sábado, 25 de octubre de 2025

"Sólo la gracia": la apertura total de Dios (Efesios 2.1-10), Rev. Javier Ulloa Castellanos

26 de octubre, 2025 

Hoy recordamos el 508 aniversario del inicio de la Reforma Protestante, cuando el monje agustino Martin Lutero pega en la puerta de la catedral de Wittenberg sus famosas 95 tesis. Y lo recordamos porque una iglesia sin historia es una iglesia sin identidad, sin claridad ni criterios. Como iglesias evangélicas y reformadas recordamos la multifacética obra de las y los reformadores, no solo del siglo XVI, sino anteriores y posteriores, para no olvidar que no debemos, no podemos, no necesitamos, como dice la Biblia, conformarnos a este siglo, sino por el contrario, debemos transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, como fruto de la gracia de Dios en su Hijo Jesucristo, y comprobar con ello que estamos en la sintonía de la agradable y perfecta voluntad de Dios. 

Una reforma religiosa y espiritual, a la vez que social y cultural había sacudido las conciencias y las estructuras de la sociedad europea. Las y los reformadores dijeron no más, basta ya, la vida cristiana no puede seguir así. Hay que volver a las fuentes, hay que despojarnos de las lápidas que han apresado la vida en la gracia de Dios, en la fe en Jesucristo, hay que sacar la Biblia de las exclusivas escuelas y monasterios y hacerla accesible a quienes les pertenece, a quienes les fue dirigida, al pueblo, a los hombres y las mujeres, a los jóvenes y los ancianos, a los niños, niñas y a los que son diferentes. Hay que devolverle la dignidad al ser humano y su derecho a creer voluntariamente, y a volverse a Dios por amor y no por terror; pero también a quitarse el miedo de saborear la cercanía de un Dios que se abre de totalmente para hacerse compañero del camino. Hay que danzar la propia vida con Cristo y abrirse al prójimo que necesita escuchar esta “Buena Noticia”. Pero, finalmente, hay que honrar a Quien se debe honrar y no a otros, hay que darle la gloria y el honor a Quien es el único que lo merece y no a otros. 

Las puertas de entrada a la vida sencilla y a la vez poderosa de Dios se habían abierto, como el velo del templo, cuando se rasga en dos al tiempo que Jesús moría. Algo nuevo había comenzado, un nuevo horizonte se presentaba abierto y amplio; lleno de esperanzas y desafíos delante de todos. La expectación se esparce por todos los rincones del vasto territorio cristiano. Una nueva manera de entender el ser y la obra de Dios; pero también la relación con él y entre los demás. 

Un mundo cerrado a la gracia de Dios (vv. 1-3). 

El apóstol Pablo escribe esta carta a la iglesia que se encontraba en la ciudad de Éfeso en Asia Menor, hoy Turquía. La carta se centra en lo que Dios hizo a través de la obra histórica de Jesucristo y lo que hace ahora en ellos a través de su Espíritu, con el fin de construir su nueva comunidad en medio de la antigua sociedad. Decirlo así de rápido es fácil, pero decírselo a esa pequeña comunidad de cristianos en medio de la ciudad más rica e importante de la región, cuyo puerto era el principal de toda Asia Menor y con un dominio de las rutas comerciales más estratégicas hacia toda Mesopotamia. Además, la ciudad se preciaba por tener el mayor templo dedicado a Artemisa o Diana (Hech.19:24), de tener un extraordinario Gimnasio, uno de los más majestuosos teatros, una biblioteca de dos pisos, y una lujosa avenida de unos dos metros de ancho, pavimentada con mármol y flanqueada por bellas columnas que corría desde el centro de la ciudad hasta el puerto. Era una ciudad que recibía grandes peregrinaciones religiosas, mismas que le generaba gran prestigio, así como cuantiosas derramas económicas. Por si fuera poco, en el año 29 ac. Éfeso había sido la ciudad pionera del culto al Emperador romano en Asia, y para los tiempos finales del primer siglo ya había fusionado los cultos a Artemisa y al Emperador. Pablo escribe para afirmar a la iglesia en la idea de que Dios ha decidido reunir todas las cosas en Cristo. Jesús es el centro en quien se unen todas las cosas y el lazo que todo lo liga. Pablo tiene la convicción de que los innumerables hilos rotos de la sociedad, la desunión con la naturaleza, entre los seres humanos, la desunión entre las personas con Dios puede convertirse en unidad cuando todos los seres humanos y todos los poderes se unan en Cristo. 

