viernes, 1 de noviembre de 2024

"Dios me defenderá / como quien defiende a un amigo" (Job 16.9-22), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

3 de noviembre, 2024 

Ante Dios lloro amargamente,

porque mis amigos se burlan de mí.

Dios me defenderá

como quien defiende a un amigo.

job 16.21-22, tla

Dentro del libro, todas las voces contradicen a las demás, de manera que ¿a quién hemos de creer? ¿A los amigos, que hablan como teólogos representativos de la piedad hebrea tradicional y ortodoxa? ¿A Job mismo, que lanza acusaciones contra Dios desde el interior de un terrible sufrimiento, y quizá no esté en sus cabales? ¿A Dios, que se niega categóricamente a abordar las cuestiones clave que Job y el libro han estado planteando? ¿O al autor del libro y a su portavoz, el narrador, que se reservan la última palabra que descompone todo cuanto se ha dicho anteriormente?[1]

David J.A. Clines 

Trasfondo

La amistad no fue un asunto extraño para la antigua sabiduría de Israel. La posibilidad real de que, sin ninguna relación familiar o consanguínea, una persona encuentre en otra un completo espacio de simpatía, cariño y complicidad profunda fue observada muy de cerca por el pensamiento bíblico ancestral. Y no se trata, como muchos suponen de idealizar la relación entre las personas sino de afirmar lo que con tanta claridad señalan Proverbios 17.17 (“El amigo siempre es amigo, / y en los tiempos difíciles / es más que un hermano”), 18.24 (“Con ciertos amigos, / no hacen falta enemigos, / pero hay otros amigos / que valen más que un hermano”) y Eclesiastés 4.9-10: (“’Más valen dos que uno’, porque sacan más provecho de lo que hacen. Además, si uno de ellos se tropieza, el otro puede levantarlo. Pero ¡pobre del que cae y no tiene quien lo ayude a levantarse!”). Al igual que en el mundo clásico, esta exploración alcanzó notables expresiones como lo fue la amistad entre el rey David y su cuñado Jonatán, entre otros casos. Pero en el libro de Job la amistad queda bastante en entredicho dada la actitud que asumieron los amigos del protagonista. 

La actitud de los amigos

En el libro de Job, los amigos del protagonista plantean una enorme ambigüedad con su intención, primero, de acompañarlo solidariamente, y segundo, de aconsejarlo sobre lo que debía hacer delante de Dios. Más tarde, comenzaron a recriminar sus palabras y actitudes, convirtiéndose en celosos defensores de Dios y de la doctrina de la retribución. Job entabló, entonces, contra ellos un juicio moral y reafirmó la primera parte de Prov 18.24: “Con amigos así…”. Pero lo cierto es que, cuando respondió acremente sus juicios de valor y su crítica acerca de su relación con Dios, hurgó dentro de sí mismo y se asomó a la posibilidad de que Dios mismo estuviera más allá de esa amistad extraña que le mostraron Elifaz, Bildad y Zofar.

La traducción de Job 16.21 sigue en discusión por sus diversos matices (“que mi amigo [Dios] se deje encontrar por mí”, Duhm, 1897; “Y ahora, si está en el cielo mi testigo / y en la altura mi defensor […] / que juzgue entre un varón y Dios, / entre un hombre y su amigo”, Schökel y Sicre [19, 21]; “¡Cómo quisiera yo discutir con Dios, como lo hacemos con nuestros semejantes!”, RVC; “Necesito un mediador entre Dios y yo, como una persona que intercede entre amigos”, NTV…) expone precisamente esa posibilidad que Job sugirió como un ansioso deseo para que le ayudara en penosa situación, puesto que, al dirigirse nuevamente a Elifaz y referir cómo se ha comportado Dios con él, esperaría un cambio profundo en su actitud. Si la divinidad lo había “entregado a injustos” y lo había dejado “en manos de malvados” (16.10-11). Estaba agobiado por las flechas divinas (12-14), y su rostro “enlodado con el llanto” y sus “párpados amortecidos” (16), además de que Dios lo había quebrantado “con pena sobre pena” (recuerda el poema “Umbrío por la pena”, de Miguel Hernández). A pesar de no haber injusticia en sus manos “y de haber sido pura mi oración” (17).

La esperanza profunda de Job: Dios como amigo

Lo que Job necesitaba urgentemente era un respiro, un oasis de paz y de tranquilidad, en pocas palabras la cercanía y acción de un verdadero amigo que lo ayudara a salir de esa prisión de dolor. Por ello gimió: “¡Tierra, no sepultes mi sangre, / que no quede en secreto mi clamor!” (18). Los vv. 19-21 centran el asunto en la posibilidad de que Dios muestre su condescendencia y, además de testigo y defensor, sea también su amigo. Los amigos humanos han fallado, solamente quedaba entonces el anhelo de que Dios actuara amistosamente hacia él, lo que el resto del capítulo niega rotundamente: “Ni amigos ni Dios se muestran comprensivos; pero el testigo establecerá la justicia entre las diversas partes”.[2] Ese espacio de gracia tan añorado por Job aparece como una opción en la persona del propio Dios, como anticipo lejano de la amistad ofrecida por Jesús a sus seguidores/as y que, inevitablemente, aflora en la conciencia creyente de hoy. Job soñaba con lo que ahora todos los creyentes disfrutamos a fin de salir de su situación extrema y encontrar una luz para sus hondas sombras.

Conclusión 

El libro de Job es una construcción literaria, pero no puede haber sido redactado sino por alguien que ha padecido en su carne y en su espíritu. La protesta y la lamentación de Job llevan el sello de la experiencia personal; el enfrentamiento con Dios, el vencimiento y convencimiento finales también. Es una obra escrita con una fe humedecida por las lágrimas y enrojecida por la sangre. Este campeón de la gratuidad del amor de Dios, comparable en este punto a Pablo de Tarso, es alguien que ha conocido el dolor y la soledad. El libro de Job nos transmite con sus luces y sombras, con sus aciertos y límites , un proceso personal.[3]

La ansiedad de Job lo hizo soñar, imaginar, una amistad verdadera que pudiera servirle de asidero, de ancla para sentir que era defendido por alguien y así reivindicar su causa. Una especie de go’el, un rescatador, miembro de la familia, del clan, de la tribu, por orden de parentesco, que estuviera obligado a reivindicar a su prójimo, a devolverle el lugar social y moral que tenía previamente. Ese rescatador únicamente podía ser Dios, el mismo que lo había puesto en esa condición, paradójicamente quien lo estaba poniendo a prueba y quien aún no se decidía a expresarse directamente. Sus palabras han llegado hasta el pozo de la desolación y su esperanza empieza a emerger para asomarse a una posibilidad de recuperación. Esa ventana posible es la amistad y el perfil que podía cumplir con esa condición sólo podía ser el de Dios mismo, quien lo lastimó y quien lo curaría después.



[1] David J.A. Clines, “El Dios de Job”, en Concilium, núm. 307, septiembre de 2004, p. 48.

[2] L. Alonso Schökel y J.L. Sicre Díaz, Job. Comentario teológico-literario. Madrid, Ediciones Cristiandad, 2002, p. 312.

[3] Gustavo Gutiérrez, Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1986, p. 53.

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