viernes, 27 de junio de 2025

"Así salvó el Señor a su pueblo aquel día" (Éxodo 14.19-31), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 

29 de junio, 2025

 

Así fue como aquel día Dios libró a los israelitas. Todos ellos pudieron ver los cuerpos muertos de los egipcios, tendidos a la orilla del mar. Al ver que Dios había derrotado a los egipcios con su gran poder, los israelitas decidieron obedecer a Dios y confiar en él y en Moisés.

Éxodo 14.30-31, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

La consumación de la liberación del pueblo hebreo para salir de la esclavitud en Egipto quedó registrada con letras de oro en la historia de salvación de todas las épocas. El Dios que escuchó el clamor de los siervos se instaló en la historia humana como una divinidad solidaria con el sufrimiento y con la intención de instaurar una nueva sociedad libre de las amarras de la mentalidad monárquica que, lamentablemente, siglos después la nación israelita experimentaría en carne propia. El proyecto al que fue llamada la comunidad era de altos vuelos, nada menos que reaccionar a los ímpetus monárquicos totalitarios desde una práctica social concreta, igualitaria y renovadora, completamente inédita en el mundo antiguo: 

La realidad que brota del Éxodo no es tan sólo una nueva religión o una nueva idea religiosa o una visión de la libertad, sino el nacimiento de una nueva comunidad social en la historia, una comunidad que posee una encarnación histórica, que tiene que inventar leyes, pautas de gobierno y de orden, normas acerca del bien y del mal y criterios sancionadores de responsabilidad. Los participantes en el Éxodo para su sorpresa indudablemente se vieron envueltos en la formación deliberada de una nueva comunidad social que correspondiera a la visión de la libertad de Dios. Esa nueva realidad social, en absoluta discontinuidad con Egipto, perduró en su forma alternativa durante 250 años.[1] 

El ángel de Dios en la vanguardia y en la retaguardia (vv. 19-20)

Yahvé, manifestado como un “Dios-que-libera” mediante el testimonio más revolucionario del Éxodo se expresó abiertamente en contra de todas las formas de opresión con los verbos que utiliza el texto: “Yo soy el Señor, y os arrancaré (ys’) de la opresión de los egipcios; os libraré (nsl) de su esclavitud, rescatándoos (g’l) con gran poder y terribles castigos” (6.6): 

El testimonio de Israel sobre Yahvé como liberador sostiene la decidida capacidad de Yahvé para intervenir de forma decisiva ante cualquier circunstancia y fuerza opresora y alienante que impida una vida de bienestar. Yahvé es más que un rival para las fuerzas opresoras, ya sean sociopolíticas o cósmicas. […]

Cada uno de esos tres verbos surge de un contexto diferente y de una imaginería distinta, pero todos ellos concuerdan en su principal afirmación. Los verbos dan testimonio de una intervención decisiva y transformadora, en virtud de la cual Yahvé ha interrumpido la vida de Israel, con “la opresión de Egipto” y la “esclavitud”. […]

Lo que es importante para nuestros objetivos es que Yahvé es el sujeto de todos esos verbos.[2] 

Aquí aparece el ángel de Yahvé, desdoblamiento de la fuerza divina que ya había figurado en la historia de la zarza ardiente (3.2). La narración parece vincularlo a la nube, pero en el v. 24 será Dios mismo quien esté en ella. Lo que hace es grandemente significativo pues habiendo precedido al campamento de Israel, se colocó en la retaguardia, es decir, cubriendo los dos flancos del avance del pueblo. Esta intención divina por cubrir todos los espacios se complementa con la columna de nube “que los precedía [y] se apartó y fue a ponerse a sus espaldas, entre el ejército egipcio y el campamento de Israel” (19b-20a). 

El traslado de la columna de humo es uno de los elementos de naturaleza sobrenatural que contribuyen a resaltar la acción de Dios. Si hasta ahora la nube era un elemento de guía en el camino, ahora se transforma en una barrera que separa a los dos pueblos. Todo da a entender que estos eventos suceden durante la noche y que, así, la misma nube que era luz para Israel se veía como oscura y tenebrosa (heb. hajoshek) para los egipcios. Esta contradicción manifiesta que estamos ante un discurso teológico que no pretende ser racionalmente coherente, sino que busca resaltar lo maravilloso de la acción de Dios a favor de su pueblo y su distinta actitud hacia quienes los oprimieron.[3] 

La mano extendida de Moisés o la dirigencia constante (vv. 21-27)

La mano extendida de Moisés fue utilizada y dirigida por Yahvé para abrir el mar, literal y metafóricamente. Las “aguas históricas” del acontecimiento del Éxodo contrastan y recuerdan las “aguas míticas” del Génesis al momento de la creación.[4] Destacar la mano de Moisés o la separación de las aguas no es una elección que permita el texto pues ambas cosas aparecen como parte de un clímax sostenido para destacar la forma en que actuó Yahvé, verdadero interés de todo el relato: 

Lo que interesa ver es qué le preocupa al texto mismo, aquello que expresa lo que el texto quiere decir. Desde esta posición entendemos que el cruce del mar es parte de la narración de los portentos de Dios en defensa de su pueblo. Pretende mostrar hasta dónde puede llegar el poder de Dios y hasta qué límite llega para liberar a los esclavos de la servidumbre. El texto insiste en que en el faraón mostrará su gloria (vv. 4, 17) y que todo lo hizo Dios. Nótese que el mar se abre por orden de Dios y no por la acción del brazo de Moisés, que es sólo su instrumento. No hay batalla entre los pueblos, sino que incluso la muerte de los soldados será un acto totalmente divino (v. 30). En consecuencia, observamos que la narración obedece al tipo de literatura religiosa que utiliza elementos de la imaginación para generar un texto que exprese el poder y la voluntad de Dios. […] El objetivo de la narración se ha cumplido al establecer que la liberación es un regalo de Dios a su pueblo.[5] 

La consumación de la liberación (vv. 28-31)

