domingo, 15 de diciembre de 2024

"Para esto he nacido..." (Juan 18.33-38), Pbro. Raúl Méndez Yáñez


15 de diciembre, 2024

 

Con be de verdad (Raúl Méndez Y.)

Amada Verdad,

por siglos y siglos hemos querido

que usted se revele

y que el velo se recorra

para satisfacer a los curiosos

filósofos, científicos y periodistas sensacionalistas.

Le han querido seducir

con elegantes marcos epistémicos

y costosos instrumentos de validación.

¡Nada se escatima con tal de que la Verdad

se revele!

Pero heme aquí

cognitivamente pobre

gnoseológicamente austero,

no puedo tener expectativa de seducirle

a usted, oculta para los más sabios

y que juega con los religiosos

dándoles un reflejo de sus ojos

haciéndoles creer que con eso

le han descubierto.

Verdad amada yo solo le pido

una cosa insignificante:

no se revele ni descubra sus misterios

recuerde que lo inalcanzable es más deseado.

Pero le pido esto:

que con todo su coraje y arrojo

nos rompa ilusiones y pretensiones

que nos perturbe una y otra vez

siempre cambiando y transgrediendo

nuestras certezas y seguridades.

Así, seguiremos consternados

y cantando en su honor:

¡la Verdad se ha rebelado! 

Verdad y violencia

¿Qué es la verdad?. Tal fue la grandiosa pregunta que emitirá Poncio Pilato ante Jesús, que expresa el corazón y eje del ser humano: saber la verdad. Siglos y siglo acompañados de toneladas de tinta y papel han corrido en la historia para reflexionar qué sea la verdad. Nadie mejor que los latinos para definirla, Adecuatio intellectio rei, la adecuación de la mente a la realidad. La verdad es eso, garantizar que lo que esté dentro de nuestra mente guarde una total correspondencia o adecuación con lo que está afuera de nuestra mente. Tal es la única forma de conocer la verdad en el mundo. No parece existir opción para medias tintas, lo que pienso que es blanco es porque, efectivamente es blanco, si acaso fuera azul o rojo me estaría engañando. La verdad es entender que el mundo es objetivo, real, y que las cosas son como son. Quien no acepte el mundo tal cual es y pretenda confundir a las personas con verdades a medias, es solo un “posmoderno”, “relativista”, alguien que predica la mentira. Como lo expresa claramente un personaje de la novela Ensayo de la lucidez de José Saramago: “La cabeza de los seres humanos no siempre está completamente de acuerdo con el mundo en que viven, hay personas que tienen dificultad en ajustarse a la realidad de los hechos, en el fondo no pasan de espíritus débiles y confusos que usan las palabras, a veces hábilmente, para justificar su cobardía”.[1]

¡Qué forma tan gallarda de defender la verdad! Y sería maravilloso en realidad, de no ser porque el contexto en el cual estas palabras es en el de la tortura militar. El Ensayo sobre la lucidez de Saramago habla de un país latinoamericano cualquiera, que, al día siguiente de unas elecciones presidenciales, descubre que todo el padrón electoral que ejerció su voto tuvo la misma respuesta: Voto en blanco. Nadie perdió nadie ganó, no hay forma de legitimar ningún poder. La población decidió no votar por nadie. Tanto el gobierno como la oposición temen una revuelta de dimensiones apocalípticas y deciden encontrar al responsable de ese resultado. ¿Fue un líder social que estuvo trabajando en secreto? ¿Es un movimiento social que el gobierno no pudo monitorear? ¿Cómo es que de forma tan coordinada toda la población votante decidió lo mismo? ¡El gobierno necesita conocer la verdad! Y para tales efectos, el gobierno recurre al mejor instrumento epistémico y analítico para descubrir con certeza la verdad. Una verdad objetiva, cuantificable y, sobre todo, identificable: La tortura. El gobierno, mediante redadas, juntas militares y cámaras ocultas secuestró, primero a líderes sociales, luego a ciudadanos de a pie, para torturarles y tratar de descubrir por qué toda la nación había votado en blanco. Un simple gesto pacífico y constitucional que fue interpretado por los estamentos en poder como la revolución más violenta y peligrosa que hubiese enfrentado.

