6 de julio, 2025
No importa dónde estés,
yo te llamaré
y te haré volver a tu tierra,
y volverás a ser mi pueblo.
Isaías 43.5b, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo
En Isaías 40-55 estamos delante del llamado “Isaías de Babilonia” o Segundo Isaías. Corresponde precisamente a la etapa del exilio, esto es, al tiempo en que nuevamente debió avizorarse un nuevo éxodo, pero ahora para volver a la tierra de Israel por causa del dominio babilónico. Sí, estamos ante la necesidad de un nuevo regreso, de un segundo retorno en condiciones impensables. La primera parte de esta sección se conoce como el “libro de la consolación” (caps. 40-48) pues allí se comienza a anunciar la posibilidad del retorno con un lenguaje de reconciliación y consuelo para el pueblo atribulado por la desdicha del destierro. Sucedió lo que no imaginaron las generaciones anteriores: una nueva cautividad y la necesidad de atravesar vastos territorios bajo la guía siempre fiel del Señor, creador y redentor (go'el) del pueblo. El Israel al que se dirige el profeta era, entonces, como se diría hoy, un “Israel global”, un pueblo conocido en resto de mu do antiguo y conocedor de otros ambientes, cosmopolita, en una palabra. Este cambio representó un gran salto cultural, religioso e ideológico. “Pero en medio de la angustia y la desesperanza que reinaba en el ánimo de los cautivos, surgió de pronto una voz nueva, diferente, vigorosa: Consuelen, consuelen a mi pueblo; / hablen con cariño a Jerusalén y anúncienle / que ya ha terminado su esclavitud, / que ya ha pagado por sus faltas, / que ya ha recibido de la mano del Señor / el doble de lo que merecía por todos sus pecados” (Is 40.1-2).[1]
Dios inventó al pueblo (v. 1)
"El
propósito fundamental es sostener al pueblo en medio de la crisis, para
mantener viva su esperanza y su fe en la inminencia de la redención”.[2]
El Señor creó al pueblo y será capaz de volverlo a crear, ahora en su regreso
anunciado a la tierra. Le dio un nombre que se refiere a su posesión y al propósito
de entablar una relación con él. “El lenguaje de la creación, con todas sus
connotaciones de poder, designio, protección, reforzado además por la imagen
plástica del alfarero que modela la arcilla según un proyecto, produce un
contraste con la situación actual del pueblo oprimido, deshecho, aniquilado.
Ahora bien, ese mismo contraste tiene un efecto retórico: señala que todavía es
posible ser de nuevo, comenzar otra vez”.[3]
El Señor se manifestará como el gran go'el de su pueblo una vez más.
Aguas, fuego y rescate (vv. 2-3)
Aguas, ríos y llamas son imágenes que aluden al éxodo de Egipto y representan simbólicamente los nuevos peligros que enfrentarían los exiliados al volver. Yahvé siempre estaría pronto para proteger al conjunto de personas que ahora volverían de Babilonia y de otros territorios, aunque no todos. Escuchemos nuevamente a Alfredo Tepox Varela:
Entre los grandes profetas del Antiguo Testamento destaca Isaías de Babilonia —llamémosle así, a falta de otro nombre— por la sublimidad de su mensaje y por el bello ropaje poético en que lo expresa. Es tal su estatura entre los grandes de Israel que no sería exagerado compararlo con Moisés. Es, de hecho, un nuevo Moisés; es el Profeta del Nuevo Éxodo. Si aquél sacó de Egipto a una abigarrada multitud de esclavos y los constituyó en un pueblo, éste saca de la angustia y la desesperanza a un Israel moral y físicamente deshecho, y lo constituye en el pueblo nuevo de Dios; si el Señor estuvo con Moisés para convertir el mar en tierra seca y hacer que los israelitas lo cruzaran sin mojarse un solo dedo, ahora el Señor está con Isaías para anunciar a Israel que pronto cruzará el desierto, de vuelta a la patria perdida, sin que haya de sufrir sed.[4]