Después del estruendoso clímax de la historia subrayado por el v. 27 (“Moisés extendió su mano sobre el mar, y al amanecer el mar se volvió con toda su fuerza contra los egipcios, que al huir se toparon con el mar. ¡Y el Señor derribó a los egipcios en medio del mar!”) las aguas se normalizan (son caos para los egipcios, pero la ruta de salvación para los hebreos, con lo que ello significa y con lo que el mito y la historia se reúnen) y arrasan con el ejército egipcio. Queda la duda si es todo el ejército y si, incluso el faraón pereció ahogado allí también: “El texto no dice nada al respecto, pero la expresión ‘todo el ejército’ y ‘no quedó ni uno solo’ parece indicar que también el faraón habría muerto”.[6] Dios es quien libera, destaca sobre todas las cosas el texto y aquel día el pueblo aprendió la gran lección de su historia que abarcaría todas las etapas futuras a partir de entonces, pero sobre todo, aprendió a confiar en Yahvé y en su mediador humano (vv. 30-31): “Al cruzar el mar estarán fuera del territorio de cautividad y ya no tendrán que temer las represalias de sus amos”.[7] 

Conclusión

“La narración se cierra con la información de que ante la acción de Dios el pueblo le temió y creyó en él y en Moisés. Se fortalece el vínculo entre Dios y Moisés, hecho que irá creciendo a lo largo de todo el libro. La experiencia histórica de la liberación ha contribuido a generar la fe. Después de tantos portentos y maravillas de Dios, la fe viene en el momento en que la liberación es ya un hecho irreversible”.[8] “La historia del éxodo se ha convertido en la forma del futuro que Dios prometió a su pueblo. La Iglesia no sabe dónde, cuándo o cómo actuará Dios. Pero como Dios es fiel, confiamos en que seguirá actuando igual que lo hizo en el pasado. Las acciones futuras de Dios, igual que las pretéritas, servirán para conceder libertad ahí donde la desean desesperadamente pero parece una quimera imposible. Y es justo ahí donde Dios ejerce su función de libertador”.[9]



[1] Walter Brueggemann, La imaginación profética. Santander, Sal Terrae, p. 17.

[2] Walter Brueggemann, Teología del Antiguo Testamento. Salamanca, Ediciones Sígueme, pp. 194, 196, 197.

[3] Pablo Andiñach, El libro del Éxodo. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006 (Biblioteca de estudios bíblicos, 119), p. 244.

[4] Cf. F. M. Cross, Canaanite Myth and Hebrew Epic. Cambridge, 1973: Ha mostrado cómo la referencia a las aguas del caos y las ‘aguas históricas del éxodo convergen y son identificadas. Así, no es posible hacer una clara distinción entre lo que es mito y lo que es historia”, cit. por W. Brueggemann, Teología del Antiguo Testamento…, p. 168, n. 6.

[5] P. Andiñach, op. cit., pp. 245-246. Énfasis agregado.

[6] Ibid., p. 247.

[7] Ídem.

[8] Ídem.

[9] W. Brueggemann, La Biblia, fuente de sentido. Barcelona, Claret, 2003, p. 70.

viernes, 20 de junio de 2025

"Di a mi pueblo que marche hacia adelante" (Éxodo 14.15-18), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Marcha de los israelitas, Cassell's Illustrated Universal History (1888)

50º aniversario de la Iglesia Evangélica Misionera del Pacto El Dorado

22 de junio, 2025

 

Pero Dios le dijo a Moisés: —¿Y tú por qué me pides ayuda? ¡Mejor ordena a los israelitas seguir adelante! Toma la vara y extiende tu brazo sobre el mar, para que se abra en dos; así el pueblo podrá pasar por en medio, caminando sobre tierra seca.

Éxodo 14.15-16, TLA 

Trasfondo

Ante el 50º aniversario de la Iglesia El Dorado, un auténtico jubileo en el espíritu bíblico de reinicio y renovación de la fe, venimos ante Dios con él corazón henchido de gratitud por llegar hasta este momento tan significativo para esta comunidad de fe. Toda la experiencia acumulada y el conjunto de testimonios que dan cuerpo a lo que está iglesia ha sido y ha querido ser nos conecta en línea directa con el relato del Éxodo, de la salida hacia la libertad del pueblo de Dios. Porque el Señor siempre tiene a su pueblo en un éxodo continuo, en una búsqueda permanente de mejores condiciones de fe y de vida para estar a la altura de sus grandes proyectos.

Hacer historia de la iglesia y como iglesia (como se aprecia en las crónicas comunitarias) nos coloca cara a cara con los propósitos divinos que siempre nos rebasarán y que, aun así, deben funcionar como el horizonte utópico al que debemos aspirar sin renunciar a hacer cosas grandes en nombre de Dios (“En él haremos proezas”, como afirma el Salmo 60.12). La obra del Señor se basa en la fidelidad eterna de Dios a su pacto, a su alianza, en las diferentes circunstancias históricas vividas. Sumarse a ella es subirse a un barco que no detiene su marcha, a pesar de los escollos que se atraviesan para tratar de impedir el avance. Es lo que se ha estado revisando minuciosamente a partir de la historia recogida en Éxodo 14 y que ahora llega a su clímax al compás de la celebración y la expresión de gratitud.

Yahvé dialoga con Moisés y le ordena marchar (v. 15)

El relato busca su consumación luego de manejar un suspenso en el que Dios parecería que juega a las escondidas con el faraón mientras endurece su corazón. La dupla que hizo con Moisés permitió advertir la manera en que el ánimo del pueblo subía y bajaba (igual que la iglesia de hoy cuando no se decir de actuar en nombre del mismo Dios) ante la cercanía del ejército egipcio. La consecución del plan divino de libertad muestra “la decisión de Dios de sacar definitivamente a su pueblo de la tierra donde eran esclavos”.1] Cuando Dios ve dudar a Moisés le ordena avanzar: “...la instrucción de avanzar se ubica antes que la de alzar el bastón para abrir las aguas, con el fin de enfatizar el acto de fe al que son llamados”.2]

El pueblo de Dios de todas las épocas es convocado a tener una imagen clara de los momentos claves que Dios desea que experimente en su camino a las diversas “tierras prometidas” que aparecen como parte de su designio. La forma en que hoy entienden las iglesias su razón de ser debe reflejar esta comprensión de los tiempos en que Dios manifiesta su voluntad para la realización de la misión de alcanzar a más personas para la fe en Jesucristo. Y eso acontece todo el tiempo a nuestro alrededor.

