lunes, 17 de febrero de 2025

El amor del Padre nos hace hijos/as de Dios (I Juan 3.1-10), Pbro. Héctor Mendoza Núñez


Bartolomé Murillo, El regreso del hijo pródigo (1666-1667)

16 de febrero, 2025

A medida que el cristianismo se iba extendiendo por el Mediterráneo, se iba encontrando con otras religiones. Los griegos y los romanos trataron de asimilar elementos de la fe cristiana dentro de sus propias filosofías, tal como lo habían hecho inicialmente algunos judíos. Los centros intelectuales del Mediterráneo hacían preguntas acerca de Jesús: ¿Quién era? Si era Dios ¿cómo pudo morir? Una nueva secta llamada gnosticismo (nombre derivado de la palabra griega que significa conocimiento: gnosis) fue ganando terreno en su intento de explicar estas cosas. Esta secta se difundió especialmente entre la élite intelectual.

A los gnósticos les repugnaba el concepto cristiano de que Dios se hiciese hombre. Ellos creían que el cuerpo físico era intrínsecamente malo, de ahí que se vieran obligados en negar que un Dios puro pudiese tomar un cuerpo. Para los gnósticos, todo lo que era material era malo. Sólo es espíritu era puro. De ahí que intentaran elevarse a un plano más alto, más espiritual. Esta enseñanza a veces producía una reacción colateral: la gente que se esforzaba por elevarse por sobre la materia no se preocupaba por su ética personal. Podían conducirse como quisieran. Pero el anciano Juan levantó su voz en contra de los peligros del gnosticismo: un estilo de vida inmoral y dudas acerca de Cristo se hubiese hecho hombre.

Juan era de la idea de que las creencias debían ser juzgadas por las acciones que producen. Por eso, Juan enfatiza el amor de Dios el Padre hacia sus hijos e hijas y el amor fraternal entre quienes hacen comunidad (iglesia). En su carta habla de que la verdadera comunión no es un vuelo místico sino una relación con el Padre mediante Cristo. Y eso implicaba hacerse cargo de las propias responsabilidades para con otras personas en el ámbito de la familia de Dios.


Dios nos hace sus hijos/as

A través de un nuevo nacimiento, 2.29. La mención del nuevo nacimiento “de él” (2.29b), lleva a Juan a un estallido de asombro ante el amor del Padre al hacernos hijos de Dios. Esta es una alusión a la naturaleza divina que hemos recibido al ser engendrados por Dios, más que a una relación filial.

Aunque real, nuestra condición de hijos e hijas de Dios no es aún evidente de manera plena, vv. 1-3.

A.      “Mirad”, v. 1.

a. Habiendo mencionado que somos nacidos de Él (Dios), Juan habla con asombro de esta forma de amor que nos hace hijos e hijas de Dios.

b. Quiere que miremos con atención, y contemplemos la magnitud de la forma de este amor que nos hace hijos e hijas.

c. Nunca está de más en nuestra vida de fe revisar y entender el amor que nos ha dado el Padre.

1. “Mirad cuál amor”

a. “Miren qué clase de amor es este”, “miren qué tipo de amor”.

b. Juan quiere que los lectores observen las manifestaciones del amor del Padre.

i. Juan introduce el tema del amor de Dios en el capítulo anterior (2.5, 15), lo considera brevemente en este capítulo (3.1, 16, 17) y lo explica ampliamente en el próximo capitulo (4:7-9, 10, 12, 16-18).

ii. Los lectores debían captar el tipo de amor que el Padre da a sus hijos e hijas. Ese amor es muy grande.

iii. La palabra griega que se traduce por “cuán grande” o “qué clase de” aparece seis veces en el Nuevo Testamento y siempre implica asombro y admiración en forma general.

c. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre…”

El Padre nos ha prodigado su amor.

d. Juan ha escogido intencionalmente la palabra “Padre”.

i. Dicha palabra da a entender una relación Padre-hijo e hija.

ii. Sin embargo, Dios no comenzó a ser Padre cuando nos adoptó como hijos e hijas. La paternidad de Dios es eterna. Él es desde siempre el Padre de Jesucristo y es, por medio de Jesús, nuestro Padre. Por medio de Jesús recibimos el amor del Padre y somos llamados “hijos de Dios”.

2. Pero Dios no sólo ha mostrado este amor, sino que en realidad lo ha derramado sobre nosotros.

a. Nosotros mismos lo hemos experimentado.

b. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos e hijas de Dios”, v. 2.

i. Hijos e hijas de Dios no es un simple título.

ii. Es una realidad.

iii. Somos hijos e hijas de Dios no por naturaleza sino por gracia.

iv. Lo somos, aunque otros digan y piensen lo que quieran.

v. Los hijos e hijas de Dios y el mundo son tan diferentes entre sí, que el mundo no nos conoce.

vi. La razón de esto es que el mundo no le conoció a Él, v. v.1b.