“Del oriente y del occidente te recogeré”
(vv. 4-5)
“La intención divina es extraer a su pueblo de entre
las naciones adonde se encontraba disperso. Con tanto tiempo en el exilio, este
‘Israel’ sin identidad, fragmentado en grupos dispersos entre las naciones y
sumergidos en medio de otras culturas, iba recibiendo constantemente el impacto
de la ‘presencia’ de otros dioses [Marduk, principalmente]. Como consecuencia,
la imagen de aquel Yavé de las antiguas gestas salvíficas se iba desdibujando
en las mentes de las nuevas generaciones”.[5]
En efecto,
la diáspora (galut) comenzaba a dejar su huella en la conciencia de las
comunidades judías. “El Dios que envía al profeta como mensajero es el de la
creación; es también el señor de la historia de Israel. En el corazón de este
mundo pagano, en donde sin duda se presentan otros hombres como mensajeros de
otros dioses, los desterrados tienen que recordar quién es su señor y qué es lo
que ha hecho por ellos”.[6]
Pero Yahvé tiene que pagar un rescate al imperio para librar a su pueblo: entregaría un precio, es
decir, tres países africanos. Pagaría a Babilonia por la liberación de Israel dando
esos tres países que abarcan el África noroccidental.
Era difícil imaginar a un Israel fuera de su tierra por lo que la diáspora generalizada, ya presente en Babilonia y fuera de ella, hace decir al poeta-profeta: “No importa dónde estés, / yo te llamaré / y te haré volver a tu tierra, / y volverás a ser mi pueblo” (5).
“Traeré de lejos a mis hijos e hijas” (vv. 6-7)“
En estas citas no se habla de regresar de Babilonia sino de “todos los países / naciones / lugares”, expresiones que deben referirse a la diáspora general, no a la cautividad mesopotámica. La diáspora puede producir la desintegración de Israel. Yavé en cambio lo reclama en su tierra. El pequeño oráculo de los vv. 5-6 termina con una nota de ternura familiar, al llamar Yavé a Israel ‘mis hijos / mis hijas’, por primera vez en el texto. Implica que él es padre, idea poco común en el Antiguo Testamento”.[7] esta ternura bastante inusual se desdobla en el tono casi de súplica dirigido “a las naciones del norte y a las naciones del sur”: “Devuélvanme a mi pueblo; / no se queden con ellos” (6b).
Conclusión
Resuena
en las palabras del v. 7 el argumento expuesto ante el faraón para dejar ir al
pueblo: “Yo los he creado / para que me adoren / y me canten alabanzas”. “Si
este Dios salvó a los oprimidos de Egipto, mostrando en ello su gloria /
energía (Éxodo 14.4, 17s), también ahora desea volver a formar su pueblo en su
propia tierra”.[8]
Si Él lo formó, lo hará volver una vez más.
[1] A. Tepox
Varela, “Isaías: creación y redención”, En la escuela de la Palabra. Textos
escogidos. México, CUPSA-CMIRP-IEMPED-SBU-CTM, 2025, p. 163.
[2] S. Pagán, “Isaías”,
en A. Levoratti, dir.,
Comentario bíblico latinoamericano. Antiguo Testamento II.
Estella, Verbo Divino, 2008, p. 308.
[3] J.S.
Croatto, Isaías. La palabra profética y su relectura hermenéutica. Vol. II:
40-55. La liberación es posible. Buenos Aires, Lumen, 1994, p. 79.
[4] A. Tepox Varela, op. cit., p. 163.
[5] José S.
Croatto, “El Déutero-Isaías, profeta de la utopía”, en Revista de
Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 24, 1997, p. 36.
[6] Claude Wiener, El Segundo Isaías. El profeta del nuevo éxodo. 2ª ed. Estella,
Verbo Divino, 1980, p. 13.
[7] J.S.
Croatto, Isaías. La palabra profética…, p. 81. Énfasis agregado.
[8] Ibid., pp. 81-82.
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