jueves, 28 de marzo de 2024

Un sacerdote entregado/ofrendado por el nuevo pacto (Hebreos 8, 9), Pbro. Raúl Méndez Yáñez / Pbro. L. Cervantes-Ortiz


José Clemente Orozco (1883-1949), Cristo destruye su cruz (1943)

29 de marzo, 2024

No es como los otros sumos sacerdotes, que diariamente tienen que ofrecer sacrificios, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo. Jesús hizo esto una sola vez y para siempre, cuando se ofreció a sí mismo.                                                                             

Hebreos 7.27, Reina-Valera Contemporánea

Se da por hecho que la sangre de machos cabríos y de toros, así como las cenizas de una ternera, tienen poder para restaurar la pureza externa cuando se esparcen sobre quienes son considerados ritualmente impuros.                                                                                     

Hebreos 9.13, La Palabra (Hispanoamérica) 

Trasfondo: Salvación y espiritualidad no sacrificial

En su labor terrenal, Jesús no pretendió nunca asumir tareas sacerdotales, pues su trabajo se alineó más bien en el terreno profético al proclamar, no sin conflicto, la acción de Dios en la historia. Profetas y sacerdotes no siempre se llevaron bien, pues muchas veces el legalismo fue el dilema que enfrentaron los segundos. Los profetas se rebelaron contra el formalismo y reclamaron un compromiso serio en la vida social y política. Los evangelios muestran a Jesús en abierta campaña contra la concepción ritual de la religión y específicamente contra la práctica de los sacrificios. “De esta forma se enfrenta con el sistema de las separaciones rituales, cuya cima, […] está constituida por la ofrenda del ‘sacrificio’, y escoge la orientación contraria, la que intenta honrar a Dios propagando la misericordia que procede de él” [Mt 9.13 sigue a Os 6.6].[1] Todo el ministerio de Jesús fue en sentido opuesto al sacerdocio antiguo y murió de una manera radicalmente diferente al ritual judío, pues “no tuvo lugar en el templo ni tuvo nada que ver con una ceremonia litúrgica. Fue todo lo contrario: la ejecución de un condenado. Entre la ejecución de un condenado y el cumplimiento de un sacrificio ritual. los israelitas —y por consiguiente los primeros cristianos— percibían un contraste total”.[2] Si los ritos sacrificiales eran actos solemnes, de glorificación y santificación, la muerte de Jesús fue un episodio secular, mundano, burdamente consensuado por las fuerzas políticas y religiosas que puso en entredicho el aparato legal de la época. La ley mosaica era muy clara al respecto:

 

La muerte sufrida por un condenado, por el contrario, se veía no solamente como el peor de los castigos, sino también como una “execración”, como lo contrario de una “consagración”, Apartado del pueblo de Dios (cf. Núm 15.30), el condenado era una persona maldita y fuente de maldición (Dt 21.23; Gál 3.13). En el caso de Jesús, la condenación era evidentemente injusta y el acontecimiento recibía, desde su interior, un significado totalmente distinto; pero no por ello se convertía en un acto ritual ni constituía por tanto un “sacrificio” en el sentido antiguo de la palabra. Se trataba más bien, por parte de Jesús, de un acto de “misericordia” llevado hasta el extremo; […] Este acto de misericordia correspondía a los deseos de Dios, que quería “la misericordia y no el sacrificio” (Mt 9,13; cf. Mc 12,33). Lejos de reducir la distancia entre Jesús y el sacerdocio antiguo, el acontecimiento que tuvo lugar en el Calvario la aumentó todavía más.[3] 

De modo que la carta a los Hebreos iría, aparentemente, en sentido contrario a esta nueva dinámica de comprensión de la salvación y de la espiritualidad no sacrificial: “…no hay nada aparentemente, ni en la persona de Jesús, ni en su ministerio, ni siquiera en su muerte, que corresponda a la imagen que entonces tenían de lo que era el sacerdocio”. Por lo que el esfuerzo teológico y doctrinal por presentar a Jesús como sacerdote sacrificado replanteaba profundamente todo lo que el judaísmo había conocido y proponía otra realidad que suponía nuevas interrogantes:

