16 de febrero, 2025
A medida que el cristianismo se iba extendiendo por el Mediterráneo, se iba encontrando con otras religiones. Los griegos y los romanos trataron de asimilar elementos de la fe cristiana dentro de sus propias filosofías, tal como lo habían hecho inicialmente algunos judíos. Los centros intelectuales del Mediterráneo hacían preguntas acerca de Jesús: ¿Quién era? Si era Dios ¿cómo pudo morir? Una nueva secta llamada gnosticismo (nombre derivado de la palabra griega que significa conocimiento: gnosis) fue ganando terreno en su intento de explicar estas cosas. Esta secta se difundió especialmente entre la élite intelectual.
A los gnósticos les repugnaba el concepto cristiano de que Dios se hiciese hombre. Ellos creían que el cuerpo físico era intrínsecamente malo, de ahí que se vieran obligados en negar que un Dios puro pudiese tomar un cuerpo. Para los gnósticos, todo lo que era material era malo. Sólo es espíritu era puro. De ahí que intentaran elevarse a un plano más alto, más espiritual. Esta enseñanza a veces producía una reacción colateral: la gente que se esforzaba por elevarse por sobre la materia no se preocupaba por su ética personal. Podían conducirse como quisieran. Pero el anciano Juan levantó su voz en contra de los peligros del gnosticismo: un estilo de vida inmoral y dudas acerca de Cristo se hubiese hecho hombre.
Juan era de la idea de que las creencias debían ser juzgadas por las acciones que producen. Por eso, Juan enfatiza el amor de Dios el Padre hacia sus hijos e hijas y el amor fraternal entre quienes hacen comunidad (iglesia). En su carta habla de que la verdadera comunión no es un vuelo místico sino una relación con el Padre mediante Cristo. Y eso implicaba hacerse cargo de las propias responsabilidades para con otras personas en el ámbito de la familia de Dios.
Dios nos hace sus
hijos/as
A través de un nuevo nacimiento, 2.29. La mención del nuevo nacimiento “de
él” (2.29b), lleva a Juan a un estallido de asombro ante el amor del Padre al
hacernos hijos de Dios. Esta es una alusión a la naturaleza divina que hemos
recibido al ser engendrados por Dios, más que a una relación filial.
Aunque real, nuestra condición de hijos e hijas de
Dios no es aún evidente de manera plena, vv. 1-3.
A.
“Mirad”, v. 1.
a. Habiendo
mencionado que somos nacidos de Él (Dios), Juan habla con asombro de esta forma
de amor que nos hace hijos e hijas de Dios.
b. Quiere
que miremos con atención, y contemplemos la magnitud de la forma de este amor
que nos hace hijos e hijas.
c. Nunca
está de más en nuestra vida de fe revisar y entender el amor que nos ha dado el
Padre.
1. “Mirad
cuál amor”
a. “Miren
qué clase de amor es este”, “miren qué tipo de amor”.
b. Juan
quiere que los lectores observen las manifestaciones del amor del Padre.
i. Juan introduce el tema del amor de Dios en el
capítulo anterior (2.5, 15), lo considera brevemente en este capítulo (3.1, 16,
17) y lo explica ampliamente en el próximo capitulo (4:7-9, 10, 12, 16-18).
ii. Los lectores debían captar el tipo de amor que el
Padre da a sus hijos e hijas. Ese amor es muy grande.
iii. La palabra griega que se traduce por “cuán
grande” o “qué clase de” aparece seis veces en el Nuevo Testamento y
siempre implica asombro y admiración en forma general.
c. “Mirad
cuál amor nos ha dado el Padre…”
El Padre nos ha prodigado su amor.
d. Juan
ha escogido intencionalmente la palabra “Padre”.
i. Dicha palabra da a entender una relación Padre-hijo
e hija.
ii. Sin embargo, Dios no comenzó a ser Padre cuando nos
adoptó como hijos e hijas. La paternidad de Dios es eterna. Él es desde siempre
el Padre de Jesucristo y es, por medio de Jesús, nuestro Padre. Por medio de
Jesús recibimos el amor del Padre y somos llamados “hijos de Dios”.
2. Pero
Dios no sólo ha mostrado este amor, sino que en realidad lo ha derramado sobre
nosotros.
a. Nosotros
mismos lo hemos experimentado.
b. “Mirad
cuál amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos e hijas de Dios”,
v. 2.
i. Hijos e hijas de Dios no es un simple título.
ii. Es una realidad.
iii. Somos hijos e hijas de Dios no por naturaleza sino
por gracia.
iv. Lo somos, aunque otros digan y piensen lo que
quieran.
v. Los hijos e hijas de Dios y el mundo son tan
diferentes entre sí, que el mundo no nos conoce.
vi. La razón de esto es que el mundo no le conoció a Él,
v. v.1b.
