miércoles, 29 de junio de 2022

Una iglesia saludable: propósito central de la existencia de la comunidad (Mateo 25.14-30), Rev. Dr. José Alcántara Mejía

26 de junio de 2022

1. ¿Cómo acercarse al texto que hemos escuchado?

Las parábolas de Jesús son tal vez los textos más sorprendentes porque se prestan a una gran variedad de lecturas. La que nos ocupa hoy ha sido utilizada para respaldar una “teología de la prosperidad” que promueve el capitalismo neoliberal, y no son pocos los manuales empresariales que recurren a ella como un modelo de sabiduría económica. Y, por supuesto, se utiliza frecuentemente para hablar de la multiplicación de los recursos y el crecimiento numérico de la Iglesia.

¿Pero cuál sería una lectura bíblicamente correcta de esta parábola? Para responder a ello necesitamos comenzar señalando que el todo es lo que da sentido a las partes. Este es un axioma válido para cualquier escrito que es parte de un texto mayor, sea un fragmento de una novela, un poema o un manual científico.

Mas la Biblia no es cualquier texto, es el espacio en que se revela la Palabra de Dios. Una Palabra y su revelación que ha estado presente como una constante a lo largo de toda la Biblia. Por ello la Biblia es consistente consigo misma de principio a fin y por ello la revelación de la Palabra no se encuentra sólo en un fragmento sino en toda la Biblia.

En el texto que nos ocupa, de no seguir este acercamiento el sentido de la parábola es trivializado hasta llegar a interpretaciones completamente contraria a su sentido correcto.

Así que lo quiero hacer es empezar por señalando aquella totalidad narrativa de la cual la parábola es una parte y, desde ahí, tratar de comprender su sentido legítimo. Y esto, espero, nos llevaría a al objeto de mi predicación: ¿Qué es una iglesia saludable y cuál es la razón de su existencia, en particular en vista de la celebración del aniversario de esta comunidad?

 

2. El contexto bíblico para comprender la parábola

Espero que concordemos en que la Biblia mantiene una narrativa consistente lo largo de todos sus textos. Una narrativa que afirma desde el principio que la naturaleza del ser humano radica en haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, cuyo propósito y sentido de su vida es conformar un pueblo, una comunidad, cuyo fin es cuidar y labrar la tierra, es decir, la Creación misma y todos sus componentes, incluyendo el mismo ser humano.

Pero también desde el principio la Biblia nos deja con una interrogante ¿Qué significa ser imagen y semejanza de Dios? La Biblia nos lleva entonces al acontecimiento específico en que Dios mismo revela su Gloria a Moisés, es decir, su carácter, que es lo que quiere decir la palabra gloria en Éxodo 34: 6-7 Dios se declara.

 

¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.

 

A pesar de que los teólogos posteriores añadieron innumerables atributos a Dios, lo cierto es que Dios mismo sólo revela dos cosas de sí mismo: Su compasión y su justicia. Este es su carácter, de tal manera que todo lo demás que queramos decir sobre Dios no es más que especulación.

Dios es amor, nos dice Juan en su primera carta, haciendo eco de la revelación ante Moisés, y añade más adelante “¿Cómo se puede amar a Dios a quien no ves y no a tu hermano al que si ves?”. Pues el amor de Dios y su justicia son indisolubles, y el amor a Dios sin la práctica de la justicia es hipocresía.

De esta manera, sobre la pregunta de la identidad primigenia del ser humano, la Biblia también lo deja claro desde el principio. Tenemos el carácter de Dios, su compasión y su justicia, ambas indispensables para cuidar y labrar la tierra y a los seres vivientes, incluyendo al prójimo y especial al más vulnerable.

Esta es la constante imprescindible de toda la historia bíblica del Antiguo Testamento. Jesús mismo lo atestigua en su predicación y su obra. Pero en él queda claro que esto es absolutamente sólo por la Gracia de Dios, y esto se convierte en el mensaje central de Evangelio que los apóstoles desarrollan en los evangelios y sus propios escritos.

Entendemos pues que el carácter de Dios es un don otorgado a todas las personas sin distinción de ningún tipo, es el tesoro guardado en el cuerpo de barro del ser humano, de ese polvo en el que el Espíritu Divino insufló su propio carácter para que fuera un ser consciente de su identidad y de la razón de ser de su existencia.

Poseemos, pues, el carácter de Dios, su justicia y su compasión; esta es nuestra identidad, y el propósito de nuestra vida es precisamente ser lo que somo, ejercer lo que somos, ser justos y compasivos, ser Santos como Dios es santo.