En la película Bonhoeffer. Agente de gracia del año 2000, dirigida por Eric Till, quien, por cierto, también es el director de la famosa película Lutero, aparece el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer discutiendo con su guardia de celda sobre por qué, siendo pastor, se ha amparado para ocultarle cosas al gobierno y no decirle la verdad. Bonhoeffer había trabajado como agente espía en un proyecto de conspiración que pretendía asesinar a Hitler, pues Bonhoeffer rechazó el autoritarismo idolátrico y fascista que representaba el Tercer Reich. Desafortunadamente, en la actualidad se está tratando de desvirtuar la figura de Bonhoeffer por parte de grupos conservadores de Estados Unidos mediante una nueva película que ha sido rechazada incluso por la mayoría de la familia Bonhoeffer y diversos organismos luteranos, pues pretenden convertirlo en un nacionalista conservador. Autores como Eric Metaxas, un republicano fascista, pretender usar las enseñanzas de Bonhoeffer para defender las políticas discriminatorias de Donald Trump señalando que los cristianos deben ejercer “desobediencia civil” ante cualquier ley que pretenda reconocer los derechos de grupos minoritarios.

Regresando a la escena de la película de Bonhoeffer del año 2000 (no la reciente), nuestro protagonista plantea lo siguiente: “- Supongamos que un maestro le pregunta a un alumno suyo si su padre anoche llegó a casa ebrio. Y es cierto. ¿Qué debe hacer el alumno?”.

La respuesta de Bonhoeffer desconcierta al guardia de prisión, acostumbrado a escuchar confesiones privadas todo el día. Bonhoeffer señala: lo más honesto que debe hacer el alumno es no decirle la verdad a su profesor. ¿Por qué? No solo por defender el honor de su familia, sino porque esa pregunta representa una usurpación de derechos por parte del maestro, el cual no tiene ninguna autoridad para preguntarle al niño sobre su vida privada. Esa es una lección importante sobre la verdad: La verdad no se le dice a cualquiera. ¿Y saben? La Biblia está de acuerdo. 

La doble violencia de la verdad

Proverbios 25:9 dice: “Discute tu caso con tu prójimo y no descubras el secreto de otro”. Y añade: “No sea que te avergüence el que lo oiga, y tu infamia no pueda repararse”. Aquí lo que se está censurando no es el decir la verdad o lo que sabes de otra persona, sino que la infamia consiste, de hecho, en decir la verdad. Una verdad que ni a ti te corresponde decir, ni a quien te pregunta saber. ¿Qué hubiera pasado si Rahab de Jericó hubiera dicho la verdad sobre los espías que había ocultado? Si alcanzó gran renombre entre los hebreos, fue porque Rahab ocultó esa verdad de sus coetáneos (Josué 6:25). A diferencia de lo que enseñan teólogos y filósofos, la verdad no es algo que deba pregonarse a los cuatro vientos todo el tiempo. Hoy, las redes sociales están llenas de discursos de odio amparados en la supuesta defensa de la verdad. Dicen los cristianos: “Si no aceptas a Cristo, te irás al Infierno maldecido por Dios”. Y agregan: “¡Decir eso no es ofensa es solo decir la verdad!” Alguien sube una foto y caen los comentarios: “Estás fea”, “te ves sucio”, “de seguro eres un pobretón, mira tu ropa”. Y la respuesta sigue siendo la misma: “¡No le estoy ofendiendo, solo estoy diciendo la verdad!”. De este modo, el poseer la verdad hace creer a muchas personas que pueden ofender a diestra y siniestra, decir las cosas crudamente, o enorgullecerse de que “yo no soy políticamente correcto, yo digo la verdad de las cosas”.

Podemos ahora ver una doble violencia que ejerce el discurso de verdad, de obtención y de predicación. La violencia de obtención es cuando, como en el caso del Ensayo sobre la lucidez de Saramago o en la pregunta del profesor abusivo que ilustraba Bonhoeffer, una instancia con autoridad utiliza su poder y recursos violentos para sacar a tirabuzón (a “tehuacanazos”, decimos en México) una confesión de verdad. La verdad existe, sí. Pero tú no tienes derecho a saberla toda. No es una cuestión abstracta de epistemología. ¡Ay del día en que la Verdad cayó en el campo de la epistemología o teoría del conocimiento! La verdad es un asunto ético. Hay mecanismos para obtener la verdad, desde cálculos geométricos que les permitieron a los antiguos pitagóricos descubrir axiomas matemáticos hasta la tortura militar que obtiene verdades con su metodología de terror. Por eso la pregunta no es “¿podemos conocer la verdad?”, sino ¿es honesto conocer esta verdad? Es muy distinto descubrir que en un triángulo rectángulo la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa, a descubrir, por la fuerza o mediante espionaje, la preferencia electoral de una persona.

