13 de julio, 2025
INTRODUCCIÓN: AUDIENCIA PÚBLICA
Audiencia pública. El tremendo juez de
la tremenda corte va a resolver un tremendo caso…
La mejor manera que encuentro para exponer este pasaje de Isaías es evocando esta tremenda serie radial y televisiva cubana, emitida desde 1942 hasta 1969. “La Tremenda Corte” presentaba casos donde Tres Patines siempre había cometido algún desafortunado hecho, ya sea contra Nananina o contra el pobre de Rudencindo. El señor Juez siempre un tanto confundido e indignado terminaba castigando al bribón de Tres Patines una y otra vez, mientras el señor secretario documentaba y narraba los hechos con jocosa precisión. ¿Y qué tienen que ver, se preguntarán, las desventuras de José Candelario Tres Patines con el profeta Isaías? Que en uno y otro caso, hay muchas y tremendas cosas que aclarar. Veremos que en nuestro pasaje están todos los personajes del juicio: Hay un tremendo caso, un denunciante y fiscal, un demandado, un abogado, un jurado, testigos, secretario y un tremendo Juez. Pero antes de ver quién es quién, es importante destacar que este caso no se discute en lo oscurito no buscará arreglos por debajo del agua. Se trata de una audiencia pública, a ojos vista, porque lo que está en juego es el nombre de Dios y el destino del pueblo de Israel aún cautivo en Babilonia. Es una convocatoria abierta ante las huestes del mundo entero.
A esta audiencia acude el pueblo de Israel acude como testigo convocado por Dios.
Pero
tú eres mi testigo, oh Israel—dice el Señor—.
Tú eres mi siervo.
Tú has
sido escogido para conocerme, para creer en mí
y comprender que solo yo soy Dios (vs 10).
Eso
significa “dar testimonio”, contar las cosas que Dios ha hecho con nosotros. Y
siendo testigos de Dios mismo, estamos llamados a contar la verdad. ¿Cuál es
esa verdad? Que nuestro Dios es el Dios más grande, nuestro liberador. Pero
aquí hay un asunto temporal, pues Israel debe dar testimonio de la liberación
de Dios aún cuando ellos siguen en Babilonia. Se trata del “perfecto
profético”, una forma gramatical de la literatura profética que habla en pasado
de lo que vendrá. ¿Su sustento? El testimonio de lo que Dios ya ha hecho antes.
Confiamos en lo que Dios hará en el futuro gracias al testimonio de lo que Dios
ha hecho en el pasado. Por eso hay que contar las maravillas de Dios a las
generaciones jóvenes, para que ellas también tengan la confianza en que Dios
también estará con ellos.
I. EL TREMENDO JUEZ
¡Reúnan a las naciones! ¡Convoquen a los pueblos del mundo! (vs 9). Todos están convocados a este peculiar tribunal, es fundamental que comprendamos a fondo quién es quién en esta escena que nos presenta Isaías 43. No es un juicio cualquiera; es una querella por decidir quién es el Dios de dioses, pero con giros que, si no fueran tan serios en su implicación, nos arrancarían una carcajada de asombro.
Primero, sentemos las bases. En este “tremendo caso”, el Denunciante y Fiscal es, sin lugar a duda, Dios mismo. — ¿Y qué viene a acusar el Denunciante, señor secretario? — El secretario nos dirá: Pues nada menos que el grave menosprecio de Su majestad, al ser comparado con los inertes dioses babilónicos. Ahora, viene el Testigo: Israel, se acomoda en su lugar a la espera de recibir indicaciones para pasar a testificar. Pero al pasar es confrontado con preguntas que no puede responder: “Israel, testificas que Dios es un dios liberador”, el testigo queda atónito y sin saber qué responder, no puso atención cuando su padre le contó la historia del Éxodo. Al testigo se le pregunta, “¿Cuáles maravillas ha hecho Dios” Nuevamente, silencio, Israel no escuchó cuando su abuelo le contó la liberación de los Jueces… Es como si no hubiera visto ni hubiera escuchado. Dios se da cuenta de que esos testigos no le sirven y no tiene más remedio en solicitar a la Corte:
Saquen
a la gente que tiene ojos pero está ciega,
que tiene oídos pero está sorda. (v 9).
