de la espiritualidad ligada a la Ley, por lo que todo lo que se relaciona con ella apunta hacia una verdadera “teología de la revelación escrita”, la que fue planteada en los mejores términos por el Salmo 19. Hay así una clara continuidad entre los Salmos 1, 19 y 119, unidos por la preocupación religiosa de otorgar a la Palabra del Señor el lugar que le corresponde como propiciadora, alimentadora y fomentadora de la fe individual y colectiva. Es la expresión de lo que el gran rabino Abraham J. Heschel explicó en Dios en busca del hombre:
La Biblia no se propone enseñarnos principios de creación o redención.
Vino a enseñarnos que Dios está vivo, que Él es el Creador y el Redentor, el
Maestro y el Legislador. La filosofía se preocupa de analizar o explicar, la
religión se preocupa por purificar y santificar. La religión hunde sus raíces
en una tradición particular o en una intuición personal; la filosofía clásica
pretende estar arraigada en premisas universales. La especulación empieza en el
concepto, la religión bíblica empieza en el suceso. La vida de la religión no
se da en la preservación mental de ideas, sino en sucesos o intuiciones, en
algo que ocurre en el tiempo.
La Biblia encierra la
palabra de Dios al hombre, pero también la palabra del hombre a Él y acerca de
Él; no sólo la manifestación de Dios, sino la intuición del hombre. […]
La Biblia muestra el
comportamiento de Dios con el hombre y el comportamiento del hombre con Dios.
Contiene a la vez la queja de Dios contra el perverso y el grito del hombre
golpeado que demanda justicia a Dios.
La Biblia es la expresión
eterna de una preocupación continua, el grito de Dios que reclama al hombre; no
una carta de alguien que tras enviar un mensaje permaneció indiferente a la
actitud del destinatario. No es un libro para ser leído sino un drama para
participar en él; no es un libro acerca de sucesos sino que ella misma es
un suceso, la continuación del suceso, a la vez que nuestro compromiso con ella
es la continuación de la respuesta.[1]
La ansiedad humana ante la acción de la Palabra (vv. 81-84)
En
este bloque es posible escuchar la expresión de la ansiedad humana al menos en tres
aspectos bien claros: a) sensación de muerte (v. 81), b) la vista
nublada (82) y c) edad avanzada (83-84). “El ‘odre ahumado’ sugiere que
se siente consumido, que está renegrido (cf. Lam 4.8) o arrugado; prolongación
del doble ‘consumirse’ y puente para la pregunta ‘cuántos años tengo o me
quedan’ [84a]. Si es así, se alían la edad y la acción del enemigo. Con todo,
el orante sigue ‘esperando’, no olvida, o abandona los mandamientos. Dios lo hará
revivir”.[2]
La situación humana que evidencian estos versículos exhibe un ambiente de
persecución y cierta zozobra: a los acontecimientos puntuales le sucede la
angustia existencial, el temor por el paso del tiempo y el deterioro corporal. Todo ello es confrontado y contrastado por
la acción vivificante de la palabra divina como respuesta a esas urgencias.
