jueves, 17 de abril de 2025

"Se hizo obediente hasta la muerte..." (Filipenses 2.5-11), Pbro. L.Cervantes-Ortiz

16 de abril, 2025 

…y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Filipenses 2.8, RVC

 

Trasfondo

 

El himno cristológico en Fil. 2:6-11 es considerado el clímax del argumento de la epístola a los Filipenses y sus interpretaciones modernas han sido influenciadas por el Credo de Calcedonia que declaró la doble naturaleza de Cristo: humana y divina. De ahí que la lectura tradicional que se ha hecho del himno ha consistido en afirmar que Jesús, como ser humano, sufrió esclavitud, humillación y condena a la muerte de cruz, la cual estaba destinada a los insubordinados en el imperio romano; sin embargo, también se ha afirmado que, por esa obediencia a su Padre celestial hasta la muerte de cruz, fue exaltado hasta lo sumo, constituyéndose de esta manera en Señor del universo. Por lo tanto, todo está sometido a su señorío y como tal debe rendírsele tributo a su nombre. De esta manera el Himno ha sido considerado una exhortación ética con sentido escatológico basado en Fil. 2:5 “haya pues en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”.[1] 

En esta carta del prisionero político Pablo el texto no debía ser tan directo pues se corría el riesgo de ser descifrada. Obviamente, no es la primera parte del himno cristológico la que resultaba peligrosa (adonde se habla de la humillación del Señor Jesús) sino la segunda en donde se refiere a su exaltación. Insinuar que había un hombre superior al kyrios romano era riesgoso para el escritor y para su lectores/as. Ese “señorío conllevaría un estilo de vida en contracorriente con la del imperio romano, pues se regiría por los valores del reino de Dios (pp. 206-207). En otras palabras, sería un señorío que no se impondría por la fuerza, ni por acciones militares, sino por amor al prójimo y el respeto a la dignidad humana independientemente de la identidad de género. Por lo tanto, los intereses personales quedarían supeditados a los intereses de la colectividad”.[2]

 

La gradación en la humillación del Hijo de Dios (vv. 6-7)

El texto del himno desarrolla la humillación del Hijo de Dios como una gradación bien escalonada: hombre, esclavo, muerto, crucificado.

 

Cristo descendió las cuatro escalas. Llegó al fondo, él realmente quedó vacío. Clavado en la cruz, maldito a los ojos de los hombres [Gálatas 3.13: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, y por nosotros se hizo maldición (porque está escrito: ‘Maldito todo el que es colgado en un madero’ [Deuteronomio 21.23]” y aparentemente también de Dios. cristo realmente estaba vacío de todo valor y toda sustancia; reducido a nada. Pero una vez reducido a la nada, a la anulación total del poder, el Padre lo levantó al nivel más alto.[3]

 

Vaciamiento (kénosis), desempoderamiento, debilidad: ésas son las claves con que Pablo resume la historia de Jesús, no siguiendo los pormenores de si vida. El apóstol practica grandes saltos teológicos para mostrar esa gradación que lo fue llevando cada vez más abajo. Jesús se abajó profundamente hasta alcanzar el menor nivel. En la conciencia de Pablo “ese doble movimiento contiene toda la novedad del Evangelio”.[4] Jesús, “como Dios podía tener todos los poderes. Pero el camino que eligió, lo llevó a perder no solamente el poder de la divinidad, sino los propios derechos y poderes naturales en todo hombre. Entre todas las condiciones humanas, tomo la condición de esclavo. Perdió hasta el derecho de defenderse de las acusaciones injustas y fue condenado a muerte”. Algo así como los presos que se encuentran en Guantánamo en las cárceles estadounidenses o los deportados latinos en El Salvador.

 

La obediencia hasta la muerte de cruz (vv. 8-9)

El Señor Jesús ahondó su vaciamiento (v. 7) y humillación (v. 8), y por ello: “Sufrió la muerte más infame que es la muerte en la cruz. La condición de crucificado le dio el estado de vacío, nada, aniquilamiento. En la cruz, Jesús ya no es nada: nada de poder, nada de dignidad, nada de derechos humanos, naturalmente nada de poder divino”.[5] No se conformó con descender al primer escalón al hacerse ser humano; descendió al segundo: hombre pobre, oprimido, despreciado por los demás, esclavo y condenado a la muerte ignominiosa de la cruz.

 

La muerte sublima la ausencia de poder del esclavo. La cruz sublima más todavía. Pues la cruz es una muerte de esclavo y una muerte maldita. La cruz en la teología de Pablo es la expresión extrema de la condición de esclavo y del vaciamiento de todo poder. Es el cuarto escalón del descenso de Jesús hasta la impotencia total, hasta la eliminación de todas las fuerzas y de todas las dignidades. Y no se excluye la referencia a Isaías 53.8. Pero la alusión debe haber estado en las reflexiones de la comunidad que preparó este himno. [6]

 

Conclusión

Jesús tocó fondo al llegar a la cruz para cumplir con el ciclo del descenso absoluto en su humillación. Más abajo ya no había nada, sólo el silencio, el abandono y la soledad. De ahí lo sacaría el poder del Padre que lo retomó para exaltarlo a lo sumo y ponerlo al lado suyo en las alturas. Este ciclo es la base de la fe cristiana que levanta su mirada hacia la cruz y se encuentra con un Dios sufriente, acosado y sofocado por la debilidad, pero siempre dispuesto para otorgar la salvación por medio de su Hijo sufriente. Los ecos de Isaías 52-53 se asoman en toda la reflexión paulina sobre la cruz de Jesús y llegan hasta nosotros para llamarnos a la reconciliación con Dios.



[1] César Moya, “Visibilizar un mensaje secreto Pistas para una relectura de Fil 2.6-11 en contextos de violencia”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 94, 2024, pp. 44-45.

[2] Ibid., p. 47.

[3] José Comblin, Filipenses. Buenos Aires, La Aurora, 1988 (Comentario bíblico ecuménico NT), p. 46.

[4] Ídem.

[5] Ibid., p. 47.

[6] Ibid., p. 48.

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