Pablo presenta en los primeros tres versos una descripción de la condición humana apartada de Dios, que nos abarca a todos, la vida sin Cristo. Es como un diagnóstico universal del ser humano caído, en una sociedad caída, en cualquier parte del mundo. Ya no se trata de judíos, gentiles o paganos, de acuerdo con la sociedad de su tiempo, sino del concepto universal de muerte, que describe la condición y esclavitud bajo poderes extraordinarios: el mundo como un sistema de maldad. Pablo utiliza dos palabras claves, la muerte en delitos y pecados. Delitos es dar un paso en falso, un resbalón o caída que incluye cruzar un límite conocido o desviarse del camino correcto. Pecado es errar al blanco, de fallar, no alcanzar la medida de lo que se pretende y de una deliberada hostilidad contra Dios. Es una transgresión personal y social que impregna la vida, es: “seguir la corriente de este mundo conforme al príncipe de las potestades del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (v.2). La expresión: muertos en vida, señala una existencia atada a la dolorosa experiencia de la esclavitud, viviendo tras rejas del desamor, las injusticias, los odios y rencores, frustraciones de todo tipo, equívoco de lealtades y frialdad ante el dolor humano. Si las prisiones físicas impiden la construcción de una vida libre, también hay prisiones que se han construido en los corazones de las personas y se vuelven en un mal social y para estas no hay condenas que los puedan librar, ni trabajos forzados, ni mandas sacrificiales que puedan salvarlos de sus consecuencias. El ser humano ha hecho de la tierra, el mundo y sus relaciones, cárceles de dolor y desgracia. 

El escritor chileno Luis Sepúlveda (1949-2020), en su libro Patagonia Express, alude a que en una ocasión de regreso a la Patagonia su ciudad natal, viajaba a bordo de un barco “El Colono”. Dos de los tripulantes discuten con un anciano pálido que insiste en llevar consigo un ataúd. Ellos aluden a que eso trae mala suerte. Lo amenazan con tirarlo por la borda. El hombre grita que está gravemente enfermo y que está en su derecho de aspirar un entierro decente. Finalmente llega el capitán y logran un acuerdo: lo llevan con cajón y todo, pero él se compromete a no morir durante el viaje. ¿Cuántos de nosotros caminamos en la vida cristiana con tal actitud de derrota que estamos anticipando la muerte de todo? La Iglesia no puede caminar con esa mentalidad. Esto no nos enseñó la Reforma que hoy recordamos.

La apertura total de la gracia de Dios (vv. 4-10) 

¡Pero! Bendita conjunción adversativa. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó…” (v.4). Nos dio vida, nos resucitó y sentó con Cristo (v.5-7). Pablo nos describe la gracia que se manifiesta a través de la vida y obra de Jesucristo. Esta apertura de Dios hacia nosotros y toda la humanidad es fruto de su gracia. Si nuestra rebeldía provoca su ira, nuestra miseria toca el corazón de Dios que se manifiesta en su profundo amor. 

Y aquí viene la razón de su actuar: “Por gracia son salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (v.5,8). La gracia es la acción gratuita y radical de Dios, operada en su totalidad por Jesucristo, su Hijo. Nada podemos hacer por ello, más que aceptar que hemos sido aceptado. La fe es el instrumento que espera y recibe agradecido el don de Dios y persevera en esa actitud. Esto lo entendieron las y los reformadores, cuando proclaman: “Sola gracia”. 

La Reforma transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo, o por obras, en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, dándole un lugar central a la gracia y a la fe personal. Pero eso sí, esa misma gracia exige frutos de justicia: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ella” (Ef. 2:8-10). No es la gracia barata del "evangelio de ofertas", que muy frecuentemente se predica hoy en día. Es la gracia que se aprecia y se paga el precio con una vida que se consagrada a Jesucristo y sólo a él, se obedece a Jesucristo y solo a él, se sigue a Jesucristo y sólo a él, y se alaba a Jesucristo y sólo a él ¿Por qué? Porque de él somos lo que somos, y por él vivimos con la esperanza que nos infunde su amor, y por él esperamos ese futuro pleno que nos ha preparado al final de los tiempos. Porque él nos ha mirado con otros ojos y nos ha dado, por amor, el derecho de convertirnos en hombres y mujeres nuevos. Con nuevas oportunidades, nuevos derechos, nuevas promesas y un nuevo poder. Todo lo podemos en Cristo en virtud de su gracia admirable. Él lo ha hecho todo, nada ha quedado pendiente, nada es imposible, con nada podemos pagar la obra de su redención; pero tampoco, podemos hacer de su gracia una vida irresponsable, con una espiritualidad y una fe medianas, una esperanza mediana, y un compromiso mediano. Esto es abaratar la gracia. ¡No os conforméis a este siglo! 

La Reforma tiene que seguir reformándose, comenzando en cada uno de nosotros. Sabemos que hay cosas que no pueden seguir como están, y no sólo en nuestras relaciones humanas, familiares, como país, y en este mundo, donde vemos cómo sin menoscabo alguno un gobierno masacra la vida de niños y ancianos inocentes y lo presentan como un espectáculo que hay que observar sin asombro y sin movilizarnos para denunciarlo e impedirlo. Una reforma en el cultivo de nuestra fe, en nuestra relación con Dios, con su Palabra, con los frutos de su gracia y con el testimonio que debemos dar a un mundo que hace de Dios un fetiche, y no un Salvador, un refugio de masas y no hombres y mujeres libres para amar, para perdonar, para servir, para vencer las ataduras de este mundo, para ser discípulos radicales, intransigentes con el pecado, pero bondadosos con los que necesitan de Dios y de nuestra solidaridad. Cuando la iglesia se queda anquilosada y cierra las puertas al movimiento del Espíritu, éste se tiene que mover para otro lado ¡No te vayas de nuestro lado, Señor! ¡Con tu gracia nos basta”. Amén.

De todo quedaron tres cosas:

La certeza de que estaba siempre comenzando,

La certeza de que había que seguir

y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.


