viernes, 21 de febrero de 2025

La gran realidad: "Dios es amor" (I Juan 4.7-12), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

23 de febrero, 2025 

Amados hijos míos, debemos amarnos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama es hijo de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.

I Juan 4.7-8, Traducción en Lenguaje Actual 

Trasfondo

La reconstrucción de la vida de las comunidades juaninas tiene deparadas muchas sorpresas: el Cuarto Evangelio refleja su actuación con la gente de fuera, mientras que las cartas se refieren a los de dentro. Los divisionistas ahora representaban al mundo (1 Jn 4.5) y ellos, más que “los judíos”, son señalados como “hijos del diablo” (3.10):[1] Su error fue no amar a los hermanos y eso condujo a un cisma (2.19), a una separación por motivos doctrinales. Los cismáticos estuvieron a punto de ser la mayoría del grupo (4.5). Ambas partes interpretaron a su manera el legado del “discípulo amado”. “La iglesia posterior, al aceptar 1 Jn en el canon de la Escritura, mostró que aprobaba la interpretación del autor en vez de la de sus adversarios”.[2] Varias afirmaciones de los adversarios son válidas, por lo que la carta reprocha que no vivan según lo que plantean ellas. El autor los acusa de distorsionar la tradición recibida y empeña su autoridad doctrinal para demostrarlo.[3] De modo que estamos delante de un conflicto doctrinal intraeclesiástico que se va a zanjar mediante una declaración inesperada que se fue preparando, por así decirlo, desde la escritura del Evangelio y que aquí recibirá toda su efectividad teológica: “Dios es esto”. 

Conocer a Dios como amor (vv. 7-9)

La doctrina de los divisionistas no alcanzó a llegar el fundamento de una práctica efectiva, pues ella los cegaba para relacionarse sanamente con el resto de los integrantes de la comunidad. Negar la completa encarnación del Hijo de Dios en el mundo complicó su comprensión de las acciones del Señor como viables para su realización por parte de una persona completamente humana y divina al mismo tiempo. Creer que el Hijo de Dios no había “venido [completamente] en la carne” dificultaba la práctica de su amor en el mundo pues la restringía al ámbito de lo divino, tal como lo expresa 4.2-3: “Pero ésta es la mejor manera de reconocer el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios. Éste es el espíritu del anticristo, el cual ustedes han oído que viene, y que ya está en el mundo”. El autor llama a sus oponentes “seudoprofetas” (4.1, 5), por lo que su reacción es completamente encomiable para defender su postura. Para los divisionistas, “la existencia humana de Jesús, aunque era real, no era importante en el plan salvífico”.[4]

De ahí que la exhortación para amar a los hermanos pretenda complementar la unidad doctrinal que estaba en enorme riesgo. 

Al igual que la recta confesión de fe, para el autor también el amor es una señal distintiva de los nacidos de Dios. en el amor se manifiesta de llenola índole divina, prtque Dios es amor por naturaleza. Así también el autor entiende ahora el amor de los nacidos de Dios como una designación esencial, sin dividirla por el momento en amor a Dios y en amor fraterno. Al tratamiento temático de ese amor al hermano sólo llegará (en el v. 11 no es el tema) al final de la sección (v. 20s), en que se ocupa de la realización práctica del amor. Para conocer la naturaleza del amor —del que Dios ela fuente y origen— el autor considera cómo lo ha practicado Dios. Se hizo visible y comprensible al enviar a su Hijo para la salvación del mundo. Este singular acto amoroso de Dios es para el amor de los cristianos norma y modelo supremo.[5]

Todo cristiano auténtico es una persona que ama, en contraste con el que pertenece al mundo, pues aquel odia a los demás (3.13). “El amor como tal es la manera de ser de Dios y exclusivamente de Dios. Sin duda que el ‘mundo’ puede ‘amar’ también a los que se le parecen; pero sus instintos específicos son la mentira y el homicidio”.[6] 

Si amamos, Dios vive en nosotros (vv. 10-12)

