sábado, 15 de noviembre de 2025

La vida eterna en las manos de Dios (Juan 11.17-27), Pbro. Silfrido Gordillo B.

16 de noviembre, 2025 

Introducción

Dicen algunos estudiosos del evangelio de Juan que este evangelio es un libro sencillo y a la vez profundo. Es tan sencillo y claro que cualquier lector sin un trasfondo cristiano puede leerlo con entendimiento y provecho personal, y ver su vida transformada. De allí que muchos recomiendan a los que nunca han leído la Biblia iniciar su lectura con el evangelio de Juan, así también para evangelizar usan el texto de Juan, y específicamente el 3:16. Y a nosotros los cristianos se nos hace sencillo porque estamos familiarizados con el evangelio, ¿Quién no conoce el relato de las bodas de Caná? Decimos que es el primer milagro que Jesús realizó. El otro relato es el de Nicodemo, cuando Jesús le dice que es necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios, y Nicodemo todo desconcertado no entiende esas palabras y dice ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre? Otro relato más es el de la mujer samaritana, cuando Jesús le pide de beber agua y la mujer le increpa y le dice ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?, o el de la mujer adúltera, a la que todos acusan y quieren apedrear y Jesús la libera. Relatos únicos el cual todo mundo conoce, y ya no digamos el primer capítulo al que siempre referimos cuando necesitamos hablar de la preexistencia de Jesús, un texto al que siempre traemos a colación en términos de apologética y debate contra aquellos que no creen en la divinidad de Jesús o en su humanidad. Por eso Juan es sencillo y atractivo en su lectura, y básico en los inicios de la fe.

Pero también Juan es profundo y complejo de entender, que los mismos eruditos pueden leerlo y releerlo toda la vida y no alcanzan y alcanzarán a entenderlo en su profundidad, o se seguirá debatiendo. Les pasa y nos pasa como a Nicodemo, no sabemos cómo entender e interpretar ciertas palabras y conceptos de Juan, porque, aunque a veces su lenguaje y estilo parece simple, esconde una gran profundidad en su pensamiento. Juan es bastante teológico. “Para Juan, el acontecer histórico está lleno de sentido teológico, y la teología verdadera se encarna en acciones históricas” (Stan Slade. Evangelio de Juan. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2006 (Comentario bíblico iberoamericano), p. 29).  Bien lo dice William Barclay en su comentario al Nuevo Testamento: “Todas las acciones que Jesús llevó a cabo son, por tanto, no solo hechos que ocurrieron en el tiempo, sino ventanas por las que se nos permite contemplar la realidad. Eso es lo que Juan quiere decir cuando habla de los milagros de Jesús como señales. Las obras maravillosas de Jesús no eran simplemente hechos admirables; eran ventanas que se abrían a la realidad que es Dios. Esto explica porque Juan relata los milagros de una manera completamente diferente de la de los otros tres evangelistas”. En los evangelios sinópticos, los milagros son obras de compasión, de amor, de misericordia, Mc 1:41, pero en Juan, no son tanto obras de compasión, sino de acciones que demuestran la Gloria de Cristo, Jn. 2.11; 9:3; 11:4 etc. Para Juan, las acciones de Jesús no son meramente acontecimientos en el tiempo, sino, vislumbres de lo que Dios está haciendo siempre y de lo que es Jesús siempre. No es el hecho de alimentar a 5000, sino el que él es el pan de Vida, no es el hecho de haber dado vista al ciego, sino que él es la Luz del mundo, no es el hecho de haber resucitado a Lázaro, sino que él es la resurrección y la vida. Es mostrar la gloria de Dios, y mostrar que Jesús es Dios mismo. 

