8 de diciembre, 2024
…que siendo en forma de Dios [morfé theou], no tuvo por usurpación [arpagmon] ser igual a Dios [einai isa theo]; sin embargo, se anonadó [se despojó] a sí mismo [éauton ekénosen], tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres [en jomoiómati anthrópon].
Filipenses 2.6-7, Reina-Valera Contemporánea
Trasfondo
En II Corintios 5.16a, el apóstol Pablo explica muy bien las razones que
tuvo para no apropiarse de los episodios biográficos de Jesús de Nazaret: “…y
si aun a Cristo conocimos según la carne, ahora sin embargo ya no le
conocemos”. Podría decirse que prescindió de los detalles que contaron los
evangelistas a fin de colocar el “acontecimiento de Cristo” en el marco mayor
de la historia de la salvación, es decir, en el esquema máximo de la actuación
de Dios para manifestarse en Cristo a todo el mundo, tanto a judíos como a los
no judíos. Pablo se refiere a la presencia física de Jesús y la redefine como
una etapa fundamental que debe dar lugar a otra fase en la conciencia de la
redención. Fustigaba así la obsesión de los discípulos “directos” de Jesús por
subrayar que ellos habían estado cerca del “Jesús histórico” y destacaba la
importancia de estar en una relación de redención con el Cristo resucitado. Los
llamados por él “súper apóstoles” (II Co 11.5; 12.11), al destacar la presencia
física de Jesús, corrían el riesgo de desvirtuar o relegar la relación
espiritual con él y el compromiso de situarse al lado suyo en la tarea de
transformar las vidas humanas para estar en sintonía con su Reino presente y
futuro. Pablo profundizó en las consecuencias del abajamiento del Hijo de Dios
y traspuso su nacimiento a la esfera más grande de la cadena de situaciones
derivadas de ello.
Encarnación y
humillación del Hijo de Dios (2.5-8)
En Filipenses 2.5-7, el
llamado “himno cristológico” (“Tengan la misma manera de pensar que tuvo
Jesucristo: / Aunque Cristo siempre fue igual a Dios, / no insistió en esa
igualdad. / Al contrario, renunció a esa igualdad, / y se hizo igual a
nosotros, / haciéndose esclavo de todos”), el apóstol destaca la actitud de
Jesús, como iniciativa propia, por “tomar la forma humana”. De esa manera se
haría presente en la historia y participar en ella mediante la obediencia
estricta a la voluntad de su Padre y así establecer las bases para consolidar
la redención. Jesús, como “persona consustancial al Padre”. Se abajó, se
humilló (kénosis, “vaciamiento”), para poder estar a la altura humana y,
sin ninguna forma de fingimiento (como lo sugirieron más tarde algunos grupos
como los llamados docetistas), demostrar que es posible obedecer a Dios
y hacer visible su obra en el mundo. “La expresión morphe theou ha sido
interpretada de diversas maneras […] Pero es preferible entender esta palabra
en el sentido de condición, es decir, como una manera de ser que
manifiesta lo que realmente se es. Cristo era Dios y como tal podía
manifestarse como Dios, pero se hace esclavo, es decir, al hacerse hombre no
solo asume la naturaleza humana sino una condición de humillación y obediencia
que lo lleva a la muerte en la forma más humillante”.[1] “La kénosis de
Dios en Jesucristo es la restitución de la humanidad a sí misma. Hasta
entonces, se había visto ésta devorada por el señorío de Dios. Pero finalmente
ha quedado libre por ese ‘siervo’ que es Jesús”.[2]
“El significado más natural de las palabras del Himno en el contexto actual es que el Mesías se negó a considerar la igualdad con Dios como un premio a tomar por la fuerza. Considera que άρπαγμός se usa consistentemente en el mundo de Pablo bien sea para un acto de ‘arrebatar’ o de ‘apoderarse’ de lo que no se tiene, en sentido negativo ‘lo robado (presa, saqueo, botín) o en sentido positivo premio o ganancia’”.[3] Para Pablo, Jesús renunció al lugar especial que tenía junto a Dios (se “desempoderó”), y obtuvo un lugar sin privilegios entre los seres humanos. “Es notable que Pablo hable del despojo y la humillación cuando no está mencionando los conocidos detalles: el pesebre, el establo y la modestia económica de sus padres. Aun sin mencionar estos detalles, la perspectiva teológica de este autor lo lleva a concluir que Jesús se humilló” (Benjamín Hernández). La Navidad, para Pablo, más que un hecho o una festividad, fue parte del proceso de salvación iniciado por Dios desde la creación misma, pues representa la manera en que Dios siguió insertándose en la historia, ahora en la vida concreta de su Hijo en el mundo.
