martes, 31 de diciembre de 2024

Siempre tomados/as de la mano de Dios (Salmo 103.1-19), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

31 de diciembre, 2024 


El Señor se compadece de los que le honran

con la misma compasión del Padre por sus hijos,

pues él sabe de qué estamos hechos,

¡él bien sabe que estamos hechos de polvo!

Salmo 103.13-14, Reina-Valera Contemporànea


¿Qué tiene de extraño si lo conoce todo? Pero su modo de conocer nuestro barro fue asumirlo por amor.

Gregorio Magno (540-604)

 

Trasfondo

No cabe duda de que, cuando la fe procesa adecuadamente las acciones de Dios en la vida, la visión se ensancha y permite comprender mejor su voluntad. Salmos como el 103, un auténtico monólogo inicial en el que quien habla se presenta ante la eternidad divina con una sana conciencia y con buena claridad acerca del camino de salvación realizado por Dios, expresan la sensación de gratitud que brota de un corazón sincero. Al hablar así, la persona o la comunidad se proyectan en el tiempo y alcanzan el estatus de ”clásicos de la espiritualidad bíblica” al volcar en esas palabras repetidas por las generaciones posteriores toda una experiencia común de fe. “

 

No existe un salmo en el que la misericordia del Señor sea descrita con términos más dulces que los del Sal 103.11ss y 17. La comparación del Padre misericordioso hacia los hijos (13) alcanza la ternura de la parábola del hijo pródigo de Lc 15. La diferencia es que sólo Jesús nos ha revelado plenamente cómo Dios es Padre y nos ha hecho hermanos suyos. […] De ahí se pasa a la sublime descripción de la misericordia de Dios Padre en el himno colectivo (vv. 7-18), que la comunidad cristiana saborea superando los propios dolores, las propias miserias y los mismos inevitables conflictos internos.[1] 

La voz interior de la fe (vv. 1-5)

La invitación interior (“¡Bendice, alma mía al Señor! / ¡Bendiga todo mi ser su santo nombre!”, v. 1) es parte de un desdoblamiento interior de observación psicológica bien conocido y practicado en el Salterio:[2] quien ora se incita a sí mismo para valorar todo lo que ha hecho Dios por él en un recuento puntual: perdón y sanación (3), rescate y favores misericordiosos (4), alimento y renovación de fuerzas (5). “Es una auténtica movilización personal” de quien habla: todo el ser es convocado a celebrar el nombre santo del Señor Dios. Pues ha sido rescatado de la fosa: “Inundado de gozo agradecido, trasciende su experiencia personal y se abre a un horizonte más amplio. [...] Podemos imaginar que un judío devoto medita la definición clásica del Señor 'compasivo y clemente' (8), y la proyecta a su experiencia personal, a la de su comunidad nacional, a la condición humana” (Ídem). 

La voz plural de la comunidad (vv. 6-10)

“También podemos imaginar como arranque un hecho nacional: los desterrados 'oprimidos' han vuelto a la patria” (Ídem). La fecha posterior la exilio es muy probable porque no se mencionan Sión ni Jerusalén y la palabra "oprimidos" puede ser general. La justicia divina ha sido una constante y permanente su intervención a favor de "los que sufren por la violencia" (6). “Hacer justicia al oprimido es defender sus derechos, liberarlo del opresor. Por el resultado es acto de misericordia y compasión” (Ídem). La misericordia y clemencia del Señor ha sido patente (8a), la clásica fórmula lo expresa con claridad: “…es lento para la ira, y grande en misericordia” (8b). Aquí se repiten los títulos de Éxodo 34.7: “misericordioso y piadoso”. La hésed, su amor-fidelidad, es “democratizada” pues se sobreponen la davídica y la sinaítica para beneficio del pueblo en medio de las situaciones más dolorosas que viva.

Se reconoce que Dios ha sido magnánimo pues no ha reprendido todo el tiempo (9) ni ha castigado como el pueblo lo merecía (10) con todo y sus desobediencias. “Sí acusa y pleitea y se irrita, pero no perpetuamente; sí paga y castiga, pero no como merecemos. El destierro superado es prueba de ello. [...] La medida del castigo no es el delito, porque su justicia está temperada y superada por la misericordia” (Ídem). 