Hay que hacer de la interrupción un camino nuevo,

hacer de la caída, un paso de danza,

del miedo una escalera,

del sueño, un puente,

de la búsqueda un encuentro.


Fernando Sabino

 

 

 

 

 

 

sábado, 18 de octubre de 2025

Terminar bien (Job 8.5-7 / II Timoteo 4.7-8), Rev. Eugenio Restrepo M.

19 de octubre, 2025

Introducción

A lo largo de la vida todos luchamos, nos esforzamos, estudiamos, trabajamos duro y enfrentamos obstáculos con el deseo de tener éxito. Sin embargo, más importante que cómo empezamos es cómo terminamos. La Biblia nos enseña que estamos llamados a terminar bien.

Hay una estadística alarmante: el 70% de los líderes cristianos no terminan bien. No se trata solo de números, sino de realidades que he visto con mis propios ojos: personas que comenzaron sirviendo apasionadamente a Dios, pero con el tiempo fueron seducidas por las distracciones, los deleites del mundo o simplemente el descuido espiritual y terminaron mal.

La historia bíblica está llena de ejemplos.

• El apóstol Pablo no comenzó bien —fue perseguidor de la Iglesia—, pero su final fue glorioso: terminó su carrera fiel a Cristo.

• En contraste, Saúl, el primer rey de Israel, comenzó con humildad, pero su orgullo, su desobediencia y su falta de atención a las advertencias de Dios lo llevaron a un final trágico

 

Pablo, en su despedida a Timoteo, escribe en 2 Timoteo 4:7-8: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

 

Ilustración: Filípides (en griego antiguo, Φιλιππίδης o Φειδιππίδης) fue un héroe de la Antigua Grecia en la batalla entre Grecia y Persia. La leyenda dice que el mensajero griego Filípides corrió desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre los persas, exclamando "¡Hemos vencido!", recorriendo 40 km, antes de morir de agotamiento. Se trata de la figura central de la historia que inspiró un acontecimiento deportivo moderno: la maratón carrera principal en los Juegos Olímpicos.

 

¿Qué significa esto para ti?

• Nuestro destino es ser glorificados con Cristo, ese es el final de nuestra carrera, y es en Cristo en quien nuestros ojos deberían estar todo el tiempo…

• La vida cristiana es una carrera, el premio final es la eternidad con Cristo. Y entonces no puedes descuidarte ni siquiera en los metros finales. Pon todo tu esfuerzo hasta el último paso, hasta el último aliento.

• El esfuerzo bien vale la pena, ¡Él te entregará la corona prometida!

La pregunta entonces es: ¿Cómo podemos asegurarnos de terminar bien?

 

Texto base: Job 8:5-7.

 

Si tú de mañana buscares a Dios,

y rogares al Todopoderoso;

si fueres limpio y recto,

ciertamente luego se despertará por ti,

y hará próspera la morada de tu justicia.

Y aunque tu principio haya sido pequeño,

tu postrer estado será muy grande. (RVR)

 

De este pasaje podemos aprender siete principios para terminar bien:

 

1. “Si tú de mañana buscares a Dios…” – Poner a Dios primero

Buscar a Dios temprano significa darle el primer lugar en cada área de nuestra vida. No sólo en la mañana, sino también en nuestras decisiones, relaciones y metas.

Ejemplo práctico: Antes de revisar el celular o las redes sociales, dedica unos minutos a orar, leer un salmo, o simplemente agradecer. Empieza el día buscando la dirección de Dios. Esa disciplina diaria fortalecerá tu espíritu. Hoy con Dios, es una herramienta para tener un encuentro con Él.

 

2. “Y rogares al Todopoderoso” – Orar con pasión

Job no dice simplemente “orar”, sino rogar. Rogar es orar con intensidad, con fe, con sinceridad. Dios no se impresiona por oraciones largas o repetitivas, sino por un corazón que clama con verdad.

Jesús acaba de enseñar a sus discípulos el Padre Nuestro (Lc 11.1-4), le da una parábola del amigo importuno (5-13), no es solo una anécdota de quien llama en altas horas de la noche a pedir un favor insiste en recibir los 3 panes a altas horas de la noche. Y, para completar su enseñanza, les muestra cómo debe ser la actitud del que ora. No basta con repetir fórmulas: hay que hacerlo con insistencia, confianza y audacia filial.

¿Podemos atrevernos a importunar a Dios? La palabra importunar (en griego anaideia, que significa “atrevimiento, insistencia sin vergüenza”). Jesús nos enseña que Dios no se molesta con nuestra insistencia; al contrario, le agrada que acudamos a Él con perseverancia, incluso cuando parezca “a deshoras”.

Atrévete a insistir. No temas “molestar” a Dios. Él es Padre, no juez distante. Tu oración constante es señal de fe, no de duda.

Ejemplo práctico: Recientemente mi hijo Efraín tocó a la puerta diciendo: “¡Papá, necesito tu ayuda!” — No podemos seguir pagando un alquiler tan caro, hemos buscado y no hemos encontrado nada. ¿Cómo responder a su solicitud?

