1 de junio, 2025
Introducción: una teología en camino
Hoy nos reunimos para celebrar los 50 años de este caminar comunitario, medio siglo de
historias, búsquedas, luchas, silencios, certezas y preguntas. No es poca cosa. Cincuenta
años donde muchos han sembrado, otros han cosechado, y otros más —como hoy—
simplemente hemos tenido el privilegio de caminar junto a ustedes. Quiero comenzar
expresando mi profundo agradecimiento por haber sido parte de este trayecto como
pastor. Mi tiempo aquí no solo dejó huella en mí, sino que me sigue convocando a pensar, a
debatir con Dios, a construir desde las veredas menos exploradas, a seguir caminando,
pues.
En estos días especiales hemos escuchado ya dos voces que nos han recordado verdades
fundamentales: el pastor Leopoldo Cervantes-Ortiz nos invitó a “practicar el bien por encima de
todo” y el Pbro. Miguel Ortiz nos desafió a “administrar bien la multiforme gracia de
Dios”. Ambas predicaciones nos sitúan frente a una ética cristiana viva, encarnada, donde
hacer el bien y administrar la gracia no son conceptos abstractos, sino caminos concretos,
desafiantes, cotidianos. Caminos que no siempre son rectos ni fáciles, pero que se
recorren con fidelidad.
Hoy me presento no sólo como quien fue su pastor, sino como alguien que sigue
reflexionando, que hace teología desde la ciencia, la historia, la materia, el cuerpo, el
éxodo. Me interesa una teología del camino: una visión donde Dios no es un ser absoluto,
inmutable, inmóvil, sino el que camina con su pueblo, que se revela en la historia, en el
cambio, en la creación. Un Dios que no se atrinchera en doctrinas fijas, sino que se deja.
Esta teología no parte de respuestas, sino de preguntas; no se instala en la cima de la
certeza, sino en la intemperie del éxodo. Frente a un mundo que busca seguridad, esta
mirada propone confianza. Frente a la tentación de definirlo todo, esta fe abraza el
misterio. Como diría Croatto, “la fe es un verbo que camina, no un sustantivo que se
define”. Como diría Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar, mejor es callar”. Y sin
embargo, en ese silencio... seguimos caminando. El Dios del camino no habló y se escribió
y eso fue todo, no no no, sigue hablando, porque seguimos caminando.
Y si seguimos caminando, es porque el texto —la Escritura— no es una muralla de certezas
sino una tienda de campaña. No está anclado en piedra, sino que se despliega, se
desmonta y se vuelve a levantar donde el pueblo lo necesita. En la dispersión —y también en el aniversario— el texto es patria. Como dijo Hans de Wit: “En la diáspora, el texto es
patria”. Una patria portátil, viva, que acompaña, que no impone, sino que sostiene. El texto
no es el destino final: es el mapa que nos permite perdernos con esperanza.
Y hoy caminamos con el texto de Éxodo 14. Porque ahí, en medio del mar que aún no se
abre, en la tensión entre el avance y el miedo, entre la promesa y la persecución, se nos
revela algo más que una historia antigua. Se nos revela una lógica divina distinta: una que
transforma el caos en creación, que convierte la entropía en esperanza, que endurece al
poder sólo para abrir un camino al pueblo.
Caminemos juntos por este pasaje. No como quien ya sabe, sino como quien vuelve a oír.
No como quien repite, sino como quien se deja leer por el texto. Porque en la dispersión —y
también en el aniversario— el texto es patria. Y el Dios del Camino sigue hablando.
I. El Dios que provoca movimiento (Éxodo 14.1-4)
El texto narra una escena tensa: el pueblo desea avanzar hacia la libertad, mientras Faraón
teme perder el control que ese pueblo significaba para su imperio. Así se forma la tensión.
No porque Dios la provoque deliberadamente, sino porque así funciona la vida: cada
decisión, cada deseo humano legítimo, genera impactos, resistencias, contrapresiones. El
deseo de libertad afecta a quienes se benefician de la esclavitud. Así nacen los conflictos.
Éxodo 14 nos muestra este momento de quiebre. El pueblo no está cometiendo un error:
simplemente quiere caminar. Y al querer caminar, se enfrenta al miedo de quienes prefieren
que todo siga igual. En ese cruce de caminos, el movimiento no siempre parece sensato. A
veces incluso parece retroceso. Pero es ahí donde comienza la posibilidad de algo nuevo.
Desde una lectura teológica, esto nos conecta con cómo funciona la creación misma. En el
universo, el movimiento tampoco nace del equilibrio perfecto, sino del desequilibrio, de la
tensión entre fuerzas. La segunda ley de la termodinámica nos recuerda que en un sistema
cerrado, la entropía —el desorden— siempre aumenta. Esto no es trágico: es creativo.
Porque si todo estuviera en equilibrio, nada se movería. La vida, como la historia, avanza
cuando algo se desequilibra.
Así también en nuestras vidas. Cuando surgen tensiones —en la familia, en el trabajo, en
nuestras convicciones— no siempre es señal de que algo va mal. A veces es señal de que
algo está por nacer. El caos no es una amenaza: es la materia prima. El caos no es ausencia
de Dios: es el taller donde se forjan los caminos nuevos.
Y más aún: el principio de incertidumbre de Heisenberg, desde la física cuántica, nos
recuerda que no es posible conocer con precisión simultánea la posición y la velocidad de
una partícula. El universo tiene una dosis incorporada de indeterminación. No es un
problema de ignorancia humana, sino una cualidad del cosmos. Así también funciona la fe:
no todo se puede controlar o anticipar. A veces hay que caminar sin mapa, con promesa.
La fe no nos da certeza total, pero sí dirección.
El pueblo de Israel no tenía un mapa. Tenía una promesa. Y aunque el mar no se había
abierto aún, siguieron caminando. Porque algo dentro de ellos —el deseo de libertad, la
memoria de la promesa, la esperanza sembrada por siglos— los empujaba hacia adelante.
Faraón, en cambio, representa la rigidez. El deseo de que nada cambie. Pero en la historia
de Dios, lo que se endurece, termina cediendo. La oscuridad más densa anuncia la llegada
del día. La opresión más violenta anuncia su propia caída.
Por eso, Éxodo 14.1-4 no nos habla de un Dios que complica el camino, sino de un Dios
que camina con su pueblo cuando la vida misma crea complejidad. Un Dios que no elimina
el caos, sino que lo transforma en senda. Un Dios que no anula el conflicto, sino que lo
convierte en movimiento. Y ese movimiento, aunque incierto, es sagrado. Porque el Dios del Camino no paraliza:
acompaña. No bloquea: abre. No impone: invita.
El caos, entonces, no es el final. Es el comienzo. Es el temblor que antecede al paso. Es la
señal de que estamos vivos. Que algo se está moviendo. Que algo —aunque aún no visible
— ya está naciendo.
Es urgente, por tanto, mirar a Dios y a la Biblia desde otras perspectivas. La teología no
puede quedar fijada en marcos inmutables, cuando el mundo, con sus múltiples formas de
dolor y esperanza, está pidiendo a gritos otras voces. Es necesario un pensamiento que se
atreva a reinterpretar, a avanzar desde la experiencia, la historia y la dignidad humana.
Necesitamos una teología que no repita, sino que escuche; que no se encierre, sino que
camine.
• También nuestras familias piden otra manera de mirar. Necesitamos que los padres
escuchen más a sus hijos, que las iglesias escuchen a los no creyentes, que los
pastores hablen menos y escuchen más a las ovejas. Necesitamos volver a entender
en qué mundo estamos, porque definitivamente no es el mismo. Y es por eso que
nuestras palabras ya no hacen eco en aquellos a quienes queremos hablar o aconsejar.
El lenguaje viejo no alcanza para nombrar los nuevos dolores.
• Desde ahí, la siguiente confrontación que presentarè nace como una respuesta a la
necesidad de volver a pensar incluso los textos más difíciles.
El texto de Éxodo 14.1-9 afirma, sin ambigüedades, que fue Dios quien endureció el
corazón de Faraón. Esta declaración ha generado, durante siglos, perplejidad teológica
y debates hermenéuticos: ¿puede Dios provocar deliberadamente el mal, el
sufrimiento o la opresión? ¿Puede el Dios de la vida endurecer el corazón de alguien
para impedir la libertad de su pueblo? ¿Qué clase de Dios estaría actuando en ese
escenario?
•
Desde una lectura literal, Dios parece ser el agente de la obstinación de Faraón. Sin
embargo, la teología contemporánea, especialmente aquella influenciada por la
hermenéutica crítica y situada, propone otras formas de entender esta tensión. La
historia no debe leerse solo desde su redacción final, sino desde su contexto cultural,
desde la intención pedagógica del texto y desde lo que hoy sabemos del mundo, de
Dios y del ser humano.
•
Una clave hermenéutica posible es entender que los textos antiguos reflejan no solo la
acción de Dios, sino también la comprensión que los pueblos tenían de Dios en sus
contextos históricos. El autor de Éxodo, escribiendo desde una cosmovisión
teocéntrica, interpreta la resistencia de Faraón como parte del plan divino, incluso si
esa interpretación hoy nos resulta desconcertante. No hay que confundir inspiración con dictado literal. La Escritura es Palabra de Dios en lenguaje humano, y por tanto,
también con las limitaciones y cosmovisiones humanas.
• Desde la "teología del camino", se nos ofrece una perspectiva crucial para entender
las dinámicas de resistencia frente a la acción liberadora: la acción divina no se
concibe como una imposición absoluta, sino como un acompañamiento constante y
una apertura de posibilidades. En esta visión, Dios no manipula las voluntades
humanas, sino que camina junto a sujetos libres, incluso cuando estos, en su libertad,
eligen caminos de opresión. Así, el tan debatido "endurecimiento" del corazón de
Faraón no se interpreta como una intervención divina externa y mágica, sino como la
consecuencia intrínseca de su propio miedo, su arraigado apego al poder y su tenaz
resistencia al cambio. Si bien el texto bíblico lo atribuye directamente a Dios —una
práctica común en una cosmovisión donde toda causalidad última se remitía a la
divinidad—, hoy podemos leerlo desde otro lugar, reconociendo la complejidad de la
agencia humana y las consecuencias de sus elecciones. Esta resistencia del poder se
manifiesta con crudeza en la reacción de Egipto, la cual no es racional, sino que refleja
el pánico visceral del poder ante la amenaza de la libertad. De manera análoga, una
iglesia que verdaderamente sirve, acoge y promueve la liberación, a menudo despierta
el rechazo de aquellos que necesitan imperiosamente que todo permanezca igual. Es
en este complejo escenario de liberación y resistencia donde las palabras de Paulo
Freire adquieren una resonancia especial: “Los oprimidos deben liberarse a sí mismos,
y a los opresores”, recordándonos que la verdadera libertad implica una
transformación profunda para todos los involucrados.
• A la luz del pensamiento crítico y la ciencia contemporánea, sabemos que el universo
opera desde leyes de interacción, tensión y libertad. Así como el caos genera
condiciones para el movimiento, también las decisiones humanas crean reacciones en
cadena. El deseo de libertad del pueblo hebreo no nace en un vacío: es una respuesta
a la opresión, y esa respuesta provoca, inevitablemente, una reacción en los que
detentan el poder. No es que Dios quiera el sufrimiento: es que toda lucha por la
libertad incomoda al que domina.
•
Por tanto, reinterpretar el "endurecimiento" como una forma literaria de explicar la
resistencia de los poderosos ante la justicia, nos permite sostener una imagen de Dios
coherente con el evangelio: un Dios que libera, no que oprime; que camina, no que
manipula; que propone, no que fuerza.
•
En este sentido, el texto nos desafía a dejar de usar a Dios como justificación de las
desgracias y a asumir nuestra responsabilidad en la historia. Dios sigue actuando, pero
no desde los palacios, sino desde las veredas. Y allí, el texto sigue siendo patria, pero
no una patria de imposición, sino de interpretación, de caminata compartida. Porque,
como dijo Hans de Wit: "En la diáspora, el texto es patria". Pero no una patria estática.
Sino una tienda de campaña que se arma y se repliega, según el viento, el desierto y la
marcha.
• Así, aun cuando el texto diga que Dios endureció el corazón del Faraón, nosotros
sabemos que ese corazón se endureció porque temía. Y el miedo es lo último que se
entrega cuando el mundo cambia. Pero Dios sigue caminando. Y sigue invitando.
II. El Dios que acompaña en medio del mar y del
miedo (Éxodo 14.1–5)
•
¿Qué significa que Dios camina con nosotros? ¿Cómo podemos saber que su
presencia está ahí cuando el mar está enfrente y el enemigo detrás? ¿Dónde está Dios
cuando el futuro es incierto y cada paso parece una amenaza? Estas preguntas
resuenan en el corazón de quienes, como el pueblo en Éxodo 14, se sienten atrapados,
confundidos, agobiados por decisiones que no comprenden o peligros que no
pidieron.
•
El pueblo de Israel se encuentra frente al mar, sin salida aparente. Y detrás, Faraón
viene con todo su ejército. Hay ansiedad, miedo, desesperanza. No hay señales claras,
no hay certezas. Hay incertidumbre.
•
Y sin embargo, Dios está. No como quien anula el conflicto, sino como quien lo habita.
Como quien camina en medio. No siempre como el que habla desde una zarza, sino
como el que guarda silencio, pero no se ha ido. Como el que está al lado, respirando
junto a nosotros el mismo polvo del desierto.
