viernes, 11 de abril de 2025

El Señor crucificado: fundamento de la predicación cristiana (I Corintios 2.1-5), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

13 de abril, 2025


Más bien, al estar entre ustedes me propuse no saber de ninguna otra cosa, sino de Jesucristo, y de éste crucificado.

I Corintios 2.2

 

A todo lo largo de la historia cristiana hay una tendencia de los propios cristianos a tomar a Jesús como escándalo de recambio, una tendencia a perderse y fundirse en la masa de los perseguidores. De ahí que, para Pablo, la Cruz sea el escándalo por excelencia. Obsérvese, en este sentido, el simbolismo de la cruz tradicional, que con sus dos maderos atravesados hace visible la contradicción interna del escándalo.[1]

René Girard

 

Trasfondo

Existe una manera de hablar sobre el Señor Jesucristo poco frecuente en el lenguaje evangélico: Jesús crucificado o Jesús resucitado. Se supone que es habitual en iglesias más tradicionales, pero lo cierto es que fue Pablo de Tarso quien utilizó la frase y la estableció como el centro de su predicación y de su acción, ni más ni menos. En la dura correspondencia que tuvo con la comunidad cristiana de Corinto (que él había contribuido a formar), respondió preguntas directas y algunas críticas que se hacían a su trabajo misionero y pastoral. Una de ellas, que era un predicador mediocre (II Co 10.10; 11.6), la afrontó con especial donaire y dureza; partiendo de esa crítica afirma que lo fundamental de su predicación no es la elocuencia ni la sabiduría sino la presencia de el Señor crucificado. Estrictamente hablando, Pablo es el fundador de la “teología de la cruz”, es decir, aquella línea de pensamiento cristiano mediante la cual es posible acercarse a la cruz y extraer de ella todas sus consecuencias, dentro y fuera de la experiencia religiosa. Fue un visionario cristiano capaz de desvelar los resultados del hecho bruto, rotundo y doloroso para transfigurarlo plenamente en el símbolo absoluto de la redención.

 

El lenguaje de la teología de la cruz: aportación paulina (vv. 1-2)

Hablar de la cruz es situarse en línea directa con lo acontecido en el Gólgota y que Dios permitió que sucediera para dar cauce a su gracia y a la superación de todas las formas de violencia sagrada: “Lejos de ser conseguido de forma violenta, el triunfo de la Cruz es fruto de una renuncia tan total a la violencia, que ésta puede desencadenarse cuanto quiera sobre Cristo sin sospechar siquiera que, al hacerlo, pone de manifiesto aquello que tanto cuidado pone en ocultar, sin sospechar que el propio desencadenamiento va a volverse en este caso contra ella, puesto que será consignado y representado muy exactamente en los relatos de la Pasión”.[2] La violencia humana ejercida contra el Señor en la cruz no fue respondida por una violencia divina visible. En México y América Latina hemos estado acostumbrados a los abusos contra la cruz pues ésta ha alentado más bien la sumisión y la resignación, en vez de movilizar para desclavar a todos los crucificados de la historia, que son muchos/as: “Más de 300 años de dominio extranjero han desautorizado el simbolismo cristiano y han dificultado el acceso a la teología reformadora de la cruz hasta la actualidad. La religiosidad latinoamericana incurre una y otra vez en el desafío de caer en el fatalismo y el conformismo”.[3]

El lenguaje paulino sobre la cruz se mueve entre el simbolismo, la denuncia y el misticismo. Si el apóstol conoció a Jesús de otra manera, como lo afirmó tajantemente (II Co 5.16), esa manera es precisamente observarlo espiritualmente y con los ojos de la fe colgado y maltratado en el madero. Conocerlo así, primero crucificado (derrotado y sometido a los poderes de su tiempo) y luego resucitado (gracias a la intervención directa del Padre para volverlo a la vida) son las únicas formas que le importaron para procesar todo lo relacionado con él. De ahí que se atreva a no citar o mencionar las cosas que hizo en su vida terrenal, no porque no importasen sino porque la mirada espiritual y teológica se centra en esos grandes episodios en los que se desplegó la grandeza del esfuerzo salvífico divino. Preguntar a Pablo, por ejemplo, acerca de la entrada de Jesús a Jerusalén resultaría en que él lo vería como en camino directo hacia la cruz como cumplimiento de su destino mesiánico y redentor. Jesús mismo lo supo y actuó en consecuencia cuando advirtió que no habría marcha atrás en su camino.

