sábado, 8 de febrero de 2025

El siempre nuevo mandamiento antiguo (I Juan 2.7-11), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

9 de febrero, 2025 

Hermanos en Cristo, no les estoy dando un mandamiento nuevo. Les estoy repitiendo un mandamiento muy antiguo, que ustedes ya conocen: se trata del mismo mandamiento que Dios les dio desde el principio. Sin embargo, esto que les escribo es un mandamiento nuevo, y ya saben lo que significa, como también Cristo lo sabe. Él es la luz verdadera, que brilla cada vez más fuerte, y que hace que la oscuridad vaya disminuyendo.                                                                                 

I Juan 2.7-8, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

La voz que habla en I Juan lo hace con una certeza casi total de transmitir el designio de Señor Jesús: basándose en las acciones suyas (en su “caminar”) se dirige a los/as seguidores para invitarlos y exhortarlos a vivir como él vivió (v. 6). A partir de allí se retoma el antiguo mandamiento siempre nuevo del amor que deberá considerarse como expresión máxima del seguimiento de Jesús. “El eslabón que une esta sección con la anterior es la palabra mandamiento. El autor vuelve con la antítesis luz y tinieblas […] Aparecen dos verbos: amar y odiar, respectivamente en los campos de la luz y de las tinieblas. Otra palabra clave de esta sección es hermano, demostrando claramente que el mandamiento tiene que ver con el hermano”.[1] En la segunda secuencia de I Juan 2, explica M. Morgen, “no aparece la palabra ‘amor’; sin embargo, está centrada en la vida de Cristo, que es amor, y en su mandamiento único. El v. 6 prolonga la mirada que se acaba de dirigir al evangelio: ‘como (kathos) él (ekeinos) caminó’. Cada una de las palabras indica la referencia viva del cristiano. […] Cristo es un modelo que imitar, o mejor dicho, una imagen del Padre que contemplar”.[2] 

Mandamiento nuevo, mandamiento antiguo (vv. 7-8)

El mandamiento es antiguo porque la comunidad lo ha conocido desde tiempos remotos (“desde el principio”, v. 7; Lv 19.18b: “Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”), pues se remonta hasta la Ley mosaica en donde cumplió una función importantísima en el camino de establecer una sociedad auténticamente igualitaria basada en el temor de Dios y en el reconocimiento de la dignidad de todas las personas. Lv 19 es un conjunto de exhortaciones, parte del Código de Santidad, en las que el prójimo es colocado en el centro de la preocupación por la vida del pueblo: no oprimirlo, no robarle, no retener su salario, tratarlo con justicia, no atentar contra su vida, no odiarlo. Todo ello se dice antes de la exhortación a amarlo. El objetivo era llegar a la práctica perfecta del amor a Dios y al prójimo.[3] El Señor Jesús lo retomó cuando fue cuestionado sobre el mayor mandamiento de la Ley y lo relacionó inevitablemente con el amor a Dios como segunda prioridad (Mr 12.31, 33). En otros lugares del NT se recupera y se aplica como parte de la práctica comunitaria de la fe cristiana (Ro 13.9; Gál 5.14; Stg 2.8).

El mandamiento es anterior a la comunidad, pero su novedad radica en que las tinieblas pasan y la luz verdadera ya se manifiesta porque es verdadero “en él [el Señor] y en ustedes” (v. 8). La oscuridad “va disminuyendo” cada vez que la comunidad lo practica y es visible al mundo. “El propio autor siente en su interior esta paradoja entre lo viejo y lo nuevo”.[4] La práctica del amor en Jesús y en la comunidad era el fermento de novedad que se estaba mostrando como transformación de las relaciones sociales. 

Cristo cumple el mandamiento del amor y se convierte en guía para el camino por donde marcha el creyente. El mandamiento —en singular ahora, puesto que resume toda la ley (amar a Dios y al prójimo) es a la vez antiguo y nuevo; en cierto sentido, tiene la antigüedad del evangelio escuchado desde el principio por la comunidad; por otra parte, tiene la novedad de su actualización constante por los cristianos, en el sentido de que no deja de traducir la irrupción de la novedad de Cristo que brotó en su resurrección. Lo antiguo y lo nuevo se confunden en un comienzo que hay que renovar continuamente.[5] 

Amar a los hermanos es estar en la luz (vv. 9-11)