•
Aquí es donde la ciencia puede iluminarnos con una belleza inesperada. En física
cuántica, el principio de incertidumbre de Heisenberg nos recuerda que no podemos
conocer con precisión el futuro de una partícula: ni su velocidad ni su posición exacta.
El universo no es predecible. No todo se puede anticipar. Vivimos en un cosmos de
probabilidades, no de certezas.
•
Y esto es profundamente espiritual: caminar con Dios no es tener certeza del camino,
es confiar que, aunque no veamos la salida, hay una promesa de compañía.
•
En este punto se revela el corazón de esta reflexión: Entonces, la pregunta no es si
Dios va a abrir el mar. La pregunta es: ¿me atrevo a caminar cuando todavía está
cerrado?
• Ésta no es solo una frase poética; es una interpelación vital. Nos confronta en los
momentos donde todo parece bloqueado, donde las soluciones no aparecen y lo único
que tenemos es una promesa no confirmada. Esta pregunta resume la esencia de la fe
auténtica: caminar antes de ver, avanzar sin garantías, amar sin seguridades, decidir
cuando todo tiembla. ¿Y si el milagro está del otro lado del paso, pero no antes
• Y aquí algo clave: el milagro no llega antes del paso, llega con el paso. El milagro lo
provocamos nosotros al atrevernos a caminar. Llegar al mar era vital para que tuviese
sentido que se abriera. Si el pueblo se hubiera detenido, no habría historia. Si tú te
detienes, no hay apertura.
•
Yo doy un paso... y el milagro también lo da conmigo. Las personas más exitosas, más
plenas, más sabias, no son las que lo tuvieron fácil, sino las que caminaron cuando
todo estaba en contra. Hasta para tener suerte hay que estar listos, hay que saber qué
hacer con las oportunidades que se presentan.
•
Avanzar es vital para que las cosas sucedan. En realidad, el milagro es fe, porque uno
avanza, pero avanza creyendo en uno mismo también, y entonces, cuando todo el
escenario está puesto, ocurre ese 1% mágico. Y vean que digo 1%... porque no hay
más. Lo demás lo hemos hecho caminando junto con Dios.
•
Salir de los problemas, de los conflictos, de la depresión, de las visicitudes... de eso se
sale avanzando, familia. No solo orando, no solo pidiendo, no rindiéndose: avanzando.
•
Dios acompaña en ese instante. No desde una torre de control celestial, sino desde el
polvo, desde el temblor, desde la duda. Dios no siempre es quien disuelve el conflicto,
pero sí quien hace camino dentro de él.
•
Por eso, Éxodo 14.1-5 no nos dice que la fe elimina el caos. Nos recuerda que la fe se
ejerce en medio del caos. Que el caminar es valioso incluso cuando aún no hay
milagro. Que Dios está allí, donde el mar todavía no se ha abierto y la historia no tiene
final escrito.
•
Ese es el Dios que camina: no el que dicta el guion desde lejos, sino el que se mezcla
con nuestras preguntas, el que no endurece los corazones, sino que nos susurra
valentía mientras el miedo ruge.
• Y si tú también estás frente al mar, con tus propios ejércitos pisándote los talones, que
sepas esto: Dios no se ha ido. Sigue caminando contigo. Y eso, aunque no lo veas, ya
es esperanza.
III. El caos como escenario de fe (Éxodo 14.1-5)
A estas alturas de la historia, todavía no ha ocurrido el milagro. El mar sigue cerrado. Los
carros de Faraón se acercan. El polvo se levanta. El pueblo grita. La pregunta entonces ya
no es si Dios camina con nosotros. La pregunta es: ¿cómo sostener la fe cuando todo lo
que nos rodea es incertidumbre, ruido, y caos?
En este momento, el texto bíblico no da una solución inmediata. Lo que da es un escenario
profundamente humano: tensión, temor, desconcierto. Y sin embargo, ahí mismo —en ese
lugar de desorden— es donde se gesta la posibilidad de fe.
Y aquí, nuevamente, la ciencia puede ayudarnos a pensar. Hay una ley fundamental en la
física llamada Segunda Ley de la Termodinámica. Esta ley afirma que todo sistema tiende
al aumento de entropía, es decir, al desorden. El universo no tiende al orden perfecto, sino
al caos creciente. Parece una mala noticia... pero no lo es.
Porque del caos han surgido todas las formas de belleza. Las galaxias se formaron de
nubes caóticas de polvo. Los ecosistemas complejos emergen del aparente desorden de la
biología. El cerebro humano, con toda su potencia, es el resultado de millones de
conexiones impredecibles. El caos es, muchas veces, el taller secreto donde la vida toma
forma.
