viernes, 10 de febrero de 2023

La extensión del amor divino, base de nuestra filiación como hijos e hijas (I Juan 3.1-3), Rev. Miguel Ortega Martínez


12 de febrero, 2023

El título para nuestro comentario de hoy es una verdad tan grande, que debemos y necesitamos creer y hacerla parte de nuestra vida diaria. 1 Juan 3.1-3 (Reina-Valera 1960). Estamos afiliados al equipo fraternal de hijos e hijas de Dios, y nuestro actuar diario debe estar en consonancia con esa verdad. Vivir así, es estar extendiendo el amor del Señor Jesús por todo el mundo.

Oremos: Amado Dios, estamos muy agradecidos por estar ante ti, seguros que nos darás una bendición, nos alegrarás el corazón, o nos darás una lección, pero, sobre todo, porque estás con nosotros. Recibe nuestra gratitud y nuestro amor. Señor, si algo nos mueve el espíritu, que estemos dispuestos a entender y hacer lo que conviene a nuestra vida diaria. Gracias porque puedo alegrarme con esta comunidad de fe que te ama y que amo. No te vayas de nuestra vida. Quédate con nosotros. Amén.

“Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios.” (1 Juan 4.7 RVC). 

Las herencias

Éste es el famoso mes del amor y la amistad, mes en el que se fabrican toneladas de chocolates, se cultivan toneladas de rosas, las fábricas de ositos de peluches y de tarjetas de felicitación no se dan abasto. Todo se vuelve patas arriba por culpa del amor y de la amistad. ¿Esto es malo? ¿es bueno? Malo para la economía que está en su cuesta más difícil por las navidades, los fines de año, los reyes magos, los tamales y el atole, y ahora el amor y la amistad. Es bueno porque nos recuerda que hay alguien a quien amamos y que nos ama y deseamos que la pase bien y le regalamos una sonrisa, un saludo, unos chocolates, etcétera.

Amor y amistad son dos palabras que encierran sentimientos importantes. Amor, por ejemplo, es el apego entre dos personas que les permiten encontrar felicidad, alegría, calma, deseo de estar siempre juntos y compartirlo todo. El que ama, lo da todo, el amor le da sentido a la vida. Desafortunadamente, el amor entre humanos es vulnerable; si en su primera fase es intenso y se dan todo entre ambos; en algunos casos cuando llega la fase del desamor, y ese amor se ha enfriado, entonces los antes enamorados se dan con todo llegando a la ofensa. Ese amor no es de Dios.

Amistad, en cambio es el vínculo formado entre dos o más personas, donde hay confianza, afecto, simpatía, respeto, etcétera. Si se ven, están contentos, si no se ven o no se reúnen, no pasa nada. Cuando se rompe una amistad por malos entendidos, se distancian, se olvidan. Ojalá este mes haya muchas manifestaciones sinceras de amor y de amistad y si es posible, también haya reconciliación de parejas o personas que se han distanciado.

¿Cuándo surgió esta costumbre? Se dice que allá por el siglo segundo, un sacerdote casaba a jovencitas con legionarios romanos, esto estaba prohibido porque un soldado con familia no lo daba todo en combate. El sacerdote fue descubierto, detenido y decapitado. Se llamaba Valentín. Y así Valentín se convirtió en el santo de los enamorados. ¿Verdad? ¿Mentira? ¡A saber! Ésta es una herencia social que podemos aceptar o dejar que pase de largo y tampoco pasa nada.

Pero también hay herencias malas y herencias buenas. Las buenas hacen hincapié en los valores morales, en el respeto a los demás, en la justicia, etcétera. Las malas herencias son producto de la violencia intrafamiliar golpes y violaciones que se transmiten de padres a hijos y dejan un sabor amargo de resentimientos, de enojo. Son herencias de muerte.

Tenemos otras herencias de vida. ¿Por qué cantamos? ¿Por qué oramos, por qué leemos la Biblia, ¿por qué escuchamos sermones? Porque es nuestra herencia protestante que nos caracteriza como seguidores de Cristo. 