La vara se extiende y el pueblo camina en tierra seca (v. 16)

La decisión de Moisés para actuar al frente del pueblo está completamente determinada por la voz divina que se va imponiendo paulatinamente a fin de hacer visible su proyecto de liberación en medio de circunstancias no necesariamente caóticas, pero que rozan peligrosamente el riesgo de que todo se viniera abajo. El relato insiste profusamente en subrayar el temor del pueblo a la hora de seguir el rumbo de Yahvé y de Moisés y al momento de que, por fin, se levanta la vara del dirigente, el pueblo de afirmó sobre sus pies y avanzó con la firmeza requerida.

Y es que cuando los intermediarios entre Dios y su pueblo logran captar las intenciones profundas de Dios con una actitud profética es posible compartir con la comunidad la visión y la proyección que la Divinidad tiene en mente. De ahí procede la enorme ambigüedad de quienes dirigen al pueblo, y ahora la iglesia, pues deben aprender a distinguir, siempre sobre la marcha, cuáles son sus intereses personales del momento y cuáles los más altos de Dios para aplicarlos a los destinos mayores del conglomerado que presiden.

Yahvé endurece al faraón y se glorificará en él (v. 17)

La paradoja del endurecimiento del faraón por parte de Dios muestra el grado de confrontación entre Dios y las divinidades egipcias, incluyendo al gobernante supremo. Únicamente un poder superior podía doblegar esa barrera máxima que se interponía entre el pueblo y la libertad. Por ello se insiste reiteradamente en el endurecimiento, esto es, en la terquedad y soberbia del faraón, pues esa expresión “significa que se niega a dejar libres a los esclavos, pero también expresa la deshonestidad y crueldad de su actitud. […] En este caso el sentido parece connotar algunos elementos distintos, al mostrar que el faraón actuará irracionalmente y en contra de sus propios intereses”.3]

Cuando una iglesia revisa su historia en los diferentes niveles (local, distrital, nacional, confesional) debe saber encontrar las paradojas y los conflictos en los que la mano divina se manifiesta para desenredar nudos, dar golpes de mano y de timón para reconducir a las comunidades por el rumbo que Dios desea. En medio de ellos es muy posible advertir las resistencias institucionales para que los factores de cambio se desarrollen como el Señor de la Historia lo desea.

Yahvé demuestra su poder liberador (v. 18)

Si alguna imagen de Dios brota de este relato es la de una Divinidad profundamente comprometida con la justicia, la libertad y la igualdad, valores que no estaban muy en boga en aquella época antigua. El Dios que emergió en la gesta del Éxodo estaba comprometido con los esclavos, era un “dios de esclavos”, de ahí el desprecio y la arrogancia del faraón y su pueblo hacia ese “dios menor”. Pero la revelación de Dios daría un vuelco con este suceso para mostrar a una divinidad superior que acabaría con el orgullo de los egipcios de arriba a abajo.

Para nadie era una sorpresa hablar de los dioses con poder en su espacio étnico, cultual y cultural. Pero otra cosa fue proyectar la universalidad de la salvación para todos los pueblos de la tierra tal como afirma Amós 9.7 y el hecho de que otros pueblos se unieron a los hebreos para salir de la esclavitud (Éx 12.38). Dios estableció así una plataforma en la historia en la que lo espiritual y lo sociopolítico se entrelazaron profundamente para conducir al pueblo hacia un horizonte nuevo de existencia. Esa voluntad del Señor y Dios continúa vigente en la iglesia a la que también le ordena seguir siempre hacia adelante.

Conclusión

Acercarse una vez más a la historia del episodio fundador de la nación divina en la antigüedad permite trazar puentes claros entre las exigencias divinas de un tiempo preñado de posibilidades en el que hay que leer e interpretar adecuadamente los signos del Kairós divino para situarnos en las coordenadas que Dios desea que nos ubiquemos, no para quedar bien con nadie sino para estar a la altura de sus propósitos de salvación y dignificación de la vida humana que es como debería denominarse buena parte de la misión que intentamos realizar.

Proclamar la vigencia del llamado para tomar en serio la salvación en Jesucristo (anuncio) y asumir una postura profética ante los signos contrarios al Reino de Dios en el mundo (denuncia) son las dos acciones que están estrechamente ligadas en la vida y misión de la iglesia de hoy. Pero la historia no termina allí, pues el proyecto de Dios tendría aún más etapas para conseguir sus altas metas:

 

La victoria sobre el faraón no significa, por supuesto, la consecución definitiva de todos los objetivos de un proyecto de liberación. Pero es determinante porque remueve el principal obstáculo para que el pueblo avance hacia la “tierra que mana leche y miel”, a la nueva y espaciosa tierra de justicia, de la fraternidad feliz y de la libertad plena. El triunfo sobre los enemigos del pueblo es un momento básico; con él se cumple una fase de la lucha y se entra en la etapa, no menos laboriosa y difícil, de la construcción de la nueva sociedad.4 

Ése fue el espíritu original de la fiesta de la Pascua, fiesta de liberación y del inicio del crecimiento en la libertad. 

El Dios liberador nos acompaña

cuando el tiempo se interpone entre nosotros

y las fuerzas insumisas se desatan.

 

El Dios liberador se manifiesta

si creemos sus promesas redentoras

afinadas en el curso de la vida.

 

El Dios liberador es alguien cierto

al probar el sabor de las derrotas

y sentir sus alquimias bienhechoras.

 

El Dios liberador nos interpela

mientras somos bendecidos y guiados

por su fuerte mano firme en liberar.

 

El Dios liberador cumple promesas

al salir de la muerte el pueblo esclavo

y mirar horizontes de verdad.

