15 de diciembre, 2024
Con
be de verdad (Raúl Méndez Y.)
Amada Verdad,
por siglos y
siglos hemos querido
que usted se
revele
y que el velo se
recorra
para satisfacer
a los curiosos
filósofos,
científicos y periodistas sensacionalistas.
Le han querido
seducir
con elegantes
marcos epistémicos
y costosos
instrumentos de validación.
¡Nada se
escatima con tal de que la Verdad
se revele!
Pero heme aquí
cognitivamente
pobre
gnoseológicamente
austero,
no puedo tener
expectativa de seducirle
a usted, oculta
para los más sabios
y que juega con
los religiosos
dándoles un
reflejo de sus ojos
haciéndoles
creer que con eso
le han
descubierto.
Verdad amada yo
solo le pido
una cosa
insignificante:
no se revele ni
descubra sus misterios
recuerde que lo
inalcanzable es más deseado.
Pero le pido
esto:
que con todo su
coraje y arrojo
nos rompa
ilusiones y pretensiones
que nos perturbe
una y otra vez
siempre
cambiando y transgrediendo
nuestras
certezas y seguridades.
Así, seguiremos
consternados
y cantando en su
honor:
¡la Verdad se ha rebelado!
Verdad y violencia
¿Qué es la
verdad?. Tal
fue la grandiosa pregunta que emitirá Poncio Pilato ante Jesús, que expresa el
corazón y eje del ser humano: saber la verdad. Siglos y siglo acompañados de
toneladas de tinta y papel han corrido en la historia para reflexionar qué sea
la verdad. Nadie mejor que los latinos para definirla, Adecuatio intellectio
rei, la adecuación de la mente a la realidad. La verdad es eso, garantizar
que lo que esté dentro de nuestra mente guarde una total correspondencia o
adecuación con lo que está afuera de nuestra mente. Tal es la única forma de
conocer la verdad en el mundo. No parece existir opción para medias tintas, lo
que pienso que es blanco es porque, efectivamente es blanco, si acaso fuera
azul o rojo me estaría engañando. La verdad es entender que el mundo es
objetivo, real, y que las cosas son como son. Quien no acepte el mundo tal cual
es y pretenda confundir a las personas con verdades a medias, es solo un
“posmoderno”, “relativista”, alguien que predica la mentira. Como lo expresa
claramente un personaje de la novela Ensayo de la lucidez de José
Saramago: “La cabeza de los seres humanos no siempre está completamente de
acuerdo con el mundo en que viven, hay personas que tienen dificultad en
ajustarse a la realidad de los hechos, en el fondo no pasan de espíritus
débiles y confusos que usan las palabras, a veces hábilmente, para justificar
su cobardía”.[1]
¡Qué
forma tan gallarda de defender la verdad! Y sería maravilloso en realidad, de
no ser porque el contexto en el cual estas palabras es en el de la tortura
militar. El Ensayo sobre la lucidez de Saramago habla de un país
latinoamericano cualquiera, que, al día siguiente de unas elecciones
presidenciales, descubre que todo el padrón electoral que ejerció su voto tuvo
la misma respuesta: Voto en blanco. Nadie perdió nadie ganó, no hay forma de
legitimar ningún poder. La población decidió no votar por nadie. Tanto el
gobierno como la oposición temen una revuelta de dimensiones apocalípticas y
deciden encontrar al responsable de ese resultado. ¿Fue un líder social que
estuvo trabajando en secreto? ¿Es un movimiento social que el gobierno no pudo
monitorear? ¿Cómo es que de forma tan coordinada toda la población votante
decidió lo mismo? ¡El gobierno necesita conocer la verdad! Y para tales
efectos, el gobierno recurre al mejor instrumento epistémico y analítico para
descubrir con certeza la verdad. Una verdad objetiva, cuantificable y, sobre
todo, identificable: La tortura. El gobierno, mediante redadas, juntas
militares y cámaras ocultas secuestró, primero a líderes sociales, luego a
ciudadanos de a pie, para torturarles y tratar de descubrir por qué toda la nación
había votado en blanco. Un simple gesto pacífico y constitucional que fue
interpretado por los estamentos en poder como la revolución más violenta y
peligrosa que hubiese enfrentado.