El v. 9 retoma el tono de Lv 19 cuando se refiere a que odiar a un hermano/a es vivir en la oscuridad dado que una sociedad fraterna no puede basarse en el rencor o el resentimiento. Porque: “El que ama a los demás, vive bajo la brillante luz de Dios y no causa ningún problema a los de su iglesia [comunidad o grupo social]” (v. 10). Esta tercera secuencia concreta el tema del amor al hermano, la exigencia concreta, con nombre y apellido, ante la cual es imposible evadirse: “Cristo ha trazado el camino, mostrando que el amor al hermano constituye el test de una vida espiritual auténtica. Si el conocimiento cumple el amor de Dios en el corazón del creyente (v. 4-5), éste no puede pretender permanecer en ese amor sin amar al hermano según el ejemplo de Jesús”.[6] “El mandamiento se convierte en una luz que ilumina el camino hacia Dios (v. 10). El amor al hermano es también el lugar en donde me encuentro con Dios, en la gratuidad y la incondicionalidad de su amor a los hombres. Dios ¿es luz? El mandamiento del amor al hermano responde a esta cuestión”.[7]

La luz es la que revela la gran belleza del mandamiento, pues quien ama al hermano se mueve en la esfera de la iluminación divina auténtica. Finalmente se dice de un modo abierto cuál es el mandamiento en juego: es el amor al hermano. Su parte contraria, el odio al hermano, recibe una condenación fortísima. Respecto a la oposición entre luz y tinieblas, el autor ignora por completo cualesquiera valores de transición entre amor y odio”.[8] 

Conclusión

“En Jn, durante la última cena, Jesús dice a sus discípulos: ‘Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros; como yo os he amado… (Jn 13.34)’. En 1 Jn el mandamiento del amor no es sólo nuevo sino también antiguo. Quizá en la mente del autor esté aquí incluida toda la ley: figura del mandamiento del amor que la realiza en plenitud”.[9] Después de todo, como también enseñó san Pablo: “El cumplimiento de la ley es el amor” (Ro 13.10). Por todo ello, el amor en su expresión comunitaria es la expresión más visible y vivible de la obra redentora de Dios en Jesucristo. La iglesia es el espacio de amor por excelencia y adonde debe buscarse la presencia del Dios-amor del que hablará I Jn 4.8.



[1] Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1156.

[2] M. Morgen, op. cit., p. 16.

[3] Nancy Cardoso, “Comida, sexo y salud. Leyendo el Levítico en América Latina”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 26, 1996/1, pp. 127-152.

[4] C. Vianney Malzoni, op. cit. Antonio Gramsci lo expresó así: “La crisis consiste justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en este terreno se verifican los fenómenos morbosos más diversos” (Pasado y presente. Cuadernos de la cárcel. Barcelona, Gedisa, 2018).

[5] M. Morgen, op. cit., p. 17. Énfasis agregado.

[6] Ibid., p. 18. Énfasis agregado.

[7] Ídem.

[8] Rudolf Schnackenburg, Cartas de Juan. Versión, introducción y comentario. Barcelona, Herder, 1980, p. 148.

[9] C. Vianney Malzoni, op. cit., p. 1157.

sábado, 1 de febrero de 2025

El amor de Dios se perfecciona en quien obedece su Palabra (I Juan 2.1-6), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

2 de febrero, 2025 

En cambio, el que obedece lo que Dios ordena, de veras sabe amar como Dios ama, y puede estar seguro de que es amigo de Dios.

I Juan 2.5, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo

En la literatura juanina hay un énfasis muy marcado en el tema del amor: desde el Cuarto Evangelio es muy palpable desde el propio Jesús de Nazaret cómo lo destacó en diferentes momentos, especialmente al referirse a la actitud dominante del Padre hacia los discípulos: “Así como el Padre me ha amado, así también yo los he amado a ustedes”, por lo que los exhorta a permanecer en su amor (15.9). Inmediatamente después relaciona su amor con los mandamientos que enseña, pues él mismo obedeció los mandamientos de su Padre (15.10). Y allí mismo hizo la gran afirmación de que el amor es el fundamento de la entrega de su vida: “Nadie tiene mayor amor que éste, que es el poner su vida por sus amigos” (15.13). Y en su larga oración final resume su labor entre ellos con el amor recibido del Padre y compartido con el grupo de seguidores: “Y les he dado a conocer tu nombre, y aún lo daré a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos” (17.26). De modo que el amor (ágape) forma parte central del vocabulario teológico de Juan. “El Padre quiere también a los discípulos con amor de amistad porque ellos quieren a Jesús y le dan su adhesión (16.27: phileó). A través de Jesús y en Jesús los ama como lo ha amado a él, y lo ha demostrado comunicándoles el Espíritu por su medio (17.32, 26; 19.30). A quien responde al amor cumpliendo el mensaje de Jesús, el Padre le demuestra su amor viniendo con Jesús y quedándose a vivir con el discípulo (14.23), haciéndose compañero de vida”.[1] 

