24 de agosto, 2025
Por tus decretos, todo subsiste hoy,
y todo está a tu servicio.
Salmo 119.86, Reina-Valera Contemporánea
Trasfondo
La riqueza en el contenido de las Sagradas Escrituras fue creciendo a medida que se estableció el llamado canon o el orden de los libros revelados por Dios. Indudablemente, el Pentateuco, que contiene el primer bloque de la revelación escrita comenzando en el Génesis y en cuyo desarrollo central está la Ley (desde el Éxodo hasta los Números, porque Deuteronomio es una repetición de la Ley) es el inicio de lo que llegaría a ser la Biblia Hebrea (o Tanáj). Los dos siguientes bloques (Profetas, nebiim, y Escritos, ketubim) conforman todo el conjunto, tal como lo afirmó el Señor Jesús en Lucas al explicar a los discípulos de Emmaús lo que enseñaban las Escrituras sobre él (24.44). allí, denomina Salmos al tercer conjunto de libros, los Escritos, la última parte de textos que la tradición estableció como parte del canon. La conciencia histórica y literaria del pueblo de Dios continuó con la iglesia, la cual establecería también su canon basándose en los firmes criterios de inspiración para definir los libros en géneros bien determinados: Evangelios, historia, cartas apostólicas (Pablo, Pedro, Juan, Judas, Hebreos, Santiago) y el Apocalipsis. Toda una historia de fe y de esfuerzo literario y espiritual para producir esta obra colectiva monumental de la cual la iglesia ha sido beneficiaria.
Eternidad y poder de la palabra divina (vv. 89-92)
Ambos aspectos de la Ley y la Palabra del Señor son destacados al inicio de esta sección (Lámed: “La letra L es la letra del corazón, la lengua y el pan (lb lswn lhm), de la noche y la antorcha (lylh lpyd), del vestir y tomar y aprender (lbs lqh lmd).[1]). A la eternidad del propio Dios le corresponde la de su Palabra. Inevitablemente viene a la memoria el clásico pasaje con el que inicia el Segundo Isaías, el Isaías de Babilonia. “Se seca la hierba, se marchita la flor / mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (40.8). También la fidelidad divina es interminable y, por lo tanto, esa palabra duradera tendrá un efecto continuo en la vida del individuo que habla y de todo el pueblo de Dios.
Los vv. 89ss comienzan en estilo hímnico. Se ensalza a la palabra de Yahvé como poder eterno y firmemente asentado (cf. Is 40.8). En el v. 90 se aborda el tema de la “creación de la tierra”, acentuando de manera especial la fidelidad de Yahvé en la conservación de la misma. Luego, en el v. 91, se define fundamentalmente todo lo creado, considerándolo bajo dos aspectos. Los juicios de Yahvé, que castigan lo que es malo y salvan lo que es bueno, son la fuerza sustentadora y conservadora del mundo. Y toda criatura guarda con el Creador una relación de servicio y obediencia. La piedad de la torá ha impregnado aquí y determinado plenamente la doctrina de la creación. Con arreglo a estas fundamentales disposiciones del existir vive el obediente que saca de las enseñanzas de Yahvé el vigor que necesita para vivir (v. 92s).[2]
La Palabra divina y la salvación
material del creyente (vv. 93-96)
“El
lamento y la petición vuelven a irrumpir en este lugar. El obediente se
encuentra en medio de tentaciones y hostilidades (v. 95). Pero él sabe muy bien
que todas las cosas tienen sus límites. Tan sólo el mandamiento de Yahvé tiene
amplitud y eficacia ilimitadas”.[3]
Solamente el recuerdo constante de la Palabra ha mantenido con vida al hablante
(v. 93) con lo que se cumple el propósito esencial de la Ley: instruir para
afrontar la vida con los mejores recursos. Al solicitar la salvación divina el
creyente pone por delante que ha buscado cumplir los mandamientos del Señor, lo
que le ofrece una cierta garantía para ser escuchado y librado. Nuevamente los
malvados son el contraejemplo pues quieren matarlo y con ello demuestran que no
obedecen la Ley, no les interesa, pero a él sí, él o ella desea entender
las enseñanzas divinas (95), está dispuesto/a a estudiarlas minuciosamente, a
escudriñarlas constantemente para obtener un conocimiento superior y práctico.
Finalmente,
el cantor llega al extremo de contrastar la transitoriedad del mundo con la
infinitud de la palabra divina, pues ésta no tiene fin. Es un producto
ciertamente pleno de la interacción entre Dios y el ser humano mediante la
inspiración del Espíritu, que fue y es el gran factor que permitió su
redacción, preservación y aplicación a la vida humana. Es una palabra acabada
en el sentido más absoluto del término. A pesar de las limitaciones humanas
y del esfuerzo inacabado de las traducciones ha llegado hasta nosotros para
mostrarnos la voluntad fresca de Dios. De ahí la nobleza del oficio de la
traducción que debe siempre estar, al servicio de la Palabra. “El
salmista ha visto que todo lo acabado o perfecto tiene un límite o final; sólo
el mandato de Dios se dilata inmensamente”.[4]
Conclusión
Los
decretos del Señor son eternos, siempre vigentes, siempre presentes y actuantes
para la vida de su pueblo. Desde que se manifestó el poder creador de su
Palabra en los tiempos más remotos, pasando por la guía que ejerció sobre la
vida del pueblo, hasta la conformación de la comunidad de fe, a cada paso Él se
hacía presente para conducirla por el camino preparado para transitar, lleno de
desafíos y exigencias que no siempre fueron bien experimentadas. Pero
continuamente la Ley divina modeló la existencia histórica y hoy lo sigue
haciendo para que la Iglesia continúe tratando de cumplir su misión conducida por ella.
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