sábado, 25 de enero de 2025

"Busquemos al Señor y volvámonos a Él" (Lamentaciones 3.33-42), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

26 de enero, 2025


Dirijamos al Dios del cielo

nuestras oraciones más sinceras,

y corrijamos nuestra conducta.

Lamentaciones 3.41b-42, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

Lamentaciones 3 se encamina, luego de haber alcanzado las conclusiones en su centro poético y espiritual, a subrayar las consecuencias de la fidelidad de Dios en medio de una historia conflictiva en medio de la cual el pueblo ha sido juzgado y castigado. Las conclusiones provisionales que presenta el poema se van a desplegar como parte de una espiritualidad individual y colectiva que se entreteje para tratar de encontrar luz al final del túnel. La reflexión se detiene a observar cómo se entremezclan también los designios divinos con la voluntad humana de someterse, aun a su pesar, a ellos como parte de una nueva situación posterior al juicio y al castigo. Los aspectos éticos en la actuación de Dios son destacados en el proceso de comprender lo que ha hecho en la vida del pueblo desterrado: “En resumen, si la ruina de Israel ha sido provocada por sus propios pecados, el castigo era merecido y no arbitrario. A partir de esta convicción surge un atisbo de esperanza: el arrepentimiento y la sumisión a la voluntad divina podían atraer la misericordia de Dios y poner fin a tantas calamidades. Sin arrepentimiento no queda lugar para la restauración”.[1] En otras palabras, la experiencia del pecado debía doler para encontrar el camino de la corrección, algo que en nuestros tiempos no comprendemos por habernos alejado del concepto de hacer penitencia, que aparece en algunas traducciones de las palabras de Juan el bautista y del propio Jesús de Nazaret al anunciar la llegada del Reino de Dios. Otras dicen: “haced pues obras dignas de arrepentimiento” (Mr 1.15; Lc 3.3). 

Dios observa el comportamiento ético de la humanidad y toma partido (vv. 34-39)

Lo primero que aparece en esta sección es aquello con lo que el Señor Dios no transige (vv. 34-36): a) pisotear a los encarcelados de la tierra (violentar los derechos humanos, TLA); b) torcer el derecho; y c) no dar un juicio justo. Todo ello en el terreno de la ética visible y de la justicia distributiva. No cabe duda de que la renovación espiritual del pueblo en todos sus niveles atraviesa por la comprensión de las acciones éticas de Dios, no existe otro camino. El arrepentimiento colectivo tenía que conducir a un nuevo sendero de relación con ese Dios justo y exigente ya sin la mediación monárquica que tantos problemas había ocasionado. El pueblo debía relacionarse con Dios de la manera más eminentemente espiritual posible. Como muestra de la justicia irrefutable de Dios se afirma: “Los mortales cautivos en la tierra reciben la promesa de ser liberados de la carga de su entorno opresivo mediante el poder de Dios, que libera al pecador de la esclavitud del pecado y de sí mismo”.[2]

Puesto que el ser humano es imagen y semejanza de Dios es en él en donde debe buscarse la acción ética que espera el Señor. Los derechos y la dignidad del individuo son de enorme importancia para el Creador. Ninguna persona debe ser privada de sus derechos elementales como son el derecho y la justicia verdaderos, bien administrados porque Dios es el supremo árbitro entre los seres humanos (v. 37) como se plantea en la primera pregunta retórica. Todo lo malo y lo bueno suceden por su designio y “puesto que nada puede ocurrirle a una persona de lo cual Dios no tenga conocimiento, el hombre debiera soportar la desgracia con paciencia y sin protesta, confiando en que la misericordia de Dios produzca bien a partir del mal” (38).[3] Se espera del creyente sancionado que acceda al arrepentimiento (39).