Si pecamos, el Señor es nuestro abogado (vv. 1-2)

El inicio de la primera carta de Juan enlaza con el comienzo del Cuarto Evangelio y subraya tres de sus temas principales: el anuncio de la venida del Verbo (Logos) de vida (1.1), el gozo de los seguidores del Señor Jesucristo (1.4) y la necesidad de vivir en la luz para manifestar que hay comunión con él y con la comunidad (1.7). La primera exhortación del cap. 2 es a no pecar (2.1a) y a confiar en que el Señor es el “abogado” (paráclito) ante el Padre (2.-1b). “El tema del pecado da ocasión al autor para entrar en materia de cristología. Jesucristo, el justo, es nuestro paráclito junto al Padre, en caso de que alguien peque. Este papel de abogado Jesús lo realiza como víctima de expiación por nuestros pecados. […] La salvación es universal y se realiza por el sacrificio de Cristo. Reconociendo que somos pecadores, nos situamos en el ámbito de esta salvación”.[2] Esta perspectiva universal conecta directamente con las dos grandes afirmaciones de esta literatura acerca del mundo: Dios lo amó enormemente (Jn 3.16; 60 menciones), pero es preciso distanciarse de sus valores o antivalores predominantes (“Están en el mundo…, pero no son del mundo”, Jn 17.11, 14, 16; “No amen el mundo, ni las cosas del mundo…”, I Jn 2.15a; 18 menciones) para no distanciarse del Padre. “El mundo y sus deseos pasan; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (I Jn 2.17). Estar en el mundo, para los/as creyentes, no es someterse a sus principios. 

El punto de partida: conocer verdaderamente al Señor (vv. 3-4)

El siguiente aspecto relevante es definir con claridad si conocemos a Jesús, más allá de la rutina religiosa que hayamos aprendido o que nos haya formado como creyentes. El autor se vale de un juego de palabras para plantear el problema: “…en eso sabemos (tiempo presente) que lo conocemos (tiempo pasado)” (v. 3). No basta con decir que lo conocemos pues eso solamente se demuestra si se obedecen sus mandamientos y éstos son en extremo exigentes. “Los mandamientos de Jesús son su palabra. Conocer a Jesús es guardar su palabra-mandamiento. Pero es necesario estar atento porque guardar, en sentido bíblico, en ningún modo significa trancar, cerra bien, sino observar, practicar”.[3] Observar los mandamientos de Jesús inevitablemente nos lleva al terreno de la ética de la vida cotidiana. El texto va al corazón mismo del asunto: conocer al Señor es una experiencia real, espiritual y completamente renovadora. Nadie sale igual de cómo llega al ser confrontado con la presencia del Señor: su exigencia es a hacer un cambio revolucionario en la manera de pensar y actuar, sin retroceso posible. Es asomarse para disfrutar de la vida en plenitud, “…es conocerte a ti, el Dios único y verdadero, y a aquel que enviaste, Jesucristo” (Jn 17.3). Quienes conocieron en verdad al Señor no volvieron a ser los mismos: “Lo que, en última instancia, se discute es la naturaleza del conocimiento de Dios [...] A una concepción demasiado intelectualista o de un misticismo dudoso, opone Juan la concepción bíblica, según la cual a Dios no le ha visto nadie jamás (4.12) y para la que conocer a Dios significa guardar sus mandamientos”.[4] 

El amor de Dios se perfecciona en la obediencia (vv. 5-6)

Del pecado, el texto pasa al mandamiento y del mandamiento al tema del amor, inevitablemente también. Es uno de sus grandes temas pues I Juan combate contra una herejía silenciosa”, nada estruendosa, pero igualmente peligrosa: era “la negativa a aceptar la encarnación y sus consecuencias, en particular aquella del amor al prójimo como humilde vehículo de salvación. […] frente a este cristianismo de ‘gente simple’, los herejes proponían una comprensión intelectualista de la fe, sin mayor énfasis en el compromiso concreto. Se jactaban de conocer a Dios (2.4; 4.8), de amarlo (4.20), de estar en íntima unión con él (1.6; 2.6, 9), y de estar libres de pecado (1.8, 10). Por esta jactancia, no daban interés ninguno al amor al prójimo (2.4, 9, 11; 3.7-10, 12, 17)”.[5] “El amor de Dios llega verdaderamente a su plenitud en aquel que guarda su palabra” (2.5), esto es, que “en toda la carta el amor [ágape] está íntimamente ligado a Dios”.[6] El autor sorprende al no decir que “aquel que guarda su palabra es perfecto” (como esperaban esos otros creyentes) sino “que el amor de Dios es perfecto en la palabra”.[7] Ellos, “junto con la negación de la encarnación y de la cruz, negaban también el compromiso del cristiano en el mundo con la caridad concreta”.[8] “Quien dice que permanece en el Señor, debe andar como él anduvo” (v. 6): “…como Jesús está en la luz, que es Dios, nosotros estamos en Jesús, pero con la condición de que guardemos (practiquemos) su palabra”.[9] 