"Bien sabe que estamos hechos de polvo" (vv. 11-14)

Los contrastes de los vv. 11-12 (distancia entre cielo-tierra, oriente-occidente) sirven al Salmo para enfatizar la misericordia de Dios y el perdón por las rebeliones. “Si el destierro ha sido un 'alejar' a los culpables de la patria (Jr 27.10; Ez 11.16), el perdón es un 'alejar' el pecado hasta fuera de alcance” (Ídem). Ello también es muestra de su condescendencia pues Él sabe muy bien que “estamos hechos de polvo” (14) y “se acuerda”. El contraste con su eternidad es crucial: “Con los términos de alfarería ysr y 'ypr fabrica el poeta su imagen. Además de padre, Dios es el alfarero que toma la arcilla y la modela. Nadie como él conoce el material empleado y el modelado impreso. Pues bien, Dios ha trabajado con barro, y el modelado ha resultado lo que dice Gn 6.5, antes del diluvio. Porque conoce como nadie, Dios comprende y perdona. Nuestra fragilidad de cerámica, nuestra contextura que cede, es nuestra mayor ventaja, sobre todo porque nuestro alfarero es nuestro padre” (Ídem). Nuestra finitud garantiza, paradójicamente, que Él considera profundamente nuestra condición perecedera y maleable, por lo que se mueve a compasión”.

“Nuestros días”, agrega el v. 15, son limitados como la hierba y las flores, “y desaparecemos, sin dejar ninguna huella” (16a). “Humilde hierba... belleza efímera, indefensa ante el viento cálido o violento” (Ídem). Ante tantas limitaciones la eterna misericordia de Dios, que está por encima de todos los vaivenes históricos, es el cobijo más confiable para nuestra humanidad transitoria. Por eso cantamos así:

 

Roca de la eternidad,

fuiste abierta tú por mí,

sé mi escondedero fiel,

sólo encuentro paz en ti;

rico, limpio manantial,

en el cual lavado fui (SDG, 642). 

Conclusión

Al trasponer los diversos umbrales de nuestra vida cronológica Dios nos va acompañando en cada una mostrando su amor paterno y maternal, recordando siempre que somos tan efímeros y lo contrario de lo que es Él. Pero esa es precisamente nuestra ventaja. Por eso debemos apegarnos a esa "Roca de la Eternidad" que es nuestro Dios, el acompañante continuo de toda nuestra existencia individual y comunitaria. "Su reino domina sobre todos los reinos" (v. 19b): su victoria cósmica es la victoria de la misericordia.



[1] Enzo Cortese y Silvestre Pongutá, “Salmos”, en A. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Antiguo Testamento II. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 718.

[2] Hans-Joachim Kraus, Salmos. II. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1990.

sábado, 28 de diciembre de 2024

La luz del Hijo de Dios ilumina al mundo (Juan 1.1-14), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

29 de diciembre, 2024


En la Palabra estaba la vida,

y la vida era la luz de la humanidad.

La luz resplandece en las tinieblas,

y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Juan 1.5-6, Reina-Valera Contemporànea

El prólogo del Evangelio de Juan hace alusión a Juan Bautista (1.6-8), el último de los profetas del Antiguo Testamento. al referirse a él, destaca que Juan es un mensajero enviado por Dios. “No era él la luz”, sino “testigo de la luz” (Jn 1.8). Estas palabras caracterizan muy bien lo que es propio del discipulado y de la vida de la comunidad de fe. Lo decisivo es dar testimonio del proyecto amoroso y rechazar la oscuridad y su actividad destructora de la vida.[1]

Victorio Araya-Guillén, Caminata en la luz. 40 días en el camino de la luz

 

Trasfondo

Misterio, milagro, escándalo, festividad, tradición… Eso y mucho más puede decirse acerca del acontecimiento de la encarnaciòn del Hijo de Dios en el mundo. Misterio, porque la escasa racionalidad humana jamás alcanzará a comprender la resonancia de una acción divina tan paradójica. Milagro, por cuanto lo sucedido, desde el punto de vista de la fe, vino a trastocar el rumbo de todo lo establecido. Escándalo, debido a que la inconmensurable eternidad de Dios entró en contubernio permanente con lo finito, lo absolutamente espiritual, asumió una forma visible, material.[2]

 

La encarnación de la Palabra” afirma la presencia de Dios en nuestro mundo como un miembro de este mundo, como Hombre entre los hombres. De ese modo, la revelación de Dios es para nosotros, y nuestra reconciliación es con Él. Que esta revelación y reconciliación ya han ocurrido es el contenido del mensaje de la Navidad. Pero aún en el mismo acto de conocer esta realidad y de oír el mensaje de la Navidad, nosotros tenemos que describir el encuentro de Dios y el mundo, de Dios y el hombre en la persona de Jesucristo —y no sólo el encuentro sino su llegar a ser uno con nosotros— como lo inconcebible.[3]

El esfuerzo divino por entrar en la humanidad

Lo que celebramos es el esfuerzo del Dios bíblico por establecerse en la historia de manera definitiva mediante el acto supremo de la encarnación, de la secularización absoluta de lo sagrado al instalarse en el ámbito de lo terrenal. La fiesta cristiana de la Navidad forma parte de un conjunto de realidades que, si se analizan con detenimiento, llevan al encuentro de diversas manifestaciones del encuentro con lo sagrado de una manera nueva y desafiante. Aquél viejo proyecto anunciado por Isaías 40-55, la intención divina de llevar su luz a todos los habitantes de la tierra, llegó de una manera totalmente inesperada. Desde la más rotunda debilidad, la divinidad creadora y redentora se sumergió en el mundo y no temió arrastrar las consecuencias de semejante decisión: rechazo, incomprensión, martirio.

El siervo dispuesto a acompañar la tragedia humana, el mismo que ha sido objeto de burla, cuya luz debía darse a conocer en diferentes momentos, finalmente encarnó en la persona de Jesús. Él introdujo en su vida toda la fuerza con que Dios quiso impactar la historia humana. Para Isaías 52.13-15 se trata de un triunfo de la fe sobre los poderes, para Is 60 es la presencia de la luz a la que cuesta tanto trabajo acostumbrarse porque si ilumina también deslumbra: “¡Álzate radiante, que llega tu luz, / la gloria del Señor clarea sobre ti! / Mira: la tiniebla cubre la tierra, / negros nubarrones / se ciernen sobre los pueblos, / mas sobre ti clarea la luz del Señor, / su gloria se dejará ver sobre ti; / los pueblos caminarán a tu luz, / los reyes al resplandor de tu alborada” (vv. 1-3). “Ya no será el sol tu luz durante el día, / ni el resplandor de la luna te alumbrará, / pues será el Señor tu luz para siempre, / tu Dios te servirá de resplandor; / tu sol ya no se pondrá / y tu luna no menguará, / pues será el Señor tu luz para siempre / y se habrá cumplido tu tiempo de luto” (vv. 19-20). La luz ha de imponerse no sin conflicto, sobre la más intensa y temible oscuridad. 

La esperanza mesiánica en el Nuevo Testamento

La excesiva familiaridad con los relatos evangélicos de Mateo y Lucas ha producido una visión narrativa que, sin proponérselo, esconde otros aspectos muy necesarios de discutir y que, en el caso del Cuarto Evangelio, aparecen expuestos con enorme profundidad utilizando, una vez más, en línea directa con Isaías, la gran metáfora de la luz, y remontándose, literalmente, a la apertura de los cielos para volcarse en el terreno humano e histórico sin remedio alguno, pero con una conciencia impresionante de eternidad. El Verbo, la Palabra preexistente, vino a insertarse en los laberintos de la conflictividad humana para destejer las cadenas de maldad e injusticia prevalecientes: “…esa vida era luz para la humanidad;/ luz que resplandece en las tinieblas/ y que las tinieblas no han podido sofocar” (Jn 1.4-5). “La verdadera luz, la que ilumina a toda la humanidad, estaba llegando al mundo” (1.9). Con eso se cumplió el proceso radical de encarnación, de entrar al ámbito físico e histórico y hacerse parte de él sin fingimientos ni falsedades, como sugirió después la herejía llamada docetismo.

La luz de Dios vino en Jesús a enfrentar directamente las tinieblas y sus efectos en la existencia humana. “Dar testimonio de la luz” (vv. 7-8) significó para Juan, el llamado Bautista, acercarse al profundo misterio que Dios había desplegado en el mundo al introducirse para cambiar todas las cosas. La luz de Jesús penetra en las zonas de oscuridad para hacer visible el bien y el mal; los signos de luz se muestran por doquier para hacer presente su amor y su gracia, a pesar de la constante oposición (1.14). Todo esto es muy diferente al “espíritu navideño” que nos ahoga por todas partes:

 

El “espíritu navideño” nos envuelve en esas luces y sombras, pero esa no es la “espera respecto al Mesías”. Porque esperar al Mesías quiere decir que no estamos conformes con la sociedad de la que somos parte, aunque sea una sociedad que “celebra la Navidad”. Esperar al Mesías significa que nos rebelamos contra un mundo cerrado, nos resistimos a aceptar la realidad “pura y dura” del mercado y pensamos que hay fisuras, que hay portales que se abren y que permiten ver otros mundos.[4] 

Conclusión: La luz ante la desesperanza

Por todo ello, la presencia bienhechora de la luz divina viene a darle otro rostro al mundo atosigado por la injusticia y la maldad permanentes, el pecado instalado en todas las estructuras de la vida, la violencia diversificada al por mayor y la desesperación ante las guerras interminables que, lamentablemente, han tomado nuevos bríos. El poeta T.S. Eliot la celebró así:

 

¡Oh Luz Invisible, nosotros te alabamos!

demasiado brillante para la visión mortal,

Oh luz Mayor, nosotros te alabamos por la menor;

la luz del este que toca nuestras agujas por la mañana,

la luz que se inclina sobre nuestras puertas del oeste al atardecer,

la penumbra sobre quietos estanques al vuelo de murciélagos,

luz de luna y luz de estrellas, luz de lechuza y polillas,

luciérnaga resplandor sobre una brizna de hierba.