• Así debemos presentarnos ante Dios. No basta con tocar la puerta: ¡hay que insistir hasta que Él responda! “Dios no se cansa de ser importunado; somos nosotros los que nos cansamos de pedir.” Termina diciendo: ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.

 

3. “Si fueres limpio y recto” – Vivir en santidad

Ninguno de nosotros es perfecto —Romanos 3.23 dice: “por cuanto todos pecaron…”—, pero la sangre de Jesús nos limpia y nos capacita para vivir con rectitud. Ser limpio y recto no es no fallar, sino reconocer nuestros errores y volver al camino de Dios.

Ilustración:

• El pastor Samuel llegó a los cincuenta sintiendo el peso de los años y las preocupaciones. Después de décadas sirviendo fielmente, comenzó a involucrarse en negocios “para ayudar un poco en casa”. Al principio todo parecía inofensivo, pero poco a poco su corazón se fue llenando de números, reuniones y planes… y vaciándose de oración y silencio.

• Un día, al entrar al templo vacío, sintió que algo se había apagado dentro de él. Cayó de rodillas y oró:

• “Señor, me enredé en los negocios de la vida… pero no quiero perderte a Ti.”

• Entonces comprendió que el mejor negocio del Reino no está en ganar más, sino en guardar el corazón y servir con fidelidad. Desde ese día, volvió a su llamado con gratitud, sabiendo que Dios siempre ofrece segundas oportunidades a quienes regresan a Él. Si caes en una tentación, no te quedes allí. Pide perdón, levántate y sigue. Termina bien, aunque hayas tropezado.

4. “Ciertamente luego se despertará por ti” – Dios actuará a tu favor

Cuando buscamos y obedecemos a Dios, Él mueve Su mano a nuestro favor. Romanos 8.31 nos recuerda: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?”.

Ejemplo práctico: Quizás enfrentas una crisis económica o familiar; no te desesperes. Sigue fiel, y verás cómo Dios abre puertas que nadie puede cerrar. 

5. “Hará próspera la morada de tu justicia” – Dios bendice la obediencia La verdadera 

La verdadera prosperidad no solo es económica; es paz, gozo y estabilidad en el hogar. Cuando vives conforme a la justicia de Dios, Él trae orden y bendición a tu casa.

Ejemplo práctico: Si eres justo en tus negocios, honesto en tu trabajo, y fiel en tu matrimonio, Dios respaldará tus pasos. Puede que el mundo avance por atajos, pero el justo avanza con propósito. 

6. “Aunque tu principio haya sido pequeño…” – No te desanimes por los comienzos 

Dios no evalúa tu vida por cómo comienzas, sino por cómo terminas. Isaías 35.8 dice: “Habrá allí calzada y camino, el cual será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él… el que anduviere por este camino, por torpe que sea, no se extraviará.”

Ejemplo práctico: Quizás hoy te sientes débil, sin recursos o sin dirección. Aférrate a la promesa: Jesús es tu Pastor y Él guiará tus pasos hacia un final glorioso.

Ilustración: Centro Penitenciario Stateville, Joliet, Illinois,

 

7. “Tu postrer estado será muy grande” – Dios honra a los que perseveran

Terminar bien no siempre significa fama o riqueza. Significa haber vivido una vida fiel, íntegra y fructífera. Ser “grande” puede ser tener una familia que ama a Dios, una comunidad bendecida por tu ejemplo, o una fe que inspira a otros.

Ejemplo práctico: Muchos hombres poderosos, como Salomón, comenzaron con sabiduría, pero terminaron alejados de Dios. No repitamos ese error. Mantengamos el corazón humilde y la mirada puesta en Cristo.

Ilustración: Iglesia Tal como Soy, visita del equipo médico. Jesús dijo en Mateo 5:48: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” Eso no significa ser sin error, sino buscar la madurez y la plenitud en Él.

 

Conclusión

Queridos hermanos, no importa cómo empezaste, lo que importa es cómo terminas. Quizás hubo errores, caídas o temporadas difíciles, pero Dios todavía tiene planes de bien para ti. Si permaneces fiel, Él se encargará de que tu final sea mejor que tu principio. 

Oración: Señor, gracias por recordarme que me llamaste no solo a comenzar, sino a terminar bien. Ayúdanos a mantenernos fiel en la carrera, a buscarte cada día con pasión, a vivir con rectitud y perseverar hasta el final. Haz que mi vida refleje tu gloria, y que mi postrer estado sea muy grande en Ti. En el nombre de Jesús, Amén.

viernes, 10 de octubre de 2025

"Sólo Cristo": la obra redentora absoluta (Hebreos 5.5-10) / "Sólo la fe": el impacto de la justificación (Romanos 3.21-26), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 

12 de octubre, 2025

 

Aunque era Hijo, aprendió a obedecer mediante el sufrimiento; y una vez que alcanzó la perfección, llego a ser el autor de la salvación eterna parta todos los que le obedecen.

