29 de marzo, 2024
No es como los otros sumos sacerdotes, que diariamente tienen que ofrecer sacrificios, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo. Jesús hizo esto una sola vez y para siempre, cuando se ofreció a sí mismo.
Hebreos 7.27, Reina-Valera Contemporánea
Se da por hecho que la sangre de machos cabríos y de toros, así como las cenizas de una ternera, tienen poder para restaurar la pureza externa cuando se esparcen sobre quienes son considerados ritualmente impuros.
Hebreos 9.13, La Palabra (Hispanoamérica)
Trasfondo: Salvación y
espiritualidad no sacrificial
En
su labor terrenal, Jesús no pretendió nunca asumir tareas sacerdotales, pues su
trabajo se alineó más bien en el terreno profético al proclamar, no sin
conflicto, la acción de Dios en la historia. Profetas y sacerdotes no siempre
se llevaron bien, pues muchas veces el legalismo fue el dilema que enfrentaron
los segundos. Los profetas se rebelaron contra el formalismo y reclamaron un
compromiso serio en la vida social y política. Los evangelios muestran a Jesús
en abierta campaña contra la concepción ritual de la religión y específicamente
contra la práctica de los sacrificios. “De esta forma se enfrenta con el
sistema de las separaciones rituales, cuya cima, […] está constituida por la
ofrenda del ‘sacrificio’, y escoge la orientación contraria, la que intenta
honrar a Dios propagando la misericordia que procede de él” [Mt 9.13 sigue a Os
6.6].[1] Todo el
ministerio de Jesús fue en sentido opuesto al sacerdocio antiguo y murió de una
manera radicalmente diferente al ritual judío, pues “no tuvo lugar en el templo
ni tuvo nada que ver con una ceremonia litúrgica. Fue todo lo contrario: la
ejecución de un condenado. Entre la ejecución de un condenado y el cumplimiento
de un sacrificio ritual. los israelitas —y por consiguiente los primeros
cristianos— percibían un contraste total”.[2] Si los ritos
sacrificiales eran actos solemnes, de glorificación y santificación, la muerte
de Jesús fue un episodio secular, mundano, burdamente consensuado por las
fuerzas políticas y religiosas que puso en entredicho el aparato legal de la
época. La ley mosaica era muy clara al respecto:
La muerte sufrida por un condenado, por el contrario, se veía no solamente como el peor de los castigos, sino también como una “execración”, como lo contrario de una “consagración”, Apartado del pueblo de Dios (cf. Núm 15.30), el condenado era una persona maldita y fuente de maldición (Dt 21.23; Gál 3.13). En el caso de Jesús, la condenación era evidentemente injusta y el acontecimiento recibía, desde su interior, un significado totalmente distinto; pero no por ello se convertía en un acto ritual ni constituía por tanto un “sacrificio” en el sentido antiguo de la palabra. Se trataba más bien, por parte de Jesús, de un acto de “misericordia” llevado hasta el extremo; […] Este acto de misericordia correspondía a los deseos de Dios, que quería “la misericordia y no el sacrificio” (Mt 9,13; cf. Mc 12,33). Lejos de reducir la distancia entre Jesús y el sacerdocio antiguo, el acontecimiento que tuvo lugar en el Calvario la aumentó todavía más.[3]
De modo que la carta a los Hebreos iría, aparentemente, en sentido contrario a esta nueva dinámica de comprensión de la salvación y de la espiritualidad no sacrificial: “…no hay nada aparentemente, ni en la persona de Jesús, ni en su ministerio, ni siquiera en su muerte, que corresponda a la imagen que entonces tenían de lo que era el sacerdocio”. Por lo que el esfuerzo teológico y doctrinal por presentar a Jesús como sacerdote sacrificado replanteaba profundamente todo lo que el judaísmo había conocido y proponía otra realidad que suponía nuevas interrogantes:
¿Era acaso una religión sin sacerdocio la que esta fe introducía? ¿Formaban los cristianos una comunidad que prescindía del sacerdote? ¿Era admisible una situación semejante? No podía bastar una respuesta evasiva, ya que estas cuestiones ponían en juego una pretensión fundamental de la fe cristiana. Esta proclamaba y sigue proclamando que Cristo cumplió las Escrituras, que realizó con toda perfección los designios de Dios anunciados en el Antiguo Testamento. Pero ¿cómo sostener esta afirmación si el misterio de Cristo quedaba completamente desprovisto de la dimensión sacerdotal. que ocupa un lugar tan amplio en el Antiguo Testamento?[4]
La manifestación del sacerdocio
redentor de Jesucristo
…iluminado por el misterio de Cristo, el autor de la epístola a los Hebreos ha purificado de sus elementos negativos o defectuosos los términos que empleaba y les ha conferido una nueva plenitud de sentido. Su concepción del sacerdocio y del sacrificio no puede ni mucho menos reducirse a los esquemas antiguos. Los transforma profundamente y los hace estallar en pedazos, abriéndolos a toda la riqueza humana y espiritual de la existencia de Cristo. Por esta razón arroja una luz viva sobre la existencia de los hombres en su realidad concreta, tanto si se trata de sus relaciones personales con Dios como si se piensa en su solidaridad mutua. Lejos de constituir una regresión deplorable, la proclamación del sacerdocio de Cristo manifiesta un progreso de la fe e imprime un nuevo impulso a la vida cristiana.[5]
Desde
el cap. 2 la epístola comienza a desplegar mediante el vocabulario sacerdotal,
la manifestación de la obra salvadora de Jesucristo en la cruz. Su proyecto es
único en el Nuevo Testamento y consigue plenamente establecer las coordenadas
del sacerdocio del Señor y Salvador: “Lo que sí vemos es que Jesús, que fue
hecho un poco menor que los ángeles, está coronado de gloria y de honra, a
causa de la muerte que sufrió. Dios, en su bondad, quiso que Jesús
experimentara la muerte para el bien de todos” (2.9, RVC). Centra su atención
en la liturgia del kippur, el Día de la Expiación, el más sagrado del
calendario judío, y se extiende: “Por eso le era necesario ser semejante a sus
hermanos en todo: para que llegara a ser un sumo sacerdote misericordioso y
fiel en lo que a Dios se refiere, y expiara los pecados del pueblo. Puesto que
él mismo sufrió la tentación, es poderoso para ayudar a los que son tentados”
(2.17-18). Jesús fue superior a Moisés dice el cap. 3 y en el 4 abiertamente se
introduce la temática sacerdotal sobre Jesús: “Por lo tanto, y ya que en Jesús,
el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos,
retengamos nuestra profesión de fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no
pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo de
la misma manera que nosotros, aunque sin pecado” (4.14-15).
En
el cap. 5 se siguen destacando los aspectos humanos de Jesús como sacerdote
máximo y el lenguaje alcanza notas verdaderamente sublimes al respecto, al
mismo tiempo que conecta ese sacerdocio con una notable tradición antigua: “Cuando
Cristo vivía en este mundo, con gran clamor y lágrimas ofreció ruegos y
súplicas al que lo podía librar de la muerte, y fue escuchado por su temor
reverente. Aunque era Hijo, aprendió a obedecer mediante el sufrimiento; y
una vez que alcanzó la perfección, llegó a ser el autor de la salvación eterna
para todos los que le obedecen, y Dios lo declaró sumo sacerdote, según el
orden de Melquisedec” (5.7-10). En el cap. 6, se exhorta a mantener la
esperanza en ese sacerdote inquebrantable (6.19-20). En el 7 se despliega la
explicación sobre Melquisedec como precursor de Jesús-sacerdote, ligando su
presencia y actuación con la de aquel hombre misterioso (“rey justo”, “rey de
paz”) que antecedió al Señor en el acto de entregar las ofrendas a Dios. Se
trató de un “sacerdocio diferente” (7.11) que establecería una nueva consigna
(una “nueva ley”, v. 12), lo cual es verdaderamente revolucionario, y anularía
el mandamiento anterior (7.18). Su sacerdocio es inmutable (8.24). Y el texto
agrega como afirmación central del libro: “Jesús es el sumo sacerdote que
necesitábamos tener: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y
exaltado por encima de los cielos” (7.26).