La centralidad del Evangelio es la vida y la vida es Jesús

Ante toda esta sencillez y profundidad del texto, llegamos al capítulo 11 que narra un evento único, la muerte de un amigo a quien Jesús ama, Lázaro. Son 21 capítulos, este capítulo es el centro del libro. Ver la muerte como parte del ciclo de la vida, al que todos/as un día pasaremos, tiene una connotación normal, natural, a nadie nos sorprende que eso sucede y sucederá. Quizá otros vean la muerte como la parte trágica de la vida, al que no quieren llegar, pero lo trágico no es la muerte, sino el proceso que te lleva a ello. Para nadie la muerte es un misterio tampoco, el misterio está más allá de la muerte, ¿qué hay? nadie ha regresado para contárnoslo, y, aun, cuando Juan relata que Lázaro fue resucitado por Jesús, no regreso para contarnos esa parte de lo que hay más allá, tal vez por eso Jesús ve la muerte de su amigo como un dormir solamente. Y como ustedes se darán cuenta, esto parece sencillo, pero ya nos empieza a complicar la existencia, el concepto de muerte en Jesús, y el concepto de muerte en los discípulos y específicamente en la comunidad juanina a la que este evangelio se dirige, muerte, dormir, despertar son totalmente diferentes. Para los discípulos, para la comunidad juanina, muerte es el fin de la existencia, es el acabose de todo, es la sentencia divina. Se dice de todos los personajes de la Biblia: vivió tantos años y murió, este pasado del verbo intransitivo es dramático, trágico y contundente: Murió. Vivió y murió. Bien dice Hebreos 9:27: “Está establecido a los hombres que mueran una sola vez”, y Eclesiastés 8:8 dice: “No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte; y no valen armas en tal guerra, ni la impiedad librará al que la posee”. Morimos porque la vida se desenvuelve en el tiempo. Pero para Jesús la muerte tiene otro sentido: 

1.  Muerte espiritual, separado de Dios, alejado de él. Quien no hace la voluntad del Padre no tiene vida, está muerto, porque sigue su propia voluntad. Hay una enemistad con Dios, hombres y mujeres pecadores, rebeldes, alienados de su Creador, es una humanidad caída y que necesita redención. Muerte, es no conocer a Dios, ni a su emisario o enviado que es Jesús.

2. Muerte es también un dormir. No es el término de la vida, sino el inicio de un caminar eternamente con Cristo. Podríamos decir que nada desaparece definitivamente, sino que todo se transforma. Por eso hemos de morir, porque el tiempo y la vida suponen cambio, transformación (1 Corintios 15:51). 

La resurrección es conocer a Jesús y seguirle

Luego viene otro tema dentro de este mismo pasaje, la resurrección. Si ya el tema de la muerte es complejo de entender, ahora el de la resurrección, aún más, ¿cómo es eso posible? Una de las características de Juan es esa dualidad que maneja; para algunos, tiene una influencia griega, gnóstica, para otros, tiene una influencia de la dualidad de la comunidad de los de Qumrán). Pero más que influencia, lo cual no es lo que el evangelio demuestra, sino todo lo contrario, es borrar esos conceptos dualistas de la mente de la comunidad juanina y presentar a Jesús como el todo, el antes, el durante y el después, sin una separación del mundo malo inferior visible y el mundo bueno, superior invisible, al que hay que aspirar. Para Juan, la vida es concreta y eterna en Jesús, no hay nada más allá sin él, y nada antes sin él, y mucho menos una vida presente, abundante y eterna sin él. La vida, la vida en abundancia y la vida eterna, solo está en las manos de él. Él es la vida, por tanto, fuera de él no hay nada más que sobrevivencia y muerte. El único acceso a esta nueva relación con Dios es por medio de Jesús; sin Él no es posible. Solo conocemos a Dios y llegamos a él, por medio de Jesucristo. Una vida sin Dios es una vida incompleta, una vida llena de Dios es la perfecta realización de la vida, la vida plena, vida en abundancia y por ende, la vida eterna.