Hebreos 5.8-9, Reina-Valera Contemporánea

 

Trasfondo

Estos dos principios de la Reforma protestante están íntimamente ligados pues únicamente por medio de la fe en Jesucristo es posible ser justificados, es decir, declarados justos/as por Dios contra toda evidencia meramente humana. Junto con los demás principios, su articulación produce un conjunto de realidades espirituales que produce la formalización de la salvación para todo aquel/la que entra al proceso producido por el Espíritu Santo. Lo que hicieron los reformadores, siguiendo el principio de la Sola Escritura, fue dejarse llevar por el mensaje cristológico central del Nuevo Testamento. Así se estableció nuevamente la centralidad de la obra redentora absoluta de Jesucristo y el impacto grandioso de la absolución pronunciada por Dios gracias a la obra de su Hijo, un tema jurídico que trasciende lo inimaginable para llevar a la humanidad redimida a los brazos del Señor.

 

Cuando el Hijo atravesó el sufrimiento, llegó a ser el autor de la salvación eterna (Heb 5.5-10)

La cristología desarrollada por la Reforma protestante tomó muy en serio las grandes afirmaciones del Nuevo Testamento presentes en los Evangelios, las cartas apostólicas y el Apocalipsis para dar a conocer, por medio de la proclamación profética de la palabra divina la excelsitud de la obra redentora de Cristo. En Hebreos 4 y 5 se encuentra una de las mayores afirmaciones en las que la unidad divino-humana de la persona de Jesús de Nazaret se despliega enormemente para mostrar al Señor como un ser humano que, asumió su condición sacrificial (algo propio de esta magnífico documento) a partir de una experiencia dolorosa que le hizo derramar lágrimas como parte de sus ruegos y súplicas (5.7) y aun cuando era el Hijo (8a), debió “aprender a obedecer mediante el sufrimiento” vicario y, así, alcanzar la perfección (9) para ser “el autor de la salvación eterna” (9b).

Así comenta Calvino esta porción:


El fin inmediato de los sufrimientos de Cristo era habituarse a la obediencia; y no es que haya sido empujado a ello por la fuerza, o que tuviese necesidad de ser ejercitado en esta forma, como en el caso de Jos bueyes o caballos cuando hay que domeñar su ferocidad, toda vez que él estaba dispuesto a rendir a su Padre la obediencia debida; mas todo esto fue realizado en relación con el provecho nuestro, para que pudiera presentar ante nosotros un ejemplo de docilidad hasta la misma muerte. Al mismo tiempo puede verdaderamente decirse que Cristo, por su muerte, aprendió perfectamente la obediencia a Dios, ya que él fue movido de manera especial a negarse a sí mismo; porque al renunciar a su propia voluntad, se entregó de tal modo a su Padre, que espontánea y voluntariamente sufrió la muerte, la cual temía sobremanera. Entonces la suma de todo es que Cristo, mediante sus sufrimientos, nos enseñó hasta dónde debemos someternos a Dios y obedecerlo.[1]


Por lo tanto, el sacerdocio absoluto del Señor se colocó muy por encima de todas las vías que la tradición había elaborado para buscar una especie de “atajos” para obtener la salvación. La Reforma, entonces, recuperó la grandeza de la obra salvadora de Jesucristo y la puso en el centro de la fe de todos los creyentes. En eso consiste su grandeza al hablar de la vía única para la salvación. Y nada puede estar al lado suyo en ese sentido: ni la Iglesia, ni los dogmas, ni los santos/as, ni los rituales, nada absolutamente nada. Es una cristología soteriológica totalizante y absoluta.


La fe que justifica impacta a la humanidad y la acerca nuevamente a Dios (Rom 3.21-26)

 

Esto lo hizo Dios para manifestar su justicia, pues en su paciencia ha pasado por alto los pecados pasados, para manifestar su justicia en este tiempo, a fin de que él sea el justo y, al mismo tiempo, el que justifica al que tiene fe en Jesús.                                              

Romanos 3.25b-26, Reina-Valera Contemporánea 

Debe quedar claro que el gran “descubrimiento” de Lutero aconteció al leer a fondo la carta a los Romanos (1.17: Porque en el evangelio se revela la justicia de Dios, que de principio a fin es por medio de la fe, tal como está escrito: ‘El justo por la fe vivirá’”) que cita al profeta Habacuc (2.4). Para entender este hecho, hay que recordar el pavor de Lutero a no ser salvo ante el juicio de Dios, algo que compartió con sus contemporáneos en un ambiente sumamente opresivo: “…para muchas personas, la Iglesia de Roma se había convertido en una fuerza muy opresiva. Uno de los antiguos lemas de la Iglesia Católica era extra ecclesiam nulla salus: fuera de la Iglesia no hay salvación. Eso significaba que ninguno podía esperar alcanzar la salvación después de la muerte si no vivía como miembro de la Iglesia Romana, sometiéndose a las autoridades que Dios había puesto en la Iglesia”.[2] Lutero solamente pudo librarse de esa ansiedad mortal al encontrarse de frente con Cristo, la fe justificadora y la gracia en la carta a los Romanos: “Pero ahora, aparte de la ley se ha manifestado la justicia de Dios…” (3.21a).