¿Era acaso una religión sin sacerdocio la que esta fe introducía? ¿Formaban los cristianos una comunidad que prescindía del sacerdote? ¿Era admisible una situación semejante? No podía bastar una respuesta evasiva, ya que estas cuestiones ponían en juego una pretensión fundamental de la fe cristiana. Esta proclamaba y sigue proclamando que Cristo cumplió las Escrituras, que realizó con toda perfección los designios de Dios anunciados en el Antiguo Testamento. Pero ¿cómo sostener esta afirmación si el misterio de Cristo quedaba completamente desprovisto de la dimensión sacerdotal. que ocupa un lugar tan amplio en el Antiguo Testamento?[4] 

La manifestación del sacerdocio redentor de Jesucristo

 

…iluminado por el misterio de Cristo, el autor de la epístola a los Hebreos ha purificado de sus elementos negativos o defectuosos los términos que empleaba y les ha conferido una nueva plenitud de sentido. Su concepción del sacerdocio y del sacrificio no puede ni mucho menos reducirse a los esquemas antiguos. Los transforma profundamente y los hace estallar en pedazos, abriéndolos a toda la riqueza humana y espiritual de la existencia de Cristo. Por esta razón arroja una luz viva sobre la existencia de los hombres en su realidad concreta, tanto si se trata de sus relaciones personales con Dios como si se piensa en su solidaridad mutua. Lejos de constituir una regresión deplorable, la proclamación del sacerdocio de Cristo manifiesta un progreso de la fe e imprime un nuevo impulso a la vida cristiana.[5] 

Desde el cap. 2 la epístola comienza a desplegar mediante el vocabulario sacerdotal, la manifestación de la obra salvadora de Jesucristo en la cruz. Su proyecto es único en el Nuevo Testamento y consigue plenamente establecer las coordenadas del sacerdocio del Señor y Salvador: “Lo que sí vemos es que Jesús, que fue hecho un poco menor que los ángeles, está coronado de gloria y de honra, a causa de la muerte que sufrió. Dios, en su bondad, quiso que Jesús experimentara la muerte para el bien de todos” (2.9, RVC). Centra su atención en la liturgia del kippur, el Día de la Expiación, el más sagrado del calendario judío, y se extiende: “Por eso le era necesario ser semejante a sus hermanos en todo: para que llegara a ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiara los pecados del pueblo. Puesto que él mismo sufrió la tentación, es poderoso para ayudar a los que son tentados” (2.17-18). Jesús fue superior a Moisés dice el cap. 3 y en el 4 abiertamente se introduce la temática sacerdotal sobre Jesús: “Por lo tanto, y ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, retengamos nuestra profesión de fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado” (4.14-15).

En el cap. 5 se siguen destacando los aspectos humanos de Jesús como sacerdote máximo y el lenguaje alcanza notas verdaderamente sublimes al respecto, al mismo tiempo que conecta ese sacerdocio con una notable tradición antigua: “Cuando Cristo vivía en este mundo, con gran clamor y lágrimas ofreció ruegos y súplicas al que lo podía librar de la muerte, y fue escuchado por su temor reverente. Aunque era Hijo, aprendió a obedecer mediante el sufrimiento; y una vez que alcanzó la perfección, llegó a ser el autor de la salvación eterna para todos los que le obedecen, y Dios lo declaró sumo sacerdote, según el orden de Melquisedec” (5.7-10). En el cap. 6, se exhorta a mantener la esperanza en ese sacerdote inquebrantable (6.19-20). En el 7 se despliega la explicación sobre Melquisedec como precursor de Jesús-sacerdote, ligando su presencia y actuación con la de aquel hombre misterioso (“rey justo”, “rey de paz”) que antecedió al Señor en el acto de entregar las ofrendas a Dios. Se trató de un “sacerdocio diferente” (7.11) que establecería una nueva consigna (una “nueva ley”, v. 12), lo cual es verdaderamente revolucionario, y anularía el mandamiento anterior (7.18). Su sacerdocio es inmutable (8.24). Y el texto agrega como afirmación central del libro: “Jesús es el sumo sacerdote que necesitábamos tener: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y exaltado por encima de los cielos” (7.26).

