domingo, 15 de diciembre de 2024

"Para esto he nacido..." (Juan 18.33-38), Pbro. Raúl Méndez Yáñez


15 de diciembre, 2024

 

Con be de verdad (Raúl Méndez Y.)

Amada Verdad,

por siglos y siglos hemos querido

que usted se revele

y que el velo se recorra

para satisfacer a los curiosos

filósofos, científicos y periodistas sensacionalistas.

Le han querido seducir

con elegantes marcos epistémicos

y costosos instrumentos de validación.

¡Nada se escatima con tal de que la Verdad

se revele!

Pero heme aquí

cognitivamente pobre

gnoseológicamente austero,

no puedo tener expectativa de seducirle

a usted, oculta para los más sabios

y que juega con los religiosos

dándoles un reflejo de sus ojos

haciéndoles creer que con eso

le han descubierto.

Verdad amada yo solo le pido

una cosa insignificante:

no se revele ni descubra sus misterios

recuerde que lo inalcanzable es más deseado.

Pero le pido esto:

que con todo su coraje y arrojo

nos rompa ilusiones y pretensiones

que nos perturbe una y otra vez

siempre cambiando y transgrediendo

nuestras certezas y seguridades.

Así, seguiremos consternados

y cantando en su honor:

¡la Verdad se ha rebelado! 

Verdad y violencia

¿Qué es la verdad?. Tal fue la grandiosa pregunta que emitirá Poncio Pilato ante Jesús, que expresa el corazón y eje del ser humano: saber la verdad. Siglos y siglo acompañados de toneladas de tinta y papel han corrido en la historia para reflexionar qué sea la verdad. Nadie mejor que los latinos para definirla, Adecuatio intellectio rei, la adecuación de la mente a la realidad. La verdad es eso, garantizar que lo que esté dentro de nuestra mente guarde una total correspondencia o adecuación con lo que está afuera de nuestra mente. Tal es la única forma de conocer la verdad en el mundo. No parece existir opción para medias tintas, lo que pienso que es blanco es porque, efectivamente es blanco, si acaso fuera azul o rojo me estaría engañando. La verdad es entender que el mundo es objetivo, real, y que las cosas son como son. Quien no acepte el mundo tal cual es y pretenda confundir a las personas con verdades a medias, es solo un “posmoderno”, “relativista”, alguien que predica la mentira. Como lo expresa claramente un personaje de la novela Ensayo de la lucidez de José Saramago: “La cabeza de los seres humanos no siempre está completamente de acuerdo con el mundo en que viven, hay personas que tienen dificultad en ajustarse a la realidad de los hechos, en el fondo no pasan de espíritus débiles y confusos que usan las palabras, a veces hábilmente, para justificar su cobardía”.[1]

¡Qué forma tan gallarda de defender la verdad! Y sería maravilloso en realidad, de no ser porque el contexto en el cual estas palabras es en el de la tortura militar. El Ensayo sobre la lucidez de Saramago habla de un país latinoamericano cualquiera, que, al día siguiente de unas elecciones presidenciales, descubre que todo el padrón electoral que ejerció su voto tuvo la misma respuesta: Voto en blanco. Nadie perdió nadie ganó, no hay forma de legitimar ningún poder. La población decidió no votar por nadie. Tanto el gobierno como la oposición temen una revuelta de dimensiones apocalípticas y deciden encontrar al responsable de ese resultado. ¿Fue un líder social que estuvo trabajando en secreto? ¿Es un movimiento social que el gobierno no pudo monitorear? ¿Cómo es que de forma tan coordinada toda la población votante decidió lo mismo? ¡El gobierno necesita conocer la verdad! Y para tales efectos, el gobierno recurre al mejor instrumento epistémico y analítico para descubrir con certeza la verdad. Una verdad objetiva, cuantificable y, sobre todo, identificable: La tortura. El gobierno, mediante redadas, juntas militares y cámaras ocultas secuestró, primero a líderes sociales, luego a ciudadanos de a pie, para torturarles y tratar de descubrir por qué toda la nación había votado en blanco. Un simple gesto pacífico y constitucional que fue interpretado por los estamentos en poder como la revolución más violenta y peligrosa que hubiese enfrentado.

En la película Bonhoeffer. Agente de gracia del año 2000, dirigida por Eric Till, quien, por cierto, también es el director de la famosa película Lutero, aparece el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer discutiendo con su guardia de celda sobre por qué, siendo pastor, se ha amparado para ocultarle cosas al gobierno y no decirle la verdad. Bonhoeffer había trabajado como agente espía en un proyecto de conspiración que pretendía asesinar a Hitler, pues Bonhoeffer rechazó el autoritarismo idolátrico y fascista que representaba el Tercer Reich. Desafortunadamente, en la actualidad se está tratando de desvirtuar la figura de Bonhoeffer por parte de grupos conservadores de Estados Unidos mediante una nueva película que ha sido rechazada incluso por la mayoría de la familia Bonhoeffer y diversos organismos luteranos, pues pretenden convertirlo en un nacionalista conservador. Autores como Eric Metaxas, un republicano fascista, pretender usar las enseñanzas de Bonhoeffer para defender las políticas discriminatorias de Donald Trump señalando que los cristianos deben ejercer “desobediencia civil” ante cualquier ley que pretenda reconocer los derechos de grupos minoritarios.

Regresando a la escena de la película de Bonhoeffer del año 2000 (no la reciente), nuestro protagonista plantea lo siguiente: “- Supongamos que un maestro le pregunta a un alumno suyo si su padre anoche llegó a casa ebrio. Y es cierto. ¿Qué debe hacer el alumno?”.