En
la película Bonhoeffer. Agente de gracia del año 2000, dirigida por Eric
Till, quien, por cierto, también es el director de la famosa película Lutero,
aparece el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer discutiendo con su guardia
de celda sobre por qué, siendo pastor, se ha amparado para ocultarle cosas al
gobierno y no decirle la verdad. Bonhoeffer había trabajado como agente espía
en un proyecto de conspiración que pretendía asesinar a Hitler, pues Bonhoeffer
rechazó el autoritarismo idolátrico y fascista que representaba el Tercer
Reich. Desafortunadamente, en la actualidad se está tratando de desvirtuar la
figura de Bonhoeffer por parte de grupos conservadores de Estados Unidos
mediante una nueva película que ha sido rechazada incluso por la mayoría de la
familia Bonhoeffer y diversos organismos luteranos, pues pretenden convertirlo
en un nacionalista conservador. Autores como Eric Metaxas, un republicano
fascista, pretender usar las enseñanzas de Bonhoeffer para defender las
políticas discriminatorias de Donald Trump señalando que los cristianos deben
ejercer “desobediencia civil” ante cualquier ley que pretenda reconocer los
derechos de grupos minoritarios.
Regresando
a la escena de la película de Bonhoeffer del año 2000 (no la reciente),
nuestro protagonista plantea lo siguiente: “- Supongamos que un maestro le
pregunta a un alumno suyo si su padre anoche llegó a casa ebrio. Y es cierto.
¿Qué debe hacer el alumno?”.
La respuesta de Bonhoeffer desconcierta al guardia de prisión, acostumbrado a escuchar confesiones privadas todo el día. Bonhoeffer señala: lo más honesto que debe hacer el alumno es no decirle la verdad a su profesor. ¿Por qué? No solo por defender el honor de su familia, sino porque esa pregunta representa una usurpación de derechos por parte del maestro, el cual no tiene ninguna autoridad para preguntarle al niño sobre su vida privada. Esa es una lección importante sobre la verdad: La verdad no se le dice a cualquiera. ¿Y saben? La Biblia está de acuerdo.
La doble violencia de la verdad
Proverbios 25:9
dice: “Discute tu caso con tu prójimo y no descubras el secreto de otro”. Y
añade: “No sea que te avergüence el que lo oiga, y tu infamia no pueda
repararse”. Aquí lo que se está censurando no es el decir la verdad o lo que
sabes de otra persona, sino que la infamia consiste, de hecho, en decir la
verdad. Una verdad que ni a ti te corresponde decir, ni a quien te pregunta
saber. ¿Qué hubiera pasado si Rahab de Jericó hubiera dicho la verdad sobre los
espías que había ocultado? Si alcanzó gran renombre entre los hebreos, fue
porque Rahab ocultó esa verdad de sus coetáneos (Josué 6:25). A diferencia de
lo que enseñan teólogos y filósofos, la verdad no es algo que deba pregonarse a
los cuatro vientos todo el tiempo. Hoy, las redes sociales están llenas de
discursos de odio amparados en la supuesta defensa de la verdad. Dicen los
cristianos: “Si no aceptas a Cristo, te irás al Infierno maldecido por Dios”. Y
agregan: “¡Decir eso no es ofensa es solo decir la verdad!” Alguien sube una
foto y caen los comentarios: “Estás fea”, “te ves sucio”, “de seguro eres un
pobretón, mira tu ropa”. Y la respuesta sigue siendo la misma: “¡No le estoy
ofendiendo, solo estoy diciendo la verdad!”. De este modo, el poseer la verdad
hace creer a muchas personas que pueden ofender a diestra y siniestra, decir
las cosas crudamente, o enorgullecerse de que “yo no soy políticamente
correcto, yo digo la verdad de las cosas”.
Podemos
ahora ver una doble violencia que ejerce el discurso de verdad, de obtención y
de predicación. La violencia de obtención es cuando, como en el caso del Ensayo
sobre la lucidez de Saramago o en la pregunta del profesor abusivo que
ilustraba Bonhoeffer, una instancia con autoridad utiliza su poder y recursos
violentos para sacar a tirabuzón (a “tehuacanazos”, decimos en México) una
confesión de verdad. La verdad existe, sí. Pero tú no tienes derecho a saberla
toda. No es una cuestión abstracta de epistemología. ¡Ay del día en que la
Verdad cayó en el campo de la epistemología o teoría del conocimiento! La
verdad es un asunto ético. Hay mecanismos para obtener la verdad, desde cálculos
geométricos que les permitieron a los antiguos pitagóricos descubrir axiomas
matemáticos hasta la tortura militar que obtiene verdades con su metodología de
terror. Por eso la pregunta no es “¿podemos conocer la verdad?”, sino ¿es
honesto conocer esta verdad? Es muy distinto descubrir que en un triángulo
rectángulo la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la
hipotenusa, a descubrir, por la fuerza o mediante espionaje, la preferencia
electoral de una persona.
