11 de septiembre, 2022
La justicia engrandece a una nación,
el pecado cubre a los pueblos de vergüenza.
Proverbios 14.34, Biblia La Palabra (España)
Trasfondo
Muchas grandes y memorables formulaciones de la Biblia están expresadas en
frases breves y contundentes, capaces de quedarse en la memoria de generaciones
enteras. El género literario de los Proverbios lleva esa capacidad comunicativa
a grandes alturas, pues muchos de los que podemos recordar la manifiestan
notablemente. Algunos de los que podemos repetir provienen directamente de la Biblia
del Oso: “El principio de la sabiduría…” (1.1); “La mujer sabia edifica su
casa…” (14.1); “Hay camino que al hombre le parece derecho…” (14.12); “La
blanda respuesta quita la ira…” (15.1a); “En todo tiempo ama el amigo…”
(17.17); “Instruye al niño en su carrera…” (22.6); “Engañosa es la gracia…”
(31.30). Uno de esos apotegmas o resúmenes mínimos es el que nos ocupa hoy: “La
justicia engrandece a una nación”, incluso sin mencionar la segunda parte del
versículo. George Steiner observó muy bien la influencia práctica que pudo
tener esta obra grandiosa: “Aunque aparentemente heterogéneo, este libro llegó
a tener una influencia coherente. Su ideal implícito y explícito es un ideal de
humanismo religioso, de integridad moral e intelectual de hombres y mujeres en
su búsqueda de un conocimiento del único Dios. La humanidad se extravía en el
error y el orgullo, pero la guía divina nunca está demasiado lejos”.[1]
Proveniente de una época en que la religión se imponía
como condición absoluta para todas las áreas de la existencia este libro
presupone la aceptación total e indiscutible de las afirmaciones que se hacían
en nombre de Dios. Si “el rey representaba a Yahvé en la tierra, esto
significa, por un lado, que Yahvé le había dado el poder de juzgar con
justicia... Por otro lado, era responsable ante Yahvé por sus acciones: su
trono sólo estaba seguro mientras actuase con justicia”.[2] Hoy la situación ha cambiado, por lo que las afirmaciones de Proverbios deben
ser ponderadas por las ideas y el tipo de gobierno que prevalecen como
resultado de la dinámica histórica.
“Un pueblo numeroso es la gloria del rey” (vv. 26-30)
“Los Proverbios dejan claro que, aunque el rey se sitúa en el escalón más
alto de la sociedad, su autoridad sólo está legitimada si, como cualquier
persona, actúa buscando la justicia como fin por medio de la sabiduría”.[3] La figura del rey debía ser respetada al máximo, aun cuando también era su obligación
apegarse a los estatutos divinos y a la intención original de la Ley para todo
el pueblo. Para los autores de los Proverbios:
…el rey ideal es aquel que está atento al clamor de los oprimidos, hace suyos sus sufrimientos, no oprime a la viuda ni despoja al huérfano y repudia la riqueza adquirida injustamente; aquel que hace justicia al pobre y libera al oprimido de su opresión. Pero no sólo al rey, sino a cada individuo del pueblo se le llama a tomar partido en favor del oprimido y se le invita a la solidaridad, generosidad y misericordia para con él. Dios no es neutral frente a la opresión, tampoco lo puede ser ninguna persona de su pueblo.[4]
Hacia esa realidad idealizada apunta el v. 28 al referirse al número de población sometida a un monarca, pues un pueblo numeroso producía orgullo y honra al rey: “…ser rey de un pueblo numeroso e importante es más glorioso que ser príncipe de un pueblo diminuto. […] El proverbio implica además una lección y un consejo: la grandeza y el honor del rey no consiste en sus riquezas y en el esplendor de su corte; el rey está en función del pueblo. Es su responsabilidad hacer que el pueblo crezca y prospere; si lo esquilma y hace disminuir, la ruina recaerá sobre él”.[5]
“La justicia engrandece a una nación” (vv. 31-35)
La sección abre con un proverbio que acerca la realidad de la pobreza al
honor de Dios, el Creador o Hacedor: si había pobreza en Israel, como explica
Dt 15.1-11, es por la codicia de algunos, dado que, si todos respetasen la ley
divina, no los habría.[6]
Las dimensiones de esta visión rebasan, con mucho, las expectativas
meramente altruistas, pues la dimensión teológica del problema es llevada a su
máxima expresión al poner en juego nada menos que la honra de Dios al apiadarse
de quien se encuentra en apremio y recibe la atención requerida. Así lo plantea
la ley en Dt 15.7-8. Acaso por ello el refrán se repite en 17.5, con un
agregado duro y llamativo: “…no queda impune el que se alegra de su mal”. Es,
pues, todo un planteamiento acerca de la justicia social, una veta que el libro
desarrolla en diversos momentos, pues afirma que “se condena al que no lo
auxilia: y se bendice a quien lo hace”: “El que cierra su oído al clamor del pobre / tampoco
será escuchado cuando pida ayuda.” (21.13); “Bendito
sea quien ve a otros con bondad / y comparte su pan con el indigente!” (22,9). “El que da al pobre, nunca a pobre
llegará; / el que se niega a verlo, será maldecido” (28.27).
El rey que juzgue “con verdad a los pobres” permanecerá en el trono (29.14); “Habla
en su lugar, y hazles justicia; / ¡defiende a los pobres y menesterosos!” (31.9).[7] “Al pobre hay que ayudarlo como exigencia de la alianza (22.9; 29.13).
