3 de agosto 2025
Yo creo en tu palabra.
¡Dame más sabiduría e inteligencia!
Salmo 119.66, Reina-Valera Contemporánea
Me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo seco de los libros sagrados y volver a hacer marchar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de mi corazón. Me gusta desmoronar esas costras que han ido poniendo en los poemas bíblicos la rutina milenaria y la exégesis ortodoxa de los púlpitos para que las esencias divinas y eternas se muevan otra vez con libertad. […] El poeta al volver a la Biblia, no hace más que regresar a su antigua palabra porque ¿qué es la Biblia más que una Gran Antología Poética hecha por el Viento y donde todo poeta legítimo se encuentra?
León Felipe, “¿Qué es la Biblia?”, en Ganarás la luz
Trasfondo
Celebrar la presencia de la palabra divina en medio de la comunidad de fe es algo que ésta debe hacer como un reconocimiento de cómo Dios se acerca a la humanidad y desea influir en ella mediante los beneficios de sus enseñanzas antiguas, pero siempre vivas y actuales. Acercarse a ella permanentemente garantiza la obtención de la luz que brota por la mediación del Espíritu que la inspiró y la actualiza en la mente, el corazón y la vida de los lectores/as sinceros que busquen la instrucción divina. Por eso hay quienes insisten en que la mejor traducción para la palabra Torá no es ley sino precisamente instrucción,[1] por lo que es necesario que siempre nos dejemos instruir por ella. Es posible recordar aquí la formulación que del Sal 94.12b: el individuo es instruido a partir de la torá. Y también, como se ha dicho en otros momentos, dejarnos leer, atravesar por ella (“…pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”, Heb 4.12).[2]
En el Salmo 119, “la torá no es una magnitud estática sino un poder creador,
dador de vida. La torá tampoco es algo impersonal, absoluto, sino que es una dabar
(palabra) que viene de la persona majestuosa de Yahvé, que interpela a la
persona. Todas las fuerzas sanantes, salvadoras y creadoras de la torá nacen de
que es producto de la boca de Yahvé, es decir, palabra pronunciada, dicha (vox
viva)”.[3]
La sabiduría e inteligencia que vienen de Dios (vv. 65-68)
Como bien sabemos, el Salmo 119 es una larga cadena de testimonios y peticiones que, expresadas en primera persona, manifiestan la espiritualidad de quien se expresa a lo largo del poema. Los diferentes registros de fe que aparecen describen muy bien los estados de ánimo del creyente que habla. Esta sección (Tet) lo muestra como alguien agradecido por las bondades de Dios derivadas de su promesa (v. 65). Por ello, solicita sabiduría y buen juicio para actuar en la vida (66) pues reconoce, como en el Salmo 1 que la meditación en ella puede ser la raíz de una vida bendecida. Es preciso llevar la instrucción en el corazón y tenerla íntimamente presente para recibir sus beneficios.
“Las relaciones con
los mandamientos se describen con el verbo ‘confiar’. El creyente asienta firmemente
su vida en las enseñanzas divinas, después de haberse descarriado anteriormente
(v. 67). En el v. 67 se describe el sufrimiento al que se ha visto abocado el siervo
de Yahvé, como un ‘sufrimiento educativo’ (cf. también el v. 71, “Bueno me es
haber sido humillado, / para que aprenda tus estatutos”; Sal 118.18: “Me
castigó gravemente Yahvé, / mas no me entregó a la muerte”)”.[4]
La bondad del Señor está en estrecha relación con sus estatutos.
Sus enseñanzas son más valiosas que el oro o la plata (vv. 69-72)
“Las mentiras y las calumnias de los ‘malvados’ pusieron al orante en gran tribulación (v. 69s). La ‘estrofa’ termina en el v. 72 con una máxima sapiencial (cf. Sal 19.11: “Tu siervo es además amonestado con ellos; / en guardarlos hay grande galardón”). Para el obediente, las enseñanzas de Yahvé son el bien más preciado”.[5] Esta realidad concreta marca la diferencia entre ser malvado y dejarse guiar por las enseñanzas de la ley/instrucción de la misma manera en que lo hace el primer Salmo. Luego se reitera el valor didáctico del sufrimiento, de la prueba, a fin de aprender de manera directa los mandamientos divinos, no ya de un modo teórico sino sobre la marcha, en medio de la vida cotidiana.
Ése es el
valor práctico de la instrucción divina que sirve para aplicarla en los hechos
vitales, no como una doctrina estática, más bien como una enseñanza dinámica
verificada en las situaciones concretas. Por último, se reitera el valor
sustancial de la “ley de la boca” divina que es superior a los bienes
materiales, “oro y plata” (72), tal como lo afirma el Sal 19.10a. No puede
haber parangón entre las riquezas espirituales de la ley divina y las materiales
que no permanecen y que, además, están ligados a la idolatría.
Conclusión
La celebración y alabanza de la palabra divina en medio de las comunidades de fe solamente puede completarse con su obediencia y práctica continuas. El mero conocimiento acumulativo o la repetición memorizada de los textos no garantiza que la instrucción divina aterrice en la realidad para cambiarla y mostrar las bendiciones del Señor. Es preciso convertirse en “hacedores de la Palabra”, tal como intuyó el apóstol Santiago (5.22).
Este ideal práctico, al que se debe
aspirar de manera persistente, ha de caracterizar a todas las personas y
comunidades que expresen un afecto especial por las enseñanzas bíblicas. La
mejor relación que se puede tener con la palabra bíblica es la obediencia y la
acción transformadora basada en ella para así experimentar su poder de cambio y
salvación.
[1] Roland
Meynet, Leer la Biblia: Una explicación para comprender. Un ensayo para
reflexionar. México, Siglo XXI Editores,
2003, p. 25.
[2] Cf. Hans-Ruedi Weber, El libro que me lee. Manual para formadores en
el estudio de la Biblia. Santander, Sal Terrae, 1996; y Carlos Martínez García, “El libro que me lee”, en Protestante
Digital, 9 de septiembre de 2006, https://protestantedigital.com/kairos-y-cronos/8396/el-libro-que-me-lee.
[3] Hans-Joachim Kraus, Teología de los Salmos. Salamanca, Ediciones
Sígueme, 1985, p. 43.
[4] H.-J. Kraus, Los Salmos. II. 60-150. Salamanca, Ediciones Sígueme,
1991, p. 614.
[5] Ídem.
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