 

El Dios liberador muestra su fuerza

cuando el pacto mantenemos fiel y cierto

y por Él nos dejamos conducir. (LC-O)

 

A la memoria de Daniel S. Prince Alarcón



[1] Pablo Andiñach, El libro del Éxodo. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2006, p. 241.

[2] Ibid., p. 243.

[3] Ibid., pp. 237-238.

[4] José María Hernández, Dios visita y libera a su pueblo. México, Ediciones Dabar, 1995, p. 36. Énfasis agregado.

jueves, 5 de junio de 2025

Dios enfrenta el temor del pueblo y la soberbia del faraón (Éxodo 14.5-8), Pbro. Isaac López Jiménez


Henri-Frédéric Schopin, Los hijos de Israel cruzan el Mar Rojo (ca. 1855)

8 de junio, 2025

Estar hoy aquí, dentro del marco de los 50 años de esta amada iglesia, me llena el corazón de emoción y gratitud.

No puedo evitar recordar que, hace ya 20 años, tuvimos el privilegio de celebrar juntos los 30 años de vida como comunidad de fe. ¡Cuánta historia compartida! ¡Cuánta agua ha corrido bajo el puente desde entonces!

Vienen a mi memoria aquellos días con tanta claridad, Estrenamos el departamento, organizábamos eventos que nos llenaban de gozo, y celebrábamos con aquella preciosa Biblia conmemorativa en la Traducción en Lenguaje Actual, símbolo de nuestro compromiso con la Palabra.

Tuvimos el honor de recibir a hombres como Juan Stam y Justo L. González, y durante años fuimos bendecidos por el apoyo, el cariño y la guía del querido Alfredo Tepox.

Aquí llegaron siendo unos niños nuestros hijos, Abed Ieshua e Isaac Eduardo. Esta iglesia es parte de nuestra historia familiar. Es una iglesia que llevamos grabada en lo más profundo del corazón.

Claro que no faltaron los retos, los desafíos, incluso momentos de desánimo. Pero algo fue constante en medio de todo: nunca nos sentimos solos. Nuestro buen Dios siempre estuvo ahí, fiel, presente, guiando cada paso. 

Hoy, al ver todo lo que Dios ha hecho en estos 50 años, no puedo más que decir: ¡Gracias, Señor! ¡A Ti sea toda la gloria! 

El clamor en medio del dolor

El libro del Éxodo no es simplemente un capítulo en la historia de un pueblo antiguo. No es sólo la crónica de una travesía del desierto. 

        El Éxodo es una revelación viva: nos muestra a un Dios que ve, que escucha y que actúa.

      En sus primeras páginas, el silencio del desierto es interrumpido por un clamor. No es un grito cualquiera. Es el lamento de un pueblo esclavizado.

Hombres, mujeres, niños que día tras día cargan ladrillos, construyen imperios ajenos y ven pasar los años sin esperanza.

Pero aquel clamor, que podría parecer perdido entre las piedras de Egipto, llega hasta el cielo. Porque nuestro Dios no es indiferente al dolor humano. Él ve. Él oye. Él desciende. Él libera.

El Éxodo no es solo el relato de una geografía recorrida, sino de una transformación profunda. Dios no solo saca a su pueblo de Egipto, saca a Egipto del corazón de su pueblo.

Libera los cuerpos, sí, pero también las mentes, las memorias y las esperanzas. Se trata de una liberación integral: una que afecta al ser entero y a la comunidad toda.

Y en esta historia, Dios no actúa desde la distancia. Él guía con nube y fuego. Él se involucra. Él pelea por su pueblo. 

El corazón endurecido

Llegamos al capítulo 14, donde la tensión narrativa alcanza un nuevo nivel. El pueblo ha salido. La opresión ha quedado atrás. Pero el peligro no ha terminado.

       Dios mismo le dice a Moisés que el pueblo dé la vuelta, como si se hubieran extraviado, para que el faraón piense que están atrapados.

     No es una estrategia humana. Es una trampa divina. Dios está preparando el escenario para revelar su gloria.

El texto nos dice: Y cuando el rey de Egipto recibió la noticia de que los israelitas huían, su corazón y el de sus siervos se volvió contra ellos, y dijeron: ‘¿Cómo hemos permitido que Israel se vaya y deje de servirnos?’” (Éx 14.5, Reina-Valera Contemporánea).

Es como si el faraón recién se diera cuenta de lo que ha perdido. El gran emperador, el que se creía dios, está confundido. Su poder ya no le sirve. Su juicio se nubla.

Lo que sigue no es una decisión sabia, es una reacción desesperada: Enseguida el faraón unció su carro y echó mano de su pueblo…” (v. 6).

El que se consideraba todopoderoso, ahora actúa como marioneta en las manos del Dios que verdaderamente reina.

No es el faraón quien tiene el control, es Dios quien endurece su corazón. Dios lo utiliza, incluso en su arrogancia, para manifestar su poder. 

Mano poderosa

El momento es crítico. El faraón moviliza todo su poderío. No escatima recursos. Dice el texto: Tomó seiscientos de sus mejores carros de combate, y todos los carros de Egipto con sus respectivos capitanes…” (Éx 14.6).

        Es un desfile de poder militar. El enemigo se ve invencible. Pero lo que parece imponente en lo humano, es débil frente al Dios de Israel. Y el Señor endureció el corazón del faraón, rey de Egipto, y lo hizo perseguir a los hijos de Israel; pero estos habían salido con mano poderosa” (v. 8).

¡Qué contraste! El faraón trae lo mejor de su ejército. Israel no tiene armas, ni experiencia, ni estrategia militar. Pero tiene algo que Egipto no tiene: la mano poderosa de Dios.

No salieron por su propia fuerza. Salieron porque Dios los sacó. No porque fueran capaces, sino porque Dios es fiel. Y esa fidelidad no ha cambiado. 

La trampa invertida

El relato alcanza su clímax cuando el pueblo llega a la orilla del mar. Frente a ellos, las aguas. Detrás de ellos, los carros de Egipto. Los egipcios fueron tras ellos, con toda la caballería y los carros del faraón, y con su ejército, y los alcanzaron a la orilla del mar, donde estaban acampados” (Éx 14.9).