Conclusión

El amor de Dios fue una hermosa realidad en la vida de Jesús de Nazaret y debe serlo en la realidad histórica de su iglesia. Ella misma es objeto del amor de Dios pues éste la sostiene y perfecciona mediante la obediencia a su palabra. El evangelio y las cartas de Juan enfrentaron la necesidad de cuestionar la experiencia del amor divino desde la relación crítica que tuvo la comunidad que los escribió, primero internamente, y también externamente con otras comunidades de fe. La centralidad del amor, expresada en la frecuencia de la palabra (13 menciones), fue fundamental para ella en su afán por demostrar quién conocía verdaderamente al Señor. Hoy enfrentamos un desafío muy similar en los dos sentidos: experimentar el amor de Dios por su iglesia y practicar el amor comunitario como muestra de la obediencia a los mandamientos del Señor.



[1] Juan Mateos y Juan Barreto, Vocabulario teológico del evangelio de Juan. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1980, p. 29.

[2] Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1155.

[3] Ídem. Énfasis agregado.

[4] Edouard Cothenet, “Las cartas de Juan”, en Augustin George y Pierre Grelot, dirs., Introducción crítica al Nuevo Testamento. II. Barcelona, Herder, 1983, p. 188.

[5] Raúl Lugo Rodríguez, “El amor al prójimo, único criterio (El amor al prójimo en la primera carta de San Juan)”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 17, 2001, p. 113.

[6] C. Vianney Malzoni, op. cit.

[7] Ídem.

[8] Giuseppe Segalla, Panoramas del Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 1989, p. 349.

[9] C. Vianney Malzoni, op. cit., p. 1156.

sábado, 25 de enero de 2025

"Busquemos al Señor y volvámonos a Él" (Lamentaciones 3.33-42), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

26 de enero, 2025


Dirijamos al Dios del cielo

nuestras oraciones más sinceras,

y corrijamos nuestra conducta.

Lamentaciones 3.41b-42, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

Lamentaciones 3 se encamina, luego de haber alcanzado las conclusiones en su centro poético y espiritual, a subrayar las consecuencias de la fidelidad de Dios en medio de una historia conflictiva en medio de la cual el pueblo ha sido juzgado y castigado. Las conclusiones provisionales que presenta el poema se van a desplegar como parte de una espiritualidad individual y colectiva que se entreteje para tratar de encontrar luz al final del túnel. La reflexión se detiene a observar cómo se entremezclan también los designios divinos con la voluntad humana de someterse, aun a su pesar, a ellos como parte de una nueva situación posterior al juicio y al castigo. Los aspectos éticos en la actuación de Dios son destacados en el proceso de comprender lo que ha hecho en la vida del pueblo desterrado: “En resumen, si la ruina de Israel ha sido provocada por sus propios pecados, el castigo era merecido y no arbitrario. A partir de esta convicción surge un atisbo de esperanza: el arrepentimiento y la sumisión a la voluntad divina podían atraer la misericordia de Dios y poner fin a tantas calamidades. Sin arrepentimiento no queda lugar para la restauración”.[1] En otras palabras, la experiencia del pecado debía doler para encontrar el camino de la corrección, algo que en nuestros tiempos no comprendemos por habernos alejado del concepto de hacer penitencia, que aparece en algunas traducciones de las palabras de Juan el bautista y del propio Jesús de Nazaret al anunciar la llegada del Reino de Dios. Otras dicen: “haced pues obras dignas de arrepentimiento” (Mr 1.15; Lc 3.3). 