Un sacerdocio supremo ante las puertas de un nuevo pacto (vv.1-7)

Con esas afirmaciones sobre el sacerdocio supremo de Jesús, el cap. 8 conecta directamente lo sucedido en Jesús-sacerdote con la nueva alianza que realizaría Dios con su pueblo. Sentado a la derecha “del trono de la majestad en los cielos” (8.1b), con todo el derecho y el privilegio de gobernar sobre todas las cosas, este sacerdote es “ministro del santuario, de ese tabernáculo verdadero” (leitourgós kai tes skenes tes alethinés, “sacerdote en el verdadero santuario”), “es decir, en el verdadero lugar de adoración, hecho por Dios y no por nosotros los humanos” (8.2b). El sumo sacerdote Jesucristo, designado igualmente “para presentar ofrendas y sacrificios” (dóra, thysías, 3), ofreció lo que tenía (4): su propia persona. Los sacerdotes antiguos entregaban las ofrendas según la ley (4b). Su labor ritual no fue “más que modelo y sombra de las cosas celestiales” (5a). Pero este nuevo Sumo Sacerdote “ha recibido un ministerio mucho mejor, pues es mediador de un pacto mejor, establecido sobre mejores promesas” (6). El segundo pacto será mucho mejor que el primero, es decir, perfecto (7), por causa de quien lo presentó.

La interpretación de los sucesos coloca las cosas en otro nivel de comprensión: Las antiguas realidades cultuales destinadas para el sacrificio. Los elementos externos mostraban ahora su invalidez e incompletud. La lectura cristológica y neosacrificial de los acontecimientos y rituales colocó la muerte de Jesús en un plano de entendimiento de la salvación que no se había desarrollado con anterioridad y ahora, ya como Mesías glorificado, su trabajo redentor es explicitado categóricamente. La superioridad del sacrificio sacerdotal de Jesucristo rebasa ampliamente todo lo que se había conocido antes y la comparación de los dos sacrificios no deja margen para la duda: lo que él ha hecho establece una nueva dimensión en la relación con Dios, que garantiza de una vez por todas el acceso a su presencia, ya con un velo roto, el cual es apenas aludido gracias al impacto simbólico que tuvo en la conciencia y en la fe de las nuevas comunidades.

Estamos pues, ante una alianza nueva, radicalmente nueva, mediada por un nuevo y superior sacerdocio, cuya figura y efectividad es rescatada gracias a la labor salvífica de Jesucristo y a su disposición para asumir todos los riesgos que eso conllevaba. La sangre animal que ratificaba la alianza ahora es sustituida por la del supremo sacerdote. El rociamiento que hacía Moisés ahora quedaba relativizado por lo realizado en la cruz de Jesús, como el sacrificio voluntario, absoluto y definitivo, irrepetible. En el centro mismo de la historia, Cristo fue capaz de destruir el pecado en todas sus manifestaciones al experimentar el corazón mismo del sufrimiento y la tragedia humana.

 

Se pasa de un culto ritual, exterior, separado de la vida, a una ofrenda personal, total, que se realiza en los sucesos dramáticos de la misma existencia. Necesaria en el caso de los sacerdotes judíos, la distinci6n entre el sacerdote y la víctima queda abolida en la ofrenda de Cristo. Cristo ha sido al mismo tiempo el sacerdote y la víctima, ya que se ofreció a sí mismo. […]

Esa muerte realizó definitivamente lo que el culto de la primera alianza no podía más que esbozar. Colmó la distancia que separaba al hombre de Dios. transportando la humanidad de Cristo al nivel celestial e introduciéndola para siempre en la intimidad de Dios.[6] 

Ahora, toda la perfección obtenida por Jesucristo será comunicada a su pueblo. En ese proceso nos encontramos y avanzamos. “El viernes santo es el resultado de la colisión entre la pasión de Jesús y el sistema de dominación de su tiempo”.[7]


José Clemente Orozco (1883-1949), Cristo destruye su cruz (1943). Museo Carrillo Gil, Ciudad de México.

Cristo destruye la cruz es otro Prometeo que se rebela: no ve camino y el mundo sigue dando bandazos envuelto en su fetidez. Un Cristo magro y enérgico, de grandes ojos bizantinos muy abiertos, espléndido de júbilo y furia. Empieza de nuevo, firmemente de pie, desafiante: se ha dado cuenta de que ha sido burlado. La destrucción de la cruz es el paso inicial para abrirse el camino que nunca se abrió con ella. [...] Cristo se ve alerta, con desencanto sin límites diluido en la certidumbre de que se va a armar la de Dios en Cristo. Lúcido y victorioso en el trasfondo de su desencanto, ha destruido la cruz sobre un desierto de símbolos y cenizas. Inicia, apenas, el camino. Se ha encontrado. Y con el hacha que empuña tala dos mil años en que sirvió de señuelo. [...] ...contemplamos un Cristo desencajado, tristísimo y cadavérico, pero no vacilante. Cristo harto de todo y resuelto a todo.
Luis Cardoza y Aragón. Orozco. México, Fondo de Cultura Económica, 2005.