En su prefacio a esa epístola (uno de los más extensos como era de esperarse), se expresa así, en palabras memorables:

 

Esta epístola es la verdadera parte principal del Nuevo Testamento y el evangelio más puro. Es digna de que todo cristiano, no sólo la sepa de memoria palabra por palabra, sino también de que se ocupe en ella como su pan cotidiano del alma. […]

Las obras de la ley es todo lo que el hombre hace y puede hacer en conformidad con la ley por su libre voluntad y por sus propias fuerzas. Pero dado que bajo y junto a esas obras permanece en el corazón el desgano y la obligación hacia la ley, por ese motivo todas esas obras son perdidas y sin ninguna utilidad. Esto quiere expresar San Pablo en el capítulo tercero cuando dice: “Ningún hombre será justificado ante Dios mediante las obras de la ley” [3.20]. […]

De aquí proviene que solamente la fe justifique y cumpla la ley, pues obtiene el espíritu por el merecimiento de Cristo, espíritu que hace al corazón alegre y libre como lo exige la ley; de este modo las buenas obras provienen de la fe misma. Esto es lo que indica en el capítulo 3, después de haber rechazado las obras de la ley, dando la impresión de que quisiera suprimirla mediante la fe. No, dice, nosotros establecemos la ley mediante la fe, esto es, la cumplimos mediante la fe. […]

Todos son pecadores y sin la gloria de Dios [3.23], deben ser justificados sin merecimiento alguno por la fe en Jesucristo [3.24], quien nos lo ha hecho merecido por su sangre y ha llegado a ser un instrumento de propiciación por parte de Dios que nos perdona nuestros pecados anteriores para probar con ello que su justicia, que él entrega en la fe, es la única que nos ayuda.[3]

 

Conclusión

La fe en el único mediador absoluto, Jesucristo, es lo que justifica delante de Dios. Estas grandes doctrinas enlazadas forman un conjunto soteriológico monumental por medio del cual los creyentes tienen el acceso total ante Dios. Ser justificado es experimentar la libertad absoluta del pecado, del egoísmo, del mal, de la injusticia. Es la antesala a la libertad cristiana absoluta pues la justificación posibilita la superación de todos los temores. Afirmar que sólo Cristo salva es remontarse hasta el inicio mismo de la fe cristiana y que solamente la fe justifica es situarse en el mismo horizonte apostólico que fundamenta la existencia espiritual de los seres humanos deseosos de dejarse guiar por él como Señor y Salvador. Afirmemos enfáticamente, como ayer, hoy y siempre, estos dos grandes principios bíblicos que fueron y siguen siendo los cimientos de la Reforma protestante.



[1] J. Calvino, La epístola a los Hebreos. Grand Rapids, Subcomisión de Literatura Cristiana, 1977, pp. 110-111.

[2] David Brondos, “La doctrina de la justificación en el pensamiento de Martín Lutero”, en https://94t.mx/doctrina-justificacion-pensamiento-lutero/. Cf. “La justificación por la fe”, en https://blogs.ua.es/luteromartin/2011/09/02/la-justificacion-por-la-fe/

[3] M. Lutero, “Prefacio a la carta a los Romanos” (1522), en Obras de Martín Lutero. Vol. 6. Buenos Aires, Ediciones La Aurora, 1979, pp. 129, 131, 136.

sábado, 4 de octubre de 2025

"'Sólo la Escritura': su primacía sobre la tradición (El libro que nos lee)" (Hebreos 4.1-13), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

 

5 de octubre, 2025

 

Vivo, en efecto, es el Verbo de Dios, y enérgico

y más cortante que toda espada de doble filo

y penetrante hasta dividir alma y espíritu, junturas y médulas

y capaz de juzgar disposiciones y pensamientos del corazón y no hay creatura que escape a su vista

sino que todas están desnudas y vulnerables a sus ojos,

       hacia quien a nosotros [es] el Verbo (= a quien debemos rendir cuenta).

Hebreos 4.12-13, versión de Albert Vanhoye, trad. de Amelia Hernández M.

 

Dios habla en serio. Lo que dice se cumple. Su palabra poderosa es cortante como el bisturí de un cirujano, atraviesa todo, ya sea duda o defensa, exponiéndonos para escuchar con atención y responder con obediencia. Nada ni nadie puede resistirse a la palabra de Dios. No podemos escapar de ella, pase lo que pase.                     

Hebreos 4.12-13, El Mensaje. La Biblia en lenguaje contemporáneo, trad. de Samuel Pagán

Trasfondo

Es muy común celebrar el Mes de las Reformas Protestantes haciendo alusión a sus grandes principios, los cuales son vistos como la concentración o el resumen de lo que esos movimientos representaron en su momento pero que, para las nuevas generaciones, al parecer ha perdido interés e influencia directa. La repetición un tanto superficial de esos principios no necesariamente ha abonado para que las iglesias protestantes de hoy retomen su legado/herencia y lo relancen para responder a las exigencias del tiempo presente. La mera repetición no tiene un poder mágico para volver a movilizar a las comunidades de fe, tal como comenzó a suceder hace 508 años en lo que ahora es Alemania. El influjo de esos movimientos se aprecia de diferentes maneras porque lo recibido de ellos es una variedad enorme de elementos que a veces cuesta trabajo desglosar.