Un sacerdocio supremo ante las
puertas de un nuevo pacto (vv.1-7)
Con
esas afirmaciones sobre el sacerdocio supremo de Jesús, el cap. 8 conecta
directamente lo sucedido en Jesús-sacerdote con la nueva alianza que realizaría
Dios con su pueblo. Sentado a la derecha “del trono de la majestad en los
cielos” (8.1b), con todo el derecho y el privilegio de gobernar sobre todas las
cosas, este sacerdote es “ministro del santuario, de ese tabernáculo verdadero”
(leitourgós kai tes skenes tes alethinés, “sacerdote en el verdadero
santuario”), “es decir, en el verdadero lugar de adoración, hecho por Dios y no
por nosotros los humanos” (8.2b). El sumo sacerdote Jesucristo, designado
igualmente “para presentar ofrendas y sacrificios” (dóra, thysías, 3), ofreció
lo que tenía (4): su propia persona. Los sacerdotes antiguos entregaban las
ofrendas según la ley (4b). Su labor ritual no fue “más que modelo y sombra de
las cosas celestiales” (5a). Pero este nuevo Sumo Sacerdote “ha recibido un
ministerio mucho mejor, pues es mediador de un pacto mejor, establecido sobre
mejores promesas” (6). El segundo pacto será mucho mejor que el primero, es
decir, perfecto (7), por causa de quien lo presentó.
La
interpretación de los sucesos coloca las cosas en otro nivel de comprensión:
Las antiguas realidades cultuales destinadas para el sacrificio. Los elementos
externos mostraban ahora su invalidez e incompletud. La lectura cristológica y neosacrificial
de los acontecimientos y rituales colocó la muerte de Jesús en un plano de
entendimiento de la salvación que no se había desarrollado con anterioridad y
ahora, ya como Mesías glorificado, su trabajo redentor es explicitado
categóricamente. La superioridad del sacrificio sacerdotal de Jesucristo rebasa
ampliamente todo lo que se había conocido antes y la comparación de los dos
sacrificios no deja margen para la duda: lo que él ha hecho establece una nueva
dimensión en la relación con Dios, que garantiza de una vez por todas el acceso
a su presencia, ya con un velo roto, el cual es apenas aludido gracias al
impacto simbólico que tuvo en la conciencia y en la fe de las nuevas
comunidades.
Estamos pues, ante una alianza nueva, radicalmente nueva, mediada por un nuevo y superior sacerdocio, cuya figura y efectividad es rescatada gracias a la labor salvífica de Jesucristo y a su disposición para asumir todos los riesgos que eso conllevaba. La sangre animal que ratificaba la alianza ahora es sustituida por la del supremo sacerdote. El rociamiento que hacía Moisés ahora quedaba relativizado por lo realizado en la cruz de Jesús, como el sacrificio voluntario, absoluto y definitivo, irrepetible. En el centro mismo de la historia, Cristo fue capaz de destruir el pecado en todas sus manifestaciones al experimentar el corazón mismo del sufrimiento y la tragedia humana.
Se
pasa de un culto ritual, exterior, separado de la vida, a una ofrenda personal,
total, que se realiza en los sucesos dramáticos de la misma existencia.
Necesaria en el caso de los sacerdotes judíos, la distinci6n entre el sacerdote
y la víctima queda abolida en la ofrenda de Cristo. Cristo ha sido al mismo
tiempo el sacerdote y la víctima, ya que se ofreció a sí mismo. […]
Esa muerte realizó definitivamente lo que el culto de la primera alianza no podía más que esbozar. Colmó la distancia que separaba al hombre de Dios. transportando la humanidad de Cristo al nivel celestial e introduciéndola para siempre en la intimidad de Dios.[6]
Ahora, toda la perfección obtenida por Jesucristo será comunicada a su pueblo. En ese proceso nos encontramos y avanzamos. “El viernes santo es el resultado de la colisión entre la pasión de Jesús y el sistema de dominación de su tiempo”.[7]
[1]
A. Vanhoye, El mensaje de la carta a los hebreos. Estella,
Verbo Divino, 1989 (Cuadernos bíblicos, 19), p. 15.
[2]
Ídem.
[3]
Ibid., pp. 15-16. Énfasis agregado.
[4]
Ibid., p. 16.
[5]
A. Vanhoye, Sacerdotes
antiguos, sacerdote nuevo según el Nuevo Testamento. Salamanca, Ediciones
Sígueme, 1984, p. 12.
[6]
Ibid., p. 51. Énfasis agregado.
[7]
M.J. Borg y J.D. Crossan, La última semana de Jesús. El relato día a día de
la semana final de Jesús en Jerusalén. Madrid, PPC, 2007, p. 198.