LA exaltación
del Hijo de Dios (2.9-11)
“El himno cristológico es una declaración política contra el César, ya que propone que toda cultura y lengua se arrodille ante el Señor, que es Jesús, léase: no el César. […] La ciudadanía que promueve el movimiento es diferente a la prestigiosa ciudadanía romana, la llama ‘celestial’ (Fil 3.20), y tiene que ver con un comportamiento como ciudadanos de otro estado, opuesto al romano, radicalmente democrático, preocupado por los más pobres, como los esclavos. El modelo es Jesús, quien no ambiciona el estatus de divinidad (Fil 2,6)”.[4] Por no ambicionar dicho estatus, subraya, “Dios lo encumbró sobre todos” (2.9a) y eso se cumplirá totalmente cuando “toda rodilla” reconozca que “Jesucristo es el Kyrios” (2.10) y no el máximo gobernante humano. Su abajamiento radical (ser humano, esclavo, muerte de cruz) se correspondió con el proceso inverso que Dios llevó a cabo en él: “La exaltación de Cristo aparece como la respuesta de Dios a la humillación libremente escogida por Cristo”.[5] De hecho, el verbo correcto es “sobreexaltó” (hyperypsosen), por lo que la forma compuesta le da más énfasis.
Después del descenso vino el ascenso, luego de la humillación le siguió la hiperexaltación. “Dios subordinó la exaltación al camino de la cruz. […] Isaías [53] ya anunciaba esa necesidad y esa conexión entre humillación y exaltación”.[6] La humanización del Hijo de Dios fue parte ineludible de ese camino que lo llevaría al máximo reconocimiento. La totalidad del mundo (10b) tendría que rendirse ante su grandiosidad como resultado de su voluntad de hacerse persona humana: “Para ser Señor el camino es ser esclavo. El esclavo se transforma en Señor por el poder de Dios. Aquél a quien los hombres trataron como esclavo, Dios lo trató como Señor”.[7]
Conclusión
San Pablo trabajó como pocos las paradojas divinas ligadas a la aparición, presencia y consumación de la obra del Hijo de Dios en el mundo. Confrontado por el misterio de la encarnación, supo procesar lo sucedido con el Señor Jesús mediante ese himno que ya formaba parte de la tradición cristiana, pero que él completó impecablemente para resumir lo sucedido en la historia de salvación. Su mirada de fe y teológica le permitió ahondar en ese misterio tan incomprensible:
El himno culmina en una profesión de fe. El mundo
entero proclama esa fe. Al cantar ese himno, la comunidad se une a la creación
toda. La liturgia cristiana acompaña la adoración del mundo entero.
La paradoja cristiana es justamente
esa posición entre la vida de esclavo de Jesús y su destino de Señor. Los
dos aspectos son necesarios y están ligados. Jesús es Señor porque fue esclavo.[8]
[1] Pedro
Ortiz, “Carta a los Filipenses”, en A. Levoratti, dir., Comentario bíblico
latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 949.
[2] Christian
Duquoc, Cristología. Ensayo dogmático sobre Jesús de Nazaret el Mesías. 4ª
ed. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1981, p. 153.
[3] César Moya,
“Visibilizar un mensaje secreto. Pistas para una relectura de Fil. 2:6-11 en
contextos de violencia”, en RIBLA, núm. 94, 2024/3, p. 49.
[4] Elsa Tamez,
“Lectura latinoamericana y caribeña de la Biblia y lectura postcolonial de la
Biblia: Una comparación crítica”, en Revista Bíblica, 2020, 1-2, p. 181.
[5] P. Ortiz, op.
cit., p. 950.
[6] José
Comblin, Filipenses. Buenos Aires, Ediciones La Aurora, 1988, p. 49.
[7] Ídem.
[8] Ídem.
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