La respuesta de Bonhoeffer desconcierta al guardia de prisión, acostumbrado a escuchar confesiones privadas todo el día. Bonhoeffer señala: lo más honesto que debe hacer el alumno es no decirle la verdad a su profesor. ¿Por qué? No solo por defender el honor de su familia, sino porque esa pregunta representa una usurpación de derechos por parte del maestro, el cual no tiene ninguna autoridad para preguntarle al niño sobre su vida privada. Esa es una lección importante sobre la verdad: La verdad no se le dice a cualquiera. ¿Y saben? La Biblia está de acuerdo. 

La doble violencia de la verdad

Proverbios 25:9 dice: “Discute tu caso con tu prójimo y no descubras el secreto de otro”. Y añade: “No sea que te avergüence el que lo oiga, y tu infamia no pueda repararse”. Aquí lo que se está censurando no es el decir la verdad o lo que sabes de otra persona, sino que la infamia consiste, de hecho, en decir la verdad. Una verdad que ni a ti te corresponde decir, ni a quien te pregunta saber. ¿Qué hubiera pasado si Rahab de Jericó hubiera dicho la verdad sobre los espías que había ocultado? Si alcanzó gran renombre entre los hebreos, fue porque Rahab ocultó esa verdad de sus coetáneos (Josué 6:25). A diferencia de lo que enseñan teólogos y filósofos, la verdad no es algo que deba pregonarse a los cuatro vientos todo el tiempo. Hoy, las redes sociales están llenas de discursos de odio amparados en la supuesta defensa de la verdad. Dicen los cristianos: “Si no aceptas a Cristo, te irás al Infierno maldecido por Dios”. Y agregan: “¡Decir eso no es ofensa es solo decir la verdad!” Alguien sube una foto y caen los comentarios: “Estás fea”, “te ves sucio”, “de seguro eres un pobretón, mira tu ropa”. Y la respuesta sigue siendo la misma: “¡No le estoy ofendiendo, solo estoy diciendo la verdad!”. De este modo, el poseer la verdad hace creer a muchas personas que pueden ofender a diestra y siniestra, decir las cosas crudamente, o enorgullecerse de que “yo no soy políticamente correcto, yo digo la verdad de las cosas”.

Podemos ahora ver una doble violencia que ejerce el discurso de verdad, de obtención y de predicación. La violencia de obtención es cuando, como en el caso del Ensayo sobre la lucidez de Saramago o en la pregunta del profesor abusivo que ilustraba Bonhoeffer, una instancia con autoridad utiliza su poder y recursos violentos para sacar a tirabuzón (a “tehuacanazos”, decimos en México) una confesión de verdad. La verdad existe, sí. Pero tú no tienes derecho a saberla toda. No es una cuestión abstracta de epistemología. ¡Ay del día en que la Verdad cayó en el campo de la epistemología o teoría del conocimiento! La verdad es un asunto ético. Hay mecanismos para obtener la verdad, desde cálculos geométricos que les permitieron a los antiguos pitagóricos descubrir axiomas matemáticos hasta la tortura militar que obtiene verdades con su metodología de terror. Por eso la pregunta no es “¿podemos conocer la verdad?”, sino ¿es honesto conocer esta verdad? Es muy distinto descubrir que en un triángulo rectángulo la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa, a descubrir, por la fuerza o mediante espionaje, la preferencia electoral de una persona.

Ahora estamos en condiciones de entender lo repulsiva que resultó, en realidad, la pregunta del procurador romano Poncio Pilato: “¿Qué es la verdad?”. Esa pregunta, dicha por el representante del poder, quien tenía en sus manos la vida de una persona para dejarle vivir o llevarle a la tortura y muerte, eso sí con manos muy limpias, no es, en modo absoluto, una pregunta filosófica ni admirable. Toda vez que la búsqueda de la verdad viene desde un poder político o una autoridad moral no debemos hacer otra cosa que repudiarla. No es solo el gobierno, son los confesionarios religiosos, la vigilancia sobre la conducta de los hermanos en la semana para ver que no estén pecando. Sin necesidad de confesionarios, muchas iglesias evangélicas tienen sus propios medios para descubrir la verdad y descubrir si la pareja de novios tuvo relaciones sexuales antes del matrimonio, si el hermanito escucha música mundana en casa, si alguien se fue de fiesta una noche antes de la Santa Cena. ¡Dime la verdad!... ésa no es una loable intención del conocimiento humano, es un acto de violencia política.

La segunda forma de violencia del discurso de verdad es su predicación. Una cosa es predicar la verdad de Cristo que consiste en que Dios se ha revelado a los seres humanos para traerle noticias de gran gozo, un Salvador, ¡Cristo el Señor!, y otra muy distinta, estar predicando con violencia que quien no se convierta en cristiano merece el sufrimiento eterno, que el hermano de allá no sigue la sana doctrina, que esa familia que se hace llamar cristiana tiene un hijo en adicciones, que ahora sí, les voy a decir a ustedes todas sus verdades. ¡No! A ti no te corresponde ni conocer ni predicar todas la Verdad. No es un asunto de mero conocimiento, la Verdad solo se convierte en virtud cuando se obtiene y predica de forma ética. 

La verdad cristiana es la persona de Cristo

Ante Pilato Jesús se torna irónico. El procurador le pregunta con sarcasmo: “¿Así que tú eres el rey?”, mientras miraba a Jesús arrestado, derrotado, siendo todo lo opuesto a un rey. Jesús, quien no tenía miramientos con el poder le responde: “Tú dices que yo soy rey”. Haciendo que las palabras sarcásticas de Pilatos tuvieran el carácter de un nombramiento oficial, lo que procedimentalmente podría representar un problema para Pilatos por andar diciéndole “rey” a alguien a la ligera. Pero Jesús pronto muestra que no pretendía obtener de Pilatos un título político y cambia la conversación. “Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”.