Ahora
de ser testigo, Israel pasa también a Acusado: ha cometido el grave
crimen de olvidarse de Dios, de no reconocer sus prodigios ni alabar su
liberación. “¿Qué es lo que Dios ha hecho por ti hoy?” Quizá muchos de nosotros
tampoco pudiéramos responder a esa pregunta. A veces Dios actúa frente a
nosotros pero nosotros en nuestro apuro o distracción, no somos capaces de
verlo. ¡Algo así no puede quedar impune! De testigos a acusados… y ahora,
¿quién podrá defendernos? (aunque eso es de otro programa, no de la Tremenda
Corte). Pero justo cuando el testigo Israel no podría estar más impactado por ser
ahora Acusado, justo antes de salir de la sala, ve cómo Dios mismo toma su
lugar y asume también el rol de acusado. ¿Cómo? Ahora Dios mismo asume la
acusación de no ser un buen Dios para Israel. Este complicado juego de roles alguna
vez lo describió Karl Barth cuando, hablando de la predestinación dijo:
Dios eligió
Su propia parte el lado negativo de la divina predestinación…esta parte no es
una parte del hombre… Él se declaró a Sí mismo culpable de la contradicción
contra Sí mismo en la cual el hombre está envuelto…[1]
¡Qué tremenda situación! Dios llegó a acusar a las naciones de ser comparado con otros dioses, llamó a su testigo Israel que resultó igual de incrédulo y por eso se volvió acusado. Pero Dios, que ama a su pueblo, asume la culpa que pesa sobre Israel y procede, en este juicio, ¡a defenderse a sí mismo, convirtiéndose ahora en Abogado de su propio pueblo, que antes era su testigo y al que había acusado… juzguen ustedes si una situación así no es digna de un capítulo de la Tremenda Corte o algún sketch de película cómica de abogados.
Si pudiéramos imaginar el juicio a estas alturas sería algo así:
Dios: ¡Su Señoría, Honorable Juez! Me presento hoy ante este augusto tribunal para defender a mi cliente… que, dicho sea de paso, es mi propio pueblo, ¡Israel! Y de paso, a defenderme a mí mismo, ¡demostrando que soy el Dios más poderoso!
Juez: ¿Y qué pruebas da usted de ese poderío? Porque acá hay otros dioses de otras naciones que no están de acuerdo.
Dios: Bien, yo les pregunto a estas naciones: ¿Cuál de sus ídolos acaso predijo cosas semejantes? ¿Cuál de ellos puede predecir lo que sucederá mañana? ¿Dónde están los testigos de tales predicciones? ¿Quién puede comprobar que han dicho la verdad? (v. 9)
Y a todo esto, ¿quién es el Juez? Como si no fueran ya suficientes giros, el tremendo Juez levantará la mirada para contemplar a la audiencia, y al alzar el rostro todos podremos ver que el tremendo Juez no es otro, ¡que Dios mismo! Y es que en efecto, en Isaías 6 Dios es presentado como “Glorioso”, esta palabra, en hebreo (kabod) significa algo pesado, alguien portentoso, o nunca mejor dicho, a un Dios tan tremendo como fascinante.
II. DE LA TREMENDA CORTE
En esta Tremenda Corte, la escala de la justicia divina se expande más allá de lo humanamente concebible. No estamos ante un tribunal municipal donde se juzgan meras rencillas vecinales o pequeños delitos. ¡No, señores! Aquí, los convocados al juicio no son simples individuos: naciones enteras se agrupan, se congregan a instancia del Altísimo para dar testimonio.
Entre estos poderosos comparecientes, destaca una figura arrogante y temida: Babilonia. Una metrópolis que se creía dueña del destino, cuya "alegría" se alzaba sobre la desdicha de los exiliados. Pero también comparecen otras naciones que, en contexto de Isaías podrían ser Egipto y hasta la mismísima Persia, que muy pronto se volverá en la conquistadora de Babilonia. Pero además, junto a las naciones, también se congregan dioses, sí, ¡entidades que eran veneradas y temidas por los pueblos de la antigüedad! Seres que reclamaban poder y gloria, ahora se ven forzados a comparecer ante el único y verdadero Soberano.
Aunque nosotros sabemos que solo existe un Dios, en el contexto cultural e histórico del profeta Isaías, las demás naciones creían que había más dioses. Y el gran conflicto aquí es que Israel mismo había tomado esa misma creencia. Ahora bien, ciertamente lo de menos es si tales dioses existían o no. Lo que está causando esta querella es que Israel no valore a Dios en toda su gloria. Por eso el pasaje está armado de este modo tan portentoso, con una convocatoria cósmica: humanos naciones, dioses mismos.
Esta tremenda corte no solo es tremenda por los convocados, sino porque Dios mismo está ahí, dando testimonio y prueba de Su inmenso poder. Es una confrontación sin igual, donde el poder divino no se esconde, sino que se expone, desafiando a todo y a todos a reconocer Su grandeza. El mismo Dios declara, con una autoridad inquebrantable: "Solo yo soy Dios, solo yo puedo salvarlos". Y el veredicto final, la destrucción de la soberbia babilónica, será una manifestación innegable de quién es "el Dios santo de Israel, su creador y su rey".
