10 de noviembre, 2024
Introducción
Tenemos
que reconocer de entrada, que el libro de Job ha tenido una escasa influencia
en la doctrina de la Iglesia, sino es que nula, a excepción de cuando se habla
del tema de la paciencia. Lo que conocemos del libro no son más que los 2
primeros capítulos, parte del 3 y el último, y un texto central en el cual está
basado el tema general de este mes, 19:25-26, fuera de allí, son pocos los que
se adentran al texto.
¿Algunos
de ustedes habían leído el libro como lo han estado leyendo en estos meses con
el pastor Leopoldo?
Quizá
por la estructura o forma literaria en que el texto está construido nos
complica su lectura y aprendizaje de memoria como lo hacemos con los salmos,
proverbios u otros libros de la Biblia, pero más que tenerlos de memoria, su
forma de leerlo y entenderlo nos complica. No sé cuántos de los que han leído la
Biblia completa se han detenido a reflexionar e interpretar en los pasajes
donde están los discursos de este libro.
O
quizá nos cuesta acercarnos a este libro por el atrevimiento, la osadía, la
insolencia o valentía que el personaje central tiene de encarar a Dios y
confrontarlo, de preguntarle, de decirle, de quejarse hasta llegar a pedir que
intervenga a su favor, y que nosotros no llegamos a tal extremo, y que en la
mayor parte de nuestra lectura se nos hace Job un hombre justo pero aceptamos o
le damos la razón a los amigos y hasta aplaudimos lo que dicen, porque dentro
de nosotros llevamos un Elifaz, un Bildad o un Sofar, y aunque en el
sufrimiento podemos ser un Job, nuestras palabras no serán como las de este
hombre sino como la de sus amigos, y aunque quisiéramos ser como Job y expresar
nuestra molestia, decepción, queja, dolor, simplemente no lo hacemos, y si lo
hacemos nos genera culpa y nos arrepentimos, o simplemente callamos a quien si
se atreve o lo dice. Practicamos la “sana doctrina”, en este caso en Job, la
doctrina de la retribución;
cada quien tiene o recibe lo que merece, o la paciencia de Job desde su abnegación, que acepta el dolor sin
protestar contra Dios. Bien dice Juan Arias, teólogo español, que cuando de
defender la doctrina se trata: hay “personas
de una fe de roca, prontas a dar su vida incluso por la defensa de un dogma;
pero que al mismo tiempo son terriblemente duros con su prójimo, impermeables a
la misericordia, a la comprensión; prontos a la inquisición y a las hogueras y
para quienes hacer el bien al prójimo es solo un salvoconducto de salvación”
(Juan Arias, El
Dios en quien no creo. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1973, p. 158).
O,
probablemente nuestras preguntas sean más desde la teodicea, poniendo en duda
el poder de Dios o su amor, ¿Él es capaz, pero no está dispuesto? ¿O Él está
dispuesto, pero no es capaz? y desde esa mirada, nos perdemos. Es otra
posibilidad que tenemos los humanos de abordar el tema y no encontrar
respuesta, por lo cual estamos condenados a sufrir, lo cual es fatal.
Hace años enfermó un amigo del corazón, lo internaron en el hospital, estuvo varios días allí, fui a visitarlo, a orar por él, después me quedé a platicar con su esposa, le leí el pasaje bíblico de Marcos 5 y específicamente los versículos 35-37, donde a Jairo le llevan la noticia de que su hija ha muerto, y también le dicen ¿para qué molestas más al maestro?, Jesús oyó esas palabras del siervo, amigo, vecino o familiar (el texto no dice quién), ve a Jairo y le dice: “No temas, cree solamente.” En mi atrevimiento y queriendo dar una respuesta a esa pregunta que le hacen a Jairo, le dije a la hermana, hay que seguir molestando al maestro, hay que molestar a Dios, porque él conoce nuestras necesidades, nuestro dolor, y va a escucharnos. Al día siguiente fue su pastor de la iglesia donde se congregaban a visitar al hermano enfermo, la hermana le comento lo que yo había dicho anteriormente, y su pastor se indignó de que yo haya dicho tal cosa, de que a Dios no se le molesta, de él se acepta su voluntad y listo, pero no se le increpa, ¿qué más le dijo?, no lo sé, solo recuerdo esto que la hermana me contó cuando regrese a visitarlo posteriormente.
¿Sabiduría o tradición?
¿Qué exponen los
amigos de Job? ¿Qué sale de sus bocas?
A través de estos discursos vamos encontrando
el pensamiento teológico que imperaba en la época en que se escribe el libro.