Jesús señala que existe algo más alto que el hecho de ser un rey, y esto es, ser testigo de la verdad. La palabra es lúgubre. En griego, testigo se traduce aquí de μαρτυρήσω (martireso), de donde también proviene la palabra mártir. Saliendo de esa entrevista con Pilato, Jesús continuará siendo torturado y llevado, finalmente a la crucifixión. Previamente, en Juan 14:6 Jesús había exclamado: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Ahora, al llamarse testigo de la verdad previo al suplicio pascual, Jesús está siendo testigo de sí mismo, es decir, está mostrando que la verdad no es una declaración lógica con demostración semántica, sino una acción. Y no una acción cualquiera, sino una acción ejecutada específicamente por él, por Jesús. Su muerte en la cruz era la verdad anunciada y él mismo la llevó a cabo.

Nuestros antecesores en la fe siempre nos lo decían. Yo lo escuchaba de boca de mi pastor, un predicador pentecostal sin ningún aire de intelectualidad pero que sí tenía sabiduría del evangelio, pues, aunque no fue a un seminario, toda su vida fue autodidacta. De hecho, el día que falleció fue saliendo de comprar unos libros en la antigua librería de la calle Independencia “La Puerta de la fe”. Decía mi pastor: “En la Biblia, la Verdad no es una idea, es una persona”. En efecto, para el cristianismo la verdad no debiera ser una proposición que pretenda mostrar lógica interna, ni un enunciado que busque reflejar con precisión el mundo objetivo. Para las y los cristianos la verdad nunca serán palabras, sino la Palabra, una persona: Cristo.

Para la fe ésa es la única verdad que interesa. Los cromosomas, la biología, el libre mercado, la causalidad del universo… nada de eso, absolutamente nada de eso, es de relevancia para la fe cristiana ni tiene por qué mostrar alguna congruencia con la Biblia ni con nuestros dogmas. Desde la fe no tenemos ningún tipo de injerencia en esas verdades. La evolución es el paradigma científico óptimo para entender nuestra historia biológica y como tal esa verdad científica no hace mella a nuestra fe en un Dios creador. Porque nuestra fe no está puesta en si el Carbono 14 demuestra que la tierra se formó hace 6000 años, sino en Cristo. No Cristo el argumento apologético, Cristo la persona. En Enfoque cristiano de la ciencia, el filósofo holandés Hendrik van Riessen, muy utilizado actualmente por los grupos denominados “reformacionales”, señala que, como la verdad es Cristo, la verdad debe ser objetiva y racional, y, por tanto, toda verdad científica es, en el fondo cristiana.[2] Pero esa idea, la pretensión de que los cristianos debemos acaparar todo el conocimiento debido a que Cristo es la verdad, representa una corrupción de la verdad de Cristo. Porque Cristo no vino a la cruz para demostrar verdades científicas ni filosóficas. Que Cristo sea la verdad no nos autoriza a los cristianos a pretender un monopolio de todas las verdades.

¡Y precisamente por Cristo! Porque la única verdad que nos interesa, desde la fe cristiana, es Cristo como redentor. Podemos, sin mayor problema, dejar que la ciencia avance a su modo, que las sociedades mantengan un marco de laicidad que reconoce el derecho de otras religiones a expresar su propia fe. Claro que la ciencia debe contar con autonomía de cualquier idea religiosa. Y, por su parte, el cristianismo no debe tenerle miedo al pensamiento científico, ni a la pluralidad humana, cultural o religiosa. No se trata de decir que, si el cristianismo tiene la verdad, entonces todas las demás religiones y posturas están equivocadas. Eso solo es egoísmo y vanagloria cristiana. 

No poseemos la verdad, ¡la verdad nos posee!

Los cristianos no podemos pretender que poseemos la verdad y por eso estamos legitimados para convertirnos en el policía de las verdades del mundo. Todo lo que el mundo piense como verdad sea esta científica, política, económica, social, debe tener el visto bueno de los cristianos, porque nosotros acaparamos la verdad en el mundo. Pero eso no es cierto, de hecho, es completamente al revés. Los cristianos no poseemos la verdad. La Verdad es quien nos posee a nosotros. Si regresamos a la primera pregunta y respuesta del Catecismo de Heidelberg, encontramos lo siguiente:

 

¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?

Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo.[3] 

Ésa es la esperanza cristiana, no poseer la verdad, sino pertenecer a la verdad, a Cristo. Nada más lejano del cristianismo que convertir a la verdad en una mercancía privada que se pueda tener para, con ella, controlar a todos los ignorantes, impíos y pecadores que no la tengan. La verdad no es ni una proposición ni un objeto, la verdad cristiana es una persona: Cristo.

¡Mírenme ante ustedes diciendo verdades de Perogrullo!, como a ésa que a la mano cerrada le llamaba puño. Decir que nuestra verdad es Cristo, que él es quien pertenecemos con los pámpanos a la vid, es decir lo más básico de la fe cristiana. Y, sin embargo, hoy parece tan necesario volver a decirlo ante la creciente avalancha de cristianos violentos que desde las redes sociales hasta las tribunas de gobierno y en el espacio público, están frenéticos, deseando con todo su egoísmo convertir al mundo en cristiano a la fuerza. No mediante su ejemplo de amor, sino mediante leyes discriminatorias, burlas y memes contra minorías étnicas, sexuales, religiosas, lanzando mofas y ridiculizando a otros cristianos que no piensan como ellos. Y todo porque se sienten poseedores de la verdad. Pero esos cristianos no se dan cuenta del pecado de idolatría en que incurren, pues al pretender ser los dueños de la verdad de Cristo terminan idolatrándose a sí mismos. ¿Qué no fue ese el pecado de Lucifer? ¿Querer adueñarse de la gloria divina?

“Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, remata Jesús en esta declaración ante Pilato. Dice Jesús “el que es de la verdad”. Quien pertenece a ella, porque está vinculado a Cristo. El objetivo cristiano no es encontrar la verdad, sino que la Verdad, Cristo, nos encuentre a nosotros; los cristianos no debiéramos aspirar a poseer la verdad, sino que nosotros seamos posesión la verdad.

Esto implica que la verdad de Cristo no es “observada” o “analizada” como se hace con las verdades matemáticas, científicas o filosóficas. La verdad de Cristo es escuchada, porque no es un descubrimiento de nosotros, sino un regalo de Dios. La verdad se escucha porque es Dios hablando en Cristo conforme su voluntad lo desea. Para nuestras curiosidades y necesidades prácticas (qué tan alto es el cielo, por qué el mar es azul, cómo encontrar una cura para las enfermedades) tenemos a la ciencia y el pensamiento racional en el que sí, participan cristianos, hay muchos cristianos en la ciencia, pero también muchas personas hindús, judías, musulmanas, agnósticas, ateas que también trabajan por los descubrimientos de la ciencia que le hacen bien al mundo. Y los cristianos no podemos sino agradecer que, para el descubrimiento de verdades mundanas, Dios nos haya dotado de razón y de la guía de su Espíritu y haya reservado a su Revelación con la única finalidad de revelarse a sí mismo en Cristo. Como decía Karl Barth: “Dios mismo hablando de sí mismo”.[4] Para la fe esa es la única verdad que importa. 

Verdad y Adviento

Espero con este mensaje haber podido transmitir a ustedes el por qué para la fe en Cristo, la verdad no es un enunciado ni un algoritmo, ni una fórmula matemática ni filosófica, sino la persona de Cristo, nuestro mediador con el Padre y que, a diferencia de las verdades de razón a las que podemos acceder mediante una acción activa de observación, curiosidad, investigación y análisis, a la verdad de Cristo no podemos acceder por nosotros mismos, no es una verdad que se observe, sino una que se escucha en paciente espera. Eso es lo que significa, para términos de la verdad, la temporada de Adviento. Nosotros no podemos llegar a la verdad de Cristo por nuestros medios racionales ni instrumentos científicos, sino que, con mucha humildad, paz y esperanza, solo podemos esperar a su manifestación. Adviento significa: “Tú ocúpate de la mies que se te ha encargado, descubre lo que pasa en los campos y en el mundo usa tus capacidades científicas y técnicas para que este mundo mejore, y, en el momento en que menos lo pienses, desde la eternidad alumbrará la verdad de Cristo que sólo Cristo, como persona, puede traer”. Adviento nos recuerda el mensaje de Cristo ante su venida: “Tú haz lo tuyo, lo que te he encargado y deja que yo me ocupe de lo mío”. Por eso cuando Pedro quería conocer la verdad y le preguntó a Jesús qué haría con Juan, Jesús le responde: “Si yo quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme” (Juan 21:22).

Cristo sólo nos revela la verdad que él desea, no va a satisfacer nuestro deseo de morbo, ni va a mostrarnos verdades que, por nosotros mismos, podemos alcanzar. Dice Deuteronomio 29:29a: “Las cosas secretas pertenecen al Señor” (v. 29b). Sólo aquellas que son reveladas nos “pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre”. A Dios no lo podemos analizar, ni encontrar su esencia ni existencia, no podemos determinar atributos discretos que sean sistematizables y con los cuales pretendamos dominarle dogmáticamente. Dios no es una verdad científica, Dios es la verdad de la fe en Cristo. Por eso, en materia de fe, debemos aprender a guardar silencio y a escuchar renunciando a cualquier pretensión acaparadora de posesión de una Verdad y saber que es al revés. Nosotros somos de la verdad. Por eso nuestra espera de Adviento es goza y lleno de esperanza.

Así lo puso de forma maravillosa el filósofo alemán Ephraim Lessing en una escena visionaria por la que todo cristiano debiera pasar alguna vez: “Si Dios tuviese encerrada en su mano derecha toda la verdad y en la izquierda el único y siempre activo impulso de búsqueda de verdad, con el aditamento de equivocarse eternamente, y me dijese: ‘Escoge!’, me echaría con humildad sobre la izquierda y diría: ‘¡Padre, dame!’. Porque la verdad sólo para ti es”.[5]



[1] José Saramago (2004). Ensayo sobre la lucidez. Madrid, Alfaguara, p. 143.

[2] H. van Riessen (1996). Enfoque cristiano de la ciencia. Rijswijk, Fundación Editorial de Literatura Reformada.

[3] Catecismo de Heidelberg en Confesiones de fe de la iglesia. Barcelona, CLIE.

[4] K. Barth (1960). Church Dogmatics, The Doctrine of the Word of God (Prolegomenas to Church Dogmatics. Vol. 1, Part I). Edimburgo, T&T Clark, p. 106.

[5] Cit. por Antonio Caso (1985). Antología filosófica. México, UNAM.

sábado, 7 de diciembre de 2024

"Hecho semejante a los hombres" (Filipenses 2.5-11), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

8 de diciembre, 2024

…que siendo en forma de Dios [morfé theou], no tuvo por usurpación [arpagmon] ser igual a Dios [einai isa theo]; sin embargo, se anonadó [se despojó] a sí mismo [éauton ekénosen], tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres [en jomoiómati anthrópon].

Filipenses 2.6-7, Reina-Valera Contemporánea 

Trasfondo

En II Corintios 5.16a, el apóstol Pablo explica muy bien las razones que tuvo para no apropiarse de los episodios biográficos de Jesús de Nazaret: “…y si aun a Cristo conocimos según la carne, ahora sin embargo ya no le conocemos”. Podría decirse que prescindió de los detalles que contaron los evangelistas a fin de colocar el “acontecimiento de Cristo” en el marco mayor de la historia de la salvación, es decir, en el esquema máximo de la actuación de Dios para manifestarse en Cristo a todo el mundo, tanto a judíos como a los no judíos. Pablo se refiere a la presencia física de Jesús y la redefine como una etapa fundamental que debe dar lugar a otra fase en la conciencia de la redención. Fustigaba así la obsesión de los discípulos “directos” de Jesús por subrayar que ellos habían estado cerca del “Jesús histórico” y destacaba la importancia de estar en una relación de redención con el Cristo resucitado. Los llamados por él “súper apóstoles” (II Co 11.5; 12.11), al destacar la presencia física de Jesús, corrían el riesgo de desvirtuar o relegar la relación espiritual con él y el compromiso de situarse al lado suyo en la tarea de transformar las vidas humanas para estar en sintonía con su Reino presente y futuro. Pablo profundizó en las consecuencias del abajamiento del Hijo de Dios y traspuso su nacimiento a la esfera más grande de la cadena de situaciones derivadas de ello. 

Encarnación y humillación del Hijo de Dios (2.5-8)

En Filipenses 2.5-7, el llamado “himno cristológico” (“Tengan la misma manera de pensar que tuvo Jesucristo: / Aunque Cristo siempre fue igual a Dios, / no insistió en esa igualdad. / Al contrario, renunció a esa igualdad, / y se hizo igual a nosotros, / haciéndose esclavo de todos”), el apóstol destaca la actitud de Jesús, como iniciativa propia, por “tomar la forma humana”. De esa manera se haría presente en la historia y participar en ella mediante la obediencia estricta a la voluntad de su Padre y así establecer las bases para consolidar la redención. Jesús, como “persona consustancial al Padre”. Se abajó, se humilló (kénosis, “vaciamiento”), para poder estar a la altura humana y, sin ninguna forma de fingimiento (como lo sugirieron más tarde algunos grupos como los llamados docetistas), demostrar que es posible obedecer a Dios y hacer visible su obra en el mundo. “La expresión morphe theou ha sido interpretada de diversas maneras […] Pero es preferible entender esta palabra en el sentido de condición, es decir, como una manera de ser que manifiesta lo que realmente se es. Cristo era Dios y como tal podía manifestarse como Dios, pero se hace esclavo, es decir, al hacerse hombre no solo asume la naturaleza humana sino una condición de humillación y obediencia que lo lleva a la muerte en la forma más humillante”.[1] “La kénosis de Dios en Jesucristo es la restitución de la humanidad a sí misma. Hasta entonces, se había visto ésta devorada por el señorío de Dios. Pero finalmente ha quedado libre por ese ‘siervo’ que es Jesús”.[2]

“El significado más natural de las palabras del Himno en el contexto actual es que el Mesías se negó a considerar la igualdad con Dios como un premio a tomar por la fuerza. Considera que άρπαγμός se usa consistentemente en el mundo de Pablo bien sea para un acto de ‘arrebatar’ o de ‘apoderarse’ de lo que no se tiene, en sentido negativo ‘lo robado (presa, saqueo, botín) o en sentido positivo premio o ganancia’”.[3] Para Pablo, Jesús renunció al lugar especial que tenía junto a Dios (se “desempoderó”), y obtuvo un lugar sin privilegios entre los seres humanos. “Es notable que Pablo hable del despojo y la humillación cuando no está mencionando los conocidos detalles: el pesebre, el establo y la modestia económica de sus padres. Aun sin mencionar estos detalles, la perspectiva teológica de este autor lo lleva a concluir que Jesús se humilló” (Benjamín Hernández). La Navidad, para Pablo, más que un hecho o una festividad, fue parte del proceso de salvación iniciado por Dios desde la creación misma, pues representa la manera en que Dios siguió insertándose en la historia, ahora en la vida concreta de su Hijo en el mundo. 

LA exaltación del Hijo de Dios (2.9-11)

“El himno cristológico es una declaración política contra el César, ya que propone que toda cultura y lengua se arrodille ante el Señor, que es Jesús, léase: no el César. […] La ciudadanía que promueve el movimiento es diferente a la prestigiosa ciudadanía romana, la llama ‘celestial’ (Fil 3.20), y tiene que ver con un comportamiento como ciudadanos de otro estado, opuesto al romano, radicalmente democrático, preocupado por los más pobres, como los esclavos. El modelo es Jesús, quien no ambiciona el estatus de divinidad (Fil 2,6)”.[4] Por no ambicionar dicho estatus, subraya, “Dios lo encumbró sobre todos” (2.9a) y eso se cumplirá totalmente cuando “toda rodilla” reconozca que “Jesucristo es el Kyrios” (2.10) y no el máximo gobernante humano. Su abajamiento radical (ser humano, esclavo, muerte de cruz) se correspondió con el proceso inverso que Dios llevó a cabo en él: “La exaltación de Cristo aparece como la respuesta de Dios a la humillación libremente escogida por Cristo”.[5] De hecho, el verbo correcto es “sobreexaltó” (hyperypsosen), por lo que la forma compuesta le da más énfasis.