       Todo parece perdido. Están rodeados, atrapados en un callejón sin salida.

      Pero ¡Dios ha preparado este escenario! No para destruir a su pueblo, sino para destruir al enemigo. Quien cae en la trampa no es Israel, sino el faraón.

El mar que parecía un obstáculo se convierte en camino. El camino que parecía victoria para Egipto se convierte en su tumba.

Durante estos cincuenta años como comunidad de fe, también nosotros hemos enfrentado nuestros faraones. Algunos con nombre propio.

Otros con formas más sutiles: el miedo, la injusticia, la indiferencia, la división. Y aunque a veces hemos flaqueado, aunque nuestras fuerzas han sido pocas, el Dios del Éxodo ha permanecido fiel.

Él ha peleado por nosotros. Nuestro Salvador Jesucristo ha estado con nosotros.

En cada desierto, ha provisto. En cada mar, ha abierto camino. En cada noche, ha encendido su columna de fuego.

Y así como sacó a Israel con mano poderosa, también nos ha traído hasta aquí. No por mérito nuestro, sino por su misericordia, en Cristo Jesús.

El Éxodo continúa. No es solo historia pasada. Es una invitación presente.

El Dios que escuchó el clamor de los esclavizados, escucha hoy. El Dios que abrió el mar, hoy abre caminos donde no los hay.

Y sigue guiando a su pueblo hacia una vida nueva en Cristo: una vida libre, justa y profundamente humana, vivida en su presencia.

Hoy, hermanos y hermanas, el mar está frente a nosotros. Pero no teman. Porque el mismo Dios que abrió camino ayer, sigue abriendo camino hoy. Sabiendo que Cristo es el Camino, la verdad y la vida.

El endurecimiento de los adversarios del pueblo (Éxodo 14.1-4), Pbro. Merari J. López Acero


1 de junio, 2025

Introducción: una teología en camino

Hoy nos reunimos para celebrar los 50 años de este caminar comunitario, medio siglo de historias, búsquedas, luchas, silencios, certezas y preguntas. No es poca cosa. Cincuenta años donde muchos han sembrado, otros han cosechado, y otros más —como hoy— simplemente hemos tenido el privilegio de caminar junto a ustedes. Quiero comenzar expresando mi profundo agradecimiento por haber sido parte de este trayecto como pastor. Mi tiempo aquí no solo dejó huella en mí, sino que me sigue convocando a pensar, a debatir con Dios, a construir desde las veredas menos exploradas, a seguir caminando, pues.

En estos días especiales hemos escuchado ya dos voces que nos han recordado verdades fundamentales: el pastor Leopoldo Cervantes-Ortiz nos invitó a “practicar el bien por encima de todo” y el Pbro. Miguel Ortiz nos desafió a “administrar bien la multiforme gracia de Dios”. Ambas predicaciones nos sitúan frente a una ética cristiana viva, encarnada, donde hacer el bien y administrar la gracia no son conceptos abstractos, sino caminos concretos, desafiantes, cotidianos. Caminos que no siempre son rectos ni fáciles, pero que se recorren con fidelidad.

Hoy me presento no sólo como quien fue su pastor, sino como alguien que sigue reflexionando, que hace teología desde la ciencia, la historia, la materia, el cuerpo, el éxodo. Me interesa una teología del camino: una visión donde Dios no es un ser absoluto, inmutable, inmóvil, sino el que camina con su pueblo, que se revela en la historia, en el cambio, en la creación. Un Dios que no se atrinchera en doctrinas fijas, sino que se deja.

Esta teología no parte de respuestas, sino de preguntas; no se instala en la cima de la certeza, sino en la intemperie del éxodo. Frente a un mundo que busca seguridad, esta mirada propone confianza. Frente a la tentación de definirlo todo, esta fe abraza el misterio. Como diría Croatto, “la fe es un verbo que camina, no un sustantivo que se define”. Como diría Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar, mejor es callar”. Y sin embargo, en ese silencio... seguimos caminando. El Dios del camino no habló y se escribió y eso fue todo, no no no, sigue hablando, porque seguimos caminando.

Y si seguimos caminando, es porque el texto —la Escritura— no es una muralla de certezas sino una tienda de campaña. No está anclado en piedra, sino que se despliega, se desmonta y se vuelve a levantar donde el pueblo lo necesita. En la dispersión —y también en el aniversario— el texto es patria. Como dijo Hans de Wit: “En la diáspora, el texto es patria”. Una patria portátil, viva, que acompaña, que no impone, sino que sostiene. El texto no es el destino final: es el mapa que nos permite perdernos con esperanza.

Y hoy caminamos con el texto de Éxodo 14. Porque ahí, en medio del mar que aún no se abre, en la tensión entre el avance y el miedo, entre la promesa y la persecución, se nos revela algo más que una historia antigua. Se nos revela una lógica divina distinta: una que transforma el caos en creación, que convierte la entropía en esperanza, que endurece al poder sólo para abrir un camino al pueblo.

Caminemos juntos por este pasaje. No como quien ya sabe, sino como quien vuelve a oír. No como quien repite, sino como quien se deja leer por el texto. Porque en la dispersión —y también en el aniversario— el texto es patria. Y el Dios del Camino sigue hablando.

I. El Dios que provoca movimiento (Éxodo 14.1-4)

El texto narra una escena tensa: el pueblo desea avanzar hacia la libertad, mientras Faraón teme perder el control que ese pueblo significaba para su imperio. Así se forma la tensión. No porque Dios la provoque deliberadamente, sino porque así funciona la vida: cada decisión, cada deseo humano legítimo, genera impactos, resistencias, contrapresiones. El deseo de libertad afecta a quienes se benefician de la esclavitud. Así nacen los conflictos.

