14 de septiembre, 2025
Hermanos, Dios los llamó a ustedes a ser libres, pero no usen esa libertad como pretexto para hacer lo malo. […] Pero si obedecen al Espíritu de Dios, ya no están obligados a obedecer la ley.
Gálatas 5.13a, 18, Traducción en Lenguaje Actual
Trasfondo
El
discurso del apóstol Pablo a los Gálatas sobre la libertad cristiana remite
inevitablemente a las palabras del Señor Jesús en Juan 8.32 y 36: la verdad
libera y sólo si el Hijo del Hombre hace libre, se experimenta la verdadera
libertad. La capacidad liberadora del Señor es el centro del mensaje del
apóstol a los gentiles que desconocían el compromiso al que obligaba la ley judía.
Ésta podía ser entendida y practicada por quienes aceptan sus limitaciones y
exigencias, pero para quienes han probado la libertad, que era el caso de sus
conversos en Iconio, Listra y Derbe (Hch 14), la aceptación de la ley judía era
un verdadero obstáculo para disfrutar la libertad obtenida en Cristo. Él es el
liberador absoluto de todas las opresiones que puede enfrentar la humanidad: “En
el Nuevo Testamento el hombre ve apuntar un brote concreto de libertad cada vez
que Jesús trae algo de la soberanía divina a un mundo encadenado y alienado.
Porque la libertad del hombre se entendió siempre como el correlato de la
soberanía divina. Por esto en el Nuevo Testamento aparece el singular
paralelismo entre Dios y hombre: todo es posible para Dios - todo es posible
para el creyente. El que cree participa en la libertad y en el poder de Dios —y
el poder está entendido aquí como poder de creación sobre las criaturas—”.[1] Definitivamente
Pablo fue el apóstol de la libertad cristiana.
Pablo predica la libertad de Cristo, no
la circuncisión (vv. 10-12)
El
problema de la libertad para los gálatas era caer de la gracia de Dios si asumían
la postura contraria a la del apóstol. El mensaje anunciado entró en crisis con
las enseñanzas judías porque se distanció radicalmente de las prácticas judías
como la circuncisión. Sus adversarios querían acorralarlo con la acusación de
que lo hacía (v. 11a). “Pablo espera que los gálatas piensen la misma cosa de
él, a saber: que el evangelio basta para la salvación”.[2] En ese contexto,
se contrasta lo que predicaba Pablo con las enseñanzas que podían alejar de la
libertad de Cristo a los gálatas.
El
rechazo de la circuncisión “tiene el amor como base: por amor a los gálatas,
para que no caigan de la gracia, el apóstol rechaza fuertemente el propósito de
ellos de recibir la circuncisión”.[3]
La cruz del Señor tenía que estar muy por encima de lo que se buscaba con la
circuncisión, es decir, integrarse al pueblo histórico del pacto (la parte más
positiva de ese ritual). Pablo se escandalizó con aquellos que perturbaban a
los gálatas. Llama mucho la atención que Pablo enfrente a sus propios hermanos
de fe en un “territorio neutral” ajeno a esa fe común. Era, consecuentemente, un
conflicto que inevitablemente surgiría al salir el Evangelio de Jesucristo de
las fronteras de Palestina. Afirmar que el ungido de Dios tuvo una muerte tan
vergonzosa era un verdadero escándalo para esos “oídos castos”. “Para el apóstol
es importante que la cruz de Jesús sea siempre escándalo. El día que deje
de serlo la fuerza de Dios desaparecería frente a los poderes perversos del
mundo y la muerte de Jesús sería en vano (cf. 1.4)”.[4]
Pablo estaba verdaderamente indignado (v. 12).
Llamados a la libertad (vv. 13-18)
La afirmación inmediata de Pablo es enfática: Dios los llamó a la libertad, pero esa libertad no debe ser pretexto para practicar la maldad (13a). “La libertad tiene otro enemigo: el libertinaje, el abuso de la libertad, porque se puede imaginar que la libertad en Cristo abre el camino para hacer lo que agrada al hombre ya que no hay ley”.[5] La libertad es una llamada, una vocación, una transformación total. Dios otorga los medios para enfrentarse con el riesgo de la libertad. El que ésta enfrenta podría desnaturalizarla y volverla su contrario, lo que choca frontalmente con lo que ella significa. Afianzarla en la vida de un individuo, de un pueblo o de una sociedad cuesta mucho trabajo, prueba de ello lo fueron los esfuerzos de los libertadores mexicanos, particularmente Morelos, que intentaron introducir prácticas nuevas, democráticas para preparar a sus huestes en el camino de la nueva situación. Él, especialmente, determinó someterse a los dictados del Congreso de Apatzingán (1814), dando un firme paso al avance de la lucha por la independencia del país. Recaer en el libertinaje es una verdadera negación de la libertad.
Si
el ser humano piensa que puede vivir a su gusto, se pone en jaque la verdadera
libertad en Cristo, pero el apóstol señala que, por el contrario, la libertad
debe expresarse y vivirse en el amor y en la ayuda al prójimo (13b). Toda la
ley de Dios, en la línea de Jesús, se resume en el mandamiento de amar a los
demás como a uno mismo (14b, Lv 19.18). El Señor Jesús es la fuente de la libertad,
por lo que apartarse de él hace que se recaiga de la gracia y se vuelve a
confiar en las obras propias: “El amor de Cristo incita el amor al prójimo y no
puede hacer distinciones ni diferencias entre los que merecen ser amados y los
demás que no lo merecen”. El amor es definitivamente el cumplimiento de la ley.
Los odios y rencores siempre serán destructivos (15). Por ello, la obediencia
al Espíritu permite superar las tendencias contrarias a la libertad obtenida
por el Señor Jesús (16). El Espíritu se opone a los malos deseos (17a) opuestos
a la libertad y que la tergiversan. Por eso no puede haber libertinaje sino en
contra del Espíritu del Señor (17b). Sólo si se obedece al Espíritu divino se
puede descansar de la obediencia estricta de la ley (18).
Conclusión
La
libertad obtenida por el Espíritu del Señor es un grandioso son que no se debe
desperdiciar de ningún modo, pues, al contrario, debe producir frutos de amor y
de justicia. La verdadera libertad no se muestra en hacer simplemente lo que se
desee sino en aplicar en los demás una ética de justicia, paz y armonía acorde
con la actuación del Espíritu en la vida de los seres humanos. Por eso las
palabras del apóstol resuenan intensamente en los oídos de la iglesia y de la
humanidad de todos los tiempos: “Donde está el Espíritu de Dios, allí hay
libertad” (II Corintios 3.17).
[1] Jürgen Moltmann, “El
cristianismo como religión de libertad”, en Convivium, núm. 26, 1968, p.
44, https://raco.cat/index.php/Convivium/article/view/76338/98937.
[2] Carlos Lenkersdorf, Comentario
sobre la epístola a los Gálatas. México, El Escudo, 1960, p. 92.
[3] Ibid., p. 93.
[4] Elsa Tamez, “Carta a los
gálatas”, en Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella,
Verbo Divino, 2015, p. 917.
Énfasis agregado.
[5] C. Lenkersdorf, op. cit.,
p. 95.
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