Después del descenso vino el ascenso, luego de la humillación le siguió la hiperexaltación. “Dios subordinó la exaltación al camino de la cruz. […] Isaías [53] ya anunciaba esa necesidad y esa conexión entre humillación y exaltación”.[6] La humanización del Hijo de Dios fue parte ineludible de ese camino que lo llevaría al máximo reconocimiento. La totalidad del mundo (10b) tendría que rendirse ante su grandiosidad como resultado de su voluntad de hacerse persona humana: “Para ser Señor el camino es ser esclavo. El esclavo se transforma en Señor por el poder de Dios. Aquél a quien los hombres trataron como esclavo, Dios lo trató como Señor”.[7] 

Conclusión

San Pablo trabajó como pocos las paradojas divinas ligadas a la aparición, presencia y consumación de la obra del Hijo de Dios en el mundo. Confrontado por el misterio de la encarnación, supo procesar lo sucedido con el Señor Jesús mediante ese himno que ya formaba parte de la tradición cristiana, pero que él completó impecablemente para resumir lo sucedido en la historia de salvación. Su mirada de fe y teológica le permitió ahondar en ese misterio tan incomprensible: 

El himno culmina en una profesión de fe. El mundo entero proclama esa fe. Al cantar ese himno, la comunidad se une a la creación toda. La liturgia cristiana acompaña la adoración del mundo entero.

La paradoja cristiana es justamente esa posición entre la vida de esclavo de Jesús y su destino de Señor. Los dos aspectos son necesarios y están ligados. Jesús es Señor porque fue esclavo.[8]



[1] Pedro Ortiz, “Carta a los Filipenses”, en A. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 949.

[2] Christian Duquoc, Cristología. Ensayo dogmático sobre Jesús de Nazaret el Mesías. 4ª ed. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1981, p. 153.

[3] César Moya, “Visibilizar un mensaje secreto. Pistas para una relectura de Fil. 2:6-11 en contextos de violencia”, en RIBLA, núm. 94, 2024/3, p. 49.

[4] Elsa Tamez, “Lectura latinoamericana y caribeña de la Biblia y lectura postcolonial de la Biblia: Una comparación crítica”, en Revista Bíblica, 2020, 1-2, p. 181.

[5] P. Ortiz, op. cit., p. 950.

[6] José Comblin, Filipenses. Buenos Aires, Ediciones La Aurora, 1988, p. 49.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

sábado, 30 de noviembre de 2024

"Mas venido el cumplimiento del tiempo..." (Gálatas 4.1-5), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

1 de diciembre, 2024

Pero, al llegar el momento cumbre de la historia [pléroma tou kronou], Dios envió a su Hijo, nacido [genómenon] de mujer, nacido [genómenon] bajo el régimen de la ley, para liberarnos del yugo de la ley y alcanzarnos la condición de hijos adoptivos de Dios.

Gálatas 4.4-5, La Palabra (Hispanoamérica)

Se trata de la solidaridad máxima de Dios en su Hijo, quien asume la historia en toda su dimensión humana: nacido de mujer y bajo la ley. La liberación acontece desde abajo: consiste en abolir la esclavitud de la ley y de todo otro sistema esclavizante, convirtiendo a los esclavos y esclavas en hijos e hijas llamados a vivir en libertad.[1]

Elsa Tamez

Trasfondo

Estamos nuevamente en tiempo de Adviento, a punto de experimentar una vez más la alegría de la intervención directa de Dios mediante el nacimiento de su Hijo en el mundo. Esta gran acción divina se ha identificado con la imagen de la luz que viene al mundo a iluminar su oscuridad. Nada más exacto: la historia de la salvación es el proceso por medio del cual Dios ha manifestado históricamente su presencia en el mundo. La frase del filósofo griego, modificada por el teólogo Karl Barth, lo expresa maravillosamente: “Después de que Dios mismo se hiciera hombre, el ser humano es la medida de todas las cosas”.[2] Y es que en la Navidad celebramos el esfuerzo divino para entrar en la historia y quedarse en ella. A partir de la primera Navidad, Dios se quedó irremediablemente ligado al mundo: Dios se introdujo a sí mismo en el mundo profano y se quedó en él voluntariamente. El Adviento significa anticipar, preparar, anunciar la venida de quien viene a hacer nuevas todas las cosas. Tal como se plantea desde el ámbito valdense italiano: “La anticipación de la Navidad fortalece cada año nuestra confianza en que se nos ha abierto una puerta a la gloria de Dios. ¿Conoces niños esperando algo? ¿La llegada de invitados a una fiesta? ¿Los abuelos que podrían tocar el timbre en cualquier momento? Los niños preguntan constantemente ¿cuánto falta más? Si eres consciente de su impaciente felicidad, habrás captado la atmósfera del Adviento. Las semanas previas a Navidad son semanas de espera. Esperamos con impaciencia, pero al mismo tiempo llenos de alegría, la llegada de Nuestro Señor, celebrada simbólicamente en la celebración navideña”.[3] “El Adviento es hacer conciencia de que Dios está con nosotros” (Sarah Mae Gabuyo, reverenda filipina). 