3. Así como su gloria estaba velada (oculta) en la carne, nuestra “vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3.3).

 

B.      El destino de los hijos e hijas de Dios, v. 2.

1. El autor llama “amados” a sus lectores porque también él ama a los que son amados por el Padre.

a. Pasa entonces de la reiteración “ahora somos hijos de Dios” (lo reconozca o no el mundo), a la consideración de “lo que hemos de ser”.

b. El mundo todavía no ve lo que somos, y nosotros aún no vemos lo que seremos.

c. Es importante notar esta confesión apostólica de ignorancia.

d. Juan confiesa aquí que no le ha sido revelado el exacto estado y condición de los redimidos en la eternidad.

e. Esto no significa que no sepamos nada acerca de nuestro estado futuro. “Pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”.

f. Ya ha sido estampada nuevamente en nosotros la imagen de Dios, alterada por la caída; ahora asumimos una nueva humanidad llevada a cabo por la conversión, por el nuevo nacimiento.

g. Esta nueva humanidad, “creada según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4.24; Col. 3.10). Y desde ese día y en cumplimiento del propósito predestinante de Dios de que fuésemos “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro. 8.29), el Espíritu Santo ha estado transfigurándonos “de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Co. 3.18 cf. 1ª Juan 2.6).

C. La razón que Juan tiene para escribir acerca del retomo de Cristo y del estado final no es teológica, sino ética.

1. Como Pablo, el apóstol Juan sigue a nuestro Señor en la enseñanza de las implicaciones prácticas de esta gloriosa expectativa.

2. Conocer nuestro destino como hijos e hijas de Dios purifica nuestras vidas ahora, v. 3.

“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”.

a. Conocer nuestro destino eterno y vivir en esta esperanza, purifica nuestras vidas.

b. Saber que nuestro fin es ser más como Jesús, nos hace querer ser más como Él en el momento presente.

c. Tener conocimiento de la venida del Señor tiene un efecto purificador en la vida de los hijos e hijas de Dios. Nos hace querer estar listos(as), servirle ahora, agradarle ahora.

d. El cristiano que fija su esperanza en el retorno de Cristo se purifica, no ceremonialmente, sino moralmente.

e. Juan ya ha acentuado en 2.28-29 de esta misma carta, que por cuanto Cristo es justo, usted y yo (todos), necesitamos practicar la justicia si no queremos avergonzarnos en su venida.

f. “Así como el es puro”, v. 3b.

i. En los capítulos anteriores, Juan ha escrito que, si tenemos comunión con Jesús y comunión unos con otros, él nos limpia de pecado por medio de su sangre (1:7); y que, si declaramos que tenemos comunión con él, “debemos andar como Jesús anduvo” (2:6).

ii. Por eso Juan ahora enfatiza la pureza moral (ética) que todo hijo e hija de Dios necesita mostrar por medio de una vida acorde con el evangelio que hemos recibido.

iii. Juan indica aquí cuál es la medida: así como Cristo es puro, así se esfuercen los hijos e hijas de Dios en ser puros. No es perfección.

       Juan pasa ahora a la segunda parte de su mensaje en este capítulo, y esta vez vincula la justicia con la pasada aparición de Cristo (su primera venida).

Su argumento lo formula en favor de la necesidad de una vida de santidad, y lo toma ahora, no de la expectación de la segunda venida, cuando lo veremos y seremos semejantes a Él, sino del propósito de su primera venida que fue eliminar los pecados y destruir las obras del diablo, vv. 4-9.

 A. En esta sección se demuestra que continuar en el pecado es algo completamente opuesto a todo el propósito de la primera aparición de Cristo, la cual se menciona dos veces, vv. 5a y 8b:

“Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados…”

“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”.

1.       Esta epístola de Juan se distingue por sus contrastes.

a. Juan primeramente describe al hijo(a) de Dios que se purifica a sí mismo (3.3) y luego pasa a describir a la persona que continúa viviendo en pecado y practica la iniquidad (3.4). El hijo(a) de Dios, por consiguiente, no pueden continuar en pecado como estilo de vida.

b. Los falsos maestros de que habla repentinamente y exhibe Juan en su carta, enseñaban que las cuestiones de orden moral y ético eran irrelevantes. Como hoy en día la verdad sobre el pecado se oculta tras eufemismos y nuestros pecados se convierten en meros "pecadillos", "debilidades temperamentales" o "problemas de la personalidad".

c. La persona que continúa haciendo lo que es pecaminoso, concluye Juan, “Es del diablo” (3:8).