 

3. El contraste: la injusticia y la impiedad del mundo

Desde luego, hay otra parte de la narración bíblica que cuenta cómo este ser humano quiso añadir algo a lo que ya era: el conocimiento del bien y del mal, a pesar de la advertencia divina de que no lo hiciera. Una advertencia tan clara como cuando le decimos a nuestra hija o hijo: si metes la mano en el fuego, te vas a quemar, te va a doler muchísimo y te quedará una cicatriz horrible que te acompañará toda la vida y que se llama el permanente temor a la muerte.

Y sí, el hombre y la mujer cedieron a la tentación de adquirir el conocimiento del bien y del mal; y sí, comenzaron a utilizarlo para dividir el mundo entre lo que es bueno y lo que es malo según su propio criterio, es decir, con el criterio de que lo malo es lo que no soy yo y lo bueno lo que si soy yo. El conocimiento del bien y del mal fue la excusa para la discriminación, el racismo, la marginación, la violencia, la mentira, la explotación de unos por los otros, etc., en fin injusticia e impiedad. 

El ser humano primigenio que no conocía el bien y el mal sólo conocía la justicia y el amor, y su criterio sólo podía ser ¿es esto justo, es un acto de amor? No había necesidad del bien y del mal porque ya se tenía el carácter de Dios. El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer lo resume de esta manera: “Quien tiene a Dios no conoce ni necesitaría saber del bien y el más, sólo conoce a Dios”.

Así que podemos decir que esto que llamamos la caída resultó en la invención del bien y del mal, de una moralidad hipócrita, de una excusa para evadir la responsabilidad propia culpando al otro, de una ley para oprimir a los más vulnerables y exaltar a los poderosos. Eso que llamamos pecado es simplemente egoísmo, es someterse al instinto de sobrevivencia, a la ley del más fuerte, a vivir siempre con el temor de que alguien más me aplaste y por tanto yo debo aplastarlo primero, rechazando la autoconciencia de la justicia y el amor que nos hace verdaderamente humanos para convertirnos en entes puramente biológicos.

Desde luego, la verdadera identidad del ser humano permaneció en él, pero fue cubierta por la máscara de la falsa identidad, que eso quiere decir hipócrita, una máscara que seguimos llevando y que nos impide reconocernos a nosotros mismos como lo que realmente somos, como Dios nos ve, como sus hijas e hijos amados.

La narrativa bíblica nos muestra entonces que esa es la historia que la humanidad se ha construido, pero a la vez afirma una y otra vez que esa historia no refleja lo que realmente somos sino lo que continuamos fingiendo ser.  La historia bíblica muestra las persistencia de Dios, la fidelidad de Dios a su propia imagen y semejanza, en el llamado de personajes clave de la historia divina, de un pueblo que sería diferente a los otros pueblos, y finalmente, en un hombre que sería el mimo Dios encarnado para mostrar cual era la verdadera identidad humana: Jesús de Nazareth, llamado a ser el Mesías.

 

4. Las buenas nuevas del Reino de Dios

Pero la caída no es el mensaje más importante de la biblia. Esto es sólo el trasfondo que hace que el Evangelio sea tan importante y poderoso en la redención de la identidad humana. Por eso somos llamados a proclamarlo a los cuatro vientos 

En Mateo, Jesús comienza su ministerio anunciando que nosotros somos la luz del mundo y la sal de la tierra, y nos llama a buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, es decir, a recuperar nuestra identidad primigenia siguiéndole a él como la encarnación de Dios, de ese amor y esa justicia que nos lleva a descubrir y a transformarnos en lo que realmente somos: hijas e hijos de Dios. Él mismo muestra a lo largo de su vida lo que esto significa, con sus palabras y sus acciones, de tal manera que cuando llegamos a la parábola de los talentos no debería quedar duda de que es aquello a lo que ésta se refiere. Es el final del ministerio terreno de Jesús, y la urgencia de que los discípulos comprendan plenamente lo que tienen demanda un llamado de atención. ¿Se han dado cuenta por qué los he llamado? ¿Saben cuál es su misión en la tierra? ¿Comprenden en qué consiste su identidad y el don que Dios les ha dado para realizar esa identidad y esa misión?

 

El reino de los cielos es como un hombre que dio talentos a tres siervos para ver qué hacían con ellos mientras él estaba lejos. Los talentos eran un regalo, entregado sin ninguna condición, pero con una expectativa de que los siervos los usaran, los invirtieran, los multiplicaran. Uno podría decir que los talentos eran ellos mismos, porque su manera de usarlos iba a mostrar su verdadero carácter.