*
Hebreos 9.11-22
Raúl
Méndez Yáñez
Y ahora, [Aslan], ¿quién ha ganado? (dijo con voz estremecida la Bruja) ¿Creíste que con todo esto salvarías al traidor humano? Ahora te mataré a ti en lugar de al humano tal como pactamos, de modo que la Magia Insoldable quede aplacada.[1]
Las tres naturalezas de Cristo
El acto redentor de
Jesucristo, como se ha dicho, aunque tiene el ropaje de la ritualidad hebrea,
específicamente de los preceptos sacrificiales de la Torá y las celebraciones
judías antiguas, es, sin embargo, radicalmente distinto a la usanza veterotestamentaria.
Hebreos presenta un contraste entre el ritual del primer sacrificio mosaico y
el de Jesús como “Sumo sacerdote de los bienes definitivos” (v. 11). La
principal diferencia entre ambos modelos de sacrificio es muy clara: mientras
que los códigos levíticos señalaban que se debía sacrificar un cordero
(Levítico 1:1-7), en el caso de Jesús, es él mismo quien resulta puesto sobre
el altar del sacrificio al grado de tener que derramar su propia sangre. Desde
la teología de Juan y Pablo, Jesús ya era el Verbo humanado (Juan 1:1-18), el
“Verdadero Dios y Verdadero hombre”, como recuerdan las preguntas 16 y 17 del
Catecismo de Heidelberg.
P16. ¿Por qué el mediador debe ser un ser humano verdadero y justo? R. La
justicia de Dios demanda que sea la naturaleza humana que pecó la que pague por
el pecado; pero un ser humano pecaminoso jamás podría pagar por otros.
P. 17. ¿Por qué el mediador también debería ser verdadero Dios? R. Para que el mediador sea capaz de soportar, por el poder de su divinidad, el peso de la ira de Dios en su humanidad y ganar para nosotros y restaurar para nosotros la justicia y la vida.
Esta
“doble naturaleza” de Jesús que se exhibe en su acto sacrificial es en sí misma
un misterio y escándalo. Sin embargo, en Hebreos, se incorpora una tercera
naturaleza que vuelve aún más misterioso, y por eso, más excelso, a este acto:
la naturaleza animal: Jesús como Cordero de expiación: “Porque si la sangre de
los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los
inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de
Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a
Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios
vivo?” (vv.13-14).
No
se trata de un mero juego de palabras ni de una “alegoría”, si por ello
entendemos un recurso arbitrario que solo sirve de ilustración. La comparación
de Cristo con el cordero para el sacrificio le dota de una triple naturaleza:
Cristo es Verdadero Dios, Verdadero Hombre y Verdadera Fauna. La conexión entre
Cristo con la Creación entera queda manifestada en su acto sacrificial. Podemos
hablar así de esta triple naturaleza de Cristo: Divina, Humana y Creacional. Estamos
ante lo que Paul Tillich denominó “Salvación Universal” o cósmica.
No deberíamos preguntarnos si las nubes o una tormenta de polvo oscurecieron el sol en un día especial de un año especial, si ocurrió un terremoto en Palestina precisamente a esa hora, si hubo que reparar la cortina ante el lugar santísimo del templo de Jerusalén. o si los cuerpos resucitados de los santos volvieron a morir. Pero deberíamos preguntarnos si somos capaces de sentir, como los evangelistas y los pintores, los niños y los soldados romanos, que el acontecimiento del Gólgota concierne al universo, incluyendo toda la naturaleza.[2]
Lejos de la preocupación egoísta por la salvación personal y de la obsesión por los pecados individuales, Jesús como Sumo Sacerdote con triple naturaleza (Divina, Humana, Creacional) rompe no solo las cadenas nacionalistas, sino antropocéntricas y vislumbra un horizonte universal de comunicación del Evangelio “a toda criatura” (Marcos 16.15) de redención a “todo lo que respira” (Salmo 150.6).