¡Oh luz Invisible, nosotros Te adoramos!

 

Te damos gracias por las luces que hemos encendido,

la luz del altar y del santuario;

las pequeñas luces de aquellos que meditan a medianoche

y las luces dirigidas a través de los rosetones

y la luz que refleja la piedra pulida,

la madera grabada dorada, los colores del fresco.

Nuestra mirada es submarina, nuestros ojos miran hacia arriba

y ven la luz que se fractura a través de aguas inquietas.

Vemos la luz, pero no vemos de dónde viene.

¡Oh Luz Invisible, nosotros Te glorificamos!

(La Roca, X)[5]

 

Después de todo, en el final de los tiempos, el Señor iluminará todo con su luz y Él mismo será la luz para los suyos: “Una ciudad sin noches y sin necesidad de antorchas ni de sol, porque el Señor Dios será la luz que alumbre a sus habitantes, los cuales reinarán por siempre” (Ap 22.5).

 

In memoriam Pbro. Juan Santos Reyes



[1] V. Araya-Guillén, Caminata en la luz. 40 días en el camino de la luz. Meditaciones bíblicas. Las Villas, Alajuela, 2015, p. 88.

[2] Alberto F. Roldán, “El escándalo de la Navidad”, en Prensa Ecuménica. Ecupres, 23 de diciembre de 2013, http://ecupres.wordpress.com/2013/12/23/el-escandalo-de-la-navidad/

[3] Karl Barth, “El misterio y el milagro de la Navidad”, en Bosquejo de dogmática. Santander, Sal Terrae, 2000, pp. 112-118.

[4] Víctor Hernández Ramírez, “La espera del Mesías no es lo mismo que el espíritu navideño”, en Esglesia Evangélica Betel, 18 de diciembre de 2013.

[5] T.S. Eliot, “Coros de la Roca, X”, cit. por Rosanna Rion, en El profetismo en la obra literaria de T. S. Eliot. Tesis doctoral, 2006, www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/7433/tsrt1de1.pdf;jsessionid=121A76D7004EF0DCC2A298C2F66CA7A9.tdx2?sequence=1.

lunes, 23 de diciembre de 2024

"Para esto apareció el Hijo de Dios" (I Juan 3.7-10), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

24 de diciembre, 2024

Y sabéis que aquel se manifestó (efaneróthe), para que los pecados quitara […] Para esto se manifestó el Hijo de Dios, para que destruyera las obras del diablo.

I Juan 3.5a, 8b, Nuevo Testamento interlineal

La Navidad es […] una remembranza de que la historia del mundo está cumplida, de que el niño que ha nacido en un pesebre olvidado del vientre de una muchacha pobre, ha traído consigo la definitividad de la historia, es decir, una nueva forma del tiempo.

En otras palabras: la respuesta de Dios al mal fue hacerse niño, indefenso, vulnerable, pobre y olvidado. El mal no se combate, así, desde el poder, sino desde el vaciamiento, la humildad total; desde la renuncia a la violencia y en los foros propios de la vida cotidiana, especialmente en la familia y en el alumbramiento de la vida que viene. La madre que alimenta con sus pechos a un recién nacido es más fuerte que todos los reyes y poderosos juntos y atrincherados.[1]

Trasfondo

El Adviento es la práctica de una esperanza activa. Las grandes esperanzas mesiánicas que se forjaron en el antiguo Israel y que fueron alimentadas por las afirmaciones de los profetas (el primer Isaías y Miqueas, principalmente) son el telón de fondo de las enseñanzas sobre la presencia y actuación del Señor Jesucristo en todo el Nuevo Testamento. La forma en que fueron citadas en los relatos de Mateo y Lucas sobre su nacimiento han dejado una profunda huella en la memoria de fe de cientos de generaciones de creyentes. Así, lo anunciado en Isaías 7 (la doncella y Emmanuel), 9 (las dimensiones de su reinado) y 11 (la vara del tronco de Isaí), así como en Miqueas 5 (la pequeñez de Belén) cobró vida y significado visible al momento de experimentar los sucesos que acompañaron su aparición en el mundo histórico y sus acciones al servicio del reino de Dios.