Conocer a Jesús, aceptarle, reconocerle como el enviado de Dios, y, como Dios mismo, y seguirle, eso es haber resucitado, eso es tener vida. Decir como Pablo:Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál 2:20).

“¡Viva la muerte!”. Así rezaba un slogan falangista que aparecía, con cruz y calavera, en las paredes de las ciudades españolas durante la guerra civil. Aunque a primera vista parezca contradictorio, o hasta un chiste frívolo de humor negro, ese lema revela el verdadero proyecto de todos los fascismos (doctrina fundada en el ejercicio del poder mediante un partido único, el nacionalismo y la organización corporativa). Estos “novios de la muerte” perseguían una finalidad muy clara: darle inmortalidad a la muerte (la miseria, la opresión, la tortura, la deshumanización) pero, para que la muerte “viva”, ellos declaran la guerra a muerte contra la vida. Su consigna es: “¡Muera la vida, para que la muerte viva!”.

Pero el evangelio es todo lo contrario, Jesús tiene otra propuesta de vida, por eso el mismo dice “Yo soy la resurrección y la vida…” El proyecto de Jesús y su mensaje son precisamente lo opuesto a todo proyecto de muerte opresora. El autor de la vida, declaro la guerra contra la muerte, fue hasta ella y la venció, y por su resurrección destruyo la muerte e hizo resplandecer la vida. La consigna de Jesús es: “¡Muera la muerte, para que viva la vida!”. ¡Vida en abundancia y vida eterna, en esta vida y en la venidera!

Quien cree en la resurrección, cree en la vida, pero no solo en una vida en el más allá, sino en el ahora, en el más acá, en el tiempo que estamos viviendo, en el mundo que nos ha tocado vivir. Quien cree en la Resurrección, vive siempre con la esperanza puesta en Jesús, una esperanza de vida, y vida en abundancia, porque la fe en la resurrección lleva en si una fuerza transformadora de la vida y del mundo. Quien cree en la resurrección hace presente a Jesús en el día a día, brinda consuelo a esos corazones derrotados por el dolor y la muerte, genera vida para que otros tengan vida y luchen por vencer la muerte y todas sus armas.

Quien cree en la resurrección, valora la vida, se valora a si mismo, valora a los demás y vive brindando amor y esperanza. Quien cree en la resurrección se maravilla y celebra la vida, descubre la alegría y libertad, y lo comparte con todos/as, sale de su encierro para ir al encuentro del resucitado.

Quien cree en la resurrección de Jesús, cree en su propia resurrección, cree que también él le resucitará, en esta vida y en la vida venidera. No tiene miedo a la muerte porque sabe que el resucitado le resucitará, y quién más, sino este mismo Jesús que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”. 

El resucitado es la fuente de vida y vida eterna para la humanidad

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque este muerto, vivirá. La narración del capítulo 11:17-27 se da en el marco de un diálogo de Jesús con Marta y María. Aunque la vida eterna es escatológica, el énfasis de Juan no está en mostrar a las personas el camino a la vida del siglo venidero, sino en conducirlas a una experiencia actual de la misma. La misión de Jesús según Juan, es conducir a las personas a una experiencia presente de la vida futura, que es una vida plena. La vida presente no está aislada de la vida futura, no existe un abismo entre estas dimensiones del tiempo, mucho menos ese dualismo de arriba, abajo, porque Jesús mismo lo ha unido, y no solo lo ha unido, sino que también no los hizo real, verdadero, visible y palpable esa vida futura y eterna, que solo podemos vivir y disfrutar en él y para él. Pablo mismo, sin ser juanino, entiende y vive muy bien este mensaje y palabra llegando a decir: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21), o Rom. 14:8: “Pues i vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos”.

La eternidad comienza con el Verbo mismo, y como él es eterno, todo el que es adoptado hijo e hija de él, trasciende a esa vida en abundancia y eterna.

En Cristo nada es efímero, vaho, perdido, en él, todo es eterno, antes, durante y después de esta vida la vