Quisiera empezar agradeciendo esta invitación y la oportunidad que me ofrecen de compartir otra historia de la Reforma, un periodo que nos habla de nuestro origen, pero en el que también se entrecruzan historias no tan conocidas: con los Luteros, Calvinos, Knoxes, Buceros o Zwinglios, también hubo muchos otros y, algo a lo que prestaremos atención, también muchas otras. El papel que las mujeres jugaron en la Reforma fue importante y medular, pero este no nos ha llegado con la misma claridad que el de estos nombres ilustres que en un día como hoy pueblan nuestra memoria. No fue así porque, tan extraordinaria como la Reforma (o más bien, Reformas, en plural) fue, en la medida que se asentó y tuvo necesidad de estructurarse, se avino a ciertos compromisos que provocaron que estos otros nombres quedaran más bien silenciados en el imaginario colectivo que como herederos de la Reforma del s. XVI compartimos. Decía Lutero que el ser humano es simul iustus et peccator, es decir, a la vez justo y pecador, y esta es una definición que bien se puede aplicar al mismo fenómeno de la Reforma.
Empecemos por lo extraordinario. Esta memoria
colectiva que nos acompaña tiene fijada la imagen de Martín Lutero clavando las
95 tesis en Wittenberg. Este acto icónico, si es que se produjo, tenía menos de
desafiante de lo que suponemos: Lutero era un teólogo, y los teólogos solían
convocar disputas teológicas con sus pares haciendo anuncios y gestos públicos
como el de Lutero. Cierto es que este acto tomaría un significado profundo,
pero uno que ni el mismo Lutero podía prever en ese momento. Ahora bien, en la
Europa de 1517 existía al momento un clima social muy revuelto: hambrunas,
guerras, la presencia al este de imperios no-cristianos, grandes desarrollos de
la piedad popular y mucha disputa teológica. Todo esto colaboraba a generar un
ambiente apocalíptico y de expectativa muy marcado en el momento, tal y como si
se estuviera asistiendo al fin de los tiempos. Es desde este ambiente que los
primeros reformadores y reformadoras se relacionaron e interpretaron la Biblia,
y pasajes tales como la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén que tenemos
recogida en Lc. 19.28-40.
Este pasaje, que se repite en el resto de los
evangelios con ciertas variantes, marca la venida de Jesús en Jerusalén: quien
lee o escucha este pasaje, sabe que el desenlace está cerca: Jesús será
finalmente capturado y sentenciado a la cruz, morirá, y resucitará al tercer
día. Esta muerte es la del rey mesiánico que ahora entra en Jerusalén y que es
saludado como tal: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el
cielo y gloria en las alturas!”. Nos hallamos pues al inicio del punto álgido
de la narrativa; la expectativa es mayúscula. ¡El rey escatológico ha entrado
en la ciudad! ¡Algo seguro va a ocurrir! La emoción es tanta que ni siquiera
las piedras podrían callar: “Os digo que si estos callan las piedras gritarán”.
Un sentimiento de expectativa muy semejante al
que el evangelista Lucas transmite aquí existía en Centroeuropa cuando la
Reforma eclosiona, muy marcado por la percepción apocalíptica a la que me
refería antes. Quienes participaron en la Reforma, ya fuera a favor o en
contra, tenían la sensación de estar viviendo los últimos días, y como en los
últimos días, se producían sucesos extraordinarios. Lo que el profeta Joel
profetizara tantos siglos atrás, volvía ahora a producirse: “Derramaré mi
Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas;
vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones”. Y lo
extraordinario ocurrió: no sólo hombres, sino también mujeres alzaban la voz en
la plaza pública y participaban activamente en el debate de la Reforma.
Existía hasta el momento una larga tradición
eclesial de silenciamiento de los laicos y las mujeres. Los hombres laicos, por
supuesto, podían participar en la política. Las mujeres, laicas o religiosas,
lo tenían mucho más complicado para así hacerlo, pero esto no quiere decir que
no lo hicieran y que fueran capaces de desplegar su influencia de forma a veces
determinante. Pero ni varones laicos ni mujeres laicas o religiosas podían
predicar. Apelando a Ro 10.15 (“¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?”), la
Iglesia mantenía que sólo quienes ella autorizaba tenían la potestad de
predicar. Las mujeres, se decía, no tenían capacidad intelectual suficiente
para así hacerlo, y solo en muy extraordinarias circunstancias, mujeres muy
excepcionales, como María Magdalena, podían predicar, generalmente cuando no
había un hombre a mano competente que lo pudiera predicar.
No todo el mundo pensaba lo mismo, por
supuesto. Desde el s. XIV se llevaba celebrando un debate llamado la “Querella
de las Damas”, en la que muchos hombres, y algunas mujeres, discutían sobre la
nobleza y preminencia, o la falta de éstas, del sexo femenino. Ya Cristina de
Pisán a inicios del s. XV, había levantado la voz contra aquellos que
fustigaban a las mujeres apelando a los ejemplos de mujeres bíblicas (María
Magdalena, la samaritana, Débora, Ana, etcétera), cada una un ladrillo con el
que Cristina construyó una ciudad, la ciudad de las damas, donde las mujeres
podían habitar seguras.
Los acontecimientos nos llevan ahora a una
pequeña villa en Bélgica, donde una joven, priora de un convento, ha estado
leyendo los tratados que empiezan a inundar Europa, de la mano de Erasmo,
Lutero, Calvino y otros muchos. Su educación familiar la había puesto también
en contacto con la Querella de las Mujeres. Esta joven se llamaba Marie
Dentière, y tanto se contagió de los acontecimientos de su época, que en 1523
decide abandonar el convento y dirigirse a Estrasburgo, un lugar de mucha
ebullición en el momento y donde se dan cita reformadores procedentes de toda
Europa. Allí llegará, empapándose del ambiente, hasta 1528, momento en que se
instala con su marido, un exsacerdote católico, en un pueblito cerca de
Ginebra, en apoyo a la reforma evangélica de Guillermo Farel, uno de los
grandes nombres del momento. En 1535 la hallamos en Ginebra, y activa en la
turbulenta reforma de la ciudad. Publicará su primera obra en 1536, La
guerra y liberación de la ciudad de Ginebra, fielmente contada por una
comerciante que vive en ella, y en la que la instalación de la Reforma en
la ciudad se presenta como el último episodio de la historia de la salvación
que empieza en el AT y sigue en el NT. ¡Tiempos extraordinarios, en los que de
la misma manera el Señor entró a Jerusalén, entra ahora en Ginebra!
Pero por la obra que será más recordada es por
La carta muy útil enviada a la reina Margarita de Navarra. La anterior
la había escrito anónimamente, dado que una mujer no podía publicar, y durante
mucho tiempo fue atribuida a su marido. Esta no la firmará tampoco con su
nombre, pero un claro juego de palabras al final de la obra la identificar
claramente a ella como la autora – tanto que Marie será juzgada por la
publicación y las copias impresas confiscadas. La carta sin embargo se
encontraba entre el ámbito privado y el público, una ambigüedad que Marie usó
para su provecho. Originalmente, la carta iba dirigida a la reina Margarita de Navarra,
quien seguía los acontecimientos en Ginebra con interés, y a quien Marie había
conocido en sus viajes. En 1538, Calvino y Farel, fueron expulsados de Ginebra,
y la reina quiso informarse de esto. Se trataba por tanto de una
correspondencia privada entre Margarita y Marie. Escribe Marie:
Lo que Dios os ha dado y lo que ha tenido a bien revelarnos a nosotras, mujeres, no menos que los hombres deberíamos esconderlo y enterrarlo bajo tierra. Y aunque no se nos permite predicar en las congregaciones públicas ni en las iglesias (1 Tim. 2.11-12), no tenemos prohibido escribirnos y aconsejarnos unas a las otras en toda caridad. No sólo por vos, señora, quería escribir esta carta, sino para animar a otras mujeres que se encuentran en cautividad, para que no teman al ser expulsadas de su tierra de origen, lejos de la familia y las amistades, como lo fui yo, por la palabra de Dios.
Es decir, es su propia vocación lo que lleva a Marie a escribir a la reina, y lo que la llevará también a publicar posteriormente, en 1539, la carta, pasando así al ámbito público, pues ciertamente las circunstancias son extraordinarias, demasiado para que incluso las mujeres permanezcan silenciosas: Si nosotras callamos, hablarán las piedras, viene a decir Marie. Y es que Marie lo tenía claro. Otro fragmento de la carta dice:
La
Escritura tiene varios significados y puede entenderse de formas distintas. No
es cosa de mujeres saberlo, ni de la gente sin educación, que no tiene ni
títulos ni rango de doctores; más bien deberían de creer sin cuestionar nada
[...] Yo pregunto: ¿no murió Jesús tanto para el pobre ignorante e idiota como
por mis buenos señores, tonsurados y mitrados? ¿Predicó y extendió el evangelio
solo para mis estimados señores, los sabios e importantes? ¿No fue para todos
nosotros? ¿Es que tenemos dos evangelios, uno para hombres y otro para mujeres?
