sábado, 19 de julio de 2025

El Señor abre un camino en el desierto (Isaías 43.16-21), Pbro. L. Cervantes-Ortiz


Jan Luyken (1649-1712), Retorno del exilio de Babilonia (1706)

20 de julio, 2025

Yo voy a hacer algo nuevo,

y ya he empezado a hacerlo.

Estoy abriendo un camino en el desierto

y haré brotar ríos en la tierra seca.

Isaías 43.19, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

En Isaías 43.16-21 estamos delante de un anuncio de salvación con una interesante concentración de tiempos: a) el presente o pasado próximo, que es la liberación de Babilonia (14-15); b) el pasado remoto y glorioso del éxodo (16-17), un futuro próximo que supera todo el pasado (18-21).[1] Esta contigüidad de tiempos está signada por la insistencia del texto en no nombrar a la potencia que derrotaría a Babilonia. Además, los títulos de Dios acumulados en el v. 15 (Señor, vuestro Santo, el creador de Israel, vuestro Rey) manifiestan la intención de superar a Marduk, quien tenía títulos innumerables. Los del Dios de Israel se acreditarían en su acción histórica. La liberación que se anunciará trae inevitablemente a la memoria la liberación “clásica”, ancestral, “produciendo una mutua iluminación, mostrando la continuidad o coherencia”.[2] Los simbolismos se entrelazan y al primer éxodo le seguiría este segundo, con una gran diferencia: allá se abrió el mar, ahora el Señor abrirá un camino en el desierto inhóspito. Los signos contrarios se encuentran en la fantasía edificante que produce la fe: 

El lenguaje de esta esperanza son los símbolos. El futuro que no es mera evolución de premisas ya colocadas y conocidas, el futuro imprevisible y esperado se desea y se sueña, aun en vela deseo y sueño movilizan la fantasía como facultad para representar, hacer presente, lo que no se sabe cómo es lógico que la fantasía componga imágenes nuevas con rasgos asimilados. Un lenguaje semejante no puede ser tomado a la letra ni menos puede ser eliminado para sustituirlo con un sistema conceptual. Representar suele ser hacer presente lo que ya existe, mientras que la fantasía crea y presenta por anticipado. Crea removiendo males y limitaciones, acumulando bienes y exaltándolos. El crear de la fantasía sirve al creer, no sólo como expresión, sino también como descubrimiento, porque la fantasía introduce un elemento nuevo, no previsible con la pura razón, y que un día se hará realidad. Por eso la fantasía dilata la esperanza, su horizonte se mueve y avanza al moverse el observador, el soñador Isaías II es en ese sentido un soñador.[3] 

Un nuevo éxodo en el horizonte (vv. 16-19a)

La tradición histórica expresada en los vv. 16-17 corresponde a Éxodo 13-14 (que se ha revisado previamente): “Yahvé es el salvador de Israel (le abre un camino en las aguas) y en el v. 17 es destructor de los enemigos (los ‘saca’ al combate y los sumerge en las aguas)”.[4] Ambos versículos preparan al lector para un mensaje muy significativo: ¿qué es lo que ahora dirá el Señor en las nuevas condiciones históricas? El v. 18 es único, pues exhorta de manera desconcertante a no recordar las cosas del pasado, ¿acaso con la finalidad de no recordar el Éxodo de Egipto?: “El recuerdo es válido cuando prepara y abre al futuro. El poeta, paradójicamente, parece contradecir esa ley de la memoria para sustituirla con pura esperanza. Es claro que su invitación es retórica, ya que prepara la esperanza con un acto explícito de recuerdo. La paradoja quiere subrayar la superioridad del futuro, en sí y para los que lo han de vivir muy pronto. Entretenido en un pasado glorioso irrecuperable, el pueblo no tiene ojos para apreciar el humilde comienzo de algo nuevo que brota en la historia”.[5]

Es una forma de llamar la atención para sobre lo que Dios hará en el presente, algo nuevo, inédito, tan evidente que será imposible dejar de apreciarlo. No es otra cosa que “la liberación del exilio, expresada nuevamente en símbolos que retoman la tradición del éxodo y del desierto […] como un acontecimiento que ya se está haciendo. El que otrora había hecho un camino en las aguas ahora lo abre en el desierto, donde también pone agua”.[6]

Un camino en el desierto (vv. 19b-21)

El nuevo anuncio se sirve de la paradoja para complementar la acción del pasado ocurrida en las aguas para hablar ahora del desierto. Si ellas representaban el caos que estaba por arrasar con el pueblo, el desierto tiene otras resonancias místicas, de soledad, abandono, y de enormes posibilidades para reencontrarse con Dios, cara a cara, como aconteció con Moisés en el Sinaí. Ahora el desierto será parta del camino de este nuevo retorno, una ruta pesada, ciertamente, pero pletórica de esperanza. Ahora el desierto será el escenario para que surjan las aguas puestas por el Señor, pues incluso los animales salvajes se verán beneficiados por ellas (v. 20a). Esos ríos que brotarán en la tierra seca, árida, reverdecerán la esperanza del pueblo, pues la sola memoria sin esperanza es insuficiente; la memoria hasta puede ser desmovilizadora e impedir la proyección hacia el futuro inmediato.

La generación presente y la que vendría iba a experimentar una realidad completamente nueva para la cual debía prepararse psicológica, moral y espiritualmente, esto es, a) abandonando progresivamente la mentalidad de súbdito de otro imperio para reconocer el gobierno universal del Señor (expresada en el mesianismo del emperador persa Ciro: Is 5.1); b) preparándose para recuperar las enseñanzas aprendidas en el destierro mediante las nuevas formas litúrgicas y comunitarias; y c) comprendiendo la apertura de Yahvé hacia los demás pueblos para integrarlos en el reconocimiento de su grandeza y poderío. Todo un programa de reconstrucción sociopolítica y cultural al que debían sumarse a pesar de la oposición, tal como se aprecia en las acciones descritas por el libro de Nehemías.

Conclusión

“El éxodo es un acontecimiento arquetípico, pero por eso mismo arquetipo de sucesos nuevos y no lo único que hizo Yahvé”.[7] El futuro se acerca, se presiente y se debe experimentar desde las individualidades y las colectividades en una tensión dialéctica que va y viene. Cada pueblo experimenta de manera distinta el acceso y las dimensiones del futuro que viene de Dios, así como los acontecimientos históricos fundadores que le dan sentido y proyección a la visión del tiempo, como ha sucedido con los movimientos sociales que establecen discursos (las “narrativas” de las que tanto se habla hoy de manera un tanto inexacta) e instituciones, los cuales se desgastan y deben revisarse para actualizarlos y así seguir cumpliendo sus propósitos originales. De ahí que las iglesias actuales también deban valorar qué tipo de esperanzas ofrecen a las personas en medio de las nuevas situaciones. Porque el proyecto divino sigue vigente, pero debe reinterpretarse continuamente para advertir qué tanto se está comprendiendo, experimentando y promoviendo. En ello hay claras formas de continuidad con el mensaje profético.



[1] L. Alonso Schökel y J.L. Sicre Díaz, Profetas. I. Isaías. Jeremías. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1980, p. 294.

[2] Ídem.

[3] Ibid., p. 270.

[4] J.S. Croatto, Isaías. La palabra profética y su relectura hermenéutica. Vol. II: 40-55. La liberación es posible. Buenos Aires, Lumen, 1994, p. 91.

[5] L. Alonso Schökel y J.L. Sicre Díaz, op. cit., p. 295.

[6] Ídem.

[7] J.S. Croatto, op. cit., p. 92.

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