2.       Pero ustedes “saben que él apareció para quitar nuestros pecados”, v. 5.

a. “Y no hay pecado en él”. Juan escribe en tiempo presente para indicar que Cristo siempre ha sido, es y será sin pecado. Da a entender que, así como el Hijo de Dios no tiene pecado, así mismo el cristiano, cuyos pecados Cristo ha quitado, debería no ceder ante el pecado.

b. Uno de los rasgos distintivos de ser hijo e hija de Dios es ser libre del gobierno del pecado. Si el cristiano viviese una vida de pecado, su reclamo de ser hijo(a) de Dios carecería de significado.

3.       Permanecer en el pecado o permanecer en Dios, v. 6.

“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido”

a. Una vez más Juan presenta un contraste. El coloca al creyente, que ha dejado una vida de pecado porque ahora vive en Cristo, frente al incrédulo que, por vivir en pecado, no ha visto ni conocido a Cristo.

b. A lo largo de toda su epístola, Juan repite esta verdad: que la persona que vive en Cristo y tiene una comunión continua con él obedece la Palabra de Dios.

c. Juan sabe que el creyente ocasionalmente cae en pecado, y que, si confiesa su pecado, Cristo le perdona y le limpia de toda injusticia (1:9).

d. Juan también sabe que el creyente ya no está más en las garras del pecado, puesto que su vida es gobernada por Cristo (Gá. 2.20).

e. Juan dice: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (3:9).

4.       El pastor habla tiernamente a los miembros de la iglesia en el v. 7: “Hijitos, nadie os engañe”.

a. El desea que ellos conozcan la diferencia entre la verdad y el error. Entre las enseñanzas de Jesús y las enseñanzas extrañas.

b. Se da cuenta de la perjudicial influencia de aquellos maestros que tratan de extraviar a los hijos(as) de Dios, y desea alertar a los miembros de la iglesia en contra del error que afirma que creer en Dios y la vida pecaminosa son compatibles.

c. Juan expone este error y advierte a sus lectores que debían estar alertas en contra de aquellos falsos maestros.

d. Los falsos maestros estaban procurando descarriarlos, no sólo teológicamente sino también éticamente. Debían estar en guardia.

e. Juan le pide a su gente que aplique la norma de la verdad por medio de la cual ellos pueden detectar el engaño. Y el criterio es éste: “El que hace justicia es justo, como él es justo”, v. 7b.

f. La persona que ha nacido de Dios refleja su ascendencia espiritual -tal como es el Padre, así también es el hijo.

g. El creyente desea expresar su gratitud a Dios y hacer lo que es justo debido a su nuevo nacimiento o conversión.

h. Así es la vida de los hijos e hijas de Dios por el amor del Padre.

i. Los falsos maestros a los cuales hace alusión con cierta frecuencia el apóstol aquí en su carta, decían que de alguna manera era posible “ser justos” sin preocuparse necesariamente por practicar la justicia. Juan niega rotundamente esta posibilidad.

j. La manera de llegar a ser hijos e hijas de Dios es, por el lado humano, creyendo y recibiendo a Cristo, y por el lado divino, por el nuevo nacimiento (Jn. 1.12, 13).

k. Los hijos e hijas de Dios (9) y los del diablo (8) pueden ser reconocidos por su moral y ética. "Por sus frutos los conoceréis" (Mt. 7:20).

l.  “Todo aquel que no hace justicia, que no ama a su hermano, no es de Dios”, v.9. La falta de justicia y amor prueba la falta de un nacimiento divino.

 

Conclusión

Si el Señor Jesús vino para “quitar nuestros pecados”, v. 5 y para “deshacer las obras del diablo”, v. 8, y si, cuando aparezca por segunda vez, “lo veremos” y, en consecuencia, “seremos como él es” ¿cómo podemos continuar viviendo en pecado? Hacerlo es negar el propósito de las dos apariciones. Si somo leales a su primera venida, y estamos preparados para la segunda, vivamos purificándonos, como el es puro. Así daremos evidencia de haber nacido de Dios, y ser hijos e hijas de Dios por su gran amor.

 

Bibliografía

Kistemaker, Simon J. Comentario al Nuevo Testamento: exposición de Santiago y de las epístolas de Juan. Grand Rapids, Libros Desafío, 2001.