El camino para reencontrarse con el Dios del pacto (vv. 40-42)

Luego el poeta extrae las consecuencias de sus reflexiones: la exhortación es a examinar a fondo la conducta anterior y los resultados (40-42). La infidelidad y rebeldía deben ser reconocidas con franqueza porque eso produjo la indignación del Señor y los castigos subsecuentes. Debido a que el pacto con Israel era eterno “se insta a la nación a que haga un inventario espiritual y se vuelva en actitud penitente hacia su Dios. Una vez que se evidencia un sincero arrepentimiento, se puede esperar que los justos castigos de que han sido impuestos sean levantados y que la nación sea restablecida en su relación con Dios”.[4] El verbo “examinar” (hapas) “significa también ‘explorar’, ‘buscar’, ‘sondear’, rastrear’. Se trata, pues, de una búsqueda total, tanto en la superficie como en la profundidad. El verbo ‘averiguar’ (haqar) añade al anterior la precisión de la inspección o la investigación”:[5] “Examinemos con precisión nuestra conducta y convirtámonos a Yahvé”. ¿Cuántas veces tenemos que convertirnos al Señor? Las que sean necesarias. 

El llamado a la renovación espiritual apela a la motivación interna, y no a la clase de rituales externos de los que había habido un exceso en tiempos preexílicos (Jl 2.13). el proceso de catarsis espiritual debe empezar con la certidumbre de que la nacipon está bajo el juicio divino a causa de su iniquidad. Cuando se haya hecho una confesión sincera y total por el pecado, entonces Dios tendrá la oportunidad cierta de perdonar al pueblo por su pecado pasado. En este versículo se da un paso adelante al reconocer que la nación ha sido pecadora y rebelde.[6] 

Conclusión

Según este poema, la búsqueda y la invocación deben ir acompañadas del abandono de cualquier plan desatinado y de una verdadera vuelta sincera al Señor.[7] Se trata de todo un programa de espiritualidad y queda así claro el proyecto de las Lamentaciones como expresión del dolor, confesión del pecado y anuncio de la esperanza recuperada para otorgar sentido de futuro al pueblo de Dios: 

En un punto la lamentación comunitaria se asemeja al oráculo: durante el día de ayuno en el que se entona la lamentación, se solicita la ayuda de Dios y éste responde con la promesa de retornar su predilección por su pueblo. En este sentido, estos cantos predicen un futuro mejor que se resume en el retorno de la especial relación entre el pueblo elegido y su Dios. El valor oracular de la lamentación reside, entonces, en su poder de convocar el renacimiento de la esperanza.[8]


[1] Armando J. Levoratti, “Lamentaciones”, en A.J. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Antiguo testamento. Vol. II. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 878.

[2] R.K. Harrison, Jeremías y Lamentaciones. Buenos Aires-Downers Grove-.Grand Rapids, Ediciones Certeza-Subcomisión Literatura Cristiana, p. 256.

[3] Ibid., p. 257.

[4] Ídem.

[5] Víctor Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2004, p. 304.

[6] R.K. Harrison, op. cit., p. 258.

[7] V. Morla, op. cit, p. 305.

[8] Alexánder Sánchez Mora, “Las Lamentaciones de Jeremías y La Reconquista de Talamanca. La parodia de un intertexto bíblico en una novela bananera”, en Káñina. Revista de Artes y Letras de la Universidad de Costa Rica, vol. 31, núm. 1, 2007, p. 32.

viernes, 17 de enero de 2025

"Es bueno el Señor con quienes le buscan" (Lamentaciones 3.25-27), Pbro. Samuel Gallegos G.

19 de enero, 2025

Estereograma

El libro de Lamentaciones no tiene como propósito exaltar la bondad y misericordia de Dios, ni hacer una apología de su naturaleza clemente. Tampoco pone en duda su gracia y compasión. Al contrario, afirma que el amor de Dios se renueva cada mañana, revelando su fidelidad. Sin embargo, lo que este libro nos muestra es que cuando el pueblo rechaza a Dios y quebranta el compromiso de fidelidad con Él, se generan consecuencias, y una de ellas es que Dios puede retirar su bondad y su amor. Esto lleva a dejar de percibir esos atributos divinos y a experimentar soledad, abandono y desesperación.

Aunque Israel cree que Dios no los abandonará en esa soledad, la experiencia de abandono es real para ellos. En cierto sentido, el libro de Lamentaciones refleja una interrogante profunda: Se nos ha enseñado que Dios es bueno, justo, amoroso, compasivo, bondadoso, que ama a su pueblo como una madre ama a su hijo, que siente una compasión entrañable por nosotros, que perdona, que su gracia es infinita, pero ¿dónde está eso? Lo afirmamos, lo creemos, pero ¿por qué no lo vemos?