Y eso también lo dice la Biblia, aunque con otro lenguaje: el Espíritu de Dios se movía sobre
la faz del abismo, del desorden primigenio. El caos no es el enemigo. El caos es el punto de
partida.
La fe, entonces, no es negar el caos, ni tampoco salir de él corriendo. La fe es mirar el
caos, reconocerlo, atravesarlo, y seguir caminando. Como dijo Mario Benedetti: “Cuando
creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”. En nuestras vidas también hay caos. No solo el externo —las guerras, las crisis
económicas, la violencia— sino el interno: las dudas, los duelos, las pérdidas, las
contradicciones. Y es allí donde Dios no huye. Allí donde Dios no se esconde. Es allí donde
Dios se revela.
No hay fe sin caos. No hay resurrección sin cruz. No hay apertura del mar sin primero
sentir que nos ahogamos.
Por eso, Éxodo 14 no es solo una historia de liberación.
Es una pedagogía de la fe realista:
una que reconoce el caos, lo transita, y descubre que allí también está Dios.
¿Y qué significa esto para nosotros hoy? Que no debemos temer a las etapas de caos. Que
no debemos huir del desorden como si fuera señal de que algo está mal. Al contrario, el
caos puede ser un indicador de que algo nuevo está por nacer.
Si tu vida está en caos, si tus relaciones están tensas, si tu espiritualidad está en crisis, si tu mundo está revuelto... quizás estás en el umbral del mar. No te detengas. No huyas. No
desesperes.
El caos no se resuelve con respuestas rápidas. Se atraviesa con pasos valientes. Y cuando
esos pasos son guiados por una fe que no busca el control, sino la confianza, entonces el
caos deja de ser amenaza y se convierte en camino.
Porque el caos no es ausencia de Dios. Es su materia prima.
Avanzar en el caos es una forma de adoración. Es creer que aún cuando todo tiembla, el
suelo bajo nuestros pies puede ser firme si lo caminamos con fe.
Éxodo 14.1-5 nos da permiso para tener miedo, para no entender, para dudar. Pero
también nos da la fuerza para no quedarnos quietos. Porque el mar no se abrirá antes. Se abrirá mientras caminamos. Y caminar en el caos, con todo lo que somos, es también
creer.
Conclusión: Celebrar 50 años de fe en tránsito
Hoy no celebramos una estructura institucional, sino una comunidad viva que ha aprendido
a caminar con Dios en medio de dudas, cambios, pandemias, pérdidas y nuevos
comienzos. 50 años no son la historia de un edificio ni de una sola visión, sino de muchas
manos levantando tiendas, cruzando mares, encontrando dirección en medio de la niebla.
Somos un pueblo en éxodo, no en exilio. Porque aunque estemos en movimiento, tenemos
patria: el texto, la fe, la historia de Jesús. Como dijo Hans de Wit: “En la diáspora, el texto
es patria.” No una patria rígida, sino una tienda móvil que nos acompaña en el camino.
Dios no es el motor inmóvil de Aristóteles, sino —como decía Whitehead— el gran
compañero del universo. No el que impone trayectos, sino el que camina junto a nosotros
incluso cuando no sabemos a dónde vamos.
Hoy más que nunca, necesitamos volver a la Escritura, no como una muralla de certezas,
sino como una tienda que se levanta en cada estación del camino. Y quizá no solo volver a
la Escritura, sino salir de ella y ver las muchas otras formas en que Dios habla.
En el consejo de un anciano, en las carcajadas de un bebé. En la complejidad del universo,
en la simpleza de la belleza. En el abrazo de un hijo, en la bendición de un trabajo. En la
duda, en la reflexión, en la poesía. Ahí también habla Dios.
Porque celebrar 50 años de historia es también aceptar que no siempre entendimos, que a
veces tropezamos, que hubo etapas de silencio, de preguntas, de sombras. Pero también
que ahí, en todo eso, estuvo Dios.
Como susurra Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, mejor es callar.” Pero en ese silencio, Dios camina. Y en ese caminar, celebramos. No porque ya llegamos, sino porque
seguimos.
¡Feliz aniversario, Iglesia del Pacto! Sigamos caminando.
Que el Dios del Camino, que camina contigo en la duda y en la esperanza, te fortalezca
para seguir, aunque las aguas estén cerradas aún. Porque ahí, justo ahí, Dios está trazando
el sendero. El caos no es el final: es el lienzo donde va construyendo el camino.