Stott, John R.W. Las cartas de Juan. Introducción y comentario. Buenos Aires, Certeza, 1974.

sábado, 8 de febrero de 2025

El siempre nuevo mandamiento antiguo (I Juan 2.7-11), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

9 de febrero, 2025 

Hermanos en Cristo, no les estoy dando un mandamiento nuevo. Les estoy repitiendo un mandamiento muy antiguo, que ustedes ya conocen: se trata del mismo mandamiento que Dios les dio desde el principio. Sin embargo, esto que les escribo es un mandamiento nuevo, y ya saben lo que significa, como también Cristo lo sabe. Él es la luz verdadera, que brilla cada vez más fuerte, y que hace que la oscuridad vaya disminuyendo.                                                                                 

I Juan 2.7-8, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

La voz que habla en I Juan lo hace con una certeza casi total de transmitir el designio de Señor Jesús: basándose en las acciones suyas (en su “caminar”) se dirige a los/as seguidores para invitarlos y exhortarlos a vivir como él vivió (v. 6). A partir de allí se retoma el antiguo mandamiento siempre nuevo del amor que deberá considerarse como expresión máxima del seguimiento de Jesús. “El eslabón que une esta sección con la anterior es la palabra mandamiento. El autor vuelve con la antítesis luz y tinieblas […] Aparecen dos verbos: amar y odiar, respectivamente en los campos de la luz y de las tinieblas. Otra palabra clave de esta sección es hermano, demostrando claramente que el mandamiento tiene que ver con el hermano”.[1] En la segunda secuencia de I Juan 2, explica M. Morgen, “no aparece la palabra ‘amor’; sin embargo, está centrada en la vida de Cristo, que es amor, y en su mandamiento único. El v. 6 prolonga la mirada que se acaba de dirigir al evangelio: ‘como (kathos) él (ekeinos) caminó’. Cada una de las palabras indica la referencia viva del cristiano. […] Cristo es un modelo que imitar, o mejor dicho, una imagen del Padre que contemplar”.[2] 

Mandamiento nuevo, mandamiento antiguo (vv. 7-8)

El mandamiento es antiguo porque la comunidad lo ha conocido desde tiempos remotos (“desde el principio”, v. 7; Lv 19.18b: “Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”), pues se remonta hasta la Ley mosaica en donde cumplió una función importantísima en el camino de establecer una sociedad auténticamente igualitaria basada en el temor de Dios y en el reconocimiento de la dignidad de todas las personas. Lv 19 es un conjunto de exhortaciones, parte del Código de Santidad, en las que el prójimo es colocado en el centro de la preocupación por la vida del pueblo: no oprimirlo, no robarle, no retener su salario, tratarlo con justicia, no atentar contra su vida, no odiarlo. Todo ello se dice antes de la exhortación a amarlo. El objetivo era llegar a la práctica perfecta del amor a Dios y al prójimo.[3] El Señor Jesús lo retomó cuando fue cuestionado sobre el mayor mandamiento de la Ley y lo relacionó inevitablemente con el amor a Dios como segunda prioridad (Mr 12.31, 33). En otros lugares del NT se recupera y se aplica como parte de la práctica comunitaria de la fe cristiana (Ro 13.9; Gál 5.14; Stg 2.8).

El mandamiento es anterior a la comunidad, pero su novedad radica en que las tinieblas pasan y la luz verdadera ya se manifiesta porque es verdadero “en él [el Señor] y en ustedes” (v. 8). La oscuridad “va disminuyendo” cada vez que la comunidad lo practica y es visible al mundo. “El propio autor siente en su interior esta paradoja entre lo viejo y lo nuevo”.[4] La práctica del amor en Jesús y en la comunidad era el fermento de novedad que se estaba mostrando como transformación de las relaciones sociales. 

Cristo cumple el mandamiento del amor y se convierte en guía para el camino por donde marcha el creyente. El mandamiento —en singular ahora, puesto que resume toda la ley (amar a Dios y al prójimo) es a la vez antiguo y nuevo; en cierto sentido, tiene la antigüedad del evangelio escuchado desde el principio por la comunidad; por otra parte, tiene la novedad de su actualización constante por los cristianos, en el sentido de que no deja de traducir la irrupción de la novedad de Cristo que brotó en su resurrección. Lo antiguo y lo nuevo se confunden en un comienzo que hay que renovar continuamente.[5] 

Amar a los hermanos es estar en la luz (vv. 9-11)