Las palabras de los amigos parecen ser una interpretación a Deuteronomio 28-29,
donde se dice que Dios bendice a los que obedecen la ley y castiga a los que
hacen el mal. Algún pecado o mal cometió Job y por eso está siendo castigado,
por eso sufre. Cada vez el dialogo se torna más intenso, descarnada. Cada vez
los amigos atacan a Job con menos pudor y misericordia. Mientras tanto, él se
desangra por el dolor y sus preguntas no encuentran respuesta. Anhela, pide que
Dios le dé explicaciones, y sus amigos ante sus palabras y cuestionamientos se
horrorizan. Job se ha descarado frente a sus amigos y frente a Dios, pierde
toda culpa, según Job, no la hay, no lo tiene, por eso no puede entender por qué
su sufrimiento. Sus amigos están también en una lógica satánica, para ellos Job
tiene bien merecido el castigo, el impío, pecador debe de ser condenado. Por
eso Job se encuentra en la calle de la amargura y porque no decirlo, de la
locura, no halla consuelo en nadie, tampoco hay alguien terrenal en quien
confiar, se siente solo, la familia se le ha quitado, la esposa le ha dado una
salida a manera de ultimátum “maldice a tu Dios y muérete”, los amigos le
condenan, a dónde ir entonces ¿Qué le queda a Job? Pareciera que solo la muerte
le espera. Los amigos se han vuelto agresivos, crueles, intolerantes, la
estructura poética de sus discursos no los hace ver como viles, soeces, pero
rallan en ello. Sus palabras no son de aliento, sino de condenación, aunque le
dejan entre ver que volviéndose a Dios todo le será restaurado (22:21-30).
Por eso, con toda razón, Job en su defensa
dice: vv.4-5: “Porque a estos has
escondido de su corazón la inteligencia; por tanto, no los exaltarás. Al que
denuncia a sus amigos como presa, los ojos de sus hijos desfallecerán”.
Se vuelve contra ellos, revira y replica. Se
siente traicionado por sus amigos, han roto el vínculo, los lazos que los unía,
se dan con todo, de un lado y de otro, y quieren poner a Dios como juez, 3
contra 1, 4 contra 1. El cuarto amigo sale con más enjundia para condenar a Job
y defender a Dios.
Las palabras de Job son duras también, la versión TLA dice: “Confunde a mis enemigos, y nos los dejes que triunfen. Si por ganarse unas monedas pueden acusar a un amigo, ¡merecen ver morir a sus hijos!”. Job no aceptará las provocaciones de sus amigos, sino que resistirá a ellas, lo que le servirá para aumentar su sufrimiento corporal y su pena interna.
Del desfallecer a la
esperanza en Dios
Job 17:1-2.
RVR 1960. 1Mi aliento se agota, se acortan
mis días, y me está preparado el sepulcro. 2 No
hay conmigo sino escarnecedores, en cuya amargura se detienen
mis ojos.
TLA. 1Todos los que me rodean se burlan de mí; tengo que soportar sus ataques. 2La vida se me escapa; ya la muerte me está esperando.
RVC. 1La vida se me
escapa. Mis días se acortan. El sepulcro me está esperando.
2 Estoy rodeado de gente burlona, y tengo que verlos derramar su amargura.
¿Es la muerte lo último que nos queda? ¿Es la
única que puede curar nuestros males? Job está agotado, desfallece, ve su vida
terminar, el sepulcro le espera.
Para muchos, la muerte es la última palabra,
no hay más, con ello se termina la vida y toda esperanza. Quien así piensa,
habrá vivido en balde, y su vida será de tristeza ¡que corta es su visión! La
vida tiene sentido, tiene carácter, se lo da Dios.
La muerte es parte del ciclo de la vida, pero
no se anhela, no se quiere, por el contrario, se le huye. Job está consciente
que tarde o temprano le llegará la muerte, no le tiene miedo a ella, sino al
sufrir de la vida, al sin sentido de la vida, carente de futuro, y aunque invoca
la muerte, en lo profundo de su ser no lo anhela, y por eso el desgarre del
alma, por eso su dolor profundo. Ese aferrarse a ser declarado inocente, es el
aferrarse a la vida misma. Ese confrontar a los amigos y a Dios, es la búsqueda
de la vida misma. Job 13:13-14. Aunque
el sufrir de la vida es dura, es preferible la vida, ver a Dios en carne y no
en espíritu. Dice Job, texto del próximo domingo “En mi carne he de ver a
Dios”. Dice Rubem Alves, teólogo brasileño: “A decir verdad, no conozco a nadie que esté por dejar las pequeñas
alegrías de esta vida para gozar eternamente de la perfecta felicidad
celestial. La gente religiosa que conozco cuida bien su salud, camina, hace
gimnasia acuática, controla su colesterol, su presión y su nivel de azúcar…
Quiere seguir aquí, tampoco quiere irse” (Rubem Alves, Si pudiera vivir mi vida de nuevo. México, Ediciones Dabar, 2004, p. 15). Y sí, “lo que queremos después de la muerte es seguir
viviendo esta vida, esta misma vida mortal, pero sin sus males, sin el tedio y
sin la muerte” (Rodrigo Segarra, El
libro de Job en Unamuno: la casa edificada sobre la arena. Terrassa, CLIE,
2004, p. 206).
Lo difícil de la vida no es el dolor que de
ella emana, sino el dolor de la ausencia de Dios, que piensas que él no te
escucha, que está lejos de ti, que se ha olvidado, que cuando todo mundo te
culpa, te crítica y te condena, él no está para defenderte. Pero, lo cierto es
que nuestro Dios es un Dios presente en nuestro sufrimiento, en la historia de
su pueblo, en medio de la humanidad. Él se duele con los que se duelen, sufre
con los que sufren. Tampoco es sádico, él no se deleita en el mal del otro, él
es solidario. Nuestro Dios camina con nosotros, tan es así, que siendo Dios se
hizo hombre, experimento nuestro dolor, y no solo lo experimento, sino que
cargo con ellos para liberarnos, para curarnos y darnos una vida digna y plena.
Isaías 53:4-5.
¿Tengo que estar soportándolos? Llega un momento donde el dolor de Job se
acrecienta más por las palabras que por las propias llagas o heridas de su
cuerpo. ¿Cuándo duele más el dolor? ¿Cuándo sufres en silencio y solo, o cuándo
a tu lado están tus acusadores, tus satanes, los que te condenan? Y de que los
hay, los hay.
NTV. V. 3 “Debes defender mi inocencia, oh
Dios,
ya que nadie más se levantará en mi favor”. Job se declara inocente, y
por ello se dirige a Dios para pedirle que sea su fiador, su defensor, su
abogado, su redentor, y a manera de Juez, que sea Dios quien declare su
inocencia, quien lo absuelva de todo lo que le acusan. A él, es decir a Job,
nadie le cree, pero si le creerán a Dios, y más aún, si quien lo declara
inocente y libre de toda culpa, le da la mano, le estrecha la mano, así lo
traduce la biblia Jerusalén, versión católica. “Coloca, pues, mi fianza junto a ti, ¿quién, si no, querrá chocar mi
mano?”
¿Qué otro me dará la mano? A no ser que sea Dios mismo, podrá estrechar su mano con la de Job, podrá ofrecerle una garantía estrechándole la mano. La mano de su Goel, de su defensor como prenda de su inocencia. Al estrecharse las manos, se declara la inocencia de quien se le culpa, y a la vez lo confirma quien lo declara; en ambos se sella y se da una garantía de inocencia, e iría más allá en el estrecharse la mano, se declara y se confirma un vínculo de amistad, de un verdadero amigo.
Conclusión
Job termina este discurso con dos preguntas y
una afirmación, V. 15 y 16. “¿Dónde, pues, estará ahora mi
esperanza? Y mi esperanza, ¿quién la verá? 16A la profundidad del Seol
descenderán, y juntamente descansarán en el polvo”.
Bien dice el dicho que la esperanza muere al
último, y en Job, la esperanza se va con él.
Una enfermedad es desgastante tanto para el
que sufre como para quien o quienes le cuidan. Es difícil comprender para quien
nunca ha estado en tal posición. Tendríamos que ser Job de un lado y Job del
otro lado, ¿qué quiero decir con esto? Que tendríamos que estar en el lugar del
enfermo, del que sufre, y sentir lo que se siente, para entonces como Job, ser
Job, es decir, que sus palabras al declararlas, no sean de juicio sino de
solidaridad, de apoyo, de consolación, como él mismo lo declara en el capítulo
16:4-5. Y como también el apóstol Pablo escribiría en 2 de Corintios 1:3-7.
La Palabra de Jesús es “Yo he venido para
que tengan vida y vida en abundancia”, por lo cual, si eso es una promesa, y
una promesa crea esperanza, como Job tenemos que buscar y vivir en ese reclamo
de la dignidad humana, que nos inspira y levanta desde donde estemos caídos/as,
porque así lo dice bien el salmista “7 Él levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar,
8 Para hacerlos sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo.” Salmo 113:7-8.
Reivindicarnos para reivindicar a los demás.
Job
revela al Dios verdadero, real, divino, santo, sabio, poderoso, creador,
redentor, justo, digno, solidario.
Dios
revela en Job al verdadero humano, perfecto, recto, íntegro; un santo, pero
también, terco, insolente, que no es abnegado, sino lo contrario, pero inocente
y digno de su amistad.

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