Ahora estamos en condiciones de entender lo repulsiva que resultó, en realidad, la pregunta del procurador romano Poncio Pilato: “¿Qué es la verdad?”. Esa pregunta, dicha por el representante del poder, quien tenía en sus manos la vida de una persona para dejarle vivir o llevarle a la tortura y muerte, eso sí con manos muy limpias, no es, en modo absoluto, una pregunta filosófica ni admirable. Toda vez que la búsqueda de la verdad viene desde un poder político o una autoridad moral no debemos hacer otra cosa que repudiarla. No es solo el gobierno, son los confesionarios religiosos, la vigilancia sobre la conducta de los hermanos en la semana para ver que no estén pecando. Sin necesidad de confesionarios, muchas iglesias evangélicas tienen sus propios medios para descubrir la verdad y descubrir si la pareja de novios tuvo relaciones sexuales antes del matrimonio, si el hermanito escucha música mundana en casa, si alguien se fue de fiesta una noche antes de la Santa Cena. ¡Dime la verdad!... ésa no es una loable intención del conocimiento humano, es un acto de violencia política.

La segunda forma de violencia del discurso de verdad es su predicación. Una cosa es predicar la verdad de Cristo que consiste en que Dios se ha revelado a los seres humanos para traerle noticias de gran gozo, un Salvador, ¡Cristo el Señor!, y otra muy distinta, estar predicando con violencia que quien no se convierta en cristiano merece el sufrimiento eterno, que el hermano de allá no sigue la sana doctrina, que esa familia que se hace llamar cristiana tiene un hijo en adicciones, que ahora sí, les voy a decir a ustedes todas sus verdades. ¡No! A ti no te corresponde ni conocer ni predicar todas la Verdad. No es un asunto de mero conocimiento, la Verdad solo se convierte en virtud cuando se obtiene y predica de forma ética. 

La verdad cristiana es la persona de Cristo

Ante Pilato Jesús se torna irónico. El procurador le pregunta con sarcasmo: “¿Así que tú eres el rey?”, mientras miraba a Jesús arrestado, derrotado, siendo todo lo opuesto a un rey. Jesús, quien no tenía miramientos con el poder le responde: “Tú dices que yo soy rey”. Haciendo que las palabras sarcásticas de Pilatos tuvieran el carácter de un nombramiento oficial, lo que procedimentalmente podría representar un problema para Pilatos por andar diciéndole “rey” a alguien a la ligera. Pero Jesús pronto muestra que no pretendía obtener de Pilatos un título político y cambia la conversación. “Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”.

Jesús señala que existe algo más alto que el hecho de ser un rey, y esto es, ser testigo de la verdad. La palabra es lúgubre. En griego, testigo se traduce aquí de μαρτυρήσω (martireso), de donde también proviene la palabra mártir. Saliendo de esa entrevista con Pilato, Jesús continuará siendo torturado y llevado, finalmente a la crucifixión. Previamente, en Juan 14:6 Jesús había exclamado: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Ahora, al llamarse testigo de la verdad previo al suplicio pascual, Jesús está siendo testigo de sí mismo, es decir, está mostrando que la verdad no es una declaración lógica con demostración semántica, sino una acción. Y no una acción cualquiera, sino una acción ejecutada específicamente por él, por Jesús. Su muerte en la cruz era la verdad anunciada y él mismo la llevó a cabo.

Nuestros antecesores en la fe siempre nos lo decían. Yo lo escuchaba de boca de mi pastor, un predicador pentecostal sin ningún aire de intelectualidad pero que sí tenía sabiduría del evangelio, pues, aunque no fue a un seminario, toda su vida fue autodidacta. De hecho, el día que falleció fue saliendo de comprar unos libros en la antigua librería de la calle Independencia “La Puerta de la fe”. Decía mi pastor: “En la Biblia, la Verdad no es una idea, es una persona”. En efecto, para el cristianismo la verdad no debiera ser una proposición que pretenda mostrar lógica interna, ni un enunciado que busque reflejar con precisión el mundo objetivo. Para las y los cristianos la verdad nunca serán palabras, sino la Palabra, una persona: Cristo.