La Navidad según san Pablo

Dos de los cuatro evangelios narran los sucesos relacionados con el nacimiento de Jesús. Nadie incluiría a San Pablo entre los “promotores” de la fiesta navideña como tal, pero eso no significa que el apóstol de los gentiles no tuviera en alta estima el hecho mismo de la encarnación del Hijo de Dios en el mundo, aunque con una mirada sumamente crítica y aguda. Su percepción del nacimiento de Jesús se enmarcaba en el contexto mayor de la historia de la salvación y del esfuerzo divino por superar las limitaciones impuestas por una interpretación de la Ley religiosa antigua, la cual, en vez de acercar a la humanidad a las consecuencias de la salvación, la mantenía alejada debido a la primacía de las prácticas rituales externas. “El pasaje más antiguo del Nuevo Testamento sobre el nacimiento de Jesús se encuentra en la Epístola a los Gálatas [4.4] […] Este es probablemente el momento cumbre de la Epístola, en el que Pablo anuncia el cumplimiento de la salvación. Dios Padre interviene en el curso de la historia con un acontecimiento extraordinario, pues ha llegado la plenitud (en griego: ‘el llenado’) de los tiempos: el tiempo mesiánico. Las épocas que precedieron a este punto de inflexión no son sólo un período previo, sino un tiempo de preparación y expectación para el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento”.[4]

Pablo da el salto cósmico, histórico y existencial para situar el nacimiento de Jesús como parte del proceso de superación de la ley, como “cumplimiento del tiempo” (pléroma tou jronou: adentro del tiempo cronológico, histórico), de la plenitud de los designios divinos, de la madurez de la historia humana de salvación, pero sólo mediante la experiencia de vivir bajo ella, previo “nacimiento de una mujer”. Como escribe Benjamín Hernández: “Pablo no hace una narración anecdótica, sino una descripción teológica de las implicaciones de los eventos que se dieron esa noche [“navideña”]”.

De este modo, el apóstol situaba la aparición de Jesús en la historia como parte del inicio de un nuevo eón, es decir, de la nueva etapa de relación de Dios con la humanidad y con la formación de un nuevo pueblo que dejara atrás la amarga, aunque enriquecedora experiencia de Israel. Para él, la Navidad vendría a ser algo así como la punta del iceberg del trabajo de Dios por traer a la luz una etapa de libertad y dignificación de la vida en medio de tantos signos de muerte. El nacimiento de Jesús no fue un hecho aislado sino que se colocó en el centro y la raíz de la consumación de la salvación. 

El tiempo maduro para Dios: “el momento cumbre de la historia” (4.4a)

Cuando Dios tuvo a bien asumir la forma humana en la persona de Jesús de Nazaret, un hombre histórico sujeto a todas las situaciones del mundo, la centralidad del cuerpo en el plan divino alcanzó una dimensión extraordinaria, pues semejante acontecimiento abrió las puertas para plantear lo que en la Revelación era un sueño remoto. Hablamos de la humanidad de Dios, pues estrictamente hablando, el Creador de todas las cosas, asumía, por fin, radicalmente, como nunca antes, la existencia histórica adentro del mundo. Dios se situó en el mundo de una manera que podía redimirlo radicalmente para convertirse en el espacio donde su Reino podría manifestarse plenamente. No sería necesario, con ello, practicar una ruptura o un choque con las realidades visibles para relacionarse con Él. Su voluntad redentora atravesaría airosamente la aduana corporal para hacer visible su gloria mediante la persona de alguien que revelaría su amor y justicia por igual.

Los peros de Pablo son sumamente aleccionadores: en Gál 3.23 a 4.7 hay cuatro de ellos, todos iluminadores y directos. “Pero antes de que viniese la fe” (3.23), referido a las condiciones de sometimiento a la ley; “pero venida la fe ya no estamos bajo ayo (paidagogos, 3.25), todavía en el plano de la época antigua, cuando el maestro todavía cree que puede enseñarnos mucho y no renuncia todavía a ser nuestro preceptor: es la etapa de la oscuridad. “Pero también digo: entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo”: la posposición de derechos hasta poder alcanzar la mayoría de edad. Finalmente, “pero cuando vino el cumplimiento del tiempo (4.4)”, cuando la historia estaba madura, por fin, para recibir al Hijo de Dios, no antes ni después, cuando la historia se había embarazado lo suficiente. Se cumplieron los tiempos, no el alineamiento de estrellas o planetas, en una coyuntura determinada, como si Dios se impacientara ante la arrogancia de los imperios, para que Dios mismo hiciera su aparición en la historia en la figura de un niño. “La plenitud del tiempo no depende de los hombres, sino exclusivamente de la decisión libre e inexplicable de Dios”.[5] “No se ha cumplido el plazo para que Dios intervenga, ni cuando lo pedía ‘el desarrollo de la humanidad logrado hasta un cierto punto» (de Wette), ni cuando la autoconciencia de la humanidad había llegado a la madurez (F. Chr. Baur), ni cuando la necesidad de redención se había hecho más acuciante (Sieffert), sino cuando plugo a Dios”.[6] 

Nacido de mujer, nacido bajo la ley

“Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”, como cualquier persona común y corriente, sin ningún aspaviento. Pablo desnuda de tal forma el evento de la encarnación de Dios, para que los gálatas entendieran la manera en que Dios mismo se enfrentó al predominio de la ley, el verdadero enemigo del plan de Dios. “Cuando se colmó la medida, que él había estabalecido, cuando llegó ‘la plenitud del tiempo’, el Hijo eterno de Dios se hizo hombre según la voluntad del Padre; tomó carne de una mujer como cualquier hombre, y como cualquier hombre se sometió a la ley. El Hijo preexistente de Dios, que existía desde la eternidad, entró en la historia de una forma sencilla, inadvertida por el gran mundo. La acción salvadora de Dios no es una experiencia del alma a solas con Dios, sino que fue una historia ‘en el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea (Lc 3.1)’”.[7]