Éxodo 14 nos muestra este momento de quiebre. El pueblo no está cometiendo un error: simplemente quiere caminar. Y al querer caminar, se enfrenta al miedo de quienes prefieren que todo siga igual. En ese cruce de caminos, el movimiento no siempre parece sensato. A veces incluso parece retroceso. Pero es ahí donde comienza la posibilidad de algo nuevo. Desde una lectura teológica, esto nos conecta con cómo funciona la creación misma. En el universo, el movimiento tampoco nace del equilibrio perfecto, sino del desequilibrio, de la tensión entre fuerzas. La segunda ley de la termodinámica nos recuerda que en un sistema cerrado, la entropía —el desorden— siempre aumenta. Esto no es trágico: es creativo. Porque si todo estuviera en equilibrio, nada se movería. La vida, como la historia, avanza cuando algo se desequilibra.

Así también en nuestras vidas. Cuando surgen tensiones —en la familia, en el trabajo, en nuestras convicciones— no siempre es señal de que algo va mal. A veces es señal de que algo está por nacer. El caos no es una amenaza: es la materia prima. El caos no es ausencia de Dios: es el taller donde se forjan los caminos nuevos.

Y más aún: el principio de incertidumbre de Heisenberg, desde la física cuántica, nos recuerda que no es posible conocer con precisión simultánea la posición y la velocidad de una partícula. El universo tiene una dosis incorporada de indeterminación. No es un problema de ignorancia humana, sino una cualidad del cosmos. Así también funciona la fe: no todo se puede controlar o anticipar. A veces hay que caminar sin mapa, con promesa. La fe no nos da certeza total, pero sí dirección.

El pueblo de Israel no tenía un mapa. Tenía una promesa. Y aunque el mar no se había abierto aún, siguieron caminando. Porque algo dentro de ellos —el deseo de libertad, la memoria de la promesa, la esperanza sembrada por siglos— los empujaba hacia adelante. Faraón, en cambio, representa la rigidez. El deseo de que nada cambie. Pero en la historia de Dios, lo que se endurece, termina cediendo. La oscuridad más densa anuncia la llegada del día. La opresión más violenta anuncia su propia caída.

Por eso, Éxodo 14.1-4 no nos habla de un Dios que complica el camino, sino de un Dios que camina con su pueblo cuando la vida misma crea complejidad. Un Dios que no elimina el caos, sino que lo transforma en senda. Un Dios que no anula el conflicto, sino que lo convierte en movimiento. Y ese movimiento, aunque incierto, es sagrado. Porque el Dios del Camino no paraliza: acompaña. No bloquea: abre. No impone: invita.

El caos, entonces, no es el final. Es el comienzo. Es el temblor que antecede al paso. Es la señal de que estamos vivos. Que algo se está moviendo. Que algo —aunque aún no visible — ya está naciendo.

Es urgente, por tanto, mirar a Dios y a la Biblia desde otras perspectivas. La teología no puede quedar fijada en marcos inmutables, cuando el mundo, con sus múltiples formas de dolor y esperanza, está pidiendo a gritos otras voces. Es necesario un pensamiento que se atreva a reinterpretar, a avanzar desde la experiencia, la historia y la dignidad humana. Necesitamos una teología que no repita, sino que escuche; que no se encierre, sino que camine.

• También nuestras familias piden otra manera de mirar. Necesitamos que los padres escuchen más a sus hijos, que las iglesias escuchen a los no creyentes, que los pastores hablen menos y escuchen más a las ovejas. Necesitamos volver a entender en qué mundo estamos, porque definitivamente no es el mismo. Y es por eso que nuestras palabras ya no hacen eco en aquellos a quienes queremos hablar o aconsejar. El lenguaje viejo no alcanza para nombrar los nuevos dolores.

 

• Desde ahí, la siguiente confrontación que presentarè nace como una respuesta a la necesidad de volver a pensar incluso los textos más difíciles. El texto de Éxodo 14.1-9 afirma, sin ambigüedades, que fue Dios quien endureció el corazón de Faraón. Esta declaración ha generado, durante siglos, perplejidad teológica y debates hermenéuticos: ¿puede Dios provocar deliberadamente el mal, el sufrimiento o la opresión? ¿Puede el Dios de la vida endurecer el corazón de alguien para impedir la libertad de su pueblo? ¿Qué clase de Dios estaría actuando en ese escenario?

• Desde una lectura literal, Dios parece ser el agente de la obstinación de Faraón. Sin embargo, la teología contemporánea, especialmente aquella influenciada por la hermenéutica crítica y situada, propone otras formas de entender esta tensión. La historia no debe leerse solo desde su redacción final, sino desde su contexto cultural, desde la intención pedagógica del texto y desde lo que hoy sabemos del mundo, de Dios y del ser humano.

• Una clave hermenéutica posible es entender que los textos antiguos reflejan no solo la acción de Dios, sino también la comprensión que los pueblos tenían de Dios en sus contextos históricos. El autor de Éxodo, escribiendo desde una cosmovisión teocéntrica, interpreta la resistencia de Faraón como parte del plan divino, incluso si esa interpretación hoy nos resulta desconcertante. No hay que confundir inspiración con dictado literal. La Escritura es Palabra de Dios en lenguaje humano, y por tanto, también con las limitaciones y cosmovisiones humanas. 

•  Desde la "teología del camino", se nos ofrece una perspectiva crucial para entender las dinámicas de resistencia frente a la acción liberadora: la acción divina no se concibe como una imposición absoluta, sino como un acompañamiento constante y una apertura de posibilidades. En esta visión, Dios no manipula las voluntades humanas, sino que camina junto a sujetos libres, incluso cuando estos, en su libertad, eligen caminos de opresión. Así, el tan debatido "endurecimiento" del corazón de Faraón no se interpreta como una intervención divina externa y mágica, sino como la consecuencia intrínseca de su propio miedo, su arraigado apego al poder y su tenaz resistencia al cambio. Si bien el texto bíblico lo atribuye directamente a Dios —una práctica común en una cosmovisión donde toda causalidad última se remitía a la divinidad—, hoy podemos leerlo desde otro lugar, reconociendo la complejidad de la agencia humana y las consecuencias de sus elecciones. Esta resistencia del poder se manifiesta con crudeza en la reacción de Egipto, la cual no es racional, sino que refleja el pánico visceral del poder ante la amenaza de la libertad. De manera análoga, una iglesia que verdaderamente sirve, acoge y promueve la liberación, a menudo despierta el rechazo de aquellos que necesitan imperiosamente que todo permanezca igual. Es en este complejo escenario de liberación y resistencia donde las palabras de Paulo Freire adquieren una resonancia especial: “Los oprimidos deben liberarse a sí mismos, y a los opresores”, recordándonos que la verdadera libertad implica una transformación profunda para todos los involucrados. 

