viernes, 21 de marzo de 2025

Dios siempre responde al clamor de su pueblo (Salmo 78.34-39), Dra. Ruhama Pedroza García

23 de marzo, 2025

Mientras planeaba el tono del mensaje, y comenzaba a articular las ideas, me di cuenta de que mi mente me llevó a un lugar conocido, bien explotado por la religión. La culpa. Iba a comenzar a hablarles sobre la hermosa fidelidad de Dios para luego poner el dedo sobre nuestra horrible infidelidad, y la increíble capacidad que tenemos para pecar y cómo es que hacemos honor a ese texto que describe el corazón humano inclinándose de continuo hacia el mal, y que debemos arrepentirnos, y constantemente humillarnos y buscar agradar al Señor aún en medio de nuestra bajeza, pero quiero que sepan que el Espíritu me detuvo.

Cargamos demasiada culpa, y vergüenza y vileza.

Y lo peor es que cuando con comparamos con el tierno amor de nuestro Padre, pues quedamos hechos una nada. Somos malas personas. Infieles, torpes, ciegos, faltos de memoria, cortos de visión.

Pero este es un camino conocido. Este es un énfasis utilizado una y otra y otra vez y yo no sé cómo sea su iglesia y en qué se especialice, pero si sé que este es un punto álgido que se utiliza para sembrar incluso miedo en la gente, temor de vivir, de tomar decisiones, de seguir adelante. Y eso, genera clientelismo. Pero al mismo tiempo personas quebradas.

Cuando lo horrible de nuestro ser, aquello oscuro que como humanidad compartimos es lo que nos mueve, lo que nos motiva a llegar al pie de la cruz, o lo que nos impide acercarnos con confianza al trono de la gracia, qué creen que pasa con la chispa divina que todos tenemos en nuestro interior. Con esa imagen y semejanza en la que fuimos creados, con ese espíritu, esa alma y ese cuerpo en el que fuimos hechos salvos y en el que somos amados…

Los cristianos a veces somos seres tristes, pesimistas o excesivamente realistas, lo cual es otra forma de pesimismo, y vemos la vida a través del filtro de la tragedia. Por ejemplo, durante muchos siglos interpretamos la venida del Señor, el día final, el día del juicio solo, ojo, SOLO como día de destrucción. Pero se nos olvidó seguir leyendo, que también será un día de restauración, de vindicación, de alegría, de sanidad para la tierra y para las naciones.

Y cuando leemos este salmo, claro, la tendencia sigue siendo la misma. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Soy malo, soy indigno, no merezco, no valgo, soy escoria, soy incapaz de amar, etcétera. Nos quedamos en los vv. 36 y 37.

El otro lado de la moneda es que los/as predicadores/as también queremos asegurarnos de que nadie se vaya “limpio”. Y entonces, a veces, lo confieso, intentamos convencer a la audiencia de que todos somos pecadores y estamos lejos de la gloria de Dios. Lo cual es cierto, pero no es nuestra tarea, sino del Espíritu, llevarnos a la certeza que se acompaña de arrepentimiento y conversión. Nosotros creemos que sí, que debemos combatir el cinismo creciente en nuestra sociedad y entonces, zas, el énfasis de nuestra predicación es el pecado, y la necesidad de arrepentimiento.

Hoy no va a ser así.

Y no porque yo no quiera que sea así, de verdad es la forma convencional, la primera reacción al texto. Hoy no va a ser así, porque el Espíritu me movió a enfocarlo diferente.

Hoy quiero que miremos este pasaje a la luz de quién es Dios.

Y no crean que yo soy una experta en la infinita persona de Dios, y además este enfoque no resulta tan familiar. Por eso les propongo dos cosas.

 

1.       Mantengan su enfoque centrado en Dios. Céntrense en descubrir quien es este ser a quien podemos llamar “Abba”, Apá, porque él mismo nos dio permiso a través de Jesús. Si sientes que te jala el chip de lo terrible y pesimista por la conducta del ser humano, para y vuelve a Abba.

2.       Para entender un poquito mejor a Dios, elige uno de tus roles como persona que ama a otra. Puede ser, por ejemplo, padre, madre, amigo, amiga, esposo, esposa, novio, novia, hermano, hermana… Del que te sientas más orgulloso y con el que te es más “fácil” identificarte. 

No estoy diciendo por supuesto que tú te sientas como Dios, sino que ese papel que tú juegas y con el que estás contento se lo atribuyas a Dios, lo cual también lo magnificará y perfeccionará. Es decir, Dios como padre, como madre, como amigo, como hermano, como esposo, etcétera.

¿Listo, lista?

Primero, pensemos juntos en esto. Dios es omnisciente, todo lo sabe. Bueno, no es sólo que lo sepa todo, sino que lo conoce y entiende todo. Abba conoce todo de nuestro corazón y de nuestro pensamiento. Conoce cada rincón de nuestro pasado, presente y del futuro. Sabe que a veces lo alabamos con nuestra boca, y que al mismo tiempo le mentimos. Sabe que le hemos sido infieles. Lo hemos engañado. Sabe con qué, con quién. Abba sabe. Pero él, misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye; Y ha apartado muchas veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda que somos carne, un soplo que va y no vuelve.

Y él quiere que estemos. Él quiere que permanezcas, que lo sigas intentando, que no te des por vencido, que aprendas de tus errores, que crezcas en todos los aspectos, que madures, que te superes, que aprendas a dominar aquello que te mueve a pecar… porque te ama. Así como tú amas a tu esposa, esposo, hijos, pareja, padres… y has perdonado tantas veces. Aunque los conoces. Aunque has visto sus luchas y sabes que les va a costar mucho trabajo cambiar… pero los amas. Así Dios te ama. Así nomás, sin tanta complicación, aunque nos resulte incomprensible.