Dios observa el comportamiento ético de la humanidad y toma partido (vv. 34-39)

Lo primero que aparece en esta sección es aquello con lo que el Señor Dios no transige (vv. 34-36): a) pisotear a los encarcelados de la tierra (violentar los derechos humanos, TLA); b) torcer el derecho; y c) no dar un juicio justo. Todo ello en el terreno de la ética visible y de la justicia distributiva. No cabe duda de que la renovación espiritual del pueblo en todos sus niveles atraviesa por la comprensión de las acciones éticas de Dios, no existe otro camino. El arrepentimiento colectivo tenía que conducir a un nuevo sendero de relación con ese Dios justo y exigente ya sin la mediación monárquica que tantos problemas había ocasionado. El pueblo debía relacionarse con Dios de la manera más eminentemente espiritual posible. Como muestra de la justicia irrefutable de Dios se afirma: “Los mortales cautivos en la tierra reciben la promesa de ser liberados de la carga de su entorno opresivo mediante el poder de Dios, que libera al pecador de la esclavitud del pecado y de sí mismo”.[2]

Puesto que el ser humano es imagen y semejanza de Dios es en él en donde debe buscarse la acción ética que espera el Señor. Los derechos y la dignidad del individuo son de enorme importancia para el Creador. Ninguna persona debe ser privada de sus derechos elementales como son el derecho y la justicia verdaderos, bien administrados porque Dios es el supremo árbitro entre los seres humanos (v. 37) como se plantea en la primera pregunta retórica. Todo lo malo y lo bueno suceden por su designio y “puesto que nada puede ocurrirle a una persona de lo cual Dios no tenga conocimiento, el hombre debiera soportar la desgracia con paciencia y sin protesta, confiando en que la misericordia de Dios produzca bien a partir del mal” (38).[3] Se espera del creyente sancionado que acceda al arrepentimiento (39).

El camino para reencontrarse con el Dios del pacto (vv. 40-42)

Luego el poeta extrae las consecuencias de sus reflexiones: la exhortación es a examinar a fondo la conducta anterior y los resultados (40-42). La infidelidad y rebeldía deben ser reconocidas con franqueza porque eso produjo la indignación del Señor y los castigos subsecuentes. Debido a que el pacto con Israel era eterno “se insta a la nación a que haga un inventario espiritual y se vuelva en actitud penitente hacia su Dios. Una vez que se evidencia un sincero arrepentimiento, se puede esperar que los justos castigos de que han sido impuestos sean levantados y que la nación sea restablecida en su relación con Dios”.[4] El verbo “examinar” (hapas) “significa también ‘explorar’, ‘buscar’, ‘sondear’, rastrear’. Se trata, pues, de una búsqueda total, tanto en la superficie como en la profundidad. El verbo ‘averiguar’ (haqar) añade al anterior la precisión de la inspección o la investigación”:[5] “Examinemos con precisión nuestra conducta y convirtámonos a Yahvé”. ¿Cuántas veces tenemos que convertirnos al Señor? Las que sean necesarias. 

El llamado a la renovación espiritual apela a la motivación interna, y no a la clase de rituales externos de los que había habido un exceso en tiempos preexílicos (Jl 2.13). el proceso de catarsis espiritual debe empezar con la certidumbre de que la nacipon está bajo el juicio divino a causa de su iniquidad. Cuando se haya hecho una confesión sincera y total por el pecado, entonces Dios tendrá la oportunidad cierta de perdonar al pueblo por su pecado pasado. En este versículo se da un paso adelante al reconocer que la nación ha sido pecadora y rebelde.[6] 

Conclusión

Según este poema, la búsqueda y la invocación deben ir acompañadas del abandono de cualquier plan desatinado y de una verdadera vuelta sincera al Señor.[7] Se trata de todo un programa de espiritualidad y queda así claro el proyecto de las Lamentaciones como expresión del dolor, confesión del pecado y anuncio de la esperanza recuperada para otorgar sentido de futuro al pueblo de Dios: 

En un punto la lamentación comunitaria se asemeja al oráculo: durante el día de ayuno en el que se entona la lamentación, se solicita la ayuda de Dios y éste responde con la promesa de retornar su predilección por su pueblo. En este sentido, estos cantos predicen un futuro mejor que se resume en el retorno de la especial relación entre el pueblo elegido y su Dios. El valor oracular de la lamentación reside, entonces, en su poder de convocar el renacimiento de la esperanza.[8]


[1] Armando J. Levoratti, “Lamentaciones”, en A.J. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Antiguo testamento. Vol. II. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 878.

[2] R.K. Harrison, Jeremías y Lamentaciones. Buenos Aires-Downers Grove-.Grand Rapids, Ediciones Certeza-Subcomisión Literatura Cristiana, p. 256.

[3] Ibid., p. 257.

[4] Ídem.

[5] Víctor Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2004, p. 304.

[6] R.K. Harrison, op. cit., p. 258.

[7] V. Morla, op. cit, p. 305.