Estrictamente hablando estamos delante de una lamentación, pero la respuesta a ella es la actuación firme de la Palabra en la vida del hablante: “pero sigo confiando en tu palabra” (81b), “pero tengo presentes tus estatutos” (83b). La Ley de Dios es el asidero fiel al cual se aferra para superar esas circunstancias negativas y opresoras, no puede haber otro recurso más seguro. La eternidad de esa Palabra es la roca sólida que permite afianzarse en la esperanza y en la confianza de que Dios responderá y aplicará su poder en la vida de quienes sólo lo buscan a Él: “¿Qué es la ley? Una manera de encarar el más difícil de todos los problemas: la vida. La ley es un problema para quien piensa que la vida es un fenómeno común y corriente. La ley es una respuesta para quien sabe que la vida es un problema”.[3]
Los mandamientos del (mitzvot) Señor son verdaderos (vv. 85-88)
La
remembranza de la oposición de personas que se niegan a acatar la ley divina
(85) le sirve al creyente que habla para aludir directamente a la mayor característica
de los mandamientos divinos: la verdad (86). Irremediablemente se recuerda el
Decálogo como fuente básica de toda la Ley antigua, un resumen apretado de las
instrucciones divinas para vivir, comportarse y mantener la estabilidad individual
y social. Cada uno de ellos apuntaba hacia aspectos específicos de la
existencia humana en su ámbito familiar, comunitario y nacional. Las prohibiciones
para practicar el mal y los mandatos para poner a funcionar el bien se
sucedieron en la vida del pueblo a fin de mostrar la vía para constituirse en
una nación diferente, alternativa a los comportamientos que predominaban en la
antigüedad. Había que traducir esos mandatos eternos en las nuevas situaciones experimentadas
por el pueblo: “El significado cabal de las palabras bíblicas no fue revelado
una vez y para siempre. A cada hora se devela otro aspecto. La palabra nos fue
dada una vez; el esfuerzo por comprenderla ha de continuar por siempre. No
basta con aceptar, ni siquiera con cumplir los mandamientos. Estudiar,
examinar, explorar la Torá es una forma de culto, un deber supremo. Pues la
Torá es una invitación a la perceptividad, un llamado a la comprensión continua”.[4]
“Poco
ha faltado para que me derriben, / pero ni así me he apartado de tus
mandamientos” (87). He ahí una actitud recta y agradable a Dios en medio de las
dificultades máximas. Al ser verdaderos y, por lo tanto, absolutamente
confiables, los mandamientos del Señor conducen inevitablemente por caminos
verdaderos y justos, en ellos no puede haber perversión ni malas intenciones: “Las
mitzvot no son ideales, entidades espirituales suspendidas para siempre en la
eternidad. Son mandamientos que se dirigen a cada uno de nosotros, Son los
caminos en los que Dios se enfrenta con nosotros en momentos particulares. En
el infinito mundo hay una tarea que yo debo cumplir. No una tarea general,
sino una tarea para mí, aquí y ahora. Las mitzvot son fines espirituales,
puntos de eternidad en el fluir de la temporalidad”.[5]
Conclusión
La
verdad que aflora continuamente en los mandamientos divinos nos confronta con
nuestra realidad en la que la mentira acecha permanentemente. La insistencia
del Señor en develar las acciones humanas para instalar su transparencia
absoluta compromete profundamente al pueblo de Dios para aplicar la veracidad
total de esas instrucciones. Ninguna fisura se encuentra en ellas por lo que su
confiabilidad las convierte en exigencias directas, justas y posibles. Recurriendo
al Levítico podemos subrayarlo nuevamente: “Para ser santo un hombre ha de
temer a su madre y a su padre, guardar el Shabat; no ha de volverse hacia
ídolos... ni falsear... ni mentir al prójimo... ni maldecir al sordo o poner
obstáculo delante del ciego... ni ser culpable de injusticia alguna... ni
propalar calumnias... ni permanecer indiferente ante la sangre de su prójimo...
ni odiar... ni vengarse... ni guardar rencor... sino que ha de amar a su
prójimo como a sí mismo (Levítico 19:3-18)”.[6]
Así, podemos concluir con el poeta, acompañándolo en sus buenos deseos: “¡Dame
vida, conforme a tu misericordia, / para que cumpla los testimonios que has
emitido!” (88).
[1] A.J. Heschel, Dios en
busca del hombre. Una filosofía de la religión. Buenos Aires, Ediciones Seminario
Rabínico, 2021, pp. 42, 53, 316,
336, www.seminariorabinico.org/wp-content/uploads/DIOS-EN-BUSCA-DEL-HOMBRE.pdf.
[2] L. Alonso Schökel y Cecilia
Carniti, Los Salmos. II. 60-150. Estella, verbo Divino, 1993, p. 504.
[3] A.J. Heschel, op. cit., pp. 391-392. Énfasis original.
[4] Ibid., pp. 361-362.
[5] Ibid., p. 381. Énfasis agregado.
[6] Ibid., p. 379.
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