4 de mayo, 2025
INTRODUCCIÓN: ÁMBAR, ALGODÓN Y AMARANTO
Muchas veces tendemos a pensar los
beneficios de la redención de Cristo en términos muy abstractos, lejanos y
hasta complicados. Sin embargo, la primera epístola de Pedro se caracteriza por
su sencillez y lenguaje directo. Cierto, utiliza metáforas y algunos recursos
narrativos que merecen cierta atención al detalle. Sin embargo, el objetivo de
esta misiva es ser leída por comunidades migrantes a lo largo y ancho de la
zona de Asia Menor. No es un tratado complicado, sino un mensaje urgente para
dar ánimos en medio de las dificultades del desplazamiento forzado debido a
políticas persecutorias hacia los cristianos quienes eran considerados
disidentes y sediciosos por Roma y sus administraciones locales. Pedro escribe
a comunidades que viven entre fronteras sin pertenecer en realidad a ningún
territorio. Estas comunidades se encuentran dispersas en el Ponto, Galacia,
Capadocia, Asia y Bitinia. De hecho, son descripciones muy generales, no
domicilios específicos, porque el apóstol debe guardar la discrecionalidad de
sus destinatarios. En términos actuales sería como un documento escrito a “Los
migrantes en la frontera norte de México”.
Podemos, por tanto, imaginar a la
primera epístola de Pedro como un documento clandestino, que circulaba de forma
oculta entre grupos desplazados que necesitaban leer y escuchar palabras de
aliento en medio de la persecución política y la estigmatización en la que
vivían. Por eso un término clave en los mensajes de Pedro es la palabra
“esperanza”. Porque es lo que estas comunidades requerían para seguir adelante,
saber que habrían de ser restituidos y que se les haría justicia. Se trata de
una esperanza activa, es decir, no sentándose a esperar, sino esforzándose cada
día por dar testimonio de Cristo con la esperanza de que las cosas podrían
cambiar en el futuro.
Ésa es la perspectiva bíblica sobre el
futuro, lo que comúnmente se llama escatología. A diferencia de películas
sensacionalistas, el mensaje del fin de los tiempos según la Biblia no es un
programa de destrucción, sino de justicia. Suele decirse que el Apocalipsis es
el “fin del mundo”. Y hay quienes llegan a pensar que se trata, incluso, del
fin del planeta Tierra. Pero nada más lejos de los mensajes escatológicos de la
Biblia. El término “mundo” en el Nuevo Testamento no alude al planeta, sino al
régimen o sistema que impera no solo en política, sino en la sociedad y la
cultura dominante. “Fin del mundo” en términos bíblicos significa fin de la
maldad y de la injusticia. ¡Por eso los cristianos debiéramos alegrarnos del
fin del mundo! No es que nos vayamos a extinguir, es que tenemos la esperanza
de un mañana lleno de justicia.
De este modo, Pedro le escribe a estas
comunidades migrantes, desplazadas para darles ánimo de que sí, el mañana será
mejor, y que con su testimonio, oración y santificación las cosas van a
cambiar.
Un aspecto clave para esta esperanza es el término “herencia”. Tener una herencia significa que no estamos abandonados y sin recursos, sino que tenemos un respaldo, un soporte, que no vamos solos. Los cristianos tenemos una herencia en Cristo debido a que nosotros mismo ya hemos muerto al pecado y hemos renacido a una nueva vida en Cristo gracias a que, en primer lugar, Cristo mismo también ha resucitado. Por eso dice: "Es por su gran misericordia que hemos nacido de nuevo, porque Dios levantó a Jesucristo de los muertos. Ahora vivimos con gran expectación" (1 Pedro 1:3).
Así es, como cristianos vivimos en
expectación constante. Estamos abiertos a las sorpresas que mañana tras mañana
nos trae Dios con sus misericordias. Ciertamente hay situaciones difíciles y
oscuras en este peregrinar nuestro. Sin embargo, no estamos solos, Dios ha
tenido misericordia de nosotros y nos ha dejado una herencia, un recurso del
cual podemos echar mano. Es como cuando estamos jugando videojuegos y revisamos
las herramientas que tenemos en nuestras mochilas o bolsas de supervivencia. En
los videojuegos esas herramientas son muy variadas, pueden ir desde una varita
mágica, una bomba, una espada, un robot o bebidas de recuperación de energía.
Bien, pues en Cristo nosotros, desplazados de este mundo, también tenemos una
mochila de supervivencia, con recursos necesarios para esta travesía.
En Harry Potter Dumbledore les deja a Harry, Hermione y Ron tres herencias, a Hermione el libro de los cuentos de Beedle el Bardo, a Harry una pelota llamada Snitch, y a Ron un artilugio capaz de atrapar la luz y devolverla, un desiluminador. De igual manera, según Pedro, Cristo también nos ha dejado tres recursos como herencia en una mochila o bolsa de supervivencia. ¿La abrimos? Dentro, podemos encontrar estos recursos, ¿qué tenemos? Se trata de un ámbar, un algodón y un dulce, una alegría para ser exactos. Veamos cómo los podemos utilizar.
I. HERENCIA INCORRUPTIBLE
El término griego que suele traducirse como “incorruptible” es ἄφθαρτον (aftarton) que significa “sin posibilidad de corromperse”. No es como la sal del himalaya, que fue preservada por miles de años pero cuando la compramos en el super resulta que caduca en agosto. O como algunas “mieles” que se venden por ahí y que a las tres semanas comienzan a perder sabor y textura. En realidad se ha logrado encontrar miel en buen estado incluso en sarcófagos egipcios de hace miles de años. A eso hace referencia el término incorruptible y así es nuestra herencia en Cristo, no tiene fecha de caducidad. Es por eso que en esta bolsa de supervivencia de desplazados tenemos un ámbar. Les mostraré esta pulsera que me hizo llegar nuestra hermana Abi, la cual tiene al centro una linda piedra de ámbar.