Pacto eterno: de la ruptura a la continuidad
Este “Nuevo” Pacto,
si bien significa una ruptura de índole ritual, nacionalista y antropológica,
representa, por otro lado, una continuidad y expansión del propósito básico del
ritual de sacrificio: La justicia. La sangre de Cristo aparece como el salvoconducto,
signo o representación de esta nueva realidad cósmica. Este nuevo pacto
amplifica el mensaje de perdón de pecados: de Israel al Mundo, y de los humanos
a toda la Creación. Al asumir la naturaleza creacional como cordero y poner con
esto fin a los sacrificios “una sola vez y para siempre” (v 28) Jesús también
está librando de la muerte a los animales que se ponían sobre el altar. Si
hubiese alguna duda respecto de la pregunta “¿Cristo salva a los animales?”,
aquí hay una muy contundente respuesta positiva. Tal como señala el teólogo y
psicoterapeuta alemán Eugene Drewermann en su tratado Sobre la inmortalidad
de los animales: “No hay Dios sin inmortalidad, ya que, si existiera y
fuera indiferente e insensible hacia todo, incluyendo hacia los seres más
pequeños, también sería indiferente hacia nosotros que pensamos y sentimos a
pesar de nuestra pequeñez. O todo vuelve: medusas y gaviotas, nubes y
archipiélagos, o todo es nada”.[3]
Esta
dimensión cósmica de la redención operada por Cristo, como sacerdote del Nuevo
Pacto, está arraigada en lo profundo de las intenciones eternas de Dios. Que en
Cristo haya adquirido cumplimiento no significa que sea un remedio improvisado.
Este Nuevo Pacto estaba ya prefigurado desde el Antiguo Testamento. Hay una
continuidad esencial entre el viejo y Nuevo Pacto: la redención divina como
manifestación de la justicia. Como nos dice el teólogo José González Faus, “No
hay en todo el Antiguo Testamento otro concepto más vinculado a Yahvé que el de
la justicia”.[4]
Debe notarse, en oposición a las posturas dispensacionalistas que oponen la Ley
a la Gracia, que Hebreos muestra, en realidad, una convergencia entre lo viejo
y lo nuevo, entre la gracia redentora y el cumplimiento de la Ley, pues
ciertamente el sacrificio de Jesús solo tiene sentido en tanto que es un
cumplimiento, no una transgresión a la Ley: “La ley exige que casi todo sea
purificado con sangre pues sin derramamiento de sangre no hay perdón. Así que
era necesario que las copias de las realidades celestiales fueran purificadas
con esos sacrificios…” (vv. 22,23).
En Cristo no hay oposición entre Ley y Gracia, sino una relación de correspondencia: La Gracia cumple la Ley. El corazón de la Ley es la justicia. De este modo, debe quedar explícitamente dicho que la novedad de este “Nuevo” Pacto en Cristo no reside en que sea otro Pacto, sino en que es el perfecto cumplimiento del Pacto eterno anunciado desde tiempos del Éxodo: “Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Éxodo 6.7).
Nuevo pacto: de lo moral a lo universal
Debe notarse que
este cumplimiento de la Ley es en orden a las disposiciones entre Dios y su
Creación en Cristo, no tiene relación con lo que pudiera considerarse una “ley
moral” que los humanos hayamos de seguir, lo cual pensaba C.S. Lewis en su obra
Mero Cristianismo. La Ley cumplida en Cristo es la del Pacto eterno de
redención mediante el derramamiento de sangre del justo, no un comportamiento
moral de parte de los seres humanos. Es probable que, de hecho, C.S Lewis tenga
razón al asumir que entre los seres humanos existe algo que puede llamarse “ley
natural” o “ley moral” si por esto queremos decir que en prácticamente todas
las sociedades de todos los tiempos robar es algo malo, la mentira se rechaza y
hacer daño a los demás es considerado perverso. Pero estos estándares humanos
de conducta, aún cuando pudieran estar basados, como dice Lewis, en “una ley
real, que ninguno de nosotros ha formulado”[5]
no son la Ley que en la cruz está cumpliendo Cristo.
