9 de febrero, 2025
Hermanos en Cristo, no les estoy dando un mandamiento nuevo. Les estoy repitiendo un mandamiento muy antiguo, que ustedes ya conocen: se trata del mismo mandamiento que Dios les dio desde el principio. Sin embargo, esto que les escribo es un mandamiento nuevo, y ya saben lo que significa, como también Cristo lo sabe. Él es la luz verdadera, que brilla cada vez más fuerte, y que hace que la oscuridad vaya disminuyendo.
I Juan 2.7-8, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo
La voz que habla en I Juan lo hace con una certeza casi total de
transmitir el designio de Señor Jesús: basándose en las acciones suyas (en su
“caminar”) se dirige a los/as seguidores para invitarlos y exhortarlos a vivir
como él vivió (v. 6). A partir de allí se retoma el antiguo mandamiento siempre
nuevo del amor que deberá considerarse como expresión máxima del seguimiento de
Jesús. “El eslabón que une esta sección con la anterior es la palabra mandamiento.
El autor vuelve con la antítesis luz y tinieblas […] Aparecen dos verbos: amar
y odiar, respectivamente en los campos de la luz y de las tinieblas. Otra
palabra clave de esta sección es hermano,
demostrando claramente que el
mandamiento tiene que ver con el hermano”.[1] En la
segunda secuencia de I Juan 2, explica M. Morgen, “no aparece la palabra ‘amor’;
sin embargo, está centrada en la vida de Cristo, que es amor, y en su
mandamiento único. El v. 6 prolonga la mirada que se acaba de dirigir al
evangelio: ‘como (kathos) él (ekeinos) caminó’. Cada una de las
palabras indica la referencia viva del cristiano. […] Cristo es un modelo que
imitar, o mejor dicho, una imagen del Padre que contemplar”.[2]
Mandamiento nuevo, mandamiento antiguo (vv. 7-8)
El mandamiento
es antiguo porque la comunidad lo ha conocido desde tiempos remotos (“desde el
principio”, v. 7; Lv 19.18b: “Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”),
pues se remonta hasta la Ley mosaica en donde cumplió una función importantísima
en el camino de establecer una sociedad auténticamente igualitaria basada en el
temor de Dios y en el reconocimiento de la dignidad de todas las personas. Lv
19 es un conjunto de exhortaciones, parte del Código de Santidad, en las que el
prójimo es colocado en el centro de la preocupación por la vida del pueblo: no
oprimirlo, no robarle, no retener su salario, tratarlo con justicia, no atentar
contra su vida, no odiarlo. Todo ello se dice antes de la exhortación a amarlo.
El objetivo era llegar a la práctica perfecta del amor a Dios y al prójimo.[3] El
Señor Jesús lo retomó cuando fue cuestionado sobre el mayor mandamiento de la
Ley y lo relacionó inevitablemente con el amor a Dios como segunda prioridad (Mr
12.31, 33). En otros lugares del NT se recupera y se aplica como parte de la
práctica comunitaria de la fe cristiana (Ro 13.9; Gál 5.14; Stg 2.8).
El mandamiento es anterior a la comunidad, pero su novedad radica en que las tinieblas pasan y la luz verdadera ya se manifiesta porque es verdadero “en él [el Señor] y en ustedes” (v. 8). La oscuridad “va disminuyendo” cada vez que la comunidad lo practica y es visible al mundo. “El propio autor siente en su interior esta paradoja entre lo viejo y lo nuevo”.[4] La práctica del amor en Jesús y en la comunidad era el fermento de novedad que se estaba mostrando como transformación de las relaciones sociales.
Cristo cumple el mandamiento del amor y se convierte en guía para el camino por donde marcha el creyente. El mandamiento —en singular ahora, puesto que resume toda la ley (amar a Dios y al prójimo) es a la vez antiguo y nuevo; en cierto sentido, tiene la antigüedad del evangelio escuchado desde el principio por la comunidad; por otra parte, tiene la novedad de su actualización constante por los cristianos, en el sentido de que no deja de traducir la irrupción de la novedad de Cristo que brotó en su resurrección. Lo antiguo y lo nuevo se confunden en un comienzo que hay que renovar continuamente.[5]
Amar a los hermanos es estar en la luz (vv. 9-11)
El v. 9 retoma el tono de Lv 19 cuando se refiere a que
odiar a un hermano/a es vivir en la oscuridad dado que una sociedad fraterna no
puede basarse en el rencor o el resentimiento. Porque: “El que ama a los demás,
vive bajo la brillante luz de Dios y no causa ningún problema a los de su
iglesia [comunidad o grupo social]” (v. 10). Esta tercera secuencia concreta el
tema del amor al hermano, la exigencia concreta, con nombre y apellido, ante la
cual es imposible evadirse: “Cristo ha trazado el camino, mostrando que el amor
al hermano constituye el test de una vida espiritual auténtica. Si el conocimiento
cumple el amor de Dios en el corazón del creyente (v. 4-5), éste no puede
pretender permanecer en ese amor sin amar al hermano según el ejemplo de Jesús”.[6] “El
mandamiento se convierte en una luz que ilumina el camino hacia Dios (v. 10).
El amor al hermano es también el lugar en donde me encuentro con Dios, en la
gratuidad y la incondicionalidad de su amor a los hombres. Dios ¿es luz? El
mandamiento del amor al hermano responde a esta cuestión”.[7]
La luz es la
que revela la gran belleza del mandamiento, pues quien ama al hermano se mueve
en la esfera de la iluminación divina auténtica. Finalmente se dice de un modo
abierto cuál es el mandamiento en juego: es el amor al hermano. Su parte
contraria, el odio al hermano, recibe una condenación fortísima. Respecto a la
oposición entre luz y tinieblas, el autor ignora por completo cualesquiera
valores de transición entre amor y odio”.[8]
Conclusión
“En Jn, durante la última cena, Jesús dice a sus
discípulos: ‘Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros; como yo
os he amado… (Jn 13.34)’. En 1 Jn el mandamiento del amor no es sólo nuevo sino
también antiguo. Quizá en la mente del autor esté aquí incluida toda la ley:
figura del mandamiento del amor que la realiza en plenitud”.[9]
Después de todo, como también enseñó san Pablo: “El cumplimiento de la ley es
el amor” (Ro 13.10). Por todo ello, el amor en su expresión comunitaria es la
expresión más visible y vivible de la obra redentora de Dios en Jesucristo. La
iglesia es el espacio de amor por excelencia y adonde debe buscarse la presencia
del Dios-amor del que hablará I Jn 4.8.
[1] Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en
Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo
Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1156.
[2] M. Morgen, op. cit., p. 16.
[3] Nancy Cardoso, “Comida,
sexo y salud. Leyendo el Levítico en América Latina”, en Revista de Interpretación Bíblica
Latinoamericana, núm. 26, 1996/1, pp. 127-152.
[4] C. Vianney Malzoni, op. cit. Antonio Gramsci lo
expresó así: “La crisis consiste justamente en
que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en este terreno se verifican
los fenómenos morbosos más diversos” (Pasado y presente. Cuadernos
de la cárcel. Barcelona, Gedisa, 2018).
[5] M. Morgen, op. cit., p. 17. Énfasis agregado.
[6] Ibid., p. 18. Énfasis agregado.
[7] Ídem.
[8] Rudolf Schnackenburg, Cartas de Juan.
Versión, introducción y comentario. Barcelona, Herder, 1980, p. 148.
[9] C. Vianney
Malzoni, op. cit., p. 1157.
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