Este texto no es fácil de predicar, especialmente porque su tono es sombrío y deprimente. Reitera una y otra vez que el pueblo experimenta la ausencia de Dios, lo cual les duele profundamente. Todo lo que ocurre en Jerusalén, para ellos es una prueba palpable de que Dios los ha dejado solos. Y lo expresan abiertamente, señalando realidades que para ellos demuestran que Dios no está presente.

Lamentaciones también deja claro que tanto la sociedad jerosolimitana como el autor del texto, saben que han pecado una y otra vez contra Dios. Sin embargo, en lugar de culpar a Dios por lo que les sucede, el autor reconoce que lo que están viviendo es justo, y sostienen que Dios es misericordioso. Esta misericordia, sale como una plantita entre los escombros, surge entre la descripción de cómo Dios los ha sumido en la oscuridad, les ha quebrado los huesos, los ha dejado como cadáveres abandonados, encarcelados, con todas las salidas cerradas. La misericordia, aquí, es una plantita que apenas se asoma entre oraciones no escuchadas, crece entre tener atrofiado saber hasta lo que es estar bien.

Este escenario plantea preguntas profundas: ¿Cómo hablar de Dios en tales circunstancias?

¿Cómo ser honestos acerca de quién es Él y cómo actúa en nuestras vidas? ¿Qué hacer cuando no percibimos a Dios como misericordioso o amoroso? ¿Debemos ignorar nuestras experiencias de abandono o debemos admitir la tensión entre lo que vivimos y lo que creemos sobre Él?

En Lamentaciones, Dios permanece en silencio. No hay ningún Y dijo Dios, ningún y vino a mí palabra de Dios, diciendo. El libro es un grito hacia el vacío, una conversación con un Dios aparentemente ausente. El pueblo de Israel enfrenta esta realidad con este texto acróstico, que probablemente fue escrito por varios autores anónimos, con el fin de dar forma poética a un dolor profundo. Tal vez, este género literario se eligió para aportar algo de belleza, en medio del sufrimiento, como una forma deendulzar” el oído de Dios, con la esperanza de que Él respondiera. Pero como leemos, Dios no responde y a Israel le parece que este silencio se prolonga por demasiado tiempo. Israel expresa su dolor y sufrimiento utilizando todo el abecedario, de la Alef a la Tet, hasta que el abecedario ya no basta y terminan pensando que a Dios nunca se le va a pasar el enojo.

La experiencia de fe del pueblo de Israel también incluye la vivencia de sentirse abandonados por Dios, la sensación de que Él parece estar ausente. Esta es una parte integral de su fe. En nuestras propias vidas, ¿hemos experimentado alguna vez la sensación de que Dios está lejos? ¿Nos permitimos explorar esas experiencias para conocer más de nosotros mismos y de Dios, o preferimos reprimirlas? ¿Debemos suprimirlas o sería mejor integrar esas experiencias en nuestra fe, reconociendo que forman parte de un proceso más amplio de crecimiento espiritual?

 

El centro, del centro, del centro

Ya se ha dicho que la poesía hebrea se caracteriza por su estructura concéntrica. El Dr. Alfredo Tepox hace referencia a esta característica en una entrevista titulada También de dolor se canta,[1] señalando que en la poesía, tanto el inicio como el final están dirigidos hacia el centro, hacia el cleo del mensaje. En el caso de Lamentaciones, el centro del libro se encuentra en el capítulo tres, y dentro de éste, el centro son los versículos 21 al 24 y dentro de ellos, el centro es el corazón humano. En estos versículos, se halla el cleo de la reflexión del autor.

Los versículos dicen:

 

21 Esto recapacitaré (shub,[2] traer a), en mi corazón, por lo tanto esperaré (yakjal, esperar doliente).

22 Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias.

23 Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.

24 Mi  porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré (yakjal).

 

En este pasaje, Dios no justifica sus acciones ni ofrece consuelo inmediato para los habitantes de Jerusalén, quienes han violado el pacto. Esta ausencia de Dios deja a Israel enfrentado solo a su sufrimiento y a su causa, lo deja con su fe como único recurso en su situación de abandono. El silencio de Dios intensifica el dolor, pero también permite que Israel se concentre en su sufrimiento y reflexione profundamente desde lo más íntimo de su ser.