Ahora
estamos en condiciones de entender lo repulsiva que resultó, en realidad, la
pregunta del procurador romano Poncio Pilato: “¿Qué es la verdad?”. Esa
pregunta, dicha por el representante del poder, quien tenía en sus manos la
vida de una persona para dejarle vivir o llevarle a la tortura y muerte, eso sí
con manos muy limpias, no es, en modo absoluto, una pregunta filosófica ni
admirable. Toda vez que la búsqueda de la verdad viene desde un poder político
o una autoridad moral no debemos hacer otra cosa que repudiarla. No es solo el
gobierno, son los confesionarios religiosos, la vigilancia sobre la conducta de
los hermanos en la semana para ver que no estén pecando. Sin necesidad de
confesionarios, muchas iglesias evangélicas tienen sus propios medios para
descubrir la verdad y descubrir si la pareja de novios tuvo relaciones sexuales
antes del matrimonio, si el hermanito escucha música mundana en casa, si
alguien se fue de fiesta una noche antes de la Santa Cena. ¡Dime la verdad!... ésa
no es una loable intención del conocimiento humano, es un acto de violencia
política.
La segunda forma de violencia del discurso de verdad es su predicación. Una cosa es predicar la verdad de Cristo que consiste en que Dios se ha revelado a los seres humanos para traerle noticias de gran gozo, un Salvador, ¡Cristo el Señor!, y otra muy distinta, estar predicando con violencia que quien no se convierta en cristiano merece el sufrimiento eterno, que el hermano de allá no sigue la sana doctrina, que esa familia que se hace llamar cristiana tiene un hijo en adicciones, que ahora sí, les voy a decir a ustedes todas sus verdades. ¡No! A ti no te corresponde ni conocer ni predicar todas la Verdad. No es un asunto de mero conocimiento, la Verdad solo se convierte en virtud cuando se obtiene y predica de forma ética.
La verdad cristiana es la persona de Cristo
Ante Pilato Jesús
se torna irónico. El procurador le pregunta con sarcasmo: “¿Así que tú eres el
rey?”, mientras miraba a Jesús arrestado, derrotado, siendo todo lo opuesto a
un rey. Jesús, quien no tenía miramientos con el poder le responde: “Tú dices
que yo soy rey”. Haciendo que las palabras sarcásticas de Pilatos tuvieran el
carácter de un nombramiento oficial, lo que procedimentalmente podría
representar un problema para Pilatos por andar diciéndole “rey” a alguien a la
ligera. Pero Jesús pronto muestra que no pretendía obtener de Pilatos un título
político y cambia la conversación. “Para esto yo he nacido y para esto he
venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”.
Jesús
señala que existe algo más alto que el hecho de ser un rey, y esto es, ser
testigo de la verdad. La palabra es lúgubre. En griego, testigo se traduce aquí
de μαρτυρήσω (martireso), de donde también proviene la palabra mártir.
Saliendo de esa entrevista con Pilato, Jesús continuará siendo torturado y
llevado, finalmente a la crucifixión. Previamente, en Juan 14:6 Jesús había
exclamado: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Ahora, al llamarse testigo
de la verdad previo al suplicio pascual, Jesús está siendo testigo de sí mismo,
es decir, está mostrando que la verdad no es una declaración lógica con
demostración semántica, sino una acción. Y no una acción cualquiera, sino una
acción ejecutada específicamente por él, por Jesús. Su muerte en la cruz era la
verdad anunciada y él mismo la llevó a cabo.
Nuestros
antecesores en la fe siempre nos lo decían. Yo lo escuchaba de boca de mi
pastor, un predicador pentecostal sin ningún aire de intelectualidad pero que
sí tenía sabiduría del evangelio, pues, aunque no fue a un seminario, toda su
vida fue autodidacta. De hecho, el día que falleció fue saliendo de comprar
unos libros en la antigua librería de la calle Independencia “La Puerta de la
fe”. Decía mi pastor: “En la Biblia, la Verdad no es una idea, es una persona”.
En efecto, para el cristianismo la verdad no debiera ser una proposición que
pretenda mostrar lógica interna, ni un enunciado que busque reflejar con
precisión el mundo objetivo. Para las y los cristianos la verdad nunca serán
palabras, sino la Palabra, una persona: Cristo.