La categoría de hermano aparece como conflictiva justo después de la gran afirmación de Dios sobre el amor, de su identidad con él. La naturaleza del verdadero amor, según lo explica en el v. 10, “no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo”, esto es, que haya surgido un impulso humano para amar a Dios. Por el contrario, “Él nos amó primero”, como dirá en el v. 19. “El autor continúa meditando sobre la naturaleza del amor y, bajo la impresión del único y supremo acto amoroso de Dios, llega al conocimiento de que la revelación plena de lo que es el amor y la realidad de ese amor sólo se dan desde el acontecimiento que constituye el centro de la predicación cristiana y gracias a él”.[7] La manifestación histórica del Hijo de Dios es parte de esa acción amorosa y es el punto de partida para instalar el amor como razón de ser de la comunidad porque “los seres humanos no podían hacer del amor una fuerza existencial eficaz en el ‘mundo’, sino únicamente Dios”.[8] Los resortes que nos mueven mayoritariamente son otros: el interés, la ambición, el beneficio personal, etcétera, pero no el amor verdadero.

Sólo es posible amar a los demás cuando se comprende el origen divino del amor: “…si Dios nos ha amado así, nosotros también debemos amarnos los unos a los otros” (11). El amor que viene de Dios y el que se practica entre hermanos/as tienen una relación íntima, pues quien ama a su hermano se suma a la dinámica divina: “El que pretende conocer a Dios conoce el amor; si no, no conoce a Dios y por tanto no ama (v. 8a). Puede deducirse entonces que el que conoce a Dios ha nacido de él y, por consiguiente, ama (v. 7). El autor declara que la fuente de todo amor está en Dios, porque ‘Dios es amor’. En este punto de la carta, llegamos a una afirmación solemne. Es el segundo atributo que se le da a Dios, después del primero: ‘Dios es luz’ (1.5)”.[9] Y aunque nadie ha visto a Dios, su amor experimentado en la comunidad permite experimentarlo a Él y se despliega en la comunidad (12). 


Conclusión

El amor divino manifestado en el Señor Jesús en el mundo es lo que permite la unión genuina con Dios. el amor suyo resplandece en medio de la comunidad y va a permitir afrontar las diferencias que se vivían allí. la firmeza con que el autor se expresa acerca de la presencia del verdadero amor: “Quien ama conoce, contempla y permanece en Dios. […] Dios se hizo visible y el amor se encarnó en el Hijo que asumió la condición humana. […] Para contemplar a Dios, la nueva generación debe permanecer unida a la tradición y vivir en el amor mutuo”.[10]



[1] Raymond E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica. 3ª ed. Salamanca. Ediciones Sígueme, 1991 (Biblioteca de estudios bíblicos, 43), p. 103.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ibid., p. 108.

[5] Rudolf Schnackenburg, Cartas de Juan. Versión, introducción y comentario. Barcelona, Herder, 1980, p. 252. Primer énfasis agregado.

[6] Ibid., pp. 253-254.

[7] Ibid., p. 255.

[8] Ibid., p. 256.

[9] Michèle Morgen, Las cartas de Juan. Estella, Verbo Divino, 1988, p. 51.

[10] Claudio Vianney Malzoni, “Primera Carta de Juan”, en Armando Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2007, p. 1164.

lunes, 17 de febrero de 2025

El amor del Padre nos hace hijos/as de Dios (I Juan 3.1-10), Pbro. Héctor Mendoza Núñez


Bartolomé Murillo, El regreso del hijo pródigo (1666-1667)

16 de febrero, 2025

A medida que el cristianismo se iba extendiendo por el Mediterráneo, se iba encontrando con otras religiones. Los griegos y los romanos trataron de asimilar elementos de la fe cristiana dentro de sus propias filosofías, tal como lo habían hecho inicialmente algunos judíos. Los centros intelectuales del Mediterráneo hacían preguntas acerca de Jesús: ¿Quién era? Si era Dios ¿cómo pudo morir? Una nueva secta llamada gnosticismo (nombre derivado de la palabra griega que significa conocimiento: gnosis) fue ganando terreno en su intento de explicar estas cosas. Esta secta se difundió especialmente entre la élite intelectual.