• A la luz del pensamiento crítico y la ciencia contemporánea, sabemos que el universo opera desde leyes de interacción, tensión y libertad. Así como el caos genera condiciones para el movimiento, también las decisiones humanas crean reacciones en cadena. El deseo de libertad del pueblo hebreo no nace en un vacío: es una respuesta a la opresión, y esa respuesta provoca, inevitablemente, una reacción en los que detentan el poder. No es que Dios quiera el sufrimiento: es que toda lucha por la libertad incomoda al que domina.

• Por tanto, reinterpretar el "endurecimiento" como una forma literaria de explicar la resistencia de los poderosos ante la justicia, nos permite sostener una imagen de Dios coherente con el evangelio: un Dios que libera, no que oprime; que camina, no que manipula; que propone, no que fuerza. 

• En este sentido, el texto nos desafía a dejar de usar a Dios como justificación de las desgracias y a asumir nuestra responsabilidad en la historia. Dios sigue actuando, pero no desde los palacios, sino desde las veredas. Y allí, el texto sigue siendo patria, pero no una patria de imposición, sino de interpretación, de caminata compartida. Porque, como dijo Hans de Wit: "En la diáspora, el texto es patria". Pero no una patria estática. Sino una tienda de campaña que se arma y se repliega, según el viento, el desierto y la marcha.

• Así, aun cuando el texto diga que Dios endureció el corazón del Faraón, nosotros sabemos que ese corazón se endureció porque temía. Y el miedo es lo último que se entrega cuando el mundo cambia. Pero Dios sigue caminando. Y sigue invitando.

II. El Dios que acompaña en medio del mar y del miedo (Éxodo 14.1–5)

• ¿Qué significa que Dios camina con nosotros? ¿Cómo podemos saber que su presencia está ahí cuando el mar está enfrente y el enemigo detrás? ¿Dónde está Dios cuando el futuro es incierto y cada paso parece una amenaza? Estas preguntas resuenan en el corazón de quienes, como el pueblo en Éxodo 14, se sienten atrapados, confundidos, agobiados por decisiones que no comprenden o peligros que no pidieron. 

• El pueblo de Israel se encuentra frente al mar, sin salida aparente. Y detrás, Faraón viene con todo su ejército. Hay ansiedad, miedo, desesperanza. No hay señales claras, no hay certezas. Hay incertidumbre. 

• Y sin embargo, Dios está. No como quien anula el conflicto, sino como quien lo habita. Como quien camina en medio. No siempre como el que habla desde una zarza, sino como el que guarda silencio, pero no se ha ido. Como el que está al lado, respirando junto a nosotros el mismo polvo del desierto. 

• Aquí es donde la ciencia puede iluminarnos con una belleza inesperada. En física cuántica, el principio de incertidumbre de Heisenberg nos recuerda que no podemos conocer con precisión el futuro de una partícula: ni su velocidad ni su posición exacta. El universo no es predecible. No todo se puede anticipar. Vivimos en un cosmos de probabilidades, no de certezas. 

• Y esto es profundamente espiritual: caminar con Dios no es tener certeza del camino, es confiar que, aunque no veamos la salida, hay una promesa de compañía.

• En este punto se revela el corazón de esta reflexión: Entonces, la pregunta no es si Dios va a abrir el mar. La pregunta es: ¿me atrevo a caminar cuando todavía está cerrado?

• Ésta no es solo una frase poética; es una interpelación vital. Nos confronta en los momentos donde todo parece bloqueado, donde las soluciones no aparecen y lo único que tenemos es una promesa no confirmada. Esta pregunta resume la esencia de la fe auténtica: caminar antes de ver, avanzar sin garantías, amar sin seguridades, decidir cuando todo tiembla. ¿Y si el milagro está del otro lado del paso, pero no antes

• Y aquí algo clave: el milagro no llega antes del paso, llega con el paso. El milagro lo provocamos nosotros al atrevernos a caminar. Llegar al mar era vital para que tuviese sentido que se abriera. Si el pueblo se hubiera detenido, no habría historia. Si tú te detienes, no hay apertura.

• Yo doy un paso... y el milagro también lo da conmigo. Las personas más exitosas, más plenas, más sabias, no son las que lo tuvieron fácil, sino las que caminaron cuando todo estaba en contra. Hasta para tener suerte hay que estar listos, hay que saber qué hacer con las oportunidades que se presentan. • Avanzar es vital para que las cosas sucedan. En realidad, el milagro es fe, porque uno avanza, pero avanza creyendo en uno mismo también, y entonces, cuando todo el escenario está puesto, ocurre ese 1% mágico. Y vean que digo 1%... porque no hay más. Lo demás lo hemos hecho caminando junto con Dios.

• Salir de los problemas, de los conflictos, de la depresión, de las visicitudes... de eso se sale avanzando, familia. No solo orando, no solo pidiendo, no rindiéndose: avanzando.

• Dios acompaña en ese instante. No desde una torre de control celestial, sino desde el polvo, desde el temblor, desde la duda. Dios no siempre es quien disuelve el conflicto, pero sí quien hace camino dentro de él.

• Por eso, Éxodo 14.1-5 no nos dice que la fe elimina el caos. Nos recuerda que la fe se ejerce en medio del caos. Que el caminar es valioso incluso cuando aún no hay milagro. Que Dios está allí, donde el mar todavía no se ha abierto y la historia no tiene final escrito.