Para
la fe ésa es la única verdad que interesa. Los cromosomas, la biología, el
libre mercado, la causalidad del universo… nada de eso, absolutamente nada de
eso, es de relevancia para la fe cristiana ni tiene por qué mostrar alguna
congruencia con la Biblia ni con nuestros dogmas. Desde la fe no tenemos ningún
tipo de injerencia en esas verdades. La evolución es el paradigma científico
óptimo para entender nuestra historia biológica y como tal esa verdad
científica no hace mella a nuestra fe en un Dios creador. Porque nuestra fe no
está puesta en si el Carbono 14 demuestra que la tierra se formó hace 6000
años, sino en Cristo. No Cristo el argumento apologético, Cristo la persona. En
Enfoque cristiano de la ciencia, el filósofo holandés Hendrik van
Riessen, muy utilizado actualmente por los grupos denominados
“reformacionales”, señala que, como la verdad es Cristo, la verdad debe ser
objetiva y racional, y, por tanto, toda verdad científica es, en el fondo
cristiana.[2]
Pero esa idea, la pretensión de que los cristianos debemos acaparar todo el
conocimiento debido a que Cristo es la verdad, representa una corrupción de la
verdad de Cristo. Porque Cristo no vino a la cruz para demostrar verdades
científicas ni filosóficas. Que Cristo sea la verdad no nos autoriza a los
cristianos a pretender un monopolio de todas las verdades.
¡Y
precisamente por Cristo! Porque la única verdad que nos interesa, desde la fe
cristiana, es Cristo como redentor. Podemos, sin mayor problema, dejar que la
ciencia avance a su modo, que las sociedades mantengan un marco de laicidad que
reconoce el derecho de otras religiones a expresar su propia fe. Claro que la
ciencia debe contar con autonomía de cualquier idea religiosa. Y, por su parte,
el cristianismo no debe tenerle miedo al pensamiento científico, ni a la
pluralidad humana, cultural o religiosa. No se trata de decir que, si el
cristianismo tiene la verdad, entonces todas las demás religiones y posturas
están equivocadas. Eso solo es egoísmo y vanagloria cristiana.
No poseemos la verdad, ¡la verdad nos posee!
Los cristianos no podemos pretender que poseemos la verdad y por eso estamos legitimados para convertirnos en el policía de las verdades del mundo. Todo lo que el mundo piense como verdad sea esta científica, política, económica, social, debe tener el visto bueno de los cristianos, porque nosotros acaparamos la verdad en el mundo. Pero eso no es cierto, de hecho, es completamente al revés. Los cristianos no poseemos la verdad. La Verdad es quien nos posee a nosotros. Si regresamos a la primera pregunta y respuesta del Catecismo de Heidelberg, encontramos lo siguiente:
¿Cuál
es tu único consuelo en la vida y en la muerte?
Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo.[3]
Ésa
es la esperanza cristiana, no poseer la verdad, sino pertenecer a la verdad, a
Cristo. Nada más lejano del cristianismo que convertir a la verdad en una
mercancía privada que se pueda tener para, con ella, controlar a todos los
ignorantes, impíos y pecadores que no la tengan. La verdad no es ni una
proposición ni un objeto, la verdad cristiana es una persona: Cristo.
¡Mírenme
ante ustedes diciendo verdades de Perogrullo!, como a ésa que a la mano cerrada
le llamaba puño. Decir que nuestra verdad es Cristo, que él es quien
pertenecemos con los pámpanos a la vid, es decir lo más básico de la fe
cristiana. Y, sin embargo, hoy parece tan necesario volver a decirlo ante la
creciente avalancha de cristianos violentos que desde las redes sociales hasta
las tribunas de gobierno y en el espacio público, están frenéticos, deseando
con todo su egoísmo convertir al mundo en cristiano a la fuerza. No mediante su
ejemplo de amor, sino mediante leyes discriminatorias, burlas y memes contra
minorías étnicas, sexuales, religiosas, lanzando mofas y ridiculizando a otros
cristianos que no piensan como ellos. Y todo porque se sienten poseedores de la
verdad. Pero esos cristianos no se dan cuenta del pecado de idolatría en que
incurren, pues al pretender ser los dueños de la verdad de Cristo terminan
idolatrándose a sí mismos. ¿Qué no fue ese el pecado de Lucifer? ¿Querer adueñarse
de la gloria divina?
“Todo
el que es de la verdad escucha mi voz”, remata Jesús en esta declaración
ante Pilato. Dice Jesús “el que es de la verdad”. Quien pertenece a
ella, porque está vinculado a Cristo. El objetivo cristiano no es encontrar la
verdad, sino que la Verdad, Cristo, nos encuentre a nosotros; los cristianos no
debiéramos aspirar a poseer la verdad, sino que nosotros seamos posesión la
verdad.
