sábado, 13 de septiembre de 2025

Llamados/as a vivir en el Espíritu de la libertad (Gálatas 5.10-18). Pbro. L. Cervantes-Ortiz


14 de septiembre, 2025

 

Hermanos, Dios los llamó a ustedes a ser libres, pero no usen esa libertad como pretexto para hacer lo malo. […] Pero si obedecen al Espíritu de Dios, ya no están obligados a obedecer la ley.

Gálatas 5.13a, 18, Traducción en Lenguaje Actual

 

Trasfondo

El discurso del apóstol Pablo a los Gálatas sobre la libertad cristiana remite inevitablemente a las palabras del Señor Jesús en Juan 8.32 y 36: la verdad libera y sólo si el Hijo del Hombre hace libre, se experimenta la verdadera libertad. La capacidad liberadora del Señor es el centro del mensaje del apóstol a los gentiles que desconocían el compromiso al que obligaba la ley judía. Ésta podía ser entendida y practicada por quienes aceptan sus limitaciones y exigencias, pero para quienes han probado la libertad, que era el caso de sus conversos en Iconio, Listra y Derbe (Hch 14), la aceptación de la ley judía era un verdadero obstáculo para disfrutar la libertad obtenida en Cristo. Él es el liberador absoluto de todas las opresiones que puede enfrentar la humanidad: “En el Nuevo Testamento el hombre ve apuntar un brote concreto de libertad cada vez que Jesús trae algo de la soberanía divina a un mundo encadenado y alienado. Porque la libertad del hombre se entendió siempre como el correlato de la soberanía divina. Por esto en el Nuevo Testamento aparece el singular paralelismo entre Dios y hombre: todo es posible para Dios - todo es posible para el creyente. El que cree participa en la libertad y en el poder de Dios —y el poder está entendido aquí como poder de creación sobre las criaturas—”.[1] Definitivamente Pablo fue el apóstol de la libertad cristiana.

 

Pablo predica la libertad de Cristo, no la circuncisión (vv. 10-12)

El problema de la libertad para los gálatas era caer de la gracia de Dios si asumían la postura contraria a la del apóstol. El mensaje anunciado entró en crisis con las enseñanzas judías porque se distanció radicalmente de las prácticas judías como la circuncisión. Sus adversarios querían acorralarlo con la acusación de que lo hacía (v. 11a). “Pablo espera que los gálatas piensen la misma cosa de él, a saber: que el evangelio basta para la salvación”.[2] En ese contexto, se contrasta lo que predicaba Pablo con las enseñanzas que podían alejar de la libertad de Cristo a los gálatas.

El rechazo de la circuncisión “tiene el amor como base: por amor a los gálatas, para que no caigan de la gracia, el apóstol rechaza fuertemente el propósito de ellos de recibir la circuncisión”.[3] La cruz del Señor tenía que estar muy por encima de lo que se buscaba con la circuncisión, es decir, integrarse al pueblo histórico del pacto (la parte más positiva de ese ritual). Pablo se escandalizó con aquellos que perturbaban a los gálatas. Llama mucho la atención que Pablo enfrente a sus propios hermanos de fe en un “territorio neutral” ajeno a esa fe común. Era, consecuentemente, un conflicto que inevitablemente surgiría al salir el Evangelio de Jesucristo de las fronteras de Palestina. Afirmar que el ungido de Dios tuvo una muerte tan vergonzosa era un verdadero escándalo para esos “oídos castos”. “Para el apóstol es importante que la cruz de Jesús sea siempre escándalo. El día que deje de serlo la fuerza de Dios desaparecería frente a los poderes perversos del mundo y la muerte de Jesús sería en vano (cf. 1.4)”.[4] Pablo estaba verdaderamente indignado (v. 12).

Llamados a la libertad (vv. 13-18)

La afirmación inmediata de Pablo es enfática: Dios los llamó a la libertad, pero esa libertad no debe ser pretexto para practicar la maldad (13a). “La libertad tiene otro enemigo: el libertinaje, el abuso de la libertad, porque se puede imaginar que la libertad en Cristo abre el camino para hacer lo que agrada al hombre ya que no hay ley”.[5] La libertad es una llamada, una vocación, una transformación total. Dios otorga los medios para enfrentarse con el riesgo de la libertad. El que ésta enfrenta podría desnaturalizarla y volverla su contrario, lo que choca frontalmente con lo que ella significa. Afianzarla en la vida de un individuo, de un pueblo o de una sociedad cuesta mucho trabajo, prueba de ello lo fueron los esfuerzos de los libertadores mexicanos, particularmente Morelos, que intentaron introducir prácticas nuevas, democráticas para preparar a sus huestes en el camino de la nueva situación. Él, especialmente, determinó someterse a los dictados del Congreso de Apatzingán (1814), dando un firme paso al avance de la lucha por la independencia del país. Recaer en el libertinaje es una verdadera negación de la libertad.

Si el ser humano piensa que puede vivir a su gusto, se pone en jaque la verdadera libertad en Cristo, pero el apóstol señala que, por el contrario, la libertad debe expresarse y vivirse en el amor y en la ayuda al prójimo (13b). Toda la ley de Dios, en la línea de Jesús, se resume en el mandamiento de amar a los demás como a uno mismo (14b, Lv 19.18). El Señor Jesús es la fuente de la libertad, por lo que apartarse de él hace que se recaiga de la gracia y se vuelve a confiar en las obras propias: “El amor de Cristo incita el amor al prójimo y no puede hacer distinciones ni diferencias entre los que merecen ser amados y los demás que no lo merecen”. El amor es definitivamente el cumplimiento de la ley. Los odios y rencores siempre serán destructivos (15). Por ello, la obediencia al Espíritu permite superar las tendencias contrarias a la libertad obtenida por el Señor Jesús (16). El Espíritu se opone a los malos deseos (17a) opuestos a la libertad y que la tergiversan. Por eso no puede haber libertinaje sino en contra del Espíritu del Señor (17b). Sólo si se obedece al Espíritu divino se puede descansar de la obediencia estricta de la ley (18).

 

Conclusión

La libertad obtenida por el Espíritu del Señor es un grandioso son que no se debe desperdiciar de ningún modo, pues, al contrario, debe producir frutos de amor y de justicia. La verdadera libertad no se muestra en hacer simplemente lo que se desee sino en aplicar en los demás una ética de justicia, paz y armonía acorde con la actuación del Espíritu en la vida de los seres humanos. Por eso las palabras del apóstol resuenan intensamente en los oídos de la iglesia y de la humanidad de todos los tiempos: “Donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad” (II Corintios 3.17).



[1] Jürgen Moltmann, “El cristianismo como religión de libertad”, en Convivium, núm. 26, 1968, p. 44, https://raco.cat/index.php/Convivium/article/view/76338/98937.

[2] Carlos Lenkersdorf, Comentario sobre la epístola a los Gálatas. México, El Escudo, 1960, p. 92.

[3] Ibid., p. 93.

[4] Elsa Tamez, “Carta a los gálatas”, en Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2015, p. 917. Énfasis agregado.

[5] C. Lenkersdorf, op. cit., p. 95.

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