• Ese es el Dios que camina: no el que dicta el guion desde lejos, sino el que se mezcla con nuestras preguntas, el que no endurece los corazones, sino que nos susurra valentía mientras el miedo ruge.

• Y si tú también estás frente al mar, con tus propios ejércitos pisándote los talones, que sepas esto: Dios no se ha ido. Sigue caminando contigo. Y eso, aunque no lo veas, ya es esperanza.

III. El caos como escenario de fe (Éxodo 14.1-5)

A estas alturas de la historia, todavía no ha ocurrido el milagro. El mar sigue cerrado. Los carros de Faraón se acercan. El polvo se levanta. El pueblo grita. La pregunta entonces ya no es si Dios camina con nosotros. La pregunta es: ¿cómo sostener la fe cuando todo lo que nos rodea es incertidumbre, ruido, y caos?

En este momento, el texto bíblico no da una solución inmediata. Lo que da es un escenario profundamente humano: tensión, temor, desconcierto. Y sin embargo, ahí mismo —en ese lugar de desorden— es donde se gesta la posibilidad de fe.

Y aquí, nuevamente, la ciencia puede ayudarnos a pensar. Hay una ley fundamental en la física llamada Segunda Ley de la Termodinámica. Esta ley afirma que todo sistema tiende al aumento de entropía, es decir, al desorden. El universo no tiende al orden perfecto, sino al caos creciente. Parece una mala noticia... pero no lo es.

Porque del caos han surgido todas las formas de belleza. Las galaxias se formaron de nubes caóticas de polvo. Los ecosistemas complejos emergen del aparente desorden de la biología. El cerebro humano, con toda su potencia, es el resultado de millones de conexiones impredecibles. El caos es, muchas veces, el taller secreto donde la vida toma forma.

Y eso también lo dice la Biblia, aunque con otro lenguaje: el Espíritu de Dios se movía sobre la faz del abismo, del desorden primigenio. El caos no es el enemigo. El caos es el punto de partida.

La fe, entonces, no es negar el caos, ni tampoco salir de él corriendo. La fe es mirar el caos, reconocerlo, atravesarlo, y seguir caminando. Como dijo Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”. En nuestras vidas también hay caos. No solo el externo —las guerras, las crisis económicas, la violencia— sino el interno: las dudas, los duelos, las pérdidas, las contradicciones. Y es allí donde Dios no huye. Allí donde Dios no se esconde. Es allí donde Dios se revela.

No hay fe sin caos. No hay resurrección sin cruz. No hay apertura del mar sin primero sentir que nos ahogamos. Por eso, Éxodo 14 no es solo una historia de liberación.

Es una pedagogía de la fe realista: una que reconoce el caos, lo transita, y descubre que allí también está Dios. ¿Y qué significa esto para nosotros hoy? Que no debemos temer a las etapas de caos. Que no debemos huir del desorden como si fuera señal de que algo está mal. Al contrario, el caos puede ser un indicador de que algo nuevo está por nacer.

Si tu vida está en caos, si tus relaciones están tensas, si tu espiritualidad está en crisis, si tu mundo está revuelto... quizás estás en el umbral del mar. No te detengas. No huyas. No desesperes. El caos no se resuelve con respuestas rápidas. Se atraviesa con pasos valientes. Y cuando esos pasos son guiados por una fe que no busca el control, sino la confianza, entonces el caos deja de ser amenaza y se convierte en camino. Porque el caos no es ausencia de Dios. Es su materia prima.

Avanzar en el caos es una forma de adoración. Es creer que aún cuando todo tiembla, el suelo bajo nuestros pies puede ser firme si lo caminamos con fe. Éxodo 14.1-5 nos da permiso para tener miedo, para no entender, para dudar. Pero también nos da la fuerza para no quedarnos quietos. Porque el mar no se abrirá antes. Se abrirá mientras caminamos. Y caminar en el caos, con todo lo que somos, es también creer.

Conclusión: Celebrar 50 años de fe en tránsito

Hoy no celebramos una estructura institucional, sino una comunidad viva que ha aprendido a caminar con Dios en medio de dudas, cambios, pandemias, pérdidas y nuevos comienzos. 50 años no son la historia de un edificio ni de una sola visión, sino de muchas manos levantando tiendas, cruzando mares, encontrando dirección en medio de la niebla. Somos un pueblo en éxodo, no en exilio. Porque aunque estemos en movimiento, tenemos patria: el texto, la fe, la historia de Jesús. Como dijo Hans de Wit: “En la diáspora, el texto es patria.” No una patria rígida, sino una tienda móvil que nos acompaña en el camino. Dios no es el motor inmóvil de Aristóteles, sino —como decía Whitehead— el gran compañero del universo. No el que impone trayectos, sino el que camina junto a nosotros incluso cuando no sabemos a dónde vamos.

Hoy más que nunca, necesitamos volver a la Escritura, no como una muralla de certezas, sino como una tienda que se levanta en cada estación del camino. Y quizá no solo volver a la Escritura, sino salir de ella y ver las muchas otras formas en que Dios habla. En el consejo de un anciano, en las carcajadas de un bebé. En la complejidad del universo, en la simpleza de la belleza. En el abrazo de un hijo, en la bendición de un trabajo. En la duda, en la reflexión, en la poesía. Ahí también habla Dios.

Porque celebrar 50 años de historia es también aceptar que no siempre entendimos, que a veces tropezamos, que hubo etapas de silencio, de preguntas, de sombras. Pero también que ahí, en todo eso, estuvo Dios. Como susurra Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, mejor es callar.” Pero en ese silencio, Dios camina. Y en ese caminar, celebramos. No porque ya llegamos, sino porque seguimos.

¡Feliz aniversario, Iglesia del Pacto! Sigamos caminando.

Que el Dios del Camino, que camina contigo en la duda y en la esperanza, te fortalezca para seguir, aunque las aguas estén cerradas aún. Porque ahí, justo ahí, Dios está trazando el sendero. El caos no es el final: es el lienzo donde va construyendo el camino.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

  31 de diciembre, 2025 …todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser huma...