A los gnósticos les repugnaba el concepto cristiano de que Dios se hiciese hombre. Ellos creían que el cuerpo físico era intrínsecamente malo, de ahí que se vieran obligados en negar que un Dios puro pudiese tomar un cuerpo. Para los gnósticos, todo lo que era material era malo. Sólo es espíritu era puro. De ahí que intentaran elevarse a un plano más alto, más espiritual. Esta enseñanza a veces producía una reacción colateral: la gente que se esforzaba por elevarse por sobre la materia no se preocupaba por su ética personal. Podían conducirse como quisieran. Pero el anciano Juan levantó su voz en contra de los peligros del gnosticismo: un estilo de vida inmoral y dudas acerca de Cristo se hubiese hecho hombre.

Juan era de la idea de que las creencias debían ser juzgadas por las acciones que producen. Por eso, Juan enfatiza el amor de Dios el Padre hacia sus hijos e hijas y el amor fraternal entre quienes hacen comunidad (iglesia). En su carta habla de que la verdadera comunión no es un vuelo místico sino una relación con el Padre mediante Cristo. Y eso implicaba hacerse cargo de las propias responsabilidades para con otras personas en el ámbito de la familia de Dios.


Dios nos hace sus hijos/as

A través de un nuevo nacimiento, 2.29. La mención del nuevo nacimiento “de él” (2.29b), lleva a Juan a un estallido de asombro ante el amor del Padre al hacernos hijos de Dios. Esta es una alusión a la naturaleza divina que hemos recibido al ser engendrados por Dios, más que a una relación filial.

Aunque real, nuestra condición de hijos e hijas de Dios no es aún evidente de manera plena, vv. 1-3.

A.      “Mirad”, v. 1.

a. Habiendo mencionado que somos nacidos de Él (Dios), Juan habla con asombro de esta forma de amor que nos hace hijos e hijas de Dios.

b. Quiere que miremos con atención, y contemplemos la magnitud de la forma de este amor que nos hace hijos e hijas.

c. Nunca está de más en nuestra vida de fe revisar y entender el amor que nos ha dado el Padre.

1. “Mirad cuál amor”

a. “Miren qué clase de amor es este”, “miren qué tipo de amor”.

b. Juan quiere que los lectores observen las manifestaciones del amor del Padre.

i. Juan introduce el tema del amor de Dios en el capítulo anterior (2.5, 15), lo considera brevemente en este capítulo (3.1, 16, 17) y lo explica ampliamente en el próximo capitulo (4:7-9, 10, 12, 16-18).

ii. Los lectores debían captar el tipo de amor que el Padre da a sus hijos e hijas. Ese amor es muy grande.

iii. La palabra griega que se traduce por “cuán grande” o “qué clase de” aparece seis veces en el Nuevo Testamento y siempre implica asombro y admiración en forma general.

c. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre…”

El Padre nos ha prodigado su amor.

d. Juan ha escogido intencionalmente la palabra “Padre”.

i. Dicha palabra da a entender una relación Padre-hijo e hija.

ii. Sin embargo, Dios no comenzó a ser Padre cuando nos adoptó como hijos e hijas. La paternidad de Dios es eterna. Él es desde siempre el Padre de Jesucristo y es, por medio de Jesús, nuestro Padre. Por medio de Jesús recibimos el amor del Padre y somos llamados “hijos de Dios”.

2. Pero Dios no sólo ha mostrado este amor, sino que en realidad lo ha derramado sobre nosotros.

a. Nosotros mismos lo hemos experimentado.

b. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos e hijas de Dios”, v. 2.

i. Hijos e hijas de Dios no es un simple título.

ii. Es una realidad.

iii. Somos hijos e hijas de Dios no por naturaleza sino por gracia.

iv. Lo somos, aunque otros digan y piensen lo que quieran.

v. Los hijos e hijas de Dios y el mundo son tan diferentes entre sí, que el mundo no nos conoce.

vi. La razón de esto es que el mundo no le conoció a Él, v. v.1b.

3. Así como su gloria estaba velada (oculta) en la carne, nuestra “vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3.3).