[8] Alexánder Sánchez Mora, “Las Lamentaciones de Jeremías y La Reconquista de Talamanca. La parodia de un intertexto bíblico en una novela bananera”, en Káñina. Revista de Artes y Letras de la Universidad de Costa Rica, vol. 31, núm. 1, 2007, p. 32.

viernes, 17 de enero de 2025

"Es bueno el Señor con quienes le buscan" (Lamentaciones 3.25-27), Pbro. Samuel Gallegos G.

19 de enero, 2025

Estereograma

El libro de Lamentaciones no tiene como propósito exaltar la bondad y misericordia de Dios, ni hacer una apología de su naturaleza clemente. Tampoco pone en duda su gracia y compasión. Al contrario, afirma que el amor de Dios se renueva cada mañana, revelando su fidelidad. Sin embargo, lo que este libro nos muestra es que cuando el pueblo rechaza a Dios y quebranta el compromiso de fidelidad con Él, se generan consecuencias, y una de ellas es que Dios puede retirar su bondad y su amor. Esto lleva a dejar de percibir esos atributos divinos y a experimentar soledad, abandono y desesperación.

Aunque Israel cree que Dios no los abandonará en esa soledad, la experiencia de abandono es real para ellos. En cierto sentido, el libro de Lamentaciones refleja una interrogante profunda: Se nos ha enseñado que Dios es bueno, justo, amoroso, compasivo, bondadoso, que ama a su pueblo como una madre ama a su hijo, que siente una compasión entrañable por nosotros, que perdona, que su gracia es infinita, pero ¿dónde está eso? Lo afirmamos, lo creemos, pero ¿por qué no lo vemos?

Este texto no es fácil de predicar, especialmente porque su tono es sombrío y deprimente. Reitera una y otra vez que el pueblo experimenta la ausencia de Dios, lo cual les duele profundamente. Todo lo que ocurre en Jerusalén, para ellos es una prueba palpable de que Dios los ha dejado solos. Y lo expresan abiertamente, señalando realidades que para ellos demuestran que Dios no está presente.

Lamentaciones también deja claro que tanto la sociedad jerosolimitana como el autor del texto, saben que han pecado una y otra vez contra Dios. Sin embargo, en lugar de culpar a Dios por lo que les sucede, el autor reconoce que lo que están viviendo es justo, y sostienen que Dios es misericordioso. Esta misericordia, sale como una plantita entre los escombros, surge entre la descripción de cómo Dios los ha sumido en la oscuridad, les ha quebrado los huesos, los ha dejado como cadáveres abandonados, encarcelados, con todas las salidas cerradas. La misericordia, aquí, es una plantita que apenas se asoma entre oraciones no escuchadas, crece entre tener atrofiado saber hasta lo que es estar bien.

Este escenario plantea preguntas profundas: ¿Cómo hablar de Dios en tales circunstancias?

¿Cómo ser honestos acerca de quién es Él y cómo actúa en nuestras vidas? ¿Qué hacer cuando no percibimos a Dios como misericordioso o amoroso? ¿Debemos ignorar nuestras experiencias de abandono o debemos admitir la tensión entre lo que vivimos y lo que creemos sobre Él?

En Lamentaciones, Dios permanece en silencio. No hay ningún Y dijo Dios, ningún y vino a mí palabra de Dios, diciendo. El libro es un grito hacia el vacío, una conversación con un Dios aparentemente ausente. El pueblo de Israel enfrenta esta realidad con este texto acróstico, que probablemente fue escrito por varios autores anónimos, con el fin de dar forma poética a un dolor profundo. Tal vez, este género literario se eligió para aportar algo de belleza, en medio del sufrimiento, como una forma deendulzar” el oído de Dios, con la esperanza de que Él respondiera. Pero como leemos, Dios no responde y a Israel le parece que este silencio se prolonga por demasiado tiempo. Israel expresa su dolor y sufrimiento utilizando todo el abecedario, de la Alef a la Tet, hasta que el abecedario ya no basta y terminan pensando que a Dios nunca se le va a pasar el enojo.

La experiencia de fe del pueblo de Israel también incluye la vivencia de sentirse abandonados por Dios, la sensación de que Él parece estar ausente. Esta es una parte integral de su fe. En nuestras propias vidas, ¿hemos experimentado alguna vez la sensación de que Dios está lejos? ¿Nos permitimos explorar esas experiencias para conocer más de nosotros mismos y de Dios, o preferimos reprimirlas? ¿Debemos suprimirlas o sería mejor integrar esas experiencias en nuestra fe, reconociendo que forman parte de un proceso más amplio de crecimiento espiritual?