Simplemente tomemos los periódicos o las notas que aparecieron ayer acerca de una noticia que ha sacudido a las sociedades globales y a buena parte de la cristiandad mundial: la Iglesia Anglicana ha nombrado a su dirigente principal como Arzobispa de Canterbury, la Revda. Sarah Mullally.[1] Es un gran acontecimiento que debe ser colocado como la acción vanguardista y arriesgada de una confesión protestante antigua que, fiel a sus principios básicos, en ese caso el sacerdocio universal de todos/as los creyentes, lo ha aplicado de una manera radical, protestataria y sumamente evangélica y liberadora al afrontar los riesgos que implica esa audaz elección. Ella viene a sustituir a Justin Welby, quien renunció al cargo debido a sus omisiones en relación con casos de abuso eclesial.

Pero también debemos incluir este año en nuestros festejos lo sucedido también en lo que era aún el Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, alemán, con la explosión de los movimientos anabautistas, es decir, los grupos de cristianos radicales que, por encima de todo, se negaron a bautizar menores (como después lo hicieron iglesias históricas y pietistas como la naciente Iglesia del Pacto en Suecia, disidente de la iglesia luterana estatal) y se bautizaban entre sí sin someterse a los dictados de las autoridades eclesiásticas de la época.[2] En la ciudad suiza de Zúrich dio inicio esa rebelión que le estalló en las manos al tercer reformador más conocido, Ulrich Zwinglio, quién aceptó someterse en parte a los dictados del gobierno civil de la ciudad con tal de instaurar una nueva manera de ser iglesia, algo que inició algunos años atrás ya con la influencia de Martín Lutero. En 1525 sucedió también la Guerra de los Campesinos alemanes en contra de los señores feudales y príncipes terratenientes en nombre de las ideas de Lutero, quien no los apoyó y se puso del lado de las clases nobles, por causa del temor a perder su apoyo, con el cual contó para seguir adelante en su proyecto transformador.[3]

Uno de los motores principales y que debe colocarse siempre al frente de cualquier acercamiento a la Reforma es el primer principio: Sola Scriptura, “Sólo la Escritura”, solamente la Palabra divina como absoluto de la revelación divina por encima de todo lo que intente sustituirla: la experiencia religiosa personal o colectiva, la autoridad de una comunidad o un sistema de doctrinas establecido, pero en realidad la gran contraparte de la Sagrada Escritura es la “tradición”, entendida como el “depósito de la fe” o como el conjunto de creencias que se ha recibido con autoridad eclesiástica indiscutible. En el catolicismo romano tiene un nombre formal que debe considerarse seriamente: es el “magisterio de la iglesia”, es decir el conjunto de dogmas expresados en los documentos oficiales de la iglesia. Las encíclicas o constituciones producidos por los papas, cardenales, arzobispos y obispos forman parte de la tradición. También los documentos redactados por las conferencias episcopales de las diversas regiones del mundo. En México y América latina aplica lo que ha dado a conocer la Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam), fundada en 1955 y que se reúne periódicamente para trazar líneas de pensamiento y acción para toda la iglesia latinoamericana.

 

El riesgo de no entrar en el descanso divino después de haber oído la buena nueva (vv. 1-11)

La primera parte del pasaje es una firme exhortación a no cometer el error del judaísmo de no tomar en serio y dejar de obedecer el mensaje divino lo que ocasionó que no entrasen en su reposo (v. 6), es decir, en su espacio de salvación. Hay que evitar a toda costa que los cristianos incurran en ello: “Apresurémonos pues a entrar en aquel descanso, / a fin de que ninguno caiga en el mismo ejemplo de indocilidad” (v. 11, A Vanhoye).

La palabra divina todo lo penetra y enjuicia (vv. 12-13)

Los reformadores/as del siglo XVI promovieron este principio escritural al cual se asocia también el libre examen del contenido de las Escrituras, pues las personas del control institucional y sometidos únicamente a la acción del Espíritu Santo. Otro principio derivado es todo un método de interpretación bíblica: 'la Biblia es su propio intérprete”, que depende completamente de la intertextualidad (conexiones directas o indirectas entre los diferentes libros y secciones) presente en toda ella. Esto significa que deben encontrarse elementos comunes (o citas) que apoyen las diversas afirmaciones de los fragmentos, pasajes o libros completos.

La evidencia de la propia Escritura traducida a los diferentes idiomas (otro de los grandes logros de las reformas de ese siglo) debe desplegarse claramente para que los creyentes-lectores encuentren, dentro de lo posible, la plena revelación de la voluntad de Dios en los diferentes aspectos que el libro sagrado plantea. El surgimiento de comunidades de lectores desde el mismo Nuevo Testamento, tal como lo muestran sus diferentes partes, demuestra que progresivamente se fue construyendo un cuerpo de textos que alcanzó su clímax al final del siglo I de nuestra era.