Para la fe ésa es la única verdad que interesa. Los cromosomas, la biología, el libre mercado, la causalidad del universo… nada de eso, absolutamente nada de eso, es de relevancia para la fe cristiana ni tiene por qué mostrar alguna congruencia con la Biblia ni con nuestros dogmas. Desde la fe no tenemos ningún tipo de injerencia en esas verdades. La evolución es el paradigma científico óptimo para entender nuestra historia biológica y como tal esa verdad científica no hace mella a nuestra fe en un Dios creador. Porque nuestra fe no está puesta en si el Carbono 14 demuestra que la tierra se formó hace 6000 años, sino en Cristo. No Cristo el argumento apologético, Cristo la persona. En Enfoque cristiano de la ciencia, el filósofo holandés Hendrik van Riessen, muy utilizado actualmente por los grupos denominados “reformacionales”, señala que, como la verdad es Cristo, la verdad debe ser objetiva y racional, y, por tanto, toda verdad científica es, en el fondo cristiana.[2] Pero esa idea, la pretensión de que los cristianos debemos acaparar todo el conocimiento debido a que Cristo es la verdad, representa una corrupción de la verdad de Cristo. Porque Cristo no vino a la cruz para demostrar verdades científicas ni filosóficas. Que Cristo sea la verdad no nos autoriza a los cristianos a pretender un monopolio de todas las verdades.

¡Y precisamente por Cristo! Porque la única verdad que nos interesa, desde la fe cristiana, es Cristo como redentor. Podemos, sin mayor problema, dejar que la ciencia avance a su modo, que las sociedades mantengan un marco de laicidad que reconoce el derecho de otras religiones a expresar su propia fe. Claro que la ciencia debe contar con autonomía de cualquier idea religiosa. Y, por su parte, el cristianismo no debe tenerle miedo al pensamiento científico, ni a la pluralidad humana, cultural o religiosa. No se trata de decir que, si el cristianismo tiene la verdad, entonces todas las demás religiones y posturas están equivocadas. Eso solo es egoísmo y vanagloria cristiana. 

No poseemos la verdad, ¡la verdad nos posee!

Los cristianos no podemos pretender que poseemos la verdad y por eso estamos legitimados para convertirnos en el policía de las verdades del mundo. Todo lo que el mundo piense como verdad sea esta científica, política, económica, social, debe tener el visto bueno de los cristianos, porque nosotros acaparamos la verdad en el mundo. Pero eso no es cierto, de hecho, es completamente al revés. Los cristianos no poseemos la verdad. La Verdad es quien nos posee a nosotros. Si regresamos a la primera pregunta y respuesta del Catecismo de Heidelberg, encontramos lo siguiente:

 

¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?

Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo.[3] 

Ésa es la esperanza cristiana, no poseer la verdad, sino pertenecer a la verdad, a Cristo. Nada más lejano del cristianismo que convertir a la verdad en una mercancía privada que se pueda tener para, con ella, controlar a todos los ignorantes, impíos y pecadores que no la tengan. La verdad no es ni una proposición ni un objeto, la verdad cristiana es una persona: Cristo.

¡Mírenme ante ustedes diciendo verdades de Perogrullo!, como a ésa que a la mano cerrada le llamaba puño. Decir que nuestra verdad es Cristo, que él es quien pertenecemos con los pámpanos a la vid, es decir lo más básico de la fe cristiana. Y, sin embargo, hoy parece tan necesario volver a decirlo ante la creciente avalancha de cristianos violentos que desde las redes sociales hasta las tribunas de gobierno y en el espacio público, están frenéticos, deseando con todo su egoísmo convertir al mundo en cristiano a la fuerza. No mediante su ejemplo de amor, sino mediante leyes discriminatorias, burlas y memes contra minorías étnicas, sexuales, religiosas, lanzando mofas y ridiculizando a otros cristianos que no piensan como ellos. Y todo porque se sienten poseedores de la verdad. Pero esos cristianos no se dan cuenta del pecado de idolatría en que incurren, pues al pretender ser los dueños de la verdad de Cristo terminan idolatrándose a sí mismos. ¿Qué no fue ese el pecado de Lucifer? ¿Querer adueñarse de la gloria divina?

“Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, remata Jesús en esta declaración ante Pilato. Dice Jesús “el que es de la verdad”. Quien pertenece a ella, porque está vinculado a Cristo. El objetivo cristiano no es encontrar la verdad, sino que la Verdad, Cristo, nos encuentre a nosotros; los cristianos no debiéramos aspirar a poseer la verdad, sino que nosotros seamos posesión la verdad.

Esto implica que la verdad de Cristo no es “observada” o “analizada” como se hace con las verdades matemáticas, científicas o filosóficas. La verdad de Cristo es escuchada, porque no es un descubrimiento de nosotros, sino un regalo de Dios. La verdad se escucha porque es Dios hablando en Cristo conforme su voluntad lo desea. Para nuestras curiosidades y necesidades prácticas (qué tan alto es el cielo, por qué el mar es azul, cómo encontrar una cura para las enfermedades) tenemos a la ciencia y el pensamiento racional en el que sí, participan cristianos, hay muchos cristianos en la ciencia, pero también muchas personas hindús, judías, musulmanas, agnósticas, ateas que también trabajan por los descubrimientos de la ciencia que le hacen bien al mundo. Y los cristianos no podemos sino agradecer que, para el descubrimiento de verdades mundanas, Dios nos haya dotado de razón y de la guía de su Espíritu y haya reservado a su Revelación con la única finalidad de revelarse a sí mismo en Cristo. Como decía Karl Barth: “Dios mismo hablando de sí mismo”.[4] Para la fe esa es la única verdad que importa. 

Verdad y Adviento

Espero con este mensaje haber podido transmitir a ustedes el por qué para la fe en Cristo, la verdad no es un enunciado ni un algoritmo, ni una fórmula matemática ni filosófica, sino la persona de Cristo, nuestro mediador con el Padre y que, a diferencia de las verdades de razón a las que podemos acceder mediante una acción activa de observación, curiosidad, investigación y análisis, a la verdad de Cristo no podemos acceder por nosotros mismos, no es una verdad que se observe, sino una que se escucha en paciente espera. Eso es lo que significa, para términos de la verdad, la temporada de Adviento. Nosotros no podemos llegar a la verdad de Cristo por nuestros medios racionales ni instrumentos científicos, sino que, con mucha humildad, paz y esperanza, solo podemos esperar a su manifestación. Adviento significa: “Tú ocúpate de la mies que se te ha encargado, descubre lo que pasa en los campos y en el mundo usa tus capacidades científicas y técnicas para que este mundo mejore, y, en el momento en que menos lo pienses, desde la eternidad alumbrará la verdad de Cristo que sólo Cristo, como persona, puede traer”. Adviento nos recuerda el mensaje de Cristo ante su venida: “Tú haz lo tuyo, lo que te he encargado y deja que yo me ocupe de lo mío”. Por eso cuando Pedro quería conocer la verdad y le preguntó a Jesús qué haría con Juan, Jesús le responde: “Si yo quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme” (Juan 21:22).

Cristo sólo nos revela la verdad que él desea, no va a satisfacer nuestro deseo de morbo, ni va a mostrarnos verdades que, por nosotros mismos, podemos alcanzar. Dice Deuteronomio 29:29a: “Las cosas secretas pertenecen al Señor” (v. 29b). Sólo aquellas que son reveladas nos “pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre”. A Dios no lo podemos analizar, ni encontrar su esencia ni existencia, no podemos determinar atributos discretos que sean sistematizables y con los cuales pretendamos dominarle dogmáticamente. Dios no es una verdad científica, Dios es la verdad de la fe en Cristo. Por eso, en materia de fe, debemos aprender a guardar silencio y a escuchar renunciando a cualquier pretensión acaparadora de posesión de una Verdad y saber que es al revés. Nosotros somos de la verdad. Por eso nuestra espera de Adviento es goza y lleno de esperanza.

Así lo puso de forma maravillosa el filósofo alemán Ephraim Lessing en una escena visionaria por la que todo cristiano debiera pasar alguna vez: “Si Dios tuviese encerrada en su mano derecha toda la verdad y en la izquierda el único y siempre activo impulso de búsqueda de verdad, con el aditamento de equivocarse eternamente, y me dijese: ‘Escoge!’, me echaría con humildad sobre la izquierda y diría: ‘¡Padre, dame!’. Porque la verdad sólo para ti es”.[5]



[1] José Saramago (2004). Ensayo sobre la lucidez. Madrid, Alfaguara, p. 143.

[2] H. van Riessen (1996). Enfoque cristiano de la ciencia. Rijswijk, Fundación Editorial de Literatura Reformada.

[3] Catecismo de Heidelberg en Confesiones de fe de la iglesia. Barcelona, CLIE.

[4] K. Barth (1960). Church Dogmatics, The Doctrine of the Word of God (Prolegomenas to Church Dogmatics. Vol. 1, Part I). Edimburgo, T&T Clark, p. 106.

[5] Cit. por Antonio Caso (1985). Antología filosófica. México, UNAM.

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