 

B.      El destino de los hijos e hijas de Dios, v. 2.

1. El autor llama “amados” a sus lectores porque también él ama a los que son amados por el Padre.

a. Pasa entonces de la reiteración “ahora somos hijos de Dios” (lo reconozca o no el mundo), a la consideración de “lo que hemos de ser”.

b. El mundo todavía no ve lo que somos, y nosotros aún no vemos lo que seremos.

c. Es importante notar esta confesión apostólica de ignorancia.

d. Juan confiesa aquí que no le ha sido revelado el exacto estado y condición de los redimidos en la eternidad.

e. Esto no significa que no sepamos nada acerca de nuestro estado futuro. “Pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”.

f. Ya ha sido estampada nuevamente en nosotros la imagen de Dios, alterada por la caída; ahora asumimos una nueva humanidad llevada a cabo por la conversión, por el nuevo nacimiento.

g. Esta nueva humanidad, “creada según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4.24; Col. 3.10). Y desde ese día y en cumplimiento del propósito predestinante de Dios de que fuésemos “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro. 8.29), el Espíritu Santo ha estado transfigurándonos “de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Co. 3.18 cf. 1ª Juan 2.6).

C. La razón que Juan tiene para escribir acerca del retomo de Cristo y del estado final no es teológica, sino ética.

1. Como Pablo, el apóstol Juan sigue a nuestro Señor en la enseñanza de las implicaciones prácticas de esta gloriosa expectativa.

2. Conocer nuestro destino como hijos e hijas de Dios purifica nuestras vidas ahora, v. 3.

“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”.

a. Conocer nuestro destino eterno y vivir en esta esperanza, purifica nuestras vidas.

b. Saber que nuestro fin es ser más como Jesús, nos hace querer ser más como Él en el momento presente.

c. Tener conocimiento de la venida del Señor tiene un efecto purificador en la vida de los hijos e hijas de Dios. Nos hace querer estar listos(as), servirle ahora, agradarle ahora.

d. El cristiano que fija su esperanza en el retorno de Cristo se purifica, no ceremonialmente, sino moralmente.

e. Juan ya ha acentuado en 2.28-29 de esta misma carta, que por cuanto Cristo es justo, usted y yo (todos), necesitamos practicar la justicia si no queremos avergonzarnos en su venida.

f. “Así como el es puro”, v. 3b.

i. En los capítulos anteriores, Juan ha escrito que, si tenemos comunión con Jesús y comunión unos con otros, él nos limpia de pecado por medio de su sangre (1:7); y que, si declaramos que tenemos comunión con él, “debemos andar como Jesús anduvo” (2:6).

ii. Por eso Juan ahora enfatiza la pureza moral (ética) que todo hijo e hija de Dios necesita mostrar por medio de una vida acorde con el evangelio que hemos recibido.

iii. Juan indica aquí cuál es la medida: así como Cristo es puro, así se esfuercen los hijos e hijas de Dios en ser puros. No es perfección.

       Juan pasa ahora a la segunda parte de su mensaje en este capítulo, y esta vez vincula la justicia con la pasada aparición de Cristo (su primera venida).

Su argumento lo formula en favor de la necesidad de una vida de santidad, y lo toma ahora, no de la expectación de la segunda venida, cuando lo veremos y seremos semejantes a Él, sino del propósito de su primera venida que fue eliminar los pecados y destruir las obras del diablo, vv. 4-9.

 A. En esta sección se demuestra que continuar en el pecado es algo completamente opuesto a todo el propósito de la primera aparición de Cristo, la cual se menciona dos veces, vv. 5a y 8b:

“Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados…”

“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”.

1.       Esta epístola de Juan se distingue por sus contrastes.

a. Juan primeramente describe al hijo(a) de Dios que se purifica a sí mismo (3.3) y luego pasa a describir a la persona que continúa viviendo en pecado y practica la iniquidad (3.4). El hijo(a) de Dios, por consiguiente, no pueden continuar en pecado como estilo de vida.

b. Los falsos maestros de que habla repentinamente y exhibe Juan en su carta, enseñaban que las cuestiones de orden moral y ético eran irrelevantes. Como hoy en día la verdad sobre el pecado se oculta tras eufemismos y nuestros pecados se convierten en meros "pecadillos", "debilidades temperamentales" o "problemas de la personalidad".

c. La persona que continúa haciendo lo que es pecaminoso, concluye Juan, “Es del diablo” (3:8).

2.       Pero ustedes “saben que él apareció para quitar nuestros pecados”, v. 5.

a. “Y no hay pecado en él”. Juan escribe en tiempo presente para indicar que Cristo siempre ha sido, es y será sin pecado. Da a entender que, así como el Hijo de Dios no tiene pecado, así mismo el cristiano, cuyos pecados Cristo ha quitado, debería no ceder ante el pecado.

b. Uno de los rasgos distintivos de ser hijo e hija de Dios es ser libre del gobierno del pecado. Si el cristiano viviese una vida de pecado, su reclamo de ser hijo(a) de Dios carecería de significado.

3.       Permanecer en el pecado o permanecer en Dios, v. 6.

“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido”

a. Una vez más Juan presenta un contraste. El coloca al creyente, que ha dejado una vida de pecado porque ahora vive en Cristo, frente al incrédulo que, por vivir en pecado, no ha visto ni conocido a Cristo.

b. A lo largo de toda su epístola, Juan repite esta verdad: que la persona que vive en Cristo y tiene una comunión continua con él obedece la Palabra de Dios.

c. Juan sabe que el creyente ocasionalmente cae en pecado, y que, si confiesa su pecado, Cristo le perdona y le limpia de toda injusticia (1:9).

d. Juan también sabe que el creyente ya no está más en las garras del pecado, puesto que su vida es gobernada por Cristo (Gá. 2.20).

e. Juan dice: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (3:9).

4.       El pastor habla tiernamente a los miembros de la iglesia en el v. 7: “Hijitos, nadie os engañe”.

a. El desea que ellos conozcan la diferencia entre la verdad y el error. Entre las enseñanzas de Jesús y las enseñanzas extrañas.

b. Se da cuenta de la perjudicial influencia de aquellos maestros que tratan de extraviar a los hijos(as) de Dios, y desea alertar a los miembros de la iglesia en contra del error que afirma que creer en Dios y la vida pecaminosa son compatibles.

c. Juan expone este error y advierte a sus lectores que debían estar alertas en contra de aquellos falsos maestros.

d. Los falsos maestros estaban procurando descarriarlos, no sólo teológicamente sino también éticamente. Debían estar en guardia.

e. Juan le pide a su gente que aplique la norma de la verdad por medio de la cual ellos pueden detectar el engaño. Y el criterio es éste: “El que hace justicia es justo, como él es justo”, v. 7b.

f. La persona que ha nacido de Dios refleja su ascendencia espiritual -tal como es el Padre, así también es el hijo.

g. El creyente desea expresar su gratitud a Dios y hacer lo que es justo debido a su nuevo nacimiento o conversión.

h. Así es la vida de los hijos e hijas de Dios por el amor del Padre.

i. Los falsos maestros a los cuales hace alusión con cierta frecuencia el apóstol aquí en su carta, decían que de alguna manera era posible “ser justos” sin preocuparse necesariamente por practicar la justicia. Juan niega rotundamente esta posibilidad.

j. La manera de llegar a ser hijos e hijas de Dios es, por el lado humano, creyendo y recibiendo a Cristo, y por el lado divino, por el nuevo nacimiento (Jn. 1.12, 13).

k. Los hijos e hijas de Dios (9) y los del diablo (8) pueden ser reconocidos por su moral y ética. "Por sus frutos los conoceréis" (Mt. 7:20).

l.  “Todo aquel que no hace justicia, que no ama a su hermano, no es de Dios”, v.9. La falta de justicia y amor prueba la falta de un nacimiento divino.

 

Conclusión

Si el Señor Jesús vino para “quitar nuestros pecados”, v. 5 y para “deshacer las obras del diablo”, v. 8, y si, cuando aparezca por segunda vez, “lo veremos” y, en consecuencia, “seremos como él es” ¿cómo podemos continuar viviendo en pecado? Hacerlo es negar el propósito de las dos apariciones. Si somo leales a su primera venida, y estamos preparados para la segunda, vivamos purificándonos, como el es puro. Así daremos evidencia de haber nacido de Dios, y ser hijos e hijas de Dios por su gran amor.

 

Bibliografía

Kistemaker, Simon J. Comentario al Nuevo Testamento: exposición de Santiago y de las epístolas de Juan. Grand Rapids, Libros Desafío, 2001.

Stott, John R.W. Las cartas de Juan. Introducción y comentario. Buenos Aires, Certeza, 1974.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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