sábado, 10 de mayo de 2025

El pueblo de Dios adherido a la piedra viva (I Pedro 2.4-10), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

11 de mayo, 2025

 

Acérquense a él, a la piedra viva que los hombres desecharon, pero que para Dios es una piedra escogida y preciosa. Y ustedes también, como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepte por medio de Jesucristo.

I Pedro 2.4-5, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

La primera carta de Pedro es uno de los documentos más importantes del Nuevo Testamento para conocer las dimensiones de la reflexión teológica, la profundidad espiritual y la fuerza vital de las comunidades de Asia Menor mencionadas al inicio (v. 1: Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia).[1] Una de sus grandes aportaciones es su abordaje original a la figura de Jesucristo, el “cordero intachable e impecable” (1.19) cuya sangre tiene un valor insuperable para la liberación de los creyentes. También hace una relectura creativa de algunos temas del Antiguo Testamento tales como el Siervo sufriente de Isaías y, sobre todo, la metáfora cristológica de la “piedra viva” (el Señor) y las “piedras vivas” para hablar acerca del nuevo edificio del Pueblo de Dios formado por sacerdotes reales al servicio incondicional de Dios. Por ello es tan relevante la doctrina eclesiológica que brota de esta carta dado su énfasis en el “sacerdocio universal” de cada creyente. Un versículo clave para aproximarse al desarrollo de la enseñanza petrina es 1.13: “Por lo tanto, preparen su mente para la acción, estén atentos y pongan toda su esperanza en la gracia que recibirán cuando Jesucristo sea manifestado”. Esta teología muestra un notable grado de avance en relación con las primeras cartas apostólicas. 

Acercarse a Jesucristo, la “piedra viva” (vv. 4-8)

I Pedro 2 abre con una exhortación a desear “la leche espiritual no adulterada, para que por medio de ella crezcan y sean salvos” (2.2). “Cualquier otro alimento puede ser un sucedáneo adulterado y engañoso que influya negativamente en el proceso de crecimiento de los hijos de Dios”.[2] el propósito central aquí es el crecimiento en la salvación, por eso debe desearse la leche auténtica a fin de superar los vicios morales y las desviaciones. Esto es un importante indicio “de la existencia de un esquema formal de exhortación para romper con el modo de vida anterior”.[3] Asimismo, esta propuesta de cambio espiritual profundo chocó frontalmente con el contexto imperial: 

De tal modo los creyentes son testigos de una ideología alternativa, de una utopía inédita, que socava los cimientos mismos de las estructuras sociales de poder vigentes en el Imperio romano, y proporciona elementos críticos para una transformación del sistema social, político y religioso en medio del cual viven las comunidades petrinas. La condición social, política y jurídica de los creyentes como “forasteros y emigrantes” (I P 2.11) se convierte en el supuesto básico de su identidad cristiana.[4] 

No hay que olvidar, además, que el “trasfondo invisible” de la metáfora de la “piedra viva”, tan claramente retomado del A.T., se complementa con las implicaciones derivadas de la conocida afirmación de Mt 16.16-19 acerca de la supuesta superioridad de Pedro al interior de la iglesia: 

En I Corintios 3.11, 10.4; Mateo 21.42 y en I Pedro 2.4ss se dice que Jesús mismo es la piedra fundacional o la piedra angular. Esta es, sin duda, la premisa implícita en todos los demás pasajes. Pero esto no impide que los apóstoles sean el fundamento, compuesto por instrumentos humanos de Dios, y que a su vez se apoyen en Cristo; ni impide que Pedro tenga un papel destacado entre ellos y para la Iglesia de tiempos posteriores. […]

En el fundamento que forman todos los apóstoles, Pedro es la roca especialmente visible. Aquí se confirma de nuevo nuestra conclusión histórica anterior: comparte, sin duda, su dignidad con los demás discípulos, pero dentro del grupo es particularmente representativo.[5] 

Es significativo que el texto recupere esa imagen simbólica a través de textos como Isaías 28.16, Salmo 118.22 e Isaías 8.14-15 para afirmar, sin dejar lugar a dudas, quién es la “piedra viva” (ya no sólo vista como “piedra angular”, lo que le da mayor dinamismo) que ha sido rechazada (7), pero que también puede aplastar (8), y el fundamento de las “piedras vivas” que serán edificadas “como casa espiritual como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepte por medio de Jesucristo” (2.5). 