 

El centro, del centro, del centro

Ya se ha dicho que la poesía hebrea se caracteriza por su estructura concéntrica. El Dr. Alfredo Tepox hace referencia a esta característica en una entrevista titulada También de dolor se canta,[1] señalando que en la poesía, tanto el inicio como el final están dirigidos hacia el centro, hacia el cleo del mensaje. En el caso de Lamentaciones, el centro del libro se encuentra en el capítulo tres, y dentro de éste, el centro son los versículos 21 al 24 y dentro de ellos, el centro es el corazón humano. En estos versículos, se halla el cleo de la reflexión del autor.

Los versículos dicen:

 

21 Esto recapacitaré (shub,[2] traer a), en mi corazón, por lo tanto esperaré (yakjal, esperar doliente).

22 Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.

23 Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.

24 Mi  porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré (yakjal).

 

En este pasaje, Dios no justifica sus acciones ni ofrece consuelo inmediato para los habitantes de Jerusalén, quienes han violado el pacto. Esta ausencia de Dios deja a Israel enfrentado solo a su sufrimiento y a su causa, lo deja con su fe como único recurso en su situación de abandono. El silencio de Dios intensifica el dolor, pero también permite que Israel se concentre en su sufrimiento y reflexione profundamente desde lo más íntimo de su ser.

¿Qué puede hacer el pueblo ante esta realidad? La respuesta es volver, regresar al centro de su ser, a su corazón. Allí está la experiencia de lo realmente valioso. Este regreso implica traer nuevamente a la mente la gracia de Dios (hésed), así como la compasión divina (rakjám), representada como el vientre materno de Dios. Al regresar al corazón, el autor descubre que la vida sigue presente: aún están vivos gracias a la misericordia de Dios. Aunque la situación sea devastadora, el hecho de estar vivos es prueba de la fidelidad de Dios, que no los ha consumido. Si Dios hubiera querido destruirlos, ya lo habría hecho. ¡Siguen vivos! ¡Hay esperanza! Por ello, la única respuesta es esperar, con la certeza de que la fidelidad de Dios se renueva cada día, aun en medio del dolor.

 

Lo bueno en medio del sufrimiento

Estar vivo es bueno, que haya esperanza es bueno. Que Dios renueve su misericordia cada día es bueno. Pero debe haber algo más que sea bueno.

 

25. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca (RV60).

 

Dios es bueno. Dios es gracia y compasión materna. Lo sabemos, lo hemos experimentado. Pero en el sufrimiento de hoy, lo que es bueno es esperar en él, lo que es bueno es buscarlo con dedicación, indagar su presencia con pasión, y hay que poner toda la respiración en ello. Y aquí, la palabra esperar es clave. La palabra que se traduce esperar, en el hebreo cambia en este v. 25, respecto de la palabra que se traduce esperar en los vv. 21-24. Mientras en estos versículos se usa yakjal, que se refiere a una espera doliente, en este v. 25 se usa cavá, que significa esperar para amarrar. La primera vez que se usa esta raíz es Génesis 1:9-10. Dijo Dios: Júntense (yiqqavu) las aguas que están debajo de los cielos en un solo lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Dios llamó a lo seco tierra, y al conjunto (ulemicvé) de las aguas lo llamó mares. Y vio Dios que era bueno.

Digamos que las aguas del corazón de Israel están allí, esperando, a que Dios dé la orden de que se amarren, se unan, se junten con Él e Israel vuelva a sentirse unido a su Señor. Eso es lo que buscan respirar (nefesh) los israelitas con pasión: amarrarse a Dios, porque eso es bueno y bueno también es hacerlo con todo el ser.

En medio de esta desolación sufriente, volviendo al centro, ¿hay alguna otra cosa buena?

 

26 Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. (RV60)

 

En este versículo, cambia el modo de espera. Retoman la espera doliente (yakjal) por la salvación de Dios, pero ahora en el contexto del silencio. La raíz damam, que se traduce como silencio, se refiere a la mudez que se asocia con la paciencia necesaria para ser escuchado y comprendido. Este silencio parece estar vinculado a una espera doliente de carácter penitencial, ya que la raíz damam aparece previamente en Lamentaciones 2:10, donde se describe a los ancianos de la hija de Sion, quienes se sentaron en tierra, callaron (damam), echaron polvo sobre sus cabezas y se ciñeron de cilicio.

¿Qué sigue después de este silencio lleno de dolor? La respuesta es: ser paciente, esperar con conciencia de pecado a que Dios, en alguna de esas mañanas en que su amor se renueva, lo haga real a través del pern y la compasión. Este tipo de espera es valiosa, ya que se practica en una actitud sensible y silenciosa, reconociendo el pecado cometido, y confiando en que Dios responderá en su tiempo.