La extensión del amor divino

Nuestra lectura de hoy nos remite al amor divino que Juan, el escritor de estas tres cartas, vivió de cerca en su caminar con el Señor Jesús. Pero hablar a esas pequeñas congregaciones no debió de ser tan sencillo en una ciudad como Éfeso. Éstas estaban formadas por gentiles o no judíos, eran personas sencillas con fuertes tensiones morales y espirituales. Por un lado, estaba la diosa Diana con su famoso templo al que acudían numerosos peregrinos. Por otro, estaba situada en la costa del Mediterráneo con mucho tráfico marino, bordeada de cantinas, centros de prostitución y numerosos lugares de distracción

Las iglesias en Éfeso, me pareciera que fueron plantadas en un lugar como el barrio de Tepito con sus teatros como el Blanquita, su cantina El Tenampa, los restaurantes típicos, los mariachis con sus sones, y en cada esquina un amor, etcétera. Imagine que usted forma parte de esa iglesia y a cada momento se le presenta una tentación. ¿Sería difícil para los efesios no? Los amigos, las antiguas amistades llamándolo o invitándola a sólo una y te vas.

Ya en tono más serio esta carta, es una introducción reiterativa para las iglesias en Éfeso. ¿Por qué reiterativa? para formar consciencia de quiénes eran para recibir el grandísimo regalo de ser hijos de Dios. Insiste Juan que su mensaje no es de oídas, sino de experiencia propia: ... lo que hemos oído, lo que hemos visto, hemos contemplado y palparon nuestras manos ... es la que nosotros les anunciamos a ustedes, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Porque nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.” (1 Jn 1.1-3)

También les escribe: “Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna”. ¿Por qué les dice esto? Éfeso era una ciudad cuyos habitantes vivían en tinieblas espirituales, por eso insiste que Dios es luz y que si dicen que están en Dios, pero su vida lo niega, están en tinieblas, y son mentirosos. Y esto también va para nosotros. La luz de Dios es justicia, honestidad, fraternidad, compasión, es vivir en armonía unos con otros, seguros que por la sangre de Jesucristo somos justificados ante el Padre.

Vivir en las tinieblas es vivir en el engaño, el odio, la injusticia, la vanidad, el egoísmo. En una palabra, es vivir asimilados a todo a lo que dicta la sociedad. Tal vez esto suene a fanatismo. Pero en esta afirmación de vida no hay medios tonos, y debe llevar a una vida que los haga diferentes.

Y ahonda más el compromiso cuando afirma: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”. Y esta forma de vida se manifiesta en el trato diario con el que es igual a nosotros: nuestro hermano; es una relación de aceptación, perdón, amabilidad hacia él para no pecar contra Dios. Y la reiteración para llegar a la gran verdad sigue: “El que ama a su hermano está en la luz. El que aborrece a su hermano está en tinieblas”.

Para meditarlo. ¿A qué hermanos amamos y a quiénes no? ¿Vivimos en la luz o en las tinieblas? Si hiciéramos una lista, muchos seríamos reprobados. (Ahora no piense en otra cosa. Piense en esta aseveración. Piense en su hermana, en su hermano. ¿Hay amor? ¿Hay odio? ¿Qué piensa hacer?)

Lea las cartas de Juan y verá que son repetitivas, apuntando al mandamiento eterno de los judíos ya analizado el domingo pasado. “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Estas palabras estarán en tu corazón, y se las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés en tu casa, y cuando vayas por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Deuteronomio 6.4-9 (RVC). El mandato eterno es repetitivo para que la familia lo escuchara una y otra vez hasta que se les quedara en la mente, y actuaran en esa línea.

El gran mandamiento es integral. Espíritu, alma y cuerpo. Es todo lo que somos. El conocimiento, los sentimientos y con todas tus fuerzas. Es el amor a Dios puesto en acción, sin olvidar al que es como tú, como yo; mi prójimo amarlo como yo me amo.

En nuestro caso y en el de muchas iglesias y creyentes, se nos han repetido hasta la saciedad las grandes verdades de Dios... pero como escuché decir a un erudito: “Ya todo está dicho, pero como la gente olvida, hay qué decirlo otra vez”. Espero que no hayamos olvidado el amor de Jesús que hemos recibido y que nos ha dado vida.

Escuche esta bendición que hemos heredado: “1Miren cuánto nos ama el Padre, que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios. Y lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él. 2Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él porque lo veremos tal como él es. 3Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3.1-3).

