
30 de marzo, 2025
Pero a su pueblo lo guió
y lo llevó por el desierto,
como guía el pastor a sus ovejas;
les dio seguridad
para que no tuvieran miedo,
pero hizo que a sus enemigos
se los tragara el mar.
Salmo 78.52.-53, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo: No dejar de ver el contexto histórico de nuestra fe
La experiencia de la fe colectiva
que muestra el Salmo 78 interactuó e impactó directamente en la experiencia
individual, la cual no podía dejar de moldearse con base en la primera. La
experiencia personal formaba parte de una experiencia más grande, siempre
relacionada con la historia, puesto que cada persona y familia se relacionaba
con el conjunto de modo inmediato. El salmo consigue reunir en sus versos ambas
realidades para mostrar cómo en ambas se despliega la historia de la salvación.
Hacer conciencia de ésta es parte de la reconstrucción de sus momentos
cruciales. Las sucesivas generaciones se sumaban a esa experiencia y aportaban
una comprensión nueva que, no obstante, corría el riesgo de diluirse en las
aguas de la autocomplacencia y la falta de autocrítica. El cierre del salmo no
abarca la totalidad de la historia, pero practica un “corte de caja”
suficientemente amplio como para adherirse a su comprensión de las cosas que
hizo Dios en medio del pueblo para guiarlo en medio de las complejidades y
contradicciones de la historia.
En el desierto los guió con seguridad (vv. 52-53)
La gran tradición del Éxodo
permea estos versos: la memoria de lo sucedido allí atravesaba toda la
experiencia de fe y se sobreponía a los nuevos acontecimientos para
enjuiciarlos y así dejar en claro que lo hecho por Dios entonces debía gobernar
el presente y garantizar que el Señor seguiría actuando a favor de su pueblo. La
relación abreviada de las plagas (vv. 43-48) enumera una vez más la forma en
que Dios condujo el conflicto con el faraón y, a su manera, resolvió el
problema de la esclavitud: cada una de ellas fue minando los sectores
estratégicos de la nación opresora. Los ríos vueltos sangre (v. 44), las moscas
y ranas para destruir (45), la oruga y la langosta para acabar con los cultivos
(46), el granizo destruyó las viñas y la escarcha las higueras (47), los
animales fueron consumidos (48). No quedaría espacio importante intocado por la
acción del Señor. La oposición radical entre Yahvé y los dioses del país fue
evidente y definitiva. “La cólera de Yahvé estalló sobre Egipto trayendo un ‘ejército
de mensajeros de desgracias’”. Los “poderes ejecutores de la cólera de Dios” en
Egipto (v. 49)[1]
fueron una clara demostración de cómo Dios se servía de todo lo que estaba a su
alcance para favorecer a su pueblo. La eliminación de los primogénitos (v. 50) como
máxima expresión del poder divino dirigido a liberar a los hebreos resultó ser
el clímax de su obra libertadora. La “actitud permanente” del pueblo era el
problema, es decir, la falta de arraigo en una fe firme, sostenida, capaz de
estar dispuesta a ver las acciones de Dios.
Las reminiscencias del éxodo eran la referencia principal para
considerar la manera en que la fe del pueblo atesoraba la intervención divina
liberadora en tiempos en los que la nación de comenzó a forjar al calor de la
revelación divina. Ese gran acontecimiento estaba grabado en la memoria
espiritual y social del antiguo Israel, y era la base de toda la experiencia
histórica que acumulaba los testimonios de lo que Dos había hecho a su favor. La
conducción en el desierto fue el corolario de todo lo iniciado en Egipto y la
cercanía de Yahvé hizo que el pueblo se acostumbrara a la compañía del Señor. El
cuidado ejercido por Él allí vino a cumplir los anuncios y las promesas que
constituyeron el complemento de la libertad obtenida.
Los puso en las puertas de la tierra santa (vv. 54-55)
A partir del v. 54 la tradición
del éxodo es sustituida por la de Sión influida por la figura y las acciones de
David (v. 68). Aparece la tierra como un factor fundamental para valorar la
intervención divina en el camino histórico del pueblo. La imagen suplementaria
del monte cobra importancia también: “La montaña elegida es como la síntesis de
la tierra santa, la tierra es ‘santa’ porque Yahvé tiene su trono en el centro
de esa tierra, en Sión”.[2] El v. 55
destaca la manera en que Dios expulsó a los habitantes originales de la tierra
para que ellos la poseyesen y los estableció en orden. La capacidad divina para
hacer surgir una nación prácticamente de la nada es vista como un auténtico
milagro, pues hacer de un pueblo nómada una nueva comunidad con reglas bien
claras en el sedentarismo fue sin duda algo extraordinario.[3] La guía
del Señor en medio de estas nuevas condiciones mostró también un nuevo rostro
de Dios mediante la imagen de un organizador y legislador que llevó al pueblo
hacia nuevos horizontes socioculturales y políticos.
La síntesis histórica del texto se complementa con las nuevas observaciones autocríticas sobre la reacción del pueblo ante las nuevas acciones de Dios:
la reacción del pueblo vuelve a ser la rebelión contra Yahvé, el Elyon (“el Altísimo”), la trasgresión de sus mandamIentos (v. 56), “ser infiel y pérfido” significa el quebrantamiento pérfido e insidioso de la fidelidad (v 57). Se compara a Israel con un arco que de repente dispara la flecha en la dirección equivocada. La causa de la cólera dIvina son los santuarios del culto cananeo de Baal situados en los lugares altos, y las imágenes, los amuletos con reproducciones de las imágenes de Baal y Astarté. Israel fue rechazado (v. 59). Se piensa aquí en la época en que los filisteos dominaron en él.[4]
Conclusión
El Sal 78 no se cansa jamás de describir la acción
divina, que es el fundamento de la historia. La historia de la salvación vive
en el relato, en la proclamación. Se transmite de generación en generación y de
esta manera habla al presente. Se presenta de manera plástica y viva ante los
ojos de los oyentes la fidelIdad de Yahvé, la actividad incesante de su misericordia
y su bondad. [...] La cadena de los actos divinos de salvación va acompañada
por la constante infidelidad de Israel. La historia del pueblo del pacto es una
historia de apostasía, de insidioso quebrantamiento de la fidelidad y de un
arrepentimiento superficial mostrado de vez en cuando en momentos de gran
calamidad.[5]
1. ¿Cuántos episodios de
desobediencia y hasta de apostasía podemos identificar en la historia de esta
iglesia?
2. ¿Las diferentes etapas que ha
atravesado han sido ocasiones concretas para el arrepentimiento delante de Dios
por las cosas que no necesariamente se han hecho bien?
3. ¿Cómo podemos superar la
tentación del triunfalismo para remitir de ese modo todos los logros y aciertos
únicamente a la gracia divina que nos ha conducido hasta aquí?
No hay comentarios:
Publicar un comentario