Más adelante, la idea del silencio, de estar callado, tomará un nuevo giro.

 

27 Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. (RV60)

 

La palabra clave en este versículo es la que se traduce como “hombre. No se trata de ish (varón), ni de adam (hombre en sentido genérico, humano), ni de enosh (hombre débil o mortal), sino de  guéber, que se refiere a un hombre fuerte, vigoroso, y que en algunos contextos se utiliza para describir a un guerrero valiente. En su sentido negativo, guéber también puede implicar soberbia. Así, podría interpretarse como: Es bueno para el joven que se cree invencible, aprender del sufrimiento desde su juventud.

Es importante aclarar que Lamentaciones no presenta el sufrimiento como algo sin sentido. La obra deja claro que el sufrimiento proviene del pecado cometido contra Dios. En este versículo, el mensaje parece ser que, aunque nos sintamos fuertes, invencibles o lo seamos, debemos recordar que pecar contra Dios trae consecuencias tgicas y dolorosas, con las cuales no es fácil lidiar.

Para entender mejor el uso de guéber, podemos referirnos al libro de Job. Job sufre de lo que parecería ser un sufrimiento sin sentido; sin embargo, tiene el privilegio de que Dios lo escucha y le habla. Pero, ¿cómo le habla Dios? Después de que Job expresa todo lo que tenía en su corazón, Dios lo llama dos veces y lo confronta en ambas de la misma manera, no como ish, adam o enosh, sino como guéber, diciéndole: "Ciñe como varón (guéber) tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás" (Job 38:3; 40:7). Luego, Dios lo somete a una serie interminable de preguntas, como si le dijera: Te crees intocable e invencible, pues demuéstralo y contesta mis preguntas.

Volviendo a Lamentaciones 3:27, parece que este versículo nos dice que es bueno para los hombres jóvenes, por muy invencibles que se sientan, aprender a enfrentar las consecuencias de sus acciones y el sufrimiento por sus pecados y hasta respetar el silencio de Dios. Y me parece que la idea queda clara en los vv. 28-33:

 

28 Que se siente solo y calle (damam), porque es Dios quien se lo impuso (el sufrimiento).

 

¿No le basta con callar? Entonces,

 

29 Ponga su boca en el polvo, por si aún hay esperanza (tikvá).

 

¿No se calla ni así? Entonces,

 

30 Dé la mejilla al que le hiere, y sea colmado de afrentas.

31 Porque el Señor no desecha para siempre;

32 Antes, si aflige, también se compadece (rahum) según la multitud de sus misericordias (hesed);

33 Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.

 

Podemos concluir que, en el sufrimiento causado por el pecado, es sabio esperar en silencio la salvación de Dios.

 

Conclusión

El libro de Lamentaciones presenta la espera en Dios como algo valioso y necesario en medio del dolor, abordándola desde varias dimensiones profundas y reflexivas. En este contexto, la esperanza se entiende no solo como un deseo o un anhelo, sino como un concepto que se remonta a su raíz hebrea cavá, que significa amarrar o atar. De esta raíz se deriva la palabra tikvá, que se traduce como “hilo o cordel. Esta metáfora sugiere que la esperanza es un cordel de vida que uno recibe de Dios, para sacarnos de algún agujero imposible.

El Salmo 62:5, nos ayuda a entender: Solo en Dios está en silencio (damam) mi vida, porque de él es mi esperanza (tikvati). Este versículo resalta la relación inseparable entre la vida, el silencio interior, confianza y la esperanza. El término damam implica un silencio profundo, uno que no es pasivo, sino un silencio cargado de confianza en que Dios nos va a lanzar su mecate poderoso, para sacarnos del agujero negro en el que estamos. El silencio viene después del clamor, la espera viene después de la petición, la confianza aquieta nuestras emociones y se dispone a recibir el cordel de vida divino.

Lo que se resalta aquí es que, pase lo que pase, no importa cuánto se sufra o que tan prolongado sea el tiempo en que se enfrente al dolor más profundo, la vida debe buscarse con todo el ser, amarrarla a Dios, incluso aunque duela, porque Él es la fuente de esa esperanza y en Él está nuestra salvación.



[1] “También de dolor se canta”, entrevista a Alfredo Tepox, canal de Luis Rogelio Garabito del Cid. minutos 44:56-45:19, www.youtube.com/watch?v=kneta82pp8c&t=3407s. También Víctor Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2004, p. 33.

[2] Para los términos hebreos, Luis Alonso Schökel, Diccionario bíblico hebreo-español. 2ª ed. Edición preparada por Víctor Morla y Vicente Collado. Madrid, Trotta, 1999.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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