El tema del amor de Dios y el amor que nos debemos unos a otros campea en toda la carta. Y el amor de Dios es la mayor herencia que recibimos de él. Es como un certificado con nuestro nombre escrito y con la leyenda: José, Eduardo, Norma, Alma, Gilberto, es hijo o hija de Dios, esta seguridad de su amor da un sentido de pertenencia de maravilla. Estos versículos son un tratado de teología que yo no alcanzo a transmitir, pero para mi entender, abre con una sencilla oración:

“Miren cuánto nos ama el Padre”. En esta oración es muy importante el verbo mirar porque no es lo mismo ver que mirar. Mirar nos invita a poner atención, a ejercer nuestra voluntad para comprender algo, a descubrir algún secreto escondido. Nos invita prestar atención al amor del Padre. El apóstol Juan escribió esta carta alrededor de los años 90, para reforzar las enseñanzas que el apóstol Pablo les había dado, pero Juan les hablaba con el corazón en la mano, para que esas iglesias sintieran las enseñanzas que el apóstol les transmitía. ¡90 años! ¿Cuántos años tendría Juan cuando caminaba con Jesús, dormía con los otros discípulos donde dormía Jesús, comían donde comía Jesús, y que él escuchaba y asimilaba?

Cuando Juan les dice: “Miren cuánto nos ama el Padre”, casi veo sus ojos arrasados de lágrimas porque él escuchó a Jesús de primera mano y le creyó sin reservas. Para nosotros esto ya es historia... pero ¿cómo nos afecta aquí y ahora? ¿Eso le pasó a Juan y ya? ¿Y nosotros hoy? Hoy estas afirmaciones las leemos en la Biblia, nuestra regla de fe y de conducta.

Miren cuánto nos ama el Padre, que usó una larga cadena de cristianos para transmitirnos este regalo hasta este lugar, y yo las he creído. Si miramos y estamos atentos al gran amor de Dios, nos estaremos reconciliación con él al reconocer que muchas veces hemos olvidado cuánto nos ama. Nuestra atención de aquí para adelante es la verdad de ese amor del Padre: Que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios. ¡Es nuestra herencia! ¡Somos sus hijos! ¿Qué regalazo, no? Y lo reafirma de manera contundente “¡Y lo somos!”. ¿Puede usted decir que es hijo de Dios? ¿Para sus adentros o a voz en cuello?

Sólo al comprender estas verdades, nos debe llevar al llanto de alegría por el amor que Dios nos recuerda y nos confirma. Espero que no hayamos olvidado que somos hijos de Dios. “El mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser”. Ser luz es hacer que otras personas conozcan la luz del evangelio; es hacer una labor evangelizadora animados por esta seguridad tan grande.

¿Qué nos falta? No sólo afirmar que somos hijos de Dios sino darlo a conocer a nuestros semejantes. Y si lo ven es porque lo vivimos y entonces querrán ser candidatos a convertirse en hijos e hijas de Dios. Entonces estaremos a tono con el tema de este día: la extensión del amor divino, base de nuestra filiación como hijos e hijas. ¿Estamos extendiendo el amor divino a otras gentes? ¿Lo estamos guardando sólo para nosotros? Entonces no estamos en el partido del Señor Jesús. Estamos fuera.

Hermanos y hermanas queridas, no todos ni todas tenemos la facilidad de hablar de Jesús. Pero todos y todas podemos predicar con el ejemplo. Esto me ocurrió hace unas semanas. Tenemos un gran paraguas en lo que fuera nuestro jardín. Allí tomamos el sol Sarita y yo, allí trabajo Hoy con Dios, y cuando me siento cansado me levanto, doy una caminadita para despejarme. Pues una mañana al estar caminando percibí un aroma muy agradable. “Qué raro, pensé- hoy no me puse mi perfume varonil.” Mi nieta lo notó y me preguntó: ¿Qué pasa abuelito? entonces descubrí que mi pequeño arbusto de mandarinas japonesas estaba empezando a echar sus flores de azahar. Me acerqué y el perfume se intensificó. La flor no se esforzó para regalarme su aroma. Pues así es como podemos testificar, sin mucho aspaviento, demostrando al mundo que somos hijos e hijas de Dios, y esparciendo nuestro amor sin esperar nada porque ese fue el ejemplo del Señor Jesús. Este mes del amor y la amistad es una buena oportunidad para extender el amor divino a nuestros amigos y amigas, vecinos y compañeros de trabajo.

¿Que no tenemos los estudios necesarios o nos puede perjudicar en el trabajo? Sólo recordemos nuestra propia experiencia con Dios, y lo que el Señor ha hecho en nuestra vida y en nuestra familia. Nuestros precursores nos regalaron vida al darnos a conocemos las enseñanzas de Cristo. Hagamos lo mismo y regalemos esas verdades de vida, porque el amor que proviene de Dios, es creador de todo lo bueno, de todo lo honesto, de todo lo justo.

“Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Juan 4.7 RVC).

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