 

Los enunciados de la Promesa que suscitan la esperanza entran en colisión con la realidad experimentable en el presente […] e interrumpen su lógica. Sus imágenes, sus símbolos y sus narraciones no son, por tanto, resultado de la experiencia histórica. Tampoco, fruto de los anhelos utópicos de seres humanos aplastados por el sufrimiento y cautivos en un topos injusto. En boca de los profetas se ofrecen como la condición de posibilidad de experiencias nuevas. No pretenden iluminar la realidad que está ahí, sino la realidad que viene. Aspiran a insertar esa realidad en el cambio que está prometido y que esperamos. No quieren ir a la zaga de la realidad, sino precederla.[2] 

La literatura juanina, sin concentrarse en los detalles del suceso de Belén, interpretó y expresó su relevancia para la vida humana al identificar a Jesús con el Logos/Verbo en el Cuarto Evangelio y se centró en afirmar enfáticamente el propósito de la aparición (efaneróthe) del Hijo de Dios en el mundo en I Juan 3.5, 8: quitar nuestros pecados y destruir las obras del enemigo. De estas declaraciones nos ocuparemos. 

El amor que nos hace hijos/as de Dios (3.1-4)

I Juan 3 inicia con la afirmación del supremo amor de Dios que nos ha hecho sus hijos e hijas, con el cual ha borrado los pecados de la humanidad dispuesta a recibirlo. El amor fraterno debe ser, en consecuencia, resultado de ese esfuerzo divino por hacer presente su amor en el mundo. El amor es la única fuerza capaz de enfrentarse al pecado y así superar las exigencias de la ley (3.4). Jesucristo, gracias a la forma tan perfecta en que trasladó el amor de Dios al mundo, pudo “quitar nuestros pecados” (v. 5). Permanecer en él es “permanecer en su amor”, como tanto se insiste en el Cuarto Evangelio (“Así como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”: Jn 15.9-10). Amar y conocer se vuelven una misma cosa, pues para Juan no hay contradicción entre ambas realidades, posibilidades efectivas para todo ser humano (6b).

De ahí surge la conexión con la justicia: permanecer en el amor de Jesucristo conlleva practicar su justicia, porque él es justo” (7). Seguir dominados por el pecado es una injusticia (8a), pero si se ha nacido de Dios, el principio salvífico, la “semilla de Dios” (9) dará brotes, muestras claras de su justicia. Ésa es la distinción clave entre los hijos de Dios y quienes no lo son: la práctica efectiva de la justicia junto con el amor (10). Por eso el mundo, con sus estructuras injustas, se resiste a la práctica profética del amor de Dios en Cristo: “Si fueran del mundo, el mundo los amaría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece” (Jn 15.19). 

El propósito de la aparición del Hijo de Dios (3.5-10)

La promesa de la vida eterna en Jesús introduce al horizonte de la esperanza cristiana. Aquí, el verbo m manifestar (aparecer) es la clave para comprender la presencia del Hijo de Dios en el mundo y su propósito. Tajantemente, el v. 5 afirma: “Él apareció para quitar (are) nuestros pecados”. “Podemos decir que el autor utiliza aquí este verbo en dos planos cruzados. El primer plano es temporal: va de lo que ya se ha manifestado a lo que todavía está por manifestarse. El segundo plano apunta a quién se refiere la manifestación: al Hijo de Dios y a los hijos de Dios”.[3] El Hijo de Dios apareció y se manifestó para obtener la superación de los pecados humanos. Permanecer en Él permite superar el principio del pecado precisamente porque Él justo (v. 6). La manifestación del Hijo de Dios incluye la de su justicia como persona, como ser humano ligado íntimamente a Dios (v. 7). Se ha manifestado ya para superar definitivamente el poder del pecado ocasionado por aquel que se opone a los designios de Dios. Es la vertiente eminentemente espiritual del conflicto frontal entre la voluntad divina de superar lo que sucede en la vida humana y que ocasiona la oposición a Dios.

El perdón de los pecados es consecuencia de la manifestación del Hijo de Dios y evidencia que quien practica el pecado pertenece al diablo (8a) porque éste ha pecado desde el principio (8b). El horizonte salvífico de la carta coloca a Jesús precisamente en el centro de la superación de esta realidad negativa, porque la fuerza con que su manifestación consigue destruir/deshacer (lýse) las obras del diablo (8c). A esa primera manifestación le seguirá otra (2.28), la definitiva y final, por lo que es un anuncio de ésta. Relacionada con ella está también la manifestación de los hijos de Dios, quienes en el espíritu del Hijo dan a conocer que han superado el dominio del pecado. El nacimiento del Hijo de Dios es una confluencia de esas manifestaciones y permite sumarse al proceso salvífico en el que Él se hizo visible para afirmar la superioridad de la justicia divina. 

Conclusión

La esperanza se ha cumplido. La realidad salvífica de Dios anunciada desde la antigüedad es ya una realidad innegable y lo que se avizoraba en el horizonte se ha cumplido efectivamente en la historia para impactarla y transformarla:

 

En ese impulso del “ahora o nunca” se inscribe también el tiempo de la esperanza cristiana como correlato de la Promesa del Dios de Jesucristo. La esperanza cristiana no nos convierte en videntes del futuro ni nos da ventajas para salir del atolladero terminal en el que nos encontramos. Pero sí se nos ofrece como perspectiva propia a la hora de divisar el futuro de este presente catastrófico y perplejo, y de esclarecer qué es lo razonable a la hora de vislumbrar su posible promesa y anticiparla en la historia. Esa mirada esperanzada no está fundada en ninguna utopía humana, sino en el cumplimiento de la Promesa de Dios.[4]



[1] Diego I. Rosales, “La Navidad o el fin de los tiempos”, en Conspiratio, 23 de diciembre de 2024, www.conspiratio.mx/blog/la-navidad-o-el-fin-de-los-tiempos.

[2] Francisco Javier Vitoria, Dar razón de la esperanza en tiempos de incertidumbre. Barcelona, Cristianisme i Justicia, 2024 (Cuadernos, 239), pp. 16-17, www.cristianismeijusticia.net/sites/default/files/pdf/es239web.pdf.

[3] Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1161.

[4] F.J. Vitoria, op. cit., p. 9.

viernes, 20 de diciembre de 2024

"Un hijo... que regirá con vara de hierro a todas las naciones" (Apocalipsis 12.1-6), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 

22 de diciembre, 2024


La mujer tuvo un hijo que gobernaría con gran poder a todos los países de este mundo.

Apocalipsis 12.5a, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

Muy en la línea del Cuarto Evangelio, el conflicto entre el Reino de Dios y el de las tinieblas es visto simbólicamente en Apocalipsis (caps. 12-14.5) mediante la visión de las llamadas siete “figuras místicas”: la mujer embarazada, su hijo varón, el ángel Miguel, las bestias del mar y de la tierra, el Cordero y el dragón. Se trata de una oposición que, en el cap. 11, se resuelve mediante una fórmula voceada por el ángel de la “séptima trompeta” que celebra la victoria del Hijo de Dios: “Nuestro Dios y su Mesías / ya gobiernan sobre todo el mundo, / y reinarán para siempre” (11.15). En la época del Apocalipsis se conocía el mito de la reina de los cielos y el niño divino con elementos retomados y modificados por el libro: “…la mujer vestida de sol, a punto de dar a luz, representa a la comunidad mesiánica”.[1] La corona de 12 estrellas (v. 1b) es la prueba. La Virgen de Guadalupe es una “virgen apocalíptica”, pues su imagen retoma todos los elementos de Ap 12. No obstante, las lecturas que se desprenden de la misma no siempre resultan liberadoras, especialmente para las mujeres.[2]

Una mirada apocalíptica (12.1-4)

La aparición de esta “gran señal” en el cielo prepara el esfuerzo de una nueva lectura teológica que expondrá la forma en que Dios protege a su pueblo y revela su proyecto de redención plena para toda la humanidad a través del nacimiento del Mesías. Una mujer (según la imagen repetida en los profetas Oseas, Isaías y Jeremías) vestida de sol, con la luna debajo de sus pies, y coronada por 12 estrellas, está embarazada (idea de plenitud que se acerca) y clama con dolores de parto, a punto de dar a luz (sinónimo de debilidad e indefensión) (vv. 1-2). “Esta mujer vestida del sol es la Eva de toda la historia salvífica (Gén 3.15s), que en cada generación lucha en su parto por traer al Mesías y la nueva época mesiánica al mundo”.[3] La mujer está marcada por numerosas contradicciones: no es una “reina del cielo” sino una mujer sufriente. “No es una sola madre, ni siquiera la madre histórica de Jesús Mesías; […] Más importante aún es que el pueblo de Dios, lejos de ser una diosa imperturbable, como enseñan los triunfalistas de todos los siglos, se retuerce afligida y grita en su angustia. […] … la verdadera salvación (el Niño) ya está presente, aunque ‘raptada’; se hace visible ahora en las victorias individuales y colectivas de una Iglesia sufriente, y se hará totalmente visible en la venida de Jesús”:[4]

 

Donde acaban los caminos de violencia del varón empieza la mujer, como si la historia debiera escribirse de nuevo, a partir de ella. […]

En el principio del gran drama de la historia, como expresión de Dios y sentido de la vida humana, se presenta ella. […] Esta mujer […] es maternidad dolorida. ¿Quién ha cohabitado con ella? ¡No se dice! El varón no aparece. […] ¿Quién es? No es al fin una diosa; es figura del pueblo israelita, pronto a dar a luz a su mesías.[5] 

Su contraparte es un dragón rojo con siete cabezas (“perfección perversa”) y diez cuernos (expresión de poder tomada del libro de Daniel, donde los cuernos “son la fuerza destructora de la Bestia que se opone a los santos de Israel”,[6] con cada cabeza coronada, cuya cola arrastraba la tercera parte de las estrellas que arrojó sobre la tierra (vv. 3-4). El dragón es símbolo del enemigo mitológico de Dios en muchos pueblos y aquí es la representación del mal que es capaz de arrastrar y seducir a quienes lo siguen. Es un “principio de muerte, signo del asesinato: vive de matar”. Todo lo contrario de la mujer, símbolo y principio de la vida:

 

La Mujer que da a luz es Israel, grávida de Dios, en camino de esperanza mesiánica; el Dragón es Satán, enemigo del pueblo elegido; el Hijo que debe nacer es el Mesías”. […] Ap 12 desborda los esquemas judíos, ofreciendo un simbolismo que nos abre a la totalidad de lo humano. […]

Para entender el mal final y describir lo que sucede cuando suena la última trompeta, Ap 12 ha vuelto al principio de la historia, reescribiendo Gén 1-3 desde Jesús. Por eso, superando el mito común y la espera israelita, cuenta en forma cristiana el nacimiento histórico o pascual de Jesús…[7] 

Estamos, pues, ante la “versión apocalíptica de la Navidad”, una narración de fuerte matiz histórico-mítico-teológico, pues en estos breves trazos simbólicos se describe el máximo acontecimiento salvífico de la historia, aquel que alcanza su culminación en el nacimiento de Jesús de Nazaret. Tal suceso es muestra y anuncio de la victoria divina sobre la muerte y el mal, y de la llegada del reino de Dios al mundo, tal como se anuncia en Ap 12.10 y 11.15.

El nacimiento del Mesías, señal del triunfo del bien sobre el mal (12.5-6)

La clave de la oposición entre estas “figuras místicas”, dentro de un esquema de superación del mal en la historia, es eminentemente liberadora. La característica fundamental de la lucha del dragón contra Dios (manifestada en el cap.13 mediante el surgimiento de una especie de “trinidad satánica”, el dragón y las dos bestias) es su rechazo de la vida, la paz y la justicia. Ese conjunto muestra una actitud nociva de destrucción y falta de respeto por los designios de Dios, siempre ligados al mantenimiento de esas prácticas y valores, y a la promoción de la dignidad de las personas. La actualización del mensaje de Ap 12 pasa por la necesaria observación de la forma en que los sistemas sociales pueden adquirir tintes satánicos, pero no vistos de manera esotérica, sino mediante una atenta crítica ideológica, cultural y espiritual. El Mesías nació y trajo el anuncio de un reino severo y justo, por lo que fue arrebatado (apartado) para Dios y para su trono a fin de garantizar la aplicación de su poder para bien en el mundo (v. 5). No obstante, juntamente con su madre (el pueblo que lo alumbra, ligado a la esperanza de su venida), el niño es objeto de persecución y odio por parte de las fuerzas del mal y es llevado al desierto (espacio tradicional de prueba y tentación, pero también de aprendizaje y fortalecimiento), donde es sustentado por un periodo bien determinado (v. 6).

La persistencia del dragón contra la mujer y su hijo (v. 15), metáfora del abuso de poder contra los débiles, muestra de cuerpo entero sus intenciones perversas contra los proyectos de paz y justicia. El comentario de la Biblia Isha (Sociedades Bíblicas Unidas) es muy actual, pues marca una línea interpretativa poco abordada por algunas lecturas escasamente pertinentes:

 

El objetivo preferido de la furia asesina del diablo, como en el capítulo 12 de Apocalipsis, son los niños y sus madres. El infanticidio diabólico es un tema frecuente a través de la Biblia (Éx 2.1-10, Lv 18.21; 20.2-5). […]

Como en el Antiguo Testamento, el ídolo Moloc estaba detrás de esas guerras contra la niñez, ahora, en el Apocalipsis, aparece el dragón satánico detrás de esta agresión contra la mujer y el niño.

El dragón, en su grosera bestialidad, no tiene reparos en acechar a una mujer encinta para devorar a su hijo. Pero el Dios de la Biblia es Dios de vida y toma partido especialmente a favor de la vida amenazada, auxilia a los niños en alto riesgo y a las mujeres vulnerables, acosadas, violadas y abusadas (p. 1492). 

Conclusión

La lucha que continúa más adelante sólo viene a confirmar que Dios está del lado de la mujer y de su hijo, y que impone su poder sobre el dragón al asegurar el bienestar de ambos, el pueblo de Dios y su Mesías. De ese modo establecerá su reino en el mundo (v.10: “Nuestro Dios / ha salvado a su pueblo;/ ha mostrado su poder, / y es el único rey. / Su Mesías gobierna / sobre todo el mundo”) y propiciará la esperanza de los asediados y maltratados por la fuerza asesina de los imperios genocidas, contrarios al plan divino.

La gran expulsión de Satán, ejemplificada en la gran batalla en el cielo (Ap 12.7-17) anuncia la superación de todos los males en el mundo, a contracorriente de las falsas voces proféticas que anuncian lo contrario. Por eso, se anuncia explícitamente la gran derrota del diablo, quien no ceja en su lucha contra la descendencia de la mujer, que representa al pueblo fiel que mantiene la esperanza en la venida del Mesías. Esas comunidades se aferran a ella como razón de ser de su vida y fe (v. 17), tal como lo expresa la teóloga luterana brasileña Lucia Weiler:

 

¿Quién es hoy esta mujer?
Vestida de sol
Generando vida nueva
Uno, dos, tres de sus hijos fueron arrebatados al cielo
Pero ella continúa su lucha en la tierra
Firme, sin miedo del dragón de tantos nombres
Tus dolores son de parto, no de aborto

Porque tienes fe en el imposible
Ningún dragón disminuirá en ti la insistencia por la vida
Continúas concibiendo, gestando, dando a luz con dolores de parto
Nuevas relaciones de género y poder
Eres mujer-Esperanza
Mujer de las alas de águila
Mujer de la solitud, del desierto
Mujer-Comunidad
Mujer-Pueblo
Mujer-Reino de Dios

María[8] 

O como lo explica la biblista nicaragüense Violeta Rocha:

 

Si la mujer del cap. 12 es un sujeto colectivo, es posible verla como una comunidad profética que vive su fe en un contexto de peligro constante, donde la tensión entre la vida y la muerte crea alternativas y estrategias de lucha para obtener la victoria definitiva. La imagen de la mujer es utilizada positivamente en dos sentidos: a) por la herencia de una memoria colectiva de un pueblo que tiene una esperanza mesiánica, b) para asumir un papel profético que se vive en medio del dolor y del sufrimiento, donde el sistema de valores está determinado por la alegría y la fidelidad aun a pesar del precio a pagar (v. 11). La mujer asume su papel en medio de las ambigüedades: por una parte, su fragilidad, su impotencia, y por la otra parte, el deseo de dar al mundo la esperanza y el deseo para la lucha.[9]



[1] Elisabeth Schüssler Fiorenza, Apocalipsis: visión de un mundo justo. Estella, Verbo Divino, 1997, p. 117.

[2] Juan Manuel Contreras, “Tonantzin-Guadalupe en Alemania” (Entrevista a R. Nebel), en La Jornada Semanal, 5 de diciembre de 2010, www.jornada.unam.mx/2010/12/05/sem-manuel.html: “Tonantzin-Guadalupe expresa el anhelo de los hombres de todos los tiempos, de una vida digna en una sociedad más justa y en paz. El mensaje guadalupano está directamente en la línea de la tradición de los profetas del Antiguo Testamento, del Magnificat y del Sermón de la montaña en el Nuevo Testamento […]; También representa para los creyentes la intervención directa de Dios en defensa de los oprimidos. […] Dios escucha los ruegos del hombre y entra en la historia humana, representada en el mundo cristiano por la Navidad. Lo más novedoso es que con la Virgen de Guadalupe, Dios entra en el mundo indígena bajo su rostro femenino, se le aparece a un macehual y platica con él. Lo llama ‘el más pequeño de mis hijos’”. Cf. el programa de Sabina Berman “La virgen de Guadalupe: ¿existe o la imaginamos?”, 14 de diciembre de 2024, www.youtube.com/watch?v=PZWg6NkKyu8¸ y David Brading, La Virgen de Guadalupe. Imagen y tradición. México, Taurus, 2002, p. 110ss.

[3] Ricardo Foulkes, “Apocalipsis”, en A. Levoratti, ed., Comentario bíblico latinoamericano. II. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1199.

[4] Ídem.

[5] X. Pikaza, Apocalipsis. Estella, Verbo Divino, 1999 (Guías de lectura del Nuevo Testamento), p. 141.

[6] Ibid., pp. 141-142.

[7] Ibid., p.143.

[8] Lucia Weiler, “Mujer-María-comunidad-pueblo: la mujer en Apocalipsis 12”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 46, 2003/3, pp. 53-63, https://archive.org/details/revistadeinterpr46depa/page/n3.

[9] Violeta Rocha, “Entre la fragilidad y el poder: mujeres en el Apocalipsis”, en RIBLA, núm. 48, 2004, pp. 96-97, https://archive.org/details/revistadeinterpr48depa/page/2.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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