¿Qué puede hacer el pueblo ante esta realidad? La respuesta es volver, regresar al centro de su ser, a su corazón. Allí está la experiencia de lo realmente valioso. Este regreso implica traer nuevamente a la mente la gracia de Dios (hésed), así como la compasión divina (rakjám), representada como el vientre materno de Dios. Al regresar al corazón, el autor descubre que la vida sigue presente: aún están vivos gracias a la misericordia de Dios. Aunque la situación sea devastadora, el hecho de estar vivos es prueba de la fidelidad de Dios, que no los ha consumido. Si Dios hubiera querido destruirlos, ya lo habría hecho. ¡Siguen vivos! ¡Hay esperanza! Por ello, la única respuesta es esperar, con la certeza de que la fidelidad de Dios se renueva cada día, aun en medio del dolor.

 

Lo bueno en medio del sufrimiento

Estar vivo es bueno, que haya esperanza es bueno. Que Dios renueve su misericordia cada día es bueno. Pero debe haber algo más que sea bueno.

 

25. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca (RV60).

 

Dios es bueno. Dios es gracia y compasión materna. Lo sabemos, lo hemos experimentado. Pero en el sufrimiento de hoy, lo que es bueno es esperar en él, lo que es bueno es buscarlo con dedicación, indagar su presencia con pasión, y hay que poner toda la respiración en ello. Y aquí, la palabra esperar es clave. La palabra que se traduce esperar, en el hebreo cambia en este v. 25, respecto de la palabra que se traduce esperar en los vv. 21-24. Mientras en estos versículos se usa yakjal, que se refiere a una espera doliente, en este v. 25 se usa cavá, que significa esperar para amarrar. La primera vez que se usa esta raíz es Génesis 1:9-10. Dijo Dios: Júntense (yiqqavu) las aguas que están debajo de los cielos en un solo lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Dios llamó a lo seco tierra, y al conjunto (ulemicvé) de las aguas lo llamó mares. Y vio Dios que era bueno.

Digamos que las aguas del corazón de Israel están allí, esperando, a que Dios dé la orden de que se amarren, se unan, se junten con Él e Israel vuelva a sentirse unido a su Señor. Eso es lo que buscan respirar (nefesh) los israelitas con pasión: amarrarse a Dios, porque eso es bueno y bueno también es hacerlo con todo el ser.

En medio de esta desolación sufriente, volviendo al centro, ¿hay alguna otra cosa buena?

 

26 Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. (RV60)

 

En este versículo, cambia el modo de espera. Retoman la espera doliente (yakjal) por la salvación de Dios, pero ahora en el contexto del silencio. La raíz damam, que se traduce como silencio, se refiere a la mudez que se asocia con la paciencia necesaria para ser escuchado y comprendido. Este silencio parece estar vinculado a una espera doliente de carácter penitencial, ya que la raíz damam aparece previamente en Lamentaciones 2:10, donde se describe a los ancianos de la hija de Sion, quienes se sentaron en tierra, callaron (damam), echaron polvo sobre sus cabezas y se ciñeron de cilicio.

¿Qué sigue después de este silencio lleno de dolor? La respuesta es: ser paciente, esperar con conciencia de pecado a que Dios, en alguna de esas mañanas en que su amor se renueva, lo haga real a través del pern y la compasión. Este tipo de espera es valiosa, ya que se practica en una actitud sensible y silenciosa, reconociendo el pecado cometido, y confiando en que Dios responderá en su tiempo.

Más adelante, la idea del silencio, de estar callado, tomará un nuevo giro.

 

27 Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. (RV60)

 

La palabra clave en este versículo es la que se traduce como “hombre. No se trata de ish (varón), ni de adam (hombre en sentido genérico, humano), ni de enosh (hombre débil o mortal), sino de  guéber, que se refiere a un hombre fuerte, vigoroso, y que en algunos contextos se utiliza para describir a un guerrero valiente. En su sentido negativo, guéber también puede implicar soberbia. Así, podría interpretarse como: Es bueno para el joven que se cree invencible, aprender del sufrimiento desde su juventud.