El autor de la carta a los Hebreos, partiendo desde el pensamiento judío alegórico de su época, introduce una concepción metafórica de la palabra divina a fin de presentar un mensaje que fuera más allá de los postulados antiguos de la Ley y de los aspectos rituales de la religión hebrea. Cuando se refiere a la Escritura como una espada de dos filos apunta hacia una aplicación total de sus bondades en un amplio sentido como salvación y juicio, a veces al mismo tiempo: 


Ve en ella el poder divino que da vida y penetra el universo entero y todo el ser humano en particular hasta llegar a lo más recóndito con una mirada escrutadora y enjuiciadora, más penetrante que una espada de doble filo. No se juega con la Palabra de Dios. A ella hay que rendir cuenta. La palabra de Dios salva a quien la recibe, pero condena a quien la rechaza. [...] A la palabra (logos) de Dios debemos rendir cuenta (logos) [...] Más adelante, en 12.25-29, se referirá a la palabra que destruirá el universo y salvará a los fieles.[4] 

Sab 18.15 personifica la palabra y la muestra como una amenaza implícita también para los cristianos. "Su penetración es temible puesto que es capaz de dividir el alma, principio de vida física, y el espíritu, principio de vida espiritual; [...] La palabra de Dios tiene una capacidad de juicio muy superior a la de un juez humano, pues discierne entre 'disposición' y 'pensamiento del corazón”.[5] En otras palabras, la Escritura nos lee en profundidad, hace una honda radiografía de nuestro ser y pensar. Hans-Ruedi Weber lo describió ampliamente en su tarea de promoción bíblica y misionera: “Nuestro objeto de estudio se convierte en el sujeto que se dirige a nosotros y nos comprende mejor que nosotros mismos. Nos vemos confrontados con el Dios vivo que actúa en la creación y en la historia, en nuestra vida personal y en el mundo de las naciones [I Cor 13.12]”.[6] “Nada más fuerte que la palabra de Dios cuando uno la deja actuar. ¡Y nada más renovador que un encuentro real con el Dios vivo! ¡Ven! ¡Sígueme! Esta palabra que invita, desinstala, destierra, cambia proyectos, trastorna la vida, lanza en aventuras que uno nunca hubiera imaginado”.[7]

 

Conclusión

Ecos de estos énfasis tan marcados y ubicados en el esquema teológico de la carta aparecieron en la enseñanza y predicación de los reformadores quienes elaboraron textos y documentos relacionados directamente con la concepción tan elevada que tuvieron de la Biblia y que se instaló permanentemente en la conciencia de las comunidades de fe que fueron resultado de los diferentes movimientos. Tanto en las reformas magisteriales como en las radicales la Biblia sustituyó a las imposiciones doctrinales de la institución vertical, aun cuando los nuevos documentos (credos, confesiones y catecismos) protestantes fueron desarrollando toda una doctrina sólida de la palabra divina, muy necesaria para consolidar la base escritural de todo el edificio teológico de las reformas.

Así lo expresa la teóloga metodista cubana Loida Sardiñas Iglesias: “El ‘sólo por medio de la Escritura’ indica la centralidad de la Palabra revelada, como única norma de fe, como una especie de ‘magisterio invisible’ en el protestantismo. Se trata básicamente de identificar aquellos fundamentos bíblicos y teológicos que se desprenden de las Escrituras y que nos permiten dar razones de la esperanza subyacente a la fe cristiana (cf. 1 Pedro 3.15)”.[8]



[1] Véase: “The Rt Revd and Rt Hon Dame Sarah Mullally DBE to become 106th Archbishop of Canterbury”, en Church of England, 3 de octubre de 2025, www.churchofengland.org/media/press-releases/rt-revd-and-rt-hon-dame-sarah-mullally-dbe-become-106th-archbishop-canterbury; “Anglican Bishop Sarah Mullally named next Archbishop of Canterbury”, en Vatican News, 3 de octubre de 2025; www.vaticannews.va/en/church/news/2025-10/archbishop-canterbury-bishop-sarah-mullally-woman-named.html; Cristina J. Orgaz, “Quién es Sarah Mullally, la primera mujer que liderará la Iglesia anglicana en los casi 500 años de historia de la institución”, en BBC News Mundo, 3 de octubre de 2025, www.bbc.com/mundo/articles/cnvr9e05lp1o.amp; y “WCC extends congratulations Rt. Rev. Rt. Hon. Dame Sarah Mullally, newly appointed Archbishop of Canterbury”, en www.oikoumene.org/news/wcc-extends-congratulations-rt-rev-rt-hon-dame-sarah-mullally-newly-appointed-archbishop-of-canterbury, 3 de octubre de 2025.

[2] Rodrigo Pedroza, “500 años de anabautismo”, en Anabaptist World, 20 de enero de 2025, https://anabaptistworld.org/500-anos-de-anabautismo/

[3] George H. Williams, La Reforma radical. México, Fondo de Cultura Económica, 1983, pp. 81-109.

[4] Enrique Nardoni, “La carta a los Hebreos”, en A. Levoratti et al., dirs., Comentario bíblico latinoamericano. Nuevo Testamento. Estella, Verbo Divino, 2005, p. 1068.

[5] Albert Vanhoye, Un sacerdote diferente. La epístola a los Hebreos. Miami, Convivium Press, 2011, p. 144.

[6] H.-R. Weber, El libro que me lee. Manual para formadores en el estudio de la Biblia. Santander, Sal Terrae, 1996, p. 16.

[7] Alfredo Morin, “‘El único libro que me lee a mí’. Modestas reflexiones al caer la tarde”, en Medellín, núm. 56, 1988, pp. 467-468.

[8] L. Sardiñas Iglesias, “El culto cristiano: una mirada desde el protestantismo latinoamericano”, en Justo L. González y Harold Segura, eds., La Reforma en América Latina. Pasado, presente y futuro. Orlando, Asociación para la Educación Teológica Hispana-World Vision, 2017, p. 77.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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