3. Así
como su gloria estaba velada (oculta) en la carne, nuestra “vida está escondida
con Cristo en Dios” (Col. 3.3).
B.
El destino de los
hijos e hijas de Dios, v. 2.
1. El
autor llama “amados” a sus lectores porque también él ama a los que son
amados por el Padre.
a. Pasa
entonces de la reiteración “ahora somos hijos de Dios” (lo reconozca o
no el mundo), a la consideración de “lo que hemos de ser”.
b. El
mundo todavía no ve lo que somos, y nosotros aún no vemos lo que seremos.
c. Es
importante notar esta confesión apostólica de ignorancia.
d. Juan
confiesa aquí que no le ha sido revelado el exacto estado y condición de los
redimidos en la eternidad.
e. Esto
no significa que no sepamos nada acerca de nuestro estado futuro. “Pero sabemos
que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal
como él es”.
f. Ya ha sido estampada nuevamente en nosotros la
imagen de Dios, alterada por la caída; ahora asumimos una nueva humanidad
llevada a cabo por la conversión, por el nuevo nacimiento.
g. Esta
nueva humanidad, “creada según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef.
4.24; Col. 3.10). Y desde ese día y en cumplimiento del propósito predestinante
de Dios de que fuésemos “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro. 8.29),
el Espíritu Santo ha estado transfigurándonos “de gloria en gloria en la misma
imagen” (2 Co. 3.18 cf. 1ª Juan 2.6).
C. La razón que Juan
tiene para escribir acerca del retomo de Cristo y del estado final no es
teológica, sino ética.
1. Como
Pablo, el apóstol Juan sigue a nuestro Señor en la enseñanza de las
implicaciones prácticas de esta gloriosa expectativa.
2. Conocer
nuestro destino como hijos e hijas de Dios purifica nuestras vidas ahora, v. 3.
“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se
purifica a sí mismo, así como él es puro”.
a. Conocer
nuestro destino eterno y vivir en esta esperanza, purifica nuestras vidas.
b. Saber
que nuestro fin es ser más como Jesús, nos hace querer ser más como Él en el
momento presente.
c. Tener
conocimiento de la venida del Señor tiene un efecto purificador en la vida de los
hijos e hijas de Dios. Nos hace querer estar listos(as), servirle ahora,
agradarle ahora.
d. El
cristiano que fija su esperanza en el retorno de Cristo se purifica, no
ceremonialmente, sino moralmente.
e. Juan
ya ha acentuado en 2.28-29 de esta misma carta, que por cuanto Cristo es justo,
usted y yo (todos), necesitamos practicar la justicia si no queremos
avergonzarnos en su venida.
f. “Así como el es puro”, v. 3b.
i. En los capítulos anteriores, Juan ha escrito que,
si tenemos comunión con Jesús y comunión unos con otros, él nos limpia de
pecado por medio de su sangre (1:7); y que, si declaramos que tenemos comunión
con él, “debemos andar como Jesús anduvo” (2:6).
ii. Por eso Juan ahora enfatiza la pureza moral (ética)
que todo hijo e hija de Dios necesita mostrar por medio de una vida acorde con
el evangelio que hemos recibido.
iii. Juan indica aquí cuál es la medida: así como Cristo
es puro, así se esfuercen los hijos e hijas de Dios en ser puros. No es
perfección.
Juan pasa ahora a la segunda parte de su mensaje en este capítulo, y esta vez vincula la justicia con la pasada aparición de Cristo (su primera venida).
Su argumento lo formula en favor de la necesidad de
una vida de santidad, y lo toma ahora, no de la expectación de la segunda
venida, cuando lo veremos y seremos semejantes a Él, sino del propósito de su
primera venida que fue eliminar los pecados y destruir las obras del diablo,
vv. 4-9.
A. En esta sección se demuestra que continuar en el pecado es algo completamente opuesto a todo el propósito de la primera aparición de Cristo, la cual se menciona dos veces, vv. 5a y 8b:
“Y sabéis que él apareció para quitar nuestros
pecados…”
“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer
las obras del diablo”.
1. Esta
epístola de Juan se distingue por sus contrastes.
a. Juan
primeramente describe al hijo(a) de Dios que se purifica a sí mismo (3.3) y
luego pasa a describir a la persona que continúa viviendo en pecado y practica
la iniquidad (3.4). El hijo(a) de Dios, por consiguiente, no pueden continuar
en pecado como estilo de vida.
b. Los
falsos maestros de que habla repentinamente y exhibe Juan en su carta, enseñaban que las
cuestiones de orden moral y ético eran irrelevantes. Como hoy en día la verdad
sobre el pecado se oculta tras eufemismos y nuestros pecados se convierten en
meros "pecadillos", "debilidades temperamentales" o
"problemas de la personalidad".
c. La
persona que continúa haciendo lo que es pecaminoso, concluye Juan, “Es del diablo”
(3:8).
