26 de octubre, 2025
Hoy recordamos el 508 aniversario del inicio de la Reforma Protestante, cuando el monje agustino Martin Lutero pega en la puerta de la catedral de Wittenberg sus famosas 95 tesis. Y lo recordamos porque una iglesia sin historia es una iglesia sin identidad, sin claridad ni criterios. Como iglesias evangélicas y reformadas recordamos la multifacética obra de las y los reformadores, no solo del siglo XVI, sino anteriores y posteriores, para no olvidar que no debemos, no podemos, no necesitamos, como dice la Biblia, conformarnos a este siglo, sino por el contrario, debemos transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, como fruto de la gracia de Dios en su Hijo Jesucristo, y comprobar con ello que estamos en la sintonía de la agradable y perfecta voluntad de Dios.
Una reforma religiosa y espiritual, a la vez que social y cultural había sacudido las conciencias y las estructuras de la sociedad europea. Las y los reformadores dijeron no más, basta ya, la vida cristiana no puede seguir así. Hay que volver a las fuentes, hay que despojarnos de las lápidas que han apresado la vida en la gracia de Dios, en la fe en Jesucristo, hay que sacar la Biblia de las exclusivas escuelas y monasterios y hacerla accesible a quienes les pertenece, a quienes les fue dirigida, al pueblo, a los hombres y las mujeres, a los jóvenes y los ancianos, a los niños, niñas y a los que son diferentes. Hay que devolverle la dignidad al ser humano y su derecho a creer voluntariamente, y a volverse a Dios por amor y no por terror; pero también a quitarse el miedo de saborear la cercanía de un Dios que se abre de totalmente para hacerse compañero del camino. Hay que danzar la propia vida con Cristo y abrirse al prójimo que necesita escuchar esta “Buena Noticia”. Pero, finalmente, hay que honrar a Quien se debe honrar y no a otros, hay que darle la gloria y el honor a Quien es el único que lo merece y no a otros.
Las puertas de entrada a la vida sencilla y a la vez poderosa de Dios se habían abierto, como el velo del templo, cuando se rasga en dos al tiempo que Jesús moría. Algo nuevo había comenzado, un nuevo horizonte se presentaba abierto y amplio; lleno de esperanzas y desafíos delante de todos. La expectación se esparce por todos los rincones del vasto territorio cristiano. Una nueva manera de entender el ser y la obra de Dios; pero también la relación con él y entre los demás.
Un mundo cerrado a la gracia de Dios (vv. 1-3).
El apóstol Pablo escribe esta carta a la
iglesia que se encontraba en la ciudad de Éfeso en Asia Menor, hoy Turquía. La
carta se centra en lo que Dios hizo a través de la obra histórica de Jesucristo
y lo que hace ahora en ellos a través de su Espíritu, con el fin de construir
su nueva comunidad en medio de la antigua sociedad. Decirlo así de rápido es
fácil, pero decírselo a esa pequeña comunidad de cristianos en medio de la
ciudad más rica e importante de la región, cuyo puerto era el principal de toda
Asia Menor y con un dominio de las rutas comerciales más estratégicas hacia
toda Mesopotamia. Además, la ciudad se preciaba por tener el mayor templo
dedicado a Artemisa o Diana (Hech.19:24), de tener un extraordinario Gimnasio,
uno de los más majestuosos teatros, una biblioteca de dos pisos, y una lujosa
avenida de unos dos metros de ancho, pavimentada con mármol y flanqueada por
bellas columnas que corría desde el centro de la ciudad hasta el puerto. Era
una ciudad que recibía grandes peregrinaciones religiosas, mismas que le
generaba gran prestigio, así como cuantiosas derramas económicas. Por si fuera
poco, en el año
Pablo presenta en los primeros tres versos una descripción de la condición humana apartada de Dios, que nos abarca a todos, la vida sin Cristo. Es como un diagnóstico universal del ser humano caído, en una sociedad caída, en cualquier parte del mundo. Ya no se trata de judíos, gentiles o paganos, de acuerdo con la sociedad de su tiempo, sino del concepto universal de muerte, que describe la condición y esclavitud bajo poderes extraordinarios: el mundo como un sistema de maldad. Pablo utiliza dos palabras claves, la muerte en delitos y pecados. Delitos es dar un paso en falso, un resbalón o caída que incluye cruzar un límite conocido o desviarse del camino correcto. Pecado es errar al blanco, de fallar, no alcanzar la medida de lo que se pretende y de una deliberada hostilidad contra Dios. Es una transgresión personal y social que impregna la vida, es: “seguir la corriente de este mundo conforme al príncipe de las potestades del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (v.2). La expresión: muertos en vida, señala una existencia atada a la dolorosa experiencia de la esclavitud, viviendo tras rejas del desamor, las injusticias, los odios y rencores, frustraciones de todo tipo, equívoco de lealtades y frialdad ante el dolor humano. Si las prisiones físicas impiden la construcción de una vida libre, también hay prisiones que se han construido en los corazones de las personas y se vuelven en un mal social y para estas no hay condenas que los puedan librar, ni trabajos forzados, ni mandas sacrificiales que puedan salvarlos de sus consecuencias. El ser humano ha hecho de la tierra, el mundo y sus relaciones, cárceles de dolor y desgracia.