El v. 9 retoma el tono de Lv 19 cuando se refiere a que odiar a un hermano/a es vivir en la oscuridad dado que una sociedad fraterna no puede basarse en el rencor o el resentimiento. Porque: “El que ama a los demás, vive bajo la brillante luz de Dios y no causa ningún problema a los de su iglesia [comunidad o grupo social]” (v. 10). Esta tercera secuencia concreta el tema del amor al hermano, la exigencia concreta, con nombre y apellido, ante la cual es imposible evadirse: “Cristo ha trazado el camino, mostrando que el amor al hermano constituye el test de una vida espiritual auténtica. Si el conocimiento cumple el amor de Dios en el corazón del creyente (v. 4-5), éste no puede pretender permanecer en ese amor sin amar al hermano según el ejemplo de Jesús”.[6] “El mandamiento se convierte en una luz que ilumina el camino hacia Dios (v. 10). El amor al hermano es también el lugar en donde me encuentro con Dios, en la gratuidad y la incondicionalidad de su amor a los hombres. Dios ¿es luz? El mandamiento del amor al hermano responde a esta cuestión”.[7]

La luz es la que revela la gran belleza del mandamiento, pues quien ama al hermano se mueve en la esfera de la iluminación divina auténtica. Finalmente se dice de un modo abierto cuál es el mandamiento en juego: es el amor al hermano. Su parte contraria, el odio al hermano, recibe una condenación fortísima. Respecto a la oposición entre luz y tinieblas, el autor ignora por completo cualesquiera valores de transición entre amor y odio”.[8] 

Conclusión

“En Jn, durante la última cena, Jesús dice a sus discípulos: ‘Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros; como yo os he amado… (Jn 13.34)’. En 1 Jn el mandamiento del amor no es sólo nuevo sino también antiguo. Quizá en la mente del autor esté aquí incluida toda la ley: figura del mandamiento del amor que la realiza en plenitud”.[9] Después de todo, como también enseñó san Pablo: “El cumplimiento de la ley es el amor” (Ro 13.10). Por todo ello, el amor en su expresión comunitaria es la expresión más visible y vivible de la obra redentora de Dios en Jesucristo. La iglesia es el espacio de amor por excelencia y adonde debe buscarse la presencia del Dios-amor del que hablará I Jn 4.8.



[1] Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1156.

[2] M. Morgen, op. cit., p. 16.

[3] Nancy Cardoso, “Comida, sexo y salud. Leyendo el Levítico en América Latina”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 26, 1996/1, pp. 127-152.

[4] C. Vianney Malzoni, op. cit. Antonio Gramsci lo expresó así: “La crisis consiste justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en este terreno se verifican los fenómenos morbosos más diversos” (Pasado y presente. Cuadernos de la cárcel. Barcelona, Gedisa, 2018).

[5] M. Morgen, op. cit., p. 17. Énfasis agregado.

[6] Ibid., p. 18. Énfasis agregado.

[7] Ídem.

[8] Rudolf Schnackenburg, Cartas de Juan. Versión, introducción y comentario. Barcelona, Herder, 1980, p. 148.

[9] C. Vianney Malzoni, op. cit., p. 1157.

sábado, 1 de febrero de 2025

El amor de Dios se perfecciona en quien obedece su Palabra (I Juan 2.1-6), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

2 de febrero, 2025 

En cambio, el que obedece lo que Dios ordena, de veras sabe amar como Dios ama, y puede estar seguro de que es amigo de Dios.

I Juan 2.5, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo

En la literatura juanina hay un énfasis muy marcado en el tema del amor: desde el Cuarto Evangelio es muy palpable desde el propio Jesús de Nazaret cómo lo destacó en diferentes momentos, especialmente al referirse a la actitud dominante del Padre hacia los discípulos: “Así como el Padre me ha amado, así también yo los he amado a ustedes”, por lo que los exhorta a permanecer en su amor (15.9). Inmediatamente después relaciona su amor con los mandamientos que enseña, pues él mismo obedeció los mandamientos de su Padre (15.10). Y allí mismo hizo la gran afirmación de que el amor es el fundamento de la entrega de su vida: “Nadie tiene mayor amor que éste, que es el poner su vida por sus amigos” (15.13). Y en su larga oración final resume su labor entre ellos con el amor recibido del Padre y compartido con el grupo de seguidores: “Y les he dado a conocer tu nombre, y aún lo daré a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos” (17.26). De modo que el amor (ágape) forma parte central del vocabulario teológico de Juan. “El Padre quiere también a los discípulos con amor de amistad porque ellos quieren a Jesús y le dan su adhesión (16.27: phileó). A través de Jesús y en Jesús los ama como lo ha amado a él, y lo ha demostrado comunicándoles el Espíritu por su medio (17.32, 26; 19.30). A quien responde al amor cumpliendo el mensaje de Jesús, el Padre le demuestra su amor viniendo con Jesús y quedándose a vivir con el discípulo (14.23), haciéndose compañero de vida”.[1] 

Si pecamos, el Señor es nuestro abogado (vv. 1-2)

El inicio de la primera carta de Juan enlaza con el comienzo del Cuarto Evangelio y subraya tres de sus temas principales: el anuncio de la venida del Verbo (Logos) de vida (1.1), el gozo de los seguidores del Señor Jesucristo (1.4) y la necesidad de vivir en la luz para manifestar que hay comunión con él y con la comunidad (1.7). La primera exhortación del cap. 2 es a no pecar (2.1a) y a confiar en que el Señor es el “abogado” (paráclito) ante el Padre (2.-1b). “El tema del pecado da ocasión al autor para entrar en materia de cristología. Jesucristo, el justo, es nuestro paráclito junto al Padre, en caso de que alguien peque. Este papel de abogado Jesús lo realiza como víctima de expiación por nuestros pecados. […] La salvación es universal y se realiza por el sacrificio de Cristo. Reconociendo que somos pecadores, nos situamos en el ámbito de esta salvación”.[2] Esta perspectiva universal conecta directamente con las dos grandes afirmaciones de esta literatura acerca del mundo: Dios lo amó enormemente (Jn 3.16; 60 menciones), pero es preciso distanciarse de sus valores o antivalores predominantes (“Están en el mundo…, pero no son del mundo”, Jn 17.11, 14, 16; “No amen el mundo, ni las cosas del mundo…”, I Jn 2.15a; 18 menciones) para no distanciarse del Padre. “El mundo y sus deseos pasan; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (I Jn 2.17). Estar en el mundo, para los/as creyentes, no es someterse a sus principios. 

El punto de partida: conocer verdaderamente al Señor (vv. 3-4)

El siguiente aspecto relevante es definir con claridad si conocemos a Jesús, más allá de la rutina religiosa que hayamos aprendido o que nos haya formado como creyentes. El autor se vale de un juego de palabras para plantear el problema: “…en eso sabemos (tiempo presente) que lo conocemos (tiempo pasado)” (v. 3). No basta con decir que lo conocemos pues eso solamente se demuestra si se obedecen sus mandamientos y éstos son en extremo exigentes. “Los mandamientos de Jesús son su palabra. Conocer a Jesús es guardar su palabra-mandamiento. Pero es necesario estar atento porque guardar, en sentido bíblico, en ningún modo significa trancar, cerra bien, sino observar, practicar”.[3] Observar los mandamientos de Jesús inevitablemente nos lleva al terreno de la ética de la vida cotidiana. El texto va al corazón mismo del asunto: conocer al Señor es una experiencia real, espiritual y completamente renovadora. Nadie sale igual de cómo llega al ser confrontado con la presencia del Señor: su exigencia es a hacer un cambio revolucionario en la manera de pensar y actuar, sin retroceso posible. Es asomarse para disfrutar de la vida en plenitud, “…es conocerte a ti, el Dios único y verdadero, y a aquel que enviaste, Jesucristo” (Jn 17.3). Quienes conocieron en verdad al Señor no volvieron a ser los mismos: “Lo que, en última instancia, se discute es la naturaleza del conocimiento de Dios [...] A una concepción demasiado intelectualista o de un misticismo dudoso, opone Juan la concepción bíblica, según la cual a Dios no le ha visto nadie jamás (4.12) y para la que conocer a Dios significa guardar sus mandamientos”.[4] 

El amor de Dios se perfecciona en la obediencia (vv. 5-6)

Del pecado, el texto pasa al mandamiento y del mandamiento al tema del amor, inevitablemente también. Es uno de sus grandes temas pues I Juan combate contra una herejía silenciosa”, nada estruendosa, pero igualmente peligrosa: era “la negativa a aceptar la encarnación y sus consecuencias, en particular aquella del amor al prójimo como humilde vehículo de salvación. […] frente a este cristianismo de ‘gente simple’, los herejes proponían una comprensión intelectualista de la fe, sin mayor énfasis en el compromiso concreto. Se jactaban de conocer a Dios (2.4; 4.8), de amarlo (4.20), de estar en íntima unión con él (1.6; 2.6, 9), y de estar libres de pecado (1.8, 10). Por esta jactancia, no daban interés ninguno al amor al prójimo (2.4, 9, 11; 3.7-10, 12, 17)”.[5] “El amor de Dios llega verdaderamente a su plenitud en aquel que guarda su palabra” (2.5), esto es, que “en toda la carta el amor [ágape] está íntimamente ligado a Dios”.[6] El autor sorprende al no decir que “aquel que guarda su palabra es perfecto” (como esperaban esos otros creyentes) sino “que el amor de Dios es perfecto en la palabra”.[7] Ellos, “junto con la negación de la encarnación y de la cruz, negaban también el compromiso del cristiano en el mundo con la caridad concreta”.[8] “Quien dice que permanece en el Señor, debe andar como él anduvo” (v. 6): “…como Jesús está en la luz, que es Dios, nosotros estamos en Jesús, pero con la condición de que guardemos (practiquemos) su palabra”.[9] 