En la parábola, el hombre que se va, sólo puede ser Jesús mismo.  Jesús ha sido para los discípulos y para nosotros el paradigma por excelencia de la verdadera identidad humana, la imagen y semejanza de Dios, y lo muestra una y otra vez en su obra y en su enseñanza.  Él es nuestro referente concreto de lo que podríamos ser si aceptáramos ser lo que realmente somos y no la máscara que nos hemos puesto los unos a los otros. Por ello los evangelistas escriben el Evangelio, para mostrarnos quienes somos en Jesús. Y por eso el encargo del hombre a sus siervos, porque no los considera siervos sino personas responsables que sabrán que hacer con el don recibido. De ahí que su encargo es por su inminente partida, pero también por su inevitable regreso. Y en este periodo de tiempo histórico, el deja a los siervos con una misión.

Si comprendemos esto entenderemos que los talentos de nuestra parábola no tienen que ver para nada con inversiones o intereses, con dinero o con la creación de capital, sino con la compasión y la justicia con la que hemos recibido como imagen de Dios y la pregunta inevitable es ¿qué estás haciendo con eso?

Como hemos visto, el trasfondo de la narrativa bíblica invita a la pregunta y a una respuesta. ¿Qué se espera entonces que hagamos? Es obvio ¿no? Usarlo, multiplicarlo, hacer que rinda fruto, que todo mundo. ¿Y si los talentos son el reino de Dios y su justicia y su compasión? Pues que se manifieste que la justicia y la compasión es una realidad, que puede multiplicarse y rendir fruto, a la vez, mostrar que las mentiras del mundo son precisamente eso, mentiras. Que lo que calificamos como bien y mal es una parodia de la verdadera justicia y el amor, y que sólo sirve para crear temor y con ello, someternos a los poderes del mundo.

Hemos recibido un tesoro, pero lo tenemos en ollas de barro, como nos dice Pablo en segunda de Corintios. Creo que todos somos conscientes de los tiempos en que vivimos, que no son diferentes a otros tiempos, sólo que ahora los padecemos nosotros en carne propia, en este contenedor frágil de barro que puede quebrarse en cualquier momento, y eso nos atemoriza y nos angustia. Una pandemia, la corrupción política rampante, la desigualdad y la discriminación que se agudiza y polariza a la sociedad, la violencia, el aumento incontrolado de la desigualdad económica y, por tanto, de la pobreza y el egoísmo. Y todo esto afecta la salud social, espiritual, psicológica, que toca aún a las comunidades de fe.

 

CONCLUSIÓN

Una iglesia saludable, una iglesia que manifiesta el amor y la justicia de Dios

La parábola nos recuerda, sin embargo, que tenemos algo que se nos ha sido dado desde el principio, de tal manera que es el momento de considerar ¿y qué hacemos con ello? La respuesta está a la vista. Puedes ponerlo a trabajar, o puedes enterrarlo por temor y vivir angustiado.  Me gustaría pensar que la iglesia, esta iglesia, es y será una comunidad saludable en la medida en que busque primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás será añadido. Debe ser la luz del mundo, la sal de la tierra, en fin, debe invertir y multiplicar lo que ya tiene desde el principio.  Y continuará siendo saludable también en la medida en que lleve constantemente su razón de ser, cuidar y labrar la tierra para los demás.

“Y todo lo demás será añadido”: la tranquilidad material y espiritual, la satisfacción, la alegría, el gozo de ver y experimentar la realización de la justicia y el amor en nosotros y entre nosotros y nosotras. Y entonces la oración, nuestro culto, nuestra alabanza, nuestra vida comunitaria, será más significativa y enriquecedora no sólo para nosotros sino para todos aquellos que comiencen a buscar primeramente el reino de Dios y su Justicia, y descubran los talentos que ya tienen, y se unan y se multipliquen.

Mi experiencia de esta comunidad a través de los años que he tenido la bendición de conocerla es que es una iglesia saludable y con un propósito evidente.  Lo sé por las amigos y amigos con los que he compartido. Y espero, por la gracia de Dios, que esto siga avanzando durante muchos años y varias generaciones, porque para ello fue creada, para diseminar su amor y su justicia.

Éste es el talento, el regalo, la Gracias de Dios dada a todos los seres humanos sin distinción ni discriminación, el don de la verdadera humanidad, el don que da sentido y propósito a la vida. 

Y la Gracia de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo sea con ustedes ahora y siempre. 

El Señor nos bendiga y nos guarde.

El Señor haga resplandecer su rostro sobre nosotros

Y tenga compasión de nosotros.

El Seños con vea con favor y nos de la paz. Amén.

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