Es importante aclarar que Lamentaciones no presenta el sufrimiento como algo sin sentido. La obra deja claro que el sufrimiento proviene del pecado cometido contra Dios. En este versículo, el mensaje parece ser que, aunque nos sintamos fuertes, invencibles o lo seamos, debemos recordar que pecar contra Dios trae consecuencias tgicas y dolorosas, con las cuales no es fácil lidiar.

Para entender mejor el uso de guéber, podemos referirnos al libro de Job. Job sufre de lo que parecería ser un sufrimiento sin sentido; sin embargo, tiene el privilegio de que Dios lo escucha y le habla. Pero, ¿cómo le habla Dios? Después de que Job expresa todo lo que tenía en su corazón, Dios lo llama dos veces y lo confronta en ambas de la misma manera, no como ish, adam o enosh, sino como guéber, diciéndole: "Ciñe como varón (guéber) tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás" (Job 38:3; 40:7). Luego, Dios lo somete a una serie interminable de preguntas, como si le dijera: Te crees intocable e invencible, pues demuéstralo y contesta mis preguntas.

Volviendo a Lamentaciones 3:27, parece que este versículo nos dice que es bueno para los hombres jóvenes, por muy invencibles que se sientan, aprender a enfrentar las consecuencias de sus acciones y el sufrimiento por sus pecados y hasta respetar el silencio de Dios. Y me parece que la idea queda clara en los vv. 28-33:

 

28 Que se siente solo y calle (damam), porque es Dios quien se lo impuso (el sufrimiento).

 

¿No le basta con callar? Entonces,

 

29 Ponga su boca en el polvo, por si aún hay esperanza (tikvá).

 

¿No se calla ni así? Entonces,

 

30 Dé la mejilla al que le hiere, y sea colmado de afrentas.

31 Porque el Señor no desecha para siempre;

32 Antes, si aflige, también se compadece (rahum) según la multitud de sus misericordias (hesed);

33 Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.

 

Podemos concluir que, en el sufrimiento causado por el pecado, es sabio esperar en silencio la salvación de Dios.

 

Conclusión

El libro de Lamentaciones presenta la espera en Dios como algo valioso y necesario en medio del dolor, abordándola desde varias dimensiones profundas y reflexivas. En este contexto, la esperanza se entiende no solo como un deseo o un anhelo, sino como un concepto que se remonta a su raíz hebrea cavá, que significa amarrar o atar. De esta raíz se deriva la palabra tikvá, que se traduce como “hilo o cordel. Esta metáfora sugiere que la esperanza es un cordel de vida que uno recibe de Dios, para sacarnos de algún agujero imposible.

El Salmo 62:5, nos ayuda a entender: Solo en Dios está en silencio (damam) mi vida, porque de él es mi esperanza (tikvati). Este versículo resalta la relación inseparable entre la vida, el silencio interior, confianza y la esperanza. El término damam implica un silencio profundo, uno que no es pasivo, sino un silencio cargado de confianza en que Dios nos va a lanzar su mecate poderoso, para sacarnos del agujero negro en el que estamos. El silencio viene después del clamor, la espera viene después de la petición, la confianza aquieta nuestras emociones y se dispone a recibir el cordel de vida divino.

Lo que se resalta aquí es que, pase lo que pase, no importa cuánto se sufra o que tan prolongado sea el tiempo en que se enfrente al dolor más profundo, la vida debe buscarse con todo el ser, amarrarla a Dios, incluso aunque duela, porque Él es la fuente de esa esperanza y en Él está nuestra salvación.



[1] “También de dolor se canta”, entrevista a Alfredo Tepox, canal de Luis Rogelio Garabito del Cid. minutos 44:56-45:19, www.youtube.com/watch?v=kneta82pp8c&t=3407s. También Víctor Morla, Lamentaciones. Estella, Verbo Divino, 2004, p. 33.

[2] Para los términos hebreos, Luis Alonso Schökel, Diccionario bíblico hebreo-español. 2ª ed. Edición preparada por Víctor Morla y Vicente Collado. Madrid, Trotta, 1999.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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