Conclusión

El amor de Dios fue una hermosa realidad en la vida de Jesús de Nazaret y debe serlo en la realidad histórica de su iglesia. Ella misma es objeto del amor de Dios pues éste la sostiene y perfecciona mediante la obediencia a su palabra. El evangelio y las cartas de Juan enfrentaron la necesidad de cuestionar la experiencia del amor divino desde la relación crítica que tuvo la comunidad que los escribió, primero internamente, y también externamente con otras comunidades de fe. La centralidad del amor, expresada en la frecuencia de la palabra (13 menciones), fue fundamental para ella en su afán por demostrar quién conocía verdaderamente al Señor. Hoy enfrentamos un desafío muy similar en los dos sentidos: experimentar el amor de Dios por su iglesia y practicar el amor comunitario como muestra de la obediencia a los mandamientos del Señor.



[1] Juan Mateos y Juan Barreto, Vocabulario teológico del evangelio de Juan. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1980, p. 29.

[2] Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1155.

[3] Ídem. Énfasis agregado.

[4] Edouard Cothenet, “Las cartas de Juan”, en Augustin George y Pierre Grelot, dirs., Introducción crítica al Nuevo Testamento. II. Barcelona, Herder, 1983, p. 188.

[5] Raúl Lugo Rodríguez, “El amor al prójimo, único criterio (El amor al prójimo en la primera carta de San Juan)”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 17, 2001, p. 113.

[6] C. Vianney Malzoni, op. cit.

[7] Ídem.

[8] Giuseppe Segalla, Panoramas del Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 1989, p. 349.

[9] C. Vianney Malzoni, op. cit., p. 1156.

sábado, 25 de enero de 2025

"Busquemos al Señor y volvámonos a Él" (Lamentaciones 3.33-42), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

26 de enero, 2025


Dirijamos al Dios del cielo

nuestras oraciones más sinceras,

y corrijamos nuestra conducta.

Lamentaciones 3.41b-42, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

Lamentaciones 3 se encamina, luego de haber alcanzado las conclusiones en su centro poético y espiritual, a subrayar las consecuencias de la fidelidad de Dios en medio de una historia conflictiva en medio de la cual el pueblo ha sido juzgado y castigado. Las conclusiones provisionales que presenta el poema se van a desplegar como parte de una espiritualidad individual y colectiva que se entreteje para tratar de encontrar luz al final del túnel. La reflexión se detiene a observar cómo se entremezclan también los designios divinos con la voluntad humana de someterse, aun a su pesar, a ellos como parte de una nueva situación posterior al juicio y al castigo. Los aspectos éticos en la actuación de Dios son destacados en el proceso de comprender lo que ha hecho en la vida del pueblo desterrado: “En resumen, si la ruina de Israel ha sido provocada por sus propios pecados, el castigo era merecido y no arbitrario. A partir de esta convicción surge un atisbo de esperanza: el arrepentimiento y la sumisión a la voluntad divina podían atraer la misericordia de Dios y poner fin a tantas calamidades. Sin arrepentimiento no queda lugar para la restauración”.[1] En otras palabras, la experiencia del pecado debía doler para encontrar el camino de la corrección, algo que en nuestros tiempos no comprendemos por habernos alejado del concepto de hacer penitencia, que aparece en algunas traducciones de las palabras de Juan el bautista y del propio Jesús de Nazaret al anunciar la llegada del Reino de Dios. Otras dicen: “haced pues obras dignas de arrepentimiento” (Mr 1.15; Lc 3.3). 