Pensar
que este Nuevo Pacto se reduce a leyes morales, por más “universales” que sean,
en realidad niega el carácter universal o cósmico de la redención, pues hacen
que la salvación penda del hilo del comportamiento humano y no de aquel
afianzamiento donde realmente está cimentada: la sangre de Cristo. Como
señalaba Karl Barth, en una de sus declaraciones más polémicas que aún hoy
siguen causando revuelo, este Sumo Sacerdote muriendo por la humanidad lo hace
por sí mismo. “Dios eligió, como Su propia parte, el lado negativo de la divina
predestinación…esta parte no es una parte del hombre… Él se declaró a Sí mismo
culpable de la contradicción contra Sí mismo en la cual el hombre está
envuelto… [Por lo tanto] la fe en la elección divina significa per se fe
en el no-arrepentimiento del hombre… en el eterno propósito de Dios, está Dios
mismo arrepintiéndose en su Hijo…”.[6]
Esto
no significa una “licencia para pecar” ni mucho menos. Que nuestro Sumo
Sacerdote haya derramado su sangre a nuestro favor sin que nosotros lo
pidiéramos ni que cooperáramos al respecto no significa que nos entreguemos al
pecado y al desorden, simplemente significa que nuestro Sumo Sacerdote no
oficia sobre un tabernáculo que está al vaivén del comportamiento humano, sino
sobre uno “más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas” (v 11). La
salvación no son obras realizadas por manos humanas, sino la sangre de Cristo
derramada a nuestro favor como consumación de la Ley eterna, esa “Magia
Insondable” como el C.S. Lewis narrador declaraba en Las Crónicas de Narnia
de un modo mucho más preciso y oportuno que el de la “Ley moral” del C.S Lewis
ensayista. Tabernáculo perfecto, Magia Insondable o “Espíritu eterno” ... que
“purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de
que sirvamos al Dios viviente” (v. 14). Es un don, no un logro moral. Proviene
de Dios, no de nuestros esfuerzos. Porque se trata de un Pacto que trasciende
nuestra “salvación personal” e incluso nuestro egoísmo antropocéntrico, el cual
piensa que solo nosotros, los humanos, que gozamos de libertad moral, podemos
entrar a ese Nuevo Pacto. No es así. Este un Pacto cósmico que renueva la
Creación en su totalidad: humana, animal e incluso plantas y montañas, tal como
canta Isaías: “… los montes y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo
delante de vosotros, y todos los árboles del campo batirán palmas”. (Isaías
55.12).
No
es mera “alegoría” u otra “figura retórica”, es la consumación de la salvación
en Cristo que restaura a la Creación en su totalidad. Podrá haberse notado en
esta exposición cierta relación de amor-odio con C.S, Lewis. Pero las
objeciones presentadas solo aplican para la faceta ensayista de Lewis, y es que
para eso son los ensayos, para discutir. Sin embargo, termino esta exposición,
retomando al C.S Lewis narniano, al cuentacuentos, siempre más imaginativo y
teológicamente más profundo que su versión académica de este lado del armario.
En El Príncipe Caspian, Lewis muestra narrativamente esta teología de la
salvación universal cuando Aslan operando los beneficios de su poder en contra
de los telmarinos convoca a la lucha, como símbolo de su autoridad, a los
árboles. La pequeña Lucy se encuentra en medio del bosque buscando a Aslan para
que ayude en la batalla, quizá mandando más guerreros valerosos que lucharán
para cumplir con su deber moral. Muy pronto, sin embargo, Lucy se da cuenta que
la salvación de Aslan no proviene de ninguna moralidad ni intencionalidad
humana, sino de las raíces creacionales más profundas. “Un círculo de hierba,
blanda como si fuera césped, apareció ante sus ojos, con oscuros árboles
danzando a su alrededor. Y entonces… ¡Qué gran alegría! Él estaba allí: el
enorme león, despidiendo un fulgor blanco bajo la luz de la luna, con su enorme
sombra negra proyectándose bajo su cuerpo”.[7]
Que
este viernes de crucifixión, en medio de una creación restaurada, danzante, sea
la enorme sombra de la Cruz de Cristo la única que nos brinde confianza en su
salvación universal.
[1] C.S. Lewis, Las Crónicas de Narnia. El león, la bruja y el armario.
México, Desafío, 2005, p. 191.
[2] P. Tillich, El Nuevo Ser. Barcelona,
Libros del Nopall, 1973.
[3] Cit. por L. Bossi, Historia natural del alma. Madrid, Antonio
Machado Libros, 2008, p. 86.
[4] J.I. González Faus, La Humanidad Nueva. Ensayo de cristología.
Santander, Sal Terrae, 1984, p. 130.
[5] C.S. Lewis, Mero cristianismo. Nashville, Grupo Nelson, 2021 (Clásicos
selectos de C.S. Lewis), p. 28.
[6] Cit. en A. McGrath, ed., The Christian Theology Reader. Oxford-Cambridge,
Blackwell, 1995, p. 247. Traducción propia.
[7] C.S. Lewis, Las Crónicas de Narnia. El Príncipe Caspian. México,
Desafío, 2005, p, 178.

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