¿Uno para sabios y otro para ignorantes? ¿No somos uno en el Señor? ¿En nombre
de quién somos bautizados? ¿En el de Pablo o en el de Apolo, en el del papa o
en el de Lutero? ¿No es en el nombre de Cristo? Él, ciertamente, no está
dividido. No hay distinción entre judío y griego; ante Dios, nadie es
excepción. Todos somos uno en Cristo. No hay hombre ni mujer, ni esclavo ni
hombre libre.
E interpretar las Escrituras Marie hizo sin
duda, afianzada en su conciencia de pertenecer al cuerpo de Cristo por el
bautismo y ejerciendo el tan mal comprendido posteriormente “sacerdocio de
todos los creyentes”, fundado en el amor al prójimo. Si siguiéramos leyendo,
encontraríamos que la carta está tachonada de referencias bíblicas, y que las
famosas solas de la Reforma conducen su interpretación. No solo podemos
aprender del coraje de esta mujer, sino también de su exégesis e interpretación
bíblica. Ella misma buena conocedora del hebreo y, suponemos, del griego, Marie
ilustró uno de los grandes principios de la Reforma y que parecemos haber
olvidado, de tanto como a veces lo cacareamos: que la Sola Scriptura no
se mantiene sola. Ésta no puede entenderse al margen del Solus Christus, ni
desgajada del Sola Gratia, ni entenderse al margen de la Sola Fide para
orientar el Soli Deo Gloria. Como sus contemporáneos, Marie usará solo
algunas de estas expresiones y en variantes distintas, pues las cinco solas
no surgen como un enunciado fijado hasta el s. XVII. Pero, como en los
reformadores del s. XVI, como así también en Marie, la intuición y el sentido
de las solas está en primera línea: las solas están
irremediablemente ligadas unas a otras, y el Sola Scriptura, por sí
misma, y sin referirse a la fe, la gracia y a Jesús, es idolatría. ¿En qué se
distingue la Sola Scriptura, tomada por sí misma, del monopolio de las
Escrituras por parte de la Iglesia del s. XVI, los doctos y sabios señores, preguntaría
Marie? Sin la referencia a Jesús, la gracia, y la fe, es decir, sin la
contextualización y la lectura dinámica desde la fe, las Escrituras no se
sostienen.
La fortuna posterior de Marie ambigua: defensora
de Calvino y Farel en la Carta que dirige a Margarita, estos reformadores no le
devolverían el favor. Y es que en la medida que la reforma se fue instalando en
las ciudades de centroeuropa y aquellos tiempos de excepción pasaban y se
convertían en la normalidad, las voces excepcionales como la de Marie Dentière
no serían ya necesarias. Esta es la paradoja: la excepcionalidad permitió que
Marie y otras mujeres se manifestaran públicamente en la Reforma, pero la
excepcionalidad también conllevó su silenciamiento a la larga. Por eso, la excepcionalidad
no puede ser el estado en el que las mujeres nos encontremos en nuestras
comunidades
Más de cinco siglos han transcurrido, y otra
pregunta lanzada por Marie nos sigue persiguiendo: ¿Es que tenemos dos
evangelios, uno para hombres y otro para mujeres? En 2017, para el 500º aniversario
de la Reforma, hice el ejercicio de contar cuántas profesoras de teología
existían en las facultades de teología protestante españolas: eran alrededor de
12%, pero excepto en dos instancias, ninguna daba clases de contenidos
plenamente teológicos. A mi conocimiento, sólo hay en la actualidad dos
doctoras en Biblia protestantes españolas. ¿A cuántas pastoras conocéis? ¿A
cuántas profesoras de teología? ¿A cuántas presidentas de iglesias nacionales o
regionales? Aún somos pocas, muy pocas. Y mientras esta realidad siga instalada
en nuestras comunidades, y los factores coyunturales se sigan usando para
justificar la poca presencia de las mujeres en los rangos pastorales, la
pregunta que Marie lanzó hace ya cinco (¡cinco!) siglos, seguirá vigente:
¿Acaso hay dos evangelios distintos, uno para hombres, y otro para mujeres? Y
la respuesta de Marie seguirá siendo válida: Si callamos nosotros (atención,
“nosotros”, no solo “nosotras”), las piedras hablarán.
Hermanas y hermanos, que el Señor nos siga inspirando a construir iglesias y comunidades justas, hoy que recordamos a aquellos pioneros y pioneras de la Reforma.
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