Dios observa el comportamiento ético de la humanidad y toma partido (vv. 34-39)

Lo primero que aparece en esta sección es aquello con lo que el Señor Dios no transige (vv. 34-36): a) pisotear a los encarcelados de la tierra (violentar los derechos humanos, TLA); b) torcer el derecho; y c) no dar un juicio justo. Todo ello en el terreno de la ética visible y de la justicia distributiva. No cabe duda de que la renovación espiritual del pueblo en todos sus niveles atraviesa por la comprensión de las acciones éticas de Dios, no existe otro camino. El arrepentimiento colectivo tenía que conducir a un nuevo sendero de relación con ese Dios justo y exigente ya sin la mediación monárquica que tantos problemas había ocasionado. El pueblo debía relacionarse con Dios de la manera más eminentemente espiritual posible. Como muestra de la justicia irrefutable de Dios se afirma: “Los mortales cautivos en la tierra reciben la promesa de ser liberados de la carga de su entorno opresivo mediante el poder de Dios, que libera al pecador de la esclavitud del pecado y de sí mismo”.[2]

Puesto que el ser humano es imagen y semejanza de Dios es en él en donde debe buscarse la acción ética que espera el Señor. Los derechos y la dignidad del individuo son de enorme importancia para el Creador. Ninguna persona debe ser privada de sus derechos elementales como son el derecho y la justicia verdaderos, bien administrados porque Dios es el supremo árbitro entre los seres humanos (v. 37) como se plantea en la primera pregunta retórica. Todo lo malo y lo bueno suceden por su designio y “puesto que nada puede ocurrirle a una persona de lo cual Dios no tenga conocimiento, el hombre debiera soportar la desgracia con paciencia y sin protesta, confiando en que la misericordia de Dios produzca bien a partir del mal” (38).[3] Se espera del creyente sancionado que acceda al arrepentimiento (39).

El camino para reencontrarse con el Dios del pacto (vv. 40-42)

Luego el poeta extrae las consecuencias de sus reflexiones: la exhortación es a examinar a fondo la conducta anterior y los resultados (40-42). La infidelidad y rebeldía deben ser reconocidas con franqueza porque eso produjo la indignación del Señor y los castigos subsecuentes. Debido a que el pacto con Israel era eterno “se insta a la nación a que haga un inventario espiritual y se vuelva en actitud penitente hacia su Dios. Una vez que se evidencia un sincero arrepentimiento, se puede esperar que los justos castigos de que han sido impuestos sean levantados y que la nación sea restablecida en su relación con Dios”.[4] El verbo “examinar” (hapas) “significa también ‘explorar’, ‘buscar’, ‘sondear’, rastrear’. Se trata, pues, de una búsqueda total, tanto en la superficie como en la profundidad. El verbo ‘averiguar’ (haqar) añade al anterior la precisión de la inspección o la investigación”:[5] “Examinemos con precisión nuestra conducta y convirtámonos a Yahvé”. ¿Cuántas veces tenemos que convertirnos al Señor? Las que sean necesarias. 

El llamado a la renovación espiritual apela a la motivación interna, y no a la clase de rituales externos de los que había habido un exceso en tiempos preexílicos (Jl 2.13). el proceso de catarsis espiritual debe empezar con la certidumbre de que la nacipon está bajo el juicio divino a causa de su iniquidad. Cuando se haya hecho una confesión sincera y total por el pecado, entonces Dios tendrá la oportunidad cierta de perdonar al pueblo por su pecado pasado. En este versículo se da un paso adelante al reconocer que la nación ha sido pecadora y rebelde.[6] 

Conclusión

Según este poema, la búsqueda y la invocación deben ir acompañadas del abandono de cualquier plan desatinado y de una verdadera vuelta sincera al Señor.[7] Se trata de todo un programa de espiritualidad y queda así claro el proyecto de las Lamentaciones como expresión del dolor, confesión del pecado y anuncio de la esperanza recuperada para otorgar sentido de futuro al pueblo de Dios: 

En un punto la lamentación comunitaria se asemeja al oráculo: durante el día de ayuno en el que se entona la lamentación, se solicita la ayuda de Dios y éste responde con la promesa de retornar su predilección por su pueblo. En este sentido, estos cantos predicen un futuro mejor que se resume en el retorno de la especial relación entre el pueblo elegido y su Dios. El valor oracular de la lamentación reside, entonces, en su poder de convocar el renacimiento de la esperanza.[8]


[1] Armando J. Levoratti, “Lamentaciones”, en A.J. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Antiguo testamento. Vol. II. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 878.

[2] R.K. Harrison, Jeremías y Lamentaciones. Buenos Aires-Downers Grove-.Grand Rapids, Ediciones Certeza-Subcomisión Literatura Cristiana, p. 256.

[3] Ibid., p. 257.

[4] Ídem.

[5] Víctor Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2004, p. 304.

[6] R.K. Harrison, op. cit., p. 258.

[7] V. Morla, op. cit, p. 305.

[8] Alexánder Sánchez Mora, “Las Lamentaciones de Jeremías y La Reconquista de Talamanca. La parodia de un intertexto bíblico en una novela bananera”, en Káñina. Revista de Artes y Letras de la Universidad de Costa Rica, vol. 31, núm. 1, 2007, p. 32.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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