 

Una fe fundada en el poder de Dios (vv. 3-5)

La relectura paulina de los entretelones de la crucifixión del Señor atraviesa por un sendero de comprensión que fue más allá de los sucesos exteriores y entró plenamente a la i/lógica divina de la cruz, incomprensible para los judíos que esperaban señales o para los griegos que esperaban argumentación sólida y sabia. Pablo estaba dominado por un discernimiento espiritual de la dinámica soteriológica en la que la cruz tenía un lugar determinante, ajeno incluso a la cultura sacrificial que estaba en boga. La cruz, para él, era una nueva ruta para encontrarse con Dios en el lugar menos pensado:

 

Dios debe ser conocido sub contrario (bajo su contrario). Donde parece que no hay Dios, donde parece que se ha retirado: allí está Dios en su más alto grado. Esta lógica contradice la lógica de la razón, pero es la lógica de la cruz. Esta lógica de la cruz es escandalosa para la razón, y sin embargo hay que mantenerla así, porque sólo así tenemos un acceso a Dios que nunca tendremos de otra manera. La razón busca el motivo del dolor, los motivos del mal. La cruz no busca ningún motivo; justo ahí, en el dolor, es que está Dios completo. [... La cruz] debe permanecer como una cruz, como la oscuridad ante la luz de la razón y la sabiduría de este mundo.[4] 

Este modo de mostrar el poder de Dios desde una debilidad autoasumida en la cruz es lo que estaba detrás de la acción y el pensamiento del apóstol, era su razón de ser. Por eso llama a la cruz locura, necedad, escándalo y afirma que Dios ha “entontecido” los impulsos de la sabiduría humana que se estrellan una y otra vez ante la realidad repulsiva de la cruz. La debilidad y el temor y temblor suyos son evidencia de que su punto de partida no era el aspaviento, la fortaleza ni la apariencia de dominio sino las “consecuencias ministeriales”, por llamarlas de algún modo, del mensaje de la cruz que llenaban su mente y espíritu al momento de escribir a los corintios. Por ello deseaba que ellos/as asumieran también esa perspectiva para su fe y espiritualidad en la vida comunitaria.

 

Conclusión

“El Crucificado es el siervo afligido de Dios, cuyo sufrimiento tiene como objetivo la redención del mundo al exponer la falta de humanidad y la falsedad de los poderes que dominan el presente. La cruz no puede entenderse como una absolutización o justificación del sufrimiento, pero tampoco como un mero anuncio de un triunfo final; más bien, es la negación de la negación, el rechazo de todo lo que niega la vida. Con ello se logra un giro teológico y también político en la comprensión de la cruz”.[5] Acostumbrarse a los aspectos negativos de la cruz del Señor es, como se dice hoy, normalizar el sufrimiento para hacerlo parte de nuestra vida y canalizarlo como una vía de sobrevivencia deshumanizada. La cruz, para san Pablo, consiste en apuntar hacia el proyecto divino que se topó con ella y consiguió afrontarla para superarla mediante la denuncia absoluta de lo que no debe suceder nunca más. El día que entró Jesús de Nazaret a Jerusalén avizoró la cruz como un destino inevitable al exhibir a los poderes en toda su crudeza y criminalidad.



[1] R. Girard, “El ciclo de la violencia mimética”, en Veo a Satán caer como el relámpago. Barcelona, Anagrama, 2002, p. 42.

[2] R. Girard, “El triunfo de la cruz”, en Ídem, pp. 182-183.

[3] Martin Hoffmann, Teología de la cruz en América Latina. San José, Universidad Bíblica Latinoamericana, 2022 (Aportes teológicos, 12), p. 12.

[4] Leonardo Boff, Pasión de Cristo, pasión del mundo. p. 136.

[5]  Ibid., p. 14.

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