[1] A. Vanhoye, El mensaje de la carta a los hebreos. Estella, Verbo Divino, 1989 (Cuadernos bíblicos, 19), p. 15.

[2] Ídem.

[3] Ibid., pp. 15-16. Énfasis agregado.

[4] Ibid., p. 16.

[6] Ibid., p. 51. Énfasis agregado.

[7] M.J. Borg y J.D. Crossan, La última semana de Jesús. El relato día a día de la semana final de Jesús en Jerusalén. Madrid, PPC, 2007, p. 198.

*

Hebreos 9.11-22

Raúl Méndez Yáñez

Y ahora, [Aslan], ¿quién ha ganado? (dijo con voz estremecida la Bruja) ¿Creíste que con todo esto salvarías al traidor humano? Ahora te mataré a ti en lugar de al humano tal como pactamos, de modo que la Magia Insoldable quede aplacada.[1] 

Las tres naturalezas de Cristo

El acto redentor de Jesucristo, como se ha dicho, aunque tiene el ropaje de la ritualidad hebrea, específicamente de los preceptos sacrificiales de la Torá y las celebraciones judías antiguas, es, sin embargo, radicalmente distinto a la usanza veterotestamentaria. Hebreos presenta un contraste entre el ritual del primer sacrificio mosaico y el de Jesús como “Sumo sacerdote de los bienes definitivos” (v. 11). La principal diferencia entre ambos modelos de sacrificio es muy clara: mientras que los códigos levíticos señalaban que se debía sacrificar un cordero (Levítico 1:1-7), en el caso de Jesús, es él mismo quien resulta puesto sobre el altar del sacrificio al grado de tener que derramar su propia sangre. Desde la teología de Juan y Pablo, Jesús ya era el Verbo humanado (Juan 1:1-18), el “Verdadero Dios y Verdadero hombre”, como recuerdan las preguntas 16 y 17 del Catecismo de Heidelberg.

 

P16. ¿Por qué el mediador debe ser un ser humano verdadero y justo? R. La justicia de Dios demanda que sea la naturaleza humana que pecó la que pague por el pecado; pero un ser humano pecaminoso jamás podría pagar por otros.

P. 17. ¿Por qué el mediador también debería ser verdadero Dios? R. Para que el mediador sea capaz de soportar, por el poder de su divinidad, el peso de la ira de Dios en su humanidad y ganar para nosotros y restaurar para nosotros la justicia y la vida. 

Esta “doble naturaleza” de Jesús que se exhibe en su acto sacrificial es en sí misma un misterio y escándalo. Sin embargo, en Hebreos, se incorpora una tercera naturaleza que vuelve aún más misterioso, y por eso, más excelso, a este acto: la naturaleza animal: Jesús como Cordero de expiación: “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (vv.13-14).

No se trata de un mero juego de palabras ni de una “alegoría”, si por ello entendemos un recurso arbitrario que solo sirve de ilustración. La comparación de Cristo con el cordero para el sacrificio le dota de una triple naturaleza: Cristo es Verdadero Dios, Verdadero Hombre y Verdadera Fauna. La conexión entre Cristo con la Creación entera queda manifestada en su acto sacrificial. Podemos hablar así de esta triple naturaleza de Cristo: Divina, Humana y Creacional. Estamos ante lo que Paul Tillich denominó “Salvación Universal” o cósmica.

 

No deberíamos preguntarnos si las nubes o una tormenta de polvo oscurecieron el sol en un día especial de un año especial, si ocurrió un terremoto en Palestina precisamente a esa hora, si hubo que reparar la cortina ante el lugar santísimo del templo de Jerusalén. o si los cuerpos resucitados de los santos volvieron a morir. Pero deberíamos preguntarnos si somos capaces de sentir, como los evangelistas y los pintores, los niños y los soldados romanos, que el acontecimiento del Gólgota concierne al universo, incluyendo toda la naturaleza.[2]

Lejos de la preocupación egoísta por la salvación personal y de la obsesión por los pecados individuales, Jesús como Sumo Sacerdote con triple naturaleza (Divina, Humana, Creacional) rompe no solo las cadenas nacionalistas, sino antropocéntricas y vislumbra un horizonte universal de comunicación del Evangelio “a toda criatura” (Marcos 16.15) de redención a “todo lo que respira” (Salmo 150.6). 

Pacto eterno: de la ruptura a la continuidad

Este “Nuevo” Pacto, si bien significa una ruptura de índole ritual, nacionalista y antropológica, representa, por otro lado, una continuidad y expansión del propósito básico del ritual de sacrificio: La justicia. La sangre de Cristo aparece como el salvoconducto, signo o representación de esta nueva realidad cósmica. Este nuevo pacto amplifica el mensaje de perdón de pecados: de Israel al Mundo, y de los humanos a toda la Creación. Al asumir la naturaleza creacional como cordero y poner con esto fin a los sacrificios “una sola vez y para siempre” (v 28) Jesús también está librando de la muerte a los animales que se ponían sobre el altar. Si hubiese alguna duda respecto de la pregunta “¿Cristo salva a los animales?”, aquí hay una muy contundente respuesta positiva. Tal como señala el teólogo y psicoterapeuta alemán Eugene Drewermann en su tratado Sobre la inmortalidad de los animales: “No hay Dios sin inmortalidad, ya que, si existiera y fuera indiferente e insensible hacia todo, incluyendo hacia los seres más pequeños, también sería indiferente hacia nosotros que pensamos y sentimos a pesar de nuestra pequeñez. O todo vuelve: medusas y gaviotas, nubes y archipiélagos, o todo es nada”.[3]

Esta dimensión cósmica de la redención operada por Cristo, como sacerdote del Nuevo Pacto, está arraigada en lo profundo de las intenciones eternas de Dios. Que en Cristo haya adquirido cumplimiento no significa que sea un remedio improvisado. Este Nuevo Pacto estaba ya prefigurado desde el Antiguo Testamento. Hay una continuidad esencial entre el viejo y Nuevo Pacto: la redención divina como manifestación de la justicia. Como nos dice el teólogo José González Faus, “No hay en todo el Antiguo Testamento otro concepto más vinculado a Yahvé que el de la justicia”.[4] Debe notarse, en oposición a las posturas dispensacionalistas que oponen la Ley a la Gracia, que Hebreos muestra, en realidad, una convergencia entre lo viejo y lo nuevo, entre la gracia redentora y el cumplimiento de la Ley, pues ciertamente el sacrificio de Jesús solo tiene sentido en tanto que es un cumplimiento, no una transgresión a la Ley: “La ley exige que casi todo sea purificado con sangre pues sin derramamiento de sangre no hay perdón. Así que era necesario que las copias de las realidades celestiales fueran purificadas con esos sacrificios…” (vv. 22,23).

En Cristo no hay oposición entre Ley y Gracia, sino una relación de correspondencia: La Gracia cumple la Ley. El corazón de la Ley es la justicia. De este modo, debe quedar explícitamente dicho que la novedad de este “Nuevo” Pacto en Cristo no reside en que sea otro Pacto, sino en que es el perfecto cumplimiento del Pacto eterno anunciado desde tiempos del Éxodo: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Éxodo 6.7). 

Nuevo pacto: de lo moral a lo universal

Debe notarse que este cumplimiento de la Ley es en orden a las disposiciones entre Dios y su Creación en Cristo, no tiene relación con lo que pudiera considerarse una “ley moral” que los humanos hayamos de seguir, lo cual pensaba C.S. Lewis en su obra Mero Cristianismo. La Ley cumplida en Cristo es la del Pacto eterno de redención mediante el derramamiento de sangre del justo, no un comportamiento moral de parte de los seres humanos. Es probable que, de hecho, C.S Lewis tenga razón al asumir que entre los seres humanos existe algo que puede llamarse “ley natural” o “ley moral” si por esto queremos decir que en prácticamente todas las sociedades de todos los tiempos robar es algo malo, la mentira se rechaza y hacer daño a los demás es considerado perverso. Pero estos estándares humanos de conducta, aún cuando pudieran estar basados, como dice Lewis, en “una ley real, que ninguno de nosotros ha formulado”[5] no son la Ley que en la cruz está cumpliendo Cristo.