2. Pero
ustedes “saben que él apareció para quitar nuestros pecados”, v. 5.
a. “Y no
hay pecado en él”. Juan escribe en tiempo presente para indicar que Cristo
siempre ha sido, es y será sin pecado. Da a entender que, así como el Hijo de
Dios no tiene pecado, así mismo el cristiano, cuyos pecados Cristo ha quitado,
debería no ceder ante el pecado.
b. Uno de
los rasgos distintivos de ser hijo e hija de Dios es ser libre del gobierno del
pecado. Si el cristiano viviese una vida de pecado, su reclamo de ser hijo(a)
de Dios carecería de significado.
3. Permanecer
en el pecado o permanecer en Dios, v. 6.
“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo
aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido”
a. Una
vez más Juan presenta un contraste. El coloca al creyente, que ha dejado una
vida de pecado porque ahora vive en Cristo, frente al incrédulo que, por vivir
en pecado, no ha visto ni conocido a Cristo.
b. A lo
largo de toda su epístola, Juan repite esta verdad: que la persona que vive en
Cristo y tiene una comunión continua con él obedece la Palabra de Dios.
c. Juan sabe
que el creyente ocasionalmente cae en pecado, y que, si confiesa su pecado,
Cristo le perdona y le limpia de toda injusticia (1:9).
d. Juan
también sabe que el creyente ya no está más en las garras del pecado, puesto
que su vida es gobernada por Cristo (Gá. 2.20).
e. Juan
dice: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente
de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (3:9).
4. El
pastor habla tiernamente a los miembros de la iglesia en el v. 7: “Hijitos, nadie
os engañe”.
a. El
desea que ellos conozcan la diferencia entre la verdad y el error. Entre las
enseñanzas de Jesús y las enseñanzas extrañas.
b. Se da
cuenta de la perjudicial influencia de aquellos maestros que tratan de
extraviar a los hijos(as) de Dios, y desea alertar a los miembros de la iglesia
en contra del error que afirma que creer en Dios y la vida pecaminosa son
compatibles.
c. Juan
expone este error y advierte a sus lectores que debían estar alertas en contra
de aquellos falsos maestros.
d. Los
falsos maestros estaban procurando descarriarlos, no sólo teológicamente sino
también éticamente. Debían estar en guardia.
e. Juan
le pide a su gente que aplique la norma de la verdad por medio de la cual ellos
pueden detectar el engaño. Y el criterio es éste: “El que hace justicia es
justo, como él es justo”, v. 7b.
f. La persona que ha nacido de Dios refleja su
ascendencia espiritual -tal como es el Padre, así también es el hijo.
g. El
creyente desea expresar su gratitud a Dios y hacer lo que es justo debido a su
nuevo nacimiento o conversión.
h. Así es
la vida de los hijos e hijas de Dios por el amor del Padre.
i. Los falsos maestros a los cuales hace alusión con
cierta frecuencia el apóstol aquí en su carta, decían que de alguna manera era
posible “ser justos” sin preocuparse necesariamente por practicar la justicia.
Juan niega rotundamente esta posibilidad.
j. La manera de llegar a ser hijos e hijas de Dios es,
por el lado humano, creyendo y recibiendo a Cristo, y por el lado divino, por
el nuevo nacimiento (Jn. 1.12, 13).
k. Los
hijos e hijas de Dios (9) y los del diablo (8) pueden ser reconocidos por su
moral y ética. "Por sus frutos los conoceréis" (Mt. 7:20).
l. “Todo aquel que no hace justicia, que no ama a su hermano, no es de Dios”, v.9. La falta de justicia y amor prueba la falta de un nacimiento divino.
Conclusión
Si el Señor Jesús vino para “quitar nuestros pecados”, v. 5 y para “deshacer
las obras del diablo”, v. 8, y si, cuando aparezca por segunda vez, “lo veremos”
y, en consecuencia, “seremos como él es” ¿cómo podemos continuar viviendo en
pecado? Hacerlo es negar el propósito de las dos apariciones. Si somo leales a
su primera venida, y estamos preparados para la segunda, vivamos
purificándonos, como el es puro. Así daremos evidencia de haber nacido de Dios,
y ser hijos e hijas de Dios por su gran amor.
Bibliografía
Kistemaker,
Simon J. Comentario al Nuevo Testamento: exposición de Santiago y de las
epístolas de Juan. Grand Rapids, Libros Desafío, 2001.
Stott, John R.W. Las cartas de Juan. Introducción y comentario. Buenos Aires, Certeza, 1974.

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