El nuevo pueblo de Dios, sacerdocio real y nación santa (vv. 9-10)

“El Pueblo de Dios es la comunidad de piedras vivas, que, unidas al Resucitado, la auténtica piedra viva desechada por los hombres, van construyendo el nuevo templo. De la misma manera llama la atención en este texto la teología del ‘sacerdocio’ del pueblo de Dios, llamado a ofrecer permanentemente en medio de este mundo el único sacrificio espiritual agradable a Dios, es decir, la propia vida”.[6] La nueva comunión con Dios es corporativa y la metáfora del edificio en construcción se extiende: “La casa espiritual es, pues, un concepto nuevo corporativo, de carácter mesiánico, que vincula a la piedra viviente con las piedras vivientes, al resucitado con los regenerados, de modo que la cohesión interna de las piedras vivas en la construcción de la única casa mesiánica implica una comunión espiritual íntima entre los creyentes, con Cristo y por Dios por el Espíritu”.[7]

Los últimos dos versículos de esta sección contraponen la situación de los creyentes con la de quienes no lo son que rechazan el mensaje del Evangelio. La elección es la realidad principal de este nuevo pueblo de sacerdotes afincado en la piedra rechazada. Los que no eran parte del pueblo de Dios ahora lo son de manera verdadera e integrada (Os 2.23). Aquí aparecerá la cadena de atributos de la iglesia que muestran el concepto que el autor tiene de ella y que la definen óptimamente en función de lo dicho anteriormente: 

Todos ellos son alusiones al A.T.: Un linaje elegido (Is 43.20), un sacerdocio real, una nación santa (Éx 19.6), un pueblo adquirido por Dios (Éx 19.5; Is 43.21) para anunciar las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa (Is 43.21. Los tres primeros conectan con elementos ya conocidos en esta misma exposición: elección (1 P 2.4, 6), sacerdocio (2.4, 5); el último, pueblo adquirido por Dios, alude a las dos citas anteriores (Éx 19.5; Is 43.21) e introduce un tema nuevo y específico de este vértice expositivo, a saber, el pueblo de Dios. De este modo, el autor recapitula, con expresiones corporativas de las tradiciones bíblicas, aspectos esenciales de la comunidad cristiana.[8] 

Conclusión

La doctrina de I Pedro sobre la iglesia es un asidero confiable para relacionar la naturaleza de la iglesia con la metáfora de la “familia” o “linaje” de Dios (TLA) y así poder participar de una vida comunitaria fundada en el contacto directo con la piedra viva que es el Señor. Al ser todos los miembros de la iglesia “piedras vivas” y sacerdotes se cumple la utopía del Éxodo (“un pueblo de sacerdotes”): “…es el acercamiento y la adhesión a Cristo mediante la fe lo que permite a los creyentes el ejercicio del sacerdocio. […] El fundamento del sacerdocio no es por tanto el mérito de los hombres […] Este sacerdocio también ha cambiado de destinatarios, pues al mismo tienen acceso no sólo los israelitas sino todos los creyentes, ya sean procedentes del paganismo como del judaísmo”.[9]



[1] José Cervantes Gabarrón, “Primera carta de Pedro”, en Armando J. Levoratti, dir., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2008, p. 1107.

[2] Ibid., p. 1116.

[3] Ibid., p. 1117.

[4] Ibid., p. 1107.

[5] Oscar Cullmann, Peter: disciple, apostle, martyr. A historical and theological essay. Nueva York, Living Age Books, 1958, pp. 217, 218. Versión propia.

[6] J. Cervantes Gabarrón, op. cit., p. 1107.

[7] Ibid., p. 1119.

[8] Ídem.

[9] Ibid., p. 1120.

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