El ámbar es una resina fosilizada que
ha demostrado ser un material excepcionalmente incorruptible y capaz de
preservar organismos durante millones de años. Su capacidad de conservación se
debe a sus propiedades:
· Origen orgánico: Proviene de la resina
de árboles antiguos, que al fosilizarse se convierte en una sustancia sólida y
estable.
· Propiedades químicas: Su composición
rica en ácidos orgánicos lo hace resistente a la degradación.
· Capacidad de encapsulación: Puede
atrapar insectos, plantas y otros materiales orgánicos, protegiéndolos de la
descomposición.
· Fosilización lenta: Con el tiempo, la
resina se endurece y se transforma en ámbar, manteniendo intactos los
organismos atrapados.
Pedro utiliza la palabra ἀμίαντον (amianton) que significa precisamente “sin mancha” y era aplicado a diversos metales preciosos, pero también a ropa y tejidos finos y muy puros. Por eso, aquí en nuestra bolsa de supervivencia tenemos un algodón. El algodón ha sido considerado un material puro e inmaculado a lo largo de la historia, tanto por sus propiedades naturales como por su simbolismo en diversas culturas. Su blancura y suavidad lo han convertido en un tejido asociado con la limpieza, la frescura y la autenticidad.
- Es 100% natural, derivado de la fibra de la planta de algodón.
- Tiene una textura suave y ligera, ideal para la piel.
- Es altamente absorbente, lo que lo
hace cómodo y transpirable.
- Puede ser orgánico, libre de químicos y procesos industriales agresivos.
Así es la herencia que tenemos en
Cristo. Es 100% divina y 100% humana, como las dos naturalezas de Cristo. Por
lo tanto nuestra herencia es tanto celeste como terrena, tanto eterna como
temporal. Podemos confiar abiertamente en el poder de Cristo. Pero, como
algodón la vida en Cristo también es suave y ligera. Así lo dijo el Señor “Llevad
mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y
hallaréis descanso para vuestras almas; “porque mi yugo es fácil, y ligera mi
carga” (Mateo 11:28–30). A veces pensamos que la vida cristiana es un valle de
lágrimas y sufrimiento y cuando sentimos que no estamos sufriendo lo
suficiente, ¡nos inventamos nuevas tribulaciones!
Pero la vida en Cristo que tenemos en
herencia debiera ser suave, ligera. No es negar los problemas. Es saber que
podemos sobrellevar las situaciones porque Cristo va con nosotros.
El algodón también es muy absorbente.
Tal como Cristo absorbió nuestras culpas y pecados en sí mismo y de este modo
nos ha purificado y hechos limpios. Cuando los afanes de este mundo nos saturan
y estamos llenos de preocupaciones, dolor y angustias, entonces podemos clamar
al poder de Cristo y cual algodón posará suavemente sobre nuestras vidas para
absorber nuestros malestares. Por eso más adelante Pedro nos dirá “echad toda
vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).
III. HERENCIA INMARCESIBLE
Las traducciones modernas de la Biblia ponen al final de 1 Pedro 1:4 que la herencia en Cristo “no se marchitará”. Sin embargo, la versión Reina-Valera 1960 puso la palabra “inmarcesible” que me parece mucho más contundente que la expresión “no se marchitará”. Inmarcesible, además de ser una palabra excelente para incorporar a nuestro vocabulario, tiene un sonido o cadencia de belleza sonora. Ahora bien, el término griego original es igualmente bello, se trata de la palabra “ἀμάραντον” (amaranton), la cual significa precisamente que no se puede marchitar. No es casualidad, por tanto, que el amaranto también sea el nombre de una semilla cuya flor tiene esas cualidades.
El amaranto es un pseudocereal originario
de nuestras tierras, de aquí de Mesoamérica. En náhuatl se conocía como huautli.
Se valoraban por su alto contenido nutricional y su capacidad para crecer en
condiciones adversas. Su resistencia a la sequía y su adaptabilidad lo
convierten en un cultivo ideal para la seguridad alimentaria. Además, su
semilla es rica en proteínas, fibra y minerales esenciales, lo que refuerza su
imagen de alimento perdurable y esencial.
En la tradición mesoamericana, el
amaranto no solo era un alimento, sino también un símbolo de inmortalidad y
fortaleza. Se usaba en rituales y ceremonias, y su consumo estaba ligado a la
resistencia y la vitalidad. Hoy en día entra en la categoría de superalimento.
Y, desde luego, es de lo que están hechos las riquísimas alegrías, este
maravilloso dulce mexicano.
Cuando prueben su próxima alegría,
recuerden que así de dulce e inmarcesible es nuestra herencia en Cristo.
Siempre mantendrá su brillo y su brío, su fuerza, y, desde luego, su alegría.
CONCLUSIÓN
Recordemos que Cristo no nos ha dejado solos, ha enviado al consolador, a su Espíritu Santo a guiarnos y, así mismo, nos ha dejado una herencia, un bolso de supervivencia con recursos de los que podemos echar mano en medio de las adversidades. Esa es nuestra herencia que tenemos en Cristo.
Es como ámbar que protege,
como algodón que purifica,
como amaranto que da alegría duradera.
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