Esto
nos da una lección muy importante. Dios no necesita defensores, paladines de la
justicia que demuestren su existencia ni aboguen por su justicia. Isaías 43 es
un testimonio muy claro de que Dios se defiende a sí mismo. Nosotros no
defendemos a Dios, solo podemos dar testimonio de su poder. Pero debemos tener
oídos atentos y ojos bien abiertos.
III. VA A RESOLVER UN TREMENDO CASO
Llega el momento culminante: ¡la resolución del Tremendo Caso! La tensión ha sido palpable, el drama, inmenso. El testimonio de Israel, ese pueblo que se tambaleaba en la dura realidad del exilio babilónico, confrontado con su propia ceguera y sordera espiritual, parece un callejón sin salida. Pero es justo aquí, en la encrucijada de la desesperación humana y la incomprensión, donde Dios, el Denunciante-Acusado-Abogado-Juez, decide intervenir prodigiosamente.
¿Cómo
lo hace? Con huestes. Pero no hablamos de ejércitos humanos con insignias y
fusiles. Estas "huestes" apelan a poderes cósmicos, a la mismísima
urdimbre del universo: ángeles que velan, estrellas que combaten en sus órbitas
y elementos primordiales que se pliegan a Su voluntad, activando fuerzas
inimaginables para transformar la realidad. Un poder de tal magnitud era
necesario, pues el testimonio de Dios en este pasaje no podía ser sino de una
escala monumental, un correlato de Su poder universal. Como dice Isaías, Dios derribará
"todas las puertas de la ciudad".
Este Tremendo Caso se resuelve, entonces, no por la lógica de los imperios o las limitaciones humanas, sino por el tremendo poder de Dios, que demuestra no estar atado a ninguna nación, a ningún gobierno terrenal, como si lo creían esos orgullosos babilonios. Su poder es universal, trascendente, más allá de las fronteras geopolíticas y las ambiciones efímeras. Es el momento en que el Acusado (Dios, al tomar el lugar de Su pueblo) se defiende a Sí mismo, para que el Tremendo Juez del universo (que también es Él) declare con la mayor contundencia: "Yo soy el Señor, tu Santo, el Creador y Rey de Israel".
Esta declaración final, que remonta al Creador, es la promesa de un nuevo comienzo: el nuevo comienzo del pueblo, en una ciudad renovada. Este juicio anticipa la liberación de Israel que está próxima a llegar cuando, finalmente, regresen del cautiverio. Así obra nuestro Dios, no solo en esos tiempos, sino también, ahora mismo.
Así como en la creación del Génesis Dios hizo surgir del caos algo "bueno en gran manera", ahora, nuevamente, muestra a esta nueva generación, una nueva creación, una renovación radical. En Cristo, esto implica ser "nuevas criaturas", ver a Dios como el Creador que una y otra vez renueva Su poder y misericordia para transformarnos. Este tremendo caso revela que Cristo nos libera con el mismo poder con el que Dios liberó a Su pueblo. Lo que es real a escala cósmica, es real a nivel de nuestra vida particular. Nuestro Dios es el Santo, el Creador, el Rey; sí, como fue Denunciante, Acusado, Abogado y Juez.
Sin duda, fue un caso complicado, pero el objetivo de esta puesta en escena con trasfondo jurídico era que Dios le mostrara a Israel que está en Sus manos y que no debe dudar, sino confiar.
CONCLUSIÓN: ¡QUE VENGA LA SENTENCIA!
El
Dios de Israel tiene toda la razón, los demás dioses son ídolos vanos, sin
poder para liberar a favor de su pueblo. Solo el Dios de Israel es el poderoso,
que libera de la opresión a su pueblo. Lo ha hecho en el pasado, lo hace en el
presente, y lo hará en el futuro. El Dios de Israel cuida a su pueblo, no solo
perdona sus pecados, asume su lugar. Cristo ha tomado nuestro lugar de
condenación y a cambio nos otorga su liberación. Debemos confiar, pero aún si
dudáramos, Dios es fiel y justo. De eso se trató este juicio, de Dios y solo de
Dios. Dios acusando, defendiendo, dictaminando… porque el mensaje de Isaías
trata de lo que Dios hace y de cómo nosotros debemos con atención conocer sus
prodigios para testificarlos ante todas las naciones y ante todas las huestes
celestiales.
[1] MCGRATH, Alister (ed.), The christian theology reader,
Oxford & Cambridge , Blackwell Publisher, 1995, pág. 247.
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