Nuestro comportamiento para con él es como si lo fuera con el mismo Dios”.[8] Se aboga por un cambio interior, no exterior, necesariamente:
Al igual que la enfermedad, la pobreza se consideraba
una desgracia a la que generalmente estaban expuestos los seres humanos; y en
cada generación siempre habrá algunas personas afligidas por ella. En la
literatura de sentencias, aunque no en las otras partes del libro, se hace
algún intento por discernir sus causas; pero en ninguna parte se prevé la
posibilidad de eliminarlo.
No existe la noción de que se deba a una falla en la
organización de la sociedad que pueda corregirse, ni la percepción de que se
pueda ayudar a los individuos empobrecidos de tal manera que se les devuelva la
prosperidad y el lugar que les corresponde en la vida de la sociedad.
comunidad. Aparentemente, la noción de reforma social no era concebible. La
preocupación por los pobres, entonces, se limitaba necesariamente en su
expresión a la protección de tales personas de la explotación y, si era
posible, a su preservación de la inanición real mediante actos de caridad.[9]
El texto desemboca en lo que acontece con una nación
que practica la justicia, con lo que “aterriza” en las situaciones concretas de
exigencia para la vida estable de una sociedad. Si bien Israel fue siempre
desafiado por Yahvé para ser una verdadera nación alternativa, eso no se
alcanzó necesariamente y la forma del Estado se pareció cada vez más a las de
los pueblos circunvecinos. La duda sobre si era posible superar ese esquema
sigue flotando en el ambiente. Para lograr que una nación se engrandezca mediante
una sana administración de la justicia se requiere la creación de estructuras
sólidas en ese campo, tal como insistieron las leyes del Pentateuco para
controlar la vida social. Además del número poblacional (v. 28) hacía falta que
reinase la justicia.
Conclusión
Repartidas en las colecciones de refranes se encuentran muchas sentencias
relacionadas con cuestiones políticas, sociales, del pueblo, del gobierno y la
justicia. Es una cantidad notable de afirmaciones que van desde la descripción
simple del poder político, hasta la crítica directa de actitudes y conductas
nocivas para la vida social y colectiva. Más específicamente: “Al estudiar los
caps. 25-29, también atribuidos a Salomón, notaremos esta misma preocupación
teológica y social por recordar a las autoridades (rey, juez, poderosos) que su
poder y sus acciones no pasan desapercibidas a Yahvé”.[10] En nuestro tiempo, asistimos a nuevas transformaciones del Estado. Así lo
expone la profesora brasileña Marilena Chauí:
El Estado posmoderno, es decir, neoliberal,
disminuyó institucionalmente en el sector ligado a los servicios y bienes
públicos, y por lo tanto cortó el empleo de fondos públicos para cubrir
derechos sociales, canalizando casi la totalidad de los recursos para atender
al capital. Si articulamos el modo de operación del mercado y el achicamiento
del Estado en el área de los derechos sociales, veremos a la barbarie
contemporánea en plena acción: la exclusión económico-social, la miseria y el
desempleo llevan a la desigualdad y a la injusticia social a su máximo, tanto
en las relaciones entre clases en cada país como en las relaciones internacionales.[11]
¿Cómo poner a dialogar al libro de los Proverbios con este
tipo de afirmaciones? ¿Con una acumulación de versículos a favor o en contra de
lo que dice? ¿O negando que la realidad de los Estados es autónoma de los
factores religiosos presentes en los diversos países y tratando de imponer esos
criterios? ¿Cómo podemos aplicar la enseñanza sapiencial de proverbios en
nuestro tiempo y situación?
[1] G. Steiner, Un
prefacio a la Biblia hebrea. Madrid, Siruela, 2004, p. 97.
[2] Raymond N. Whybray, “Yahweh-sayings and their
contexts”, en La Sagesse de l’Ancien Testament, p. 159, cit. por M.
García Bachmann, “Libro de los Proverbios”, en RIBLA, núm. 52, p. 12.
[3] Inmaculada
Rodríguez Torné, El libro de Proverbios: tres textos, tres lecturas: el
trasfondo sociocultural de los escritores, traductores, lectores y comunidades
receptoras de TM, LXX y Vulgata: el caso de Proverbios. Tesis doctoral.
Madrid, Universidad Complutense, 2011, p. 74.
[4] Rolando López, “La liberación de los oprimidos,
ideal y práctica sapiencial”, en RIBLA, núm. 9, 2001, p. 20. Énfasis
agregado.
[5] Luis Alonso
Schökel y José Víchez Líndez, Proverbios. Madrid, Cristiandad, 1984, p.
323. Énfasis agregado.
[6] Cf. Raymond N. Whybray, Wealth and poverty in
the Book of Proverbs. Sheffield Academic Press, 1990, pp. 14-15, en
donde se explica la terminología original para referirse a los pobres y
oprimidos.
[7] Inmaculada
Rodríguez Torné, op. cit., p. 90.
[8] Ídem.
[9] Raymond N. Whybray,
Wealth and poverty…, p. 113.
[10] Elsa Tamez, “La teología del éxito en un mundo
desigual. Relectura de Proverbios”, en RIBLA, núm. 30, 1998, p. 34,
www.centrobiblicoquito.org/images/ribla/30.pdf.
[11] Marilena Chauí, “Fundamentalismo religioso: la
cuestión del poder teológico-político”, en Atilio A. Boron, comp., Filosofía
política contemporánea: controversias sobre civilización, imperio y ciudadanía.
Buenos Aires, Clacso, 2002, pp. 121-122.

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