Pensar que este Nuevo Pacto se reduce a leyes morales, por más “universales” que sean, en realidad niega el carácter universal o cósmico de la redención, pues hacen que la salvación penda del hilo del comportamiento humano y no de aquel afianzamiento donde realmente está cimentada: la sangre de Cristo. Como señalaba Karl Barth, en una de sus declaraciones más polémicas que aún hoy siguen causando revuelo, este Sumo Sacerdote muriendo por la humanidad lo hace por sí mismo. “Dios eligió, como Su propia parte, el lado negativo de la divina predestinación…esta parte no es una parte del hombre… Él se declaró a Sí mismo culpable de la contradicción contra Sí mismo en la cual el hombre está envuelto… [Por lo tanto] la fe en la elección divina significa per se fe en el no-arrepentimiento del hombre… en el eterno propósito de Dios, está Dios mismo arrepintiéndose en su Hijo…”.[6]

Esto no significa una “licencia para pecar” ni mucho menos. Que nuestro Sumo Sacerdote haya derramado su sangre a nuestro favor sin que nosotros lo pidiéramos ni que cooperáramos al respecto no significa que nos entreguemos al pecado y al desorden, simplemente significa que nuestro Sumo Sacerdote no oficia sobre un tabernáculo que está al vaivén del comportamiento humano, sino sobre uno “más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas” (v 11). La salvación no son obras realizadas por manos humanas, sino la sangre de Cristo derramada a nuestro favor como consumación de la Ley eterna, esa “Magia Insondable” como el C.S. Lewis narrador declaraba en Las Crónicas de Narnia de un modo mucho más preciso y oportuno que el de la “Ley moral” del C.S Lewis ensayista. Tabernáculo perfecto, Magia Insondable o “Espíritu eterno” ... que “purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente” (v. 14). Es un don, no un logro moral. Proviene de Dios, no de nuestros esfuerzos. Porque se trata de un Pacto que trasciende nuestra “salvación personal” e incluso nuestro egoísmo antropocéntrico, el cual piensa que solo nosotros, los humanos, que gozamos de libertad moral, podemos entrar a ese Nuevo Pacto. No es así. Este un Pacto cósmico que renueva la Creación en su totalidad: humana, animal e incluso plantas y montañas, tal como canta Isaías: “… los montes y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo delante de vosotros, y todos los árboles del campo batirán palmas”. (Isaías 55.12).

No es mera “alegoría” u otra “figura retórica”, es la consumación de la salvación en Cristo que restaura a la Creación en su totalidad. Podrá haberse notado en esta exposición cierta relación de amor-odio con C.S, Lewis. Pero las objeciones presentadas solo aplican para la faceta ensayista de Lewis, y es que para eso son los ensayos, para discutir. Sin embargo, termino esta exposición, retomando al C.S Lewis narniano, al cuentacuentos, siempre más imaginativo y teológicamente más profundo que su versión académica de este lado del armario. En El Príncipe Caspian, Lewis muestra narrativamente esta teología de la salvación universal cuando Aslan operando los beneficios de su poder en contra de los telmarinos convoca a la lucha, como símbolo de su autoridad, a los árboles. La pequeña Lucy se encuentra en medio del bosque buscando a Aslan para que ayude en la batalla, quizá mandando más guerreros valerosos que lucharán para cumplir con su deber moral. Muy pronto, sin embargo, Lucy se da cuenta que la salvación de Aslan no proviene de ninguna moralidad ni intencionalidad humana, sino de las raíces creacionales más profundas. “Un círculo de hierba, blanda como si fuera césped, apareció ante sus ojos, con oscuros árboles danzando a su alrededor. Y entonces… ¡Qué gran alegría! Él estaba allí: el enorme león, despidiendo un fulgor blanco bajo la luz de la luna, con su enorme sombra negra proyectándose bajo su cuerpo”.[7]

Que este viernes de crucifixión, en medio de una creación restaurada, danzante, sea la enorme sombra de la Cruz de Cristo la única que nos brinde confianza en su salvación universal.



[1] C.S. Lewis, Las Crónicas de Narnia. El león, la bruja y el armario. México, Desafío, 2005, p. 191.

[2] P. Tillich, El Nuevo Ser. Barcelona, Libros del Nopall, 1973.

[3] Cit. por L. Bossi, Historia natural del alma. Madrid, Antonio Machado Libros, 2008, p. 86.

[4] J.I. González Faus, La Humanidad Nueva. Ensayo de cristología. Santander, Sal Terrae, 1984, p. 130.

[5] C.S. Lewis, Mero cristianismo. Nashville, Grupo Nelson, 2021 (Clásicos selectos de C.S. Lewis), p. 28.

[6] Cit. en A. McGrath, ed., The Christian Theology Reader. Oxford-Cambridge, Blackwell, 1995, p. 247. Traducción propia.

[7] C.S. Lewis, Las Crónicas de Narnia. El Príncipe Caspian. México, Desafío, 2005, p, 178.

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