10 de agosto, 2025
Perfecciona mi corazón con tus estatutos,
para que no tenga de que avergonzarme.
Salmo 119.80, Reina-Valera Contemporánea
Trasfondo
La devoción infatigable con que los autores del Salmo 119 se refieren a la Ley los llevó a buscar una enorme cantidad de sinónimos para referirse al contenido de la instrucción divina, lo que para los lectores modernos puede ser un problema para el acercamiento al texto. No obstante, la celebración de la Ley alcanza notables alturas al sumarse una explosión continua de afirmaciones. Su abordaje es inagotable pues la voluntad divina contenida en ella debe realizarse en la vida del pueblo y de las personas. En cuanto a su lectura, incluso en voz alta, Luis Alonso Schökel propone un método para apreciar su contenido y hacer que pase por nuestra respiración:
…de modo que a cada verso responda una respiración nuestra […] De ese
modo se acompasan dos ritmos: el biológico de nuestra respiración y el
espiritual de nuestra oración. Salvando la regularidad, podemos cambiar la
velocidad, prefiriendo de ordinario un ritmo pausado. Los dos hemistiquios
[partes] de cada verso serán como las dos posiciones del péndulo, el péndulo de
nuestra vida. […]
La segunda fórmula consiste
en dividir el salmo en piezas, estrofas, que se recitan o meditan a lo largo de
varios días. Si tomamos una letra por da, llenamos un mes y nos sobra una
semana de descanso, si tomamos dos letras por día, llenamos una quincena incluyendo
tres días de reposo.
Cabe también una fórmula contemplativa mientras los labios van pronunciando las palabras, la mente se concentra en una visión unitaria y simple del tema dominante, el afecto se dilata, la voluntad se consolida. La atención no se dirige al detalle de cada frase.[1]
Los mandatos de Dios son justos (vv. 73-75)
Con confesiones de fe en Yahvé, el creador de la vida (cf. Sal 139.14), y en la palabra de Dios que nos muestra el camino, comienzan los vv. 73ss. En este contexto, el v. 75 —sin una transición claramente reconocible— nos lleva a una ‘doxología de juicio’ (cf. Jos 7.19). Se ensalza a Yahvé como el “Justo”, es decir, como el que aun en el juicio obra con fidelidad a la salvación. Aquí surge de nuevo la idea del sufrimiento educativo (cf. vv. 67, 71). En los vv. 76s se expresan peticiones. En primer lugar, el oprimido implora la intervención clemente de Yahvé. Después pide que recaiga el juicio sobre sus enemigos (v. 78). Se reconocen claramente los elementos de la lamentación individual.[2]
A
la constatación de que el Señor es el Creador de cada persona le sigue la petición
para obedecer los mandamientos como camino de vida y senda de conocimiento
profundo. El deseo de obedecer no surge de la nada, pues requiere de un proceso
pedagógico que debe comenzar lo más temprano posible en la vida, tal como Jean
Piaget (1896-1980) rastreó el surgimiento de las diversas nociones o realidades
que se aprende a reconocer desde la niñez más temprana: el dinero, la pobreza,
la moral, Dios, la muerte, la lectura y un largo etcétera: según él, “al
principio los niños creen que las leyes del universo no son simplemente
mecánicas, sino que son leyes coercitivas de tipo moral, dictadas
autocráticamente por los adultos o alguna entidad trascendente. […] El criterio moral en el niño, de 1932,
muestra que los niños empiezan por creer que las normas morales están impuestas
del exterior, y que son eternas e inalterables. Más tarde, los adolescentes se
dan cuenta de que las leyes morales son el resultado de un contrato social,
regido por la cooperación, la reciprocidad y el respeto mutuo”.[3]
La obediencia a la Ley también se puede aprender desde los inicios de la vida
pues permiten que la persona se transforme (v. 74).
La
capacidad moral de los mandamientos, su justicia (v. 75) le otorga una fuerza ética
indiscutible pues su origen “extraordinario” o trascendente los coloca por
encima de todo, pero debe tomarse en cuenta que Dios “no e3xige imposibles”
como en el Levítico cuando ordena amar al prójimo (19.18b) y, sobre todo, a las
personas diferentes y vulnerables (extranjeros [19.10, 33-34], viudas, huérfanos,
necesitados, 19.14-15). Ese aspecto ético de la Ley sigue siendo completamente
válido hasta hoy.
La felicidad que produce obedecer la ley
(vv. 76-80)
La
segunda sección del pasaje contiene una petición muy puntual del hablante: “Ven
con tu amor a darme ánimo, / pues soy feliz con tus enseñanzas (76). La dicha
que produce la obediencia es la que aparece detrás de la famosa palabra bienaventurado
y es la mayor aspiración que los seres humanos pueden tener. Meditar, reflexionar
sobre las enseñanzas del Señor (77) produce resultados palpables y, cómo afirma
el Salmo, se relaciona directamente con las promesas divinas. La otra petición
involucra a quienes hacen daño a quien habla (78). Su deseo es que superen esa
actitud y se unan a él en la adoración (79), con lo que podrán conocer los mandamientos
del Señor. Hay que recordar que las personas no contaban con “ejemplares” propios
de los rollos de la Torá y que su persistencia en escuchar y memorizar la Ley
era lo que se estimulaba para que, en las reuniones comunitarias, aprovecharan
al máximo la transmisión de su contenido, siempre encaminado a mejorar la vida
de la comunidad entera.
Finalmente,
el fragmento con que cierra el Salmo es una petición para la mejor comprensión
del texto de la Ley divina (80). Entenderla adecuadamente implicaría varias
cosas a la vez: a) obtener conocimiento, b) ordenar los
pensamientos, c) organizar sabiamente la vida comunitaria y, además, d)
ordenar la vida personal y colectiva desde el horizonte ético que Dios
determinó para su pueblo y, eventualmente, para toda la humanidad.
Conclusión
Es necesario comprender adecuadamente el propósito profundo con que Dios estableció su ley en medio del pueblo y a favor de él:
Desde el punto de vista teológico, es preciso afirmar que las leyes han
sido dadas a Israel para su regocijo y plenitud, y no como una carga para su
fe. El salmo 119 […] está dedicado a exaltar el valor de la Ley […] Deuteronomio
6.3 proclama que observarla “te hará bien y te multiplicará en la tierra...”.
Así pues, la Ley no fue entendida como un límite impuesto al disfrute de la
belleza de la vida, sino, por el contrario, como aquellas normas que, al
cumplirlas, permitían acceder a alegrarse por los dones de Dios y las
bendiciones de cada día. Observar la Ley es vivir en plenitud, tal como declara
el sabio cuando dice: “Guarda mis mandamientos y vivirás, y mi ley como la luz
de tus ojos” (Prov 7.2).[4]
[1] L.A. Schökel y Cecilia
Carniti, Salmos. II. (Salmos 73-150). Estella, Verbo Divino, 1993.
[2] Hans-Joachim Kraus,
Los Salmos. II. 60-150. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1991, pp. 614-615.
[3] Fernando Vidal, “Piaget: pasado, presente y futuro”, en https://journals.copmadrid.org/psed/archivos/1996/vol2/arti8.htm.
[4] Pablo Andiñach, El Dios que está. Teología del Antiguo Testamento.
Estella, Verbo Divino, 2014, p. 119.
No hay comentarios:
Publicar un comentario