“Nacido bajo la ley”: porque la ley es la matriz de las armas de la muerte, las armas de la oscuridad que intentan someter al mundo bajo sus argucias. Sólo que no se cuenta lo suficiente con que el espíritu paternal/maternal de Dios recurre a la sensibilidad y a la ternura para hacerse presente en el mundo y en la vida de cada persona para transmitir su sentido de familiaridad y apego. Nacer bajo la ley es estar bajo el signo de Caín, del pecado, de la injusticia. A Dios, en su Hijo, le hacía falta caminar bajo esa sombra, bajo esa carga que ahora se sigue experimentando en medio de las crisis.[8] Pero también está presente el enigma y la paradoja de la Ley, esa mirada omnipresente que todo lo juzga y que a él mismo no dejó de señalarlo como un proscrito por haberla obedecido íntegramente, porque finalmente el sueño divino se cumplió: hubo alguien que, históricamente, fue capaz de obedecerla a cabalidad, de principio a fin. Y fue ella quien lo mató luego de conseguirlo, luego de derrotarla y sustituirla como garantía de la acción de Dios en los sucesos de todos los días… 

La segunda expresión que acentúa la humillación es haber “nacido bajo una Ley” (en griego no hay artículo). Jesús no es sólo un hombre entre los hombres, sino también un judío: está sometido a la ley mosaica. Por eso vino en condición de esclavo: la situación del hombre antes de la venida mesiánica, debida precisamente a la Ley (cf. Gál 4,5), es decir, a una norma externa, a la que hay que someterse, obedecer, y que conlleva incluso la pena de muerte. El Señor, perfectamente libre ante la Ley, se sometió a ella, para ser en todo, excepto en el pecado, igual a nosotros.[9]

Conclusión

El propósito del nacimiento de Jesús, dice Pablo en otras palabras, es “redimir a los que estaban bajo la ley” (v. 5) y a través de un nuevo inicio (otro nacimiento, otra creación: II Co 5.17) sumarse a la nueva humanidad iniciada por Jesús como “segundo Adán” (Romanos). En el esquema salvífico paulino en Gálatas, esto sucede gracias a la adopción como hijos verdaderos, una figura jurídica que se impone sobre los lazos de sangre, pero que tiene el mismo valor, en lo que acaso sea uno de los más grandes logros de la ley humana y ahora divina: 

Pablo creía y afirmaba que el envío del Hijo de Dios sucedió en el nudo de la Historia de la salvación. Por ello, el pueblo de Cristo son esos “para los que ha llegado el fin de los tiempos” (I Co 10.11, cf. Mr 1.15). […] Pero enfatiza que el nudo de la Historia de la salvación, señalado con la venida de Cristo (cf. 3.24: eis Xriston) o la llegada de la “fe” (cf. 3.23, 25), constituye la época establecida por Dios para que el pueblo de Dios reciba la herencia como hijos e hijas maduros y responsables. La venida de Cristo convierte esta época concreta en pléroma tou xronou”.[10] 

Es decir, Pablo concluye diciendo que esta madurez y responsabilidad de los hijos e hijas de Dios los conducirá a la verdadera humanidad, a la verdadera libertad, propósito supremo de la salvación en Cristo Jesús. De esta manera es posible que se cumpla la máxima aspiración humana en el marco de la voluntad divina. Así es como la “Navidad” alcanza sus objetivos específicos. “Ésta es la Navidad según Pablo. El Apóstol no habla de cueva, ni de pesebre, ni de ángeles, ni de pastores; no menciona a María, ni a José. No hay Belén, no se menciona la posada donde no había sitio; faltan Herodes, los doctores de la Ley y los Magos. Sin embargo, existe lo esencial: el nacimiento del Salvador en la carne para nuestra salvación”.[11]



[1] E. Tamez, “Gálatas”, en A. Levoratti, dir, Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 914.

[2] K. Barth, Church Dogmatics, III/2, pp.740s, 743s, cit. en K. Barth, “Culto político”, Instantes. Textos para la reflexión. Maliaño, Sal Terrae, 2005, p. 108.

[3] Gesine Traversari, “Adviento: el tiempo en que se abren las puertas”, en Chiesa Valdese, 27 de noviembre de 2024, https://chiesavaldese.org/avvento-il-tempo-in-cui-le-porte-si-aprono/. Cf. Antoine Nouis, “Le temps de l’Avent pour les protestants”, en Regards Protestants, 28 de noviembre de 2024, https://regardsprotestants.com/dossier/article/le-temps-de-lavent-pour-les-protestants/.

[4] “‘Nacido de mujer, nacido bajo la Ley’: La Navidad según San Pablo”, en La Civiltá Cattolica, 23 de diciembre de 2022, https://www.laciviltacattolica.es/2022/12/23/nacido-de-mujer-nacido-bajo-la-ley-la-navidad-segun-san-pablo/

[5] Carlos H. Lenkensdorf, Comentario sobre la epístola a los Gálatas. México, El Escudo, 1960, p. 72.

[6] Heinrich Schlier, La carta a los Gálatas. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1975, p. 227, n. 224.

[7] Otto Kuss, Carta a los Romanos. Cartas a los Corintios. Carta a los Gálatas. Barcelona, Herder, 1976, pp. 429-430.

[8] “‘Nacido de mujer, nacido bajo la Ley’: La Navidad según San Pablo”, en La Civiltá Cattolica, 23 de diciembre de 2022, https://www.laciviltacattolica.es/2022/12/23/nacido-de-mujer-nacido-bajo-la-ley-la-navidad-segun-san-pablo/

[9] Ídem.

[10] F.F. Bruce, Un comentario de la epístola a los Gálatas. Terrassa, CLIE, 2004 (Colección teológica contemporánea, 7), p. 268. Énfasis agregado.

[11] “Nacido de mujer, nacido bajo la Ley…”; op. cit.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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