Esto implica que la verdad de Cristo no es “observada” o “analizada” como se hace con las verdades matemáticas, científicas o filosóficas. La verdad de Cristo es escuchada, porque no es un descubrimiento de nosotros, sino un regalo de Dios. La verdad se escucha porque es Dios hablando en Cristo conforme su voluntad lo desea. Para nuestras curiosidades y necesidades prácticas (qué tan alto es el cielo, por qué el mar es azul, cómo encontrar una cura para las enfermedades) tenemos a la ciencia y el pensamiento racional en el que sí, participan cristianos, hay muchos cristianos en la ciencia, pero también muchas personas hindús, judías, musulmanas, agnósticas, ateas que también trabajan por los descubrimientos de la ciencia que le hacen bien al mundo. Y los cristianos no podemos sino agradecer que, para el descubrimiento de verdades mundanas, Dios nos haya dotado de razón y de la guía de su Espíritu y haya reservado a su Revelación con la única finalidad de revelarse a sí mismo en Cristo. Como decía Karl Barth: “Dios mismo hablando de sí mismo”.[4] Para la fe esa es la única verdad que importa.
Verdad y Adviento
Espero con este
mensaje haber podido transmitir a ustedes el por qué para la fe en Cristo, la
verdad no es un enunciado ni un algoritmo, ni una fórmula matemática ni
filosófica, sino la persona de Cristo, nuestro mediador con el Padre y que, a
diferencia de las verdades de razón a las que podemos acceder mediante una
acción activa de observación, curiosidad, investigación y análisis, a la verdad
de Cristo no podemos acceder por nosotros mismos, no es una verdad que se
observe, sino una que se escucha en paciente espera. Eso es lo que significa,
para términos de la verdad, la temporada de Adviento. Nosotros no podemos
llegar a la verdad de Cristo por nuestros medios racionales ni instrumentos
científicos, sino que, con mucha humildad, paz y esperanza, solo podemos
esperar a su manifestación. Adviento significa: “Tú ocúpate de la mies que se
te ha encargado, descubre lo que pasa en los campos y en el mundo usa tus
capacidades científicas y técnicas para que este mundo mejore, y, en el momento
en que menos lo pienses, desde la eternidad alumbrará la verdad de Cristo que sólo
Cristo, como persona, puede traer”. Adviento nos recuerda el mensaje de Cristo
ante su venida: “Tú haz lo tuyo, lo que te he encargado y deja que yo me ocupe
de lo mío”. Por eso cuando Pedro quería conocer la verdad y le preguntó a Jesús
qué haría con Juan, Jesús le responde: “Si yo quiero que él se quede hasta que
yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme” (Juan 21:22).
Cristo
sólo nos revela la verdad que él desea, no va a satisfacer nuestro deseo de
morbo, ni va a mostrarnos verdades que, por nosotros mismos, podemos alcanzar.
Dice Deuteronomio 29:29a: “Las cosas secretas pertenecen al Señor” (v. 29b). Sólo
aquellas que son reveladas nos “pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para
siempre”. A Dios no lo podemos analizar, ni encontrar su esencia ni existencia,
no podemos determinar atributos discretos que sean sistematizables y con los
cuales pretendamos dominarle dogmáticamente. Dios no es una verdad científica,
Dios es la verdad de la fe en Cristo. Por eso, en materia de fe, debemos
aprender a guardar silencio y a escuchar renunciando a cualquier pretensión
acaparadora de posesión de una Verdad y saber que es al revés. Nosotros somos
de la verdad. Por eso nuestra espera de Adviento es goza y lleno de esperanza.
Así
lo puso de forma maravillosa el filósofo alemán Ephraim Lessing en una escena
visionaria por la que todo cristiano debiera pasar alguna vez: “Si Dios tuviese
encerrada en su mano derecha toda la verdad y en la izquierda el único y
siempre activo impulso de búsqueda de verdad, con el aditamento de equivocarse
eternamente, y me dijese: ‘Escoge!’, me echaría con humildad sobre la izquierda
y diría: ‘¡Padre, dame!’. Porque la verdad sólo para ti es”.[5]
[1] José Saramago
(2004). Ensayo sobre la lucidez. Madrid, Alfaguara, p. 143.
[2] H. van Riessen
(1996). Enfoque cristiano de la ciencia. Rijswijk, Fundación Editorial
de Literatura Reformada.
[3] Catecismo de
Heidelberg en Confesiones de fe de la iglesia. Barcelona, CLIE.
[4] K. Barth (1960). Church
Dogmatics, The Doctrine of the Word of God (Prolegomenas to Church Dogmatics.
Vol. 1, Part I). Edimburgo, T&T Clark, p. 106.
[5] Cit. por Antonio
Caso (1985). Antología filosófica. México, UNAM.

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