El escritor chileno Luis Sepúlveda (1949-2020), en su libro
Patagonia Express, alude a que en
una ocasión de regreso a la Patagonia su ciudad natal, viajaba a bordo de un
barco “El Colono”. Dos de los tripulantes discuten con un anciano pálido que
insiste en llevar consigo un ataúd. Ellos aluden a que eso trae mala suerte. Lo
amenazan con tirarlo por la borda. El hombre grita que está gravemente enfermo
y que está en su derecho de aspirar un entierro decente. Finalmente llega el
capitán y logran un acuerdo: lo llevan con cajón y todo, pero él se compromete
a no morir durante el viaje. ¿Cuántos de nosotros caminamos en la vida cristiana
con tal actitud de derrota que estamos anticipando la muerte de todo? La
Iglesia no puede caminar con esa mentalidad. Esto no nos enseñó la Reforma que
hoy recordamos.
La apertura total de la gracia de Dios (vv. 4-10)
¡Pero! Bendita conjunción adversativa. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó…” (v.4). Nos dio vida, nos resucitó y sentó con Cristo (v.5-7). Pablo nos describe la gracia que se manifiesta a través de la vida y obra de Jesucristo. Esta apertura de Dios hacia nosotros y toda la humanidad es fruto de su gracia. Si nuestra rebeldía provoca su ira, nuestra miseria toca el corazón de Dios que se manifiesta en su profundo amor.
Y aquí viene la razón de su actuar: “Por gracia son salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (v.5,8). La gracia es la acción gratuita y radical de Dios, operada en su totalidad por Jesucristo, su Hijo. Nada podemos hacer por ello, más que aceptar que hemos sido aceptado. La fe es el instrumento que espera y recibe agradecido el don de Dios y persevera en esa actitud. Esto lo entendieron las y los reformadores, cuando proclaman: “Sola gracia”.
La Reforma transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo, o por obras, en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, dándole un lugar central a la gracia y a la fe personal. Pero eso sí, esa misma gracia exige frutos de justicia: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ella” (Ef. 2:8-10). No es la gracia barata del "evangelio de ofertas", que muy frecuentemente se predica hoy en día. Es la gracia que se aprecia y se paga el precio con una vida que se consagrada a Jesucristo y sólo a él, se obedece a Jesucristo y solo a él, se sigue a Jesucristo y sólo a él, y se alaba a Jesucristo y sólo a él ¿Por qué? Porque de él somos lo que somos, y por él vivimos con la esperanza que nos infunde su amor, y por él esperamos ese futuro pleno que nos ha preparado al final de los tiempos. Porque él nos ha mirado con otros ojos y nos ha dado, por amor, el derecho de convertirnos en hombres y mujeres nuevos. Con nuevas oportunidades, nuevos derechos, nuevas promesas y un nuevo poder. Todo lo podemos en Cristo en virtud de su gracia admirable. Él lo ha hecho todo, nada ha quedado pendiente, nada es imposible, con nada podemos pagar la obra de su redención; pero tampoco, podemos hacer de su gracia una vida irresponsable, con una espiritualidad y una fe medianas, una esperanza mediana, y un compromiso mediano. Esto es abaratar la gracia. ¡No os conforméis a este siglo!
La Reforma tiene que seguir reformándose,
comenzando en cada uno de nosotros. Sabemos que hay cosas que no pueden seguir
como están, y no sólo en nuestras relaciones humanas, familiares, como país, y
en este mundo, donde vemos cómo sin menoscabo alguno un gobierno masacra la
vida de niños y ancianos inocentes y lo presentan como un espectáculo que hay
que observar sin asombro y sin movilizarnos para denunciarlo e impedirlo. Una
reforma en el cultivo de nuestra fe, en nuestra relación con Dios, con su
Palabra, con los frutos de su gracia y con el testimonio que debemos dar a un
mundo que hace de Dios un fetiche, y no un Salvador, un refugio de masas y no
hombres y mujeres libres para amar, para perdonar, para servir, para vencer
las ataduras de este mundo, para ser discípulos radicales, intransigentes con
el pecado, pero bondadosos con los que necesitan de Dios y de nuestra
solidaridad. Cuando
la iglesia se queda anquilosada y cierra las puertas al movimiento del
Espíritu, éste se tiene que mover para otro lado ¡No te vayas de nuestro lado,
Señor! ¡Con tu gracia nos basta”. Amén.
De todo quedaron tres cosas:
La certeza de que estaba siempre comenzando,
La certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.
Hay que hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo una escalera,
del sueño, un puente,
de la búsqueda un encuentro.
Fernando Sabino