Dios es omnipotente. Cuando Dios hace algo es porque quiere y porque puede. Pero su omnipotencia se acompaña de dos características interesantes, que también tú aplicas con las personas que amas. Dios es sabio y paciente. Dios es todopoderoso, pero a veces se contiene porque él sabe lo que te conviene, lo que necesitas enfrentar, lo que no vas a poder manejar si te lo da, lo que requiere de ti, de que estés listo para participar, lo que no necesitas. Dios no es consentidor. Dios ama ver a sus hijos crecer, madurar, ir superando etapa tras etapa. Por eso espera oír tu clamor. Porque solo el que clama ha renunciado a su sentido de autosuficiencia, a su soberbia y a su falsa autoconcepción, sin importar que estés en un apuro. He visto a varios padres dejar que sus hijos experimenten por sí mismos el dolor, una caída, el fracaso, que algo no salga como esperaban, y se contienen. Más cuando los niños son pequeños. Ahí están frotándose las manos, estirando los brazos, pero dejando. Solo si el niño está en peligro inminente lo toman. Pero si no es así lo dejan seguir, hasta que el pequeño reconoce que necesita ayuda y clama. No se puede razonar sobre la culpa con un niño pequeño, ¿se han dado cuenta? Por eso Abba actúa con amor, porque muchas veces nosotros somos ese niño pequeño, inmaduro, soberbio. Pero él, misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye; Y ha apartado muchas veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda que somos carne, un soplo que va y no vuelve.

Y Dios quiere que estés, Abba quiere verte crecer. Abba quiere que descubras el mundo y tu propósito de vida tomado de su mano y en el contexto de su reino. Abba sabe que somos rebeldes, inmaduros y soberbios, pero también, que somos capaces de crecer, madurar, disciplinarnos, aprender y decir al final “SÍ” a su divina voluntad.

Por último, Dios es omnipresente. A ver, no caigamos en el cliché de que Dios está en todas partes, porque cuando yo era niña me avergonzaba la idea de que Dios estuviera hasta en el baño. Omnipresente significa que podemos encontrar rastro de su presencia, de su habitar, de su ser, de su vida, de su actuar, de su caminar, en todos lados. Incluso ahí mientras le estábamos siendo infieles con otros dioses como el trabajo, el dinero, la autoindulgencia, etcétera, Abba estaba presente. ¿No les pasó que por alguna razón desobedecieron a sus padres y estaban en medio de alguna actividad prohibida, no sé, una fiesta, a punto de tener relaciones sexuales, en algo riesgoso, etcétera, y la voz de los viejos o su ejemplo, o la frase que siempre les decían se les aparece en la mente y les mueve el corazón? Mi mamá tiene dos frases que nunca voy a olvidar y que la vuelven omnipresente para mí, una es: “Aprende a usar lo que tienes y nunca necesitarás lo que no tienes”, y la otra: “Piensa en términos de eternidad”.

Hay muchas cosas en las que nuestros corazones no son rectos. Y otras en las que actuamos con maldad, por más disfraces que le pongamos, por más justificaciones, por más razones que argumentemos. Los seres humanos pecamos porque sí, y porque no. Por eso necesitamos ser salvos. Pero aún en medio de nuestra hora más oscura y de lo más terrible que podamos decir, pensar o actuar, siempre va a haber una vocecita, una sensación, una imagen que nos va a recordar que ahora somos nuevas criaturas. No necesitamos portarnos como antes lo hacíamos. Que en Cristo somos más que vencedores, suelta esa botella, no le pegues a tu hijo, no digas esas cosas, eso fue grosero pídele perdón a tu hermano…

Y yo no sé cómo les hace sentir esto a ustedes, pero a mí me conmueve. Porque la omnipresencia de Dios implica que se ensucie los zapatos conmigo. Porque si yo me estoy hundiendo en el lodo, él no se va a limitar a darme consejos desde su trono santo. Para eso se encarnó Jesús. Por eso Dios quiso hacerse carne. Abba quiere y acompaña aún en la hora más negra y terrible. Como tú, cuando cuidas a tus hijos adictos, cuando acompañas a alguien que intentó suicidarse, a tu anciana deprimida con la cadera rota, a tu mamá violentada… Dios es así. Dios es así de tierno. Dios es así de bueno, de increíble, su amor sobrepasa todo lo que consideramos normal y justo, su paz no puede limitarse a las palabras.

Somos pecadores, tú y yo. Pero él, misericordioso, perdona la maldad, y no nos destruye; Y ha apartado muchas veces su ira, Y no despierta todo su enojo. Se acuerda de que somos carne, un soplo que va y no vuelve.

Y ahora sí, con esta confianza, su pueblo clama.

Inmersos como estamos en tantas cosas terribles, políticas, sociales, culturales, internacionales. Clamemos. Ni siquiera sabemos cómo orar de la forma correcta. Las cosas que enfrentamos son tan grandes que mejor nos volvemos sordos y ciegos.

Pero no es tiempo de mirarse el ombligo y darse golpes de pecho. Es tiempo de pedir perdón, de clamar por ayuda, de ponerse manos a la obra y de volver a intentarlo. Es tiempo de compartir el evangelio, de abrir el templo a las necesidades de afuera, de destinar parte de nuestro tiempo y dinero a servir al prójimo, aliviar al necesitado, ensuciarnos los pies en el lodo.

Es tiempo de volver a clamar, aguantarnos la vergüenza por la conciencia de nuestras faltas y decirle a Dios: “Heme aquí, envíame a mí”. Es tiempo de volver a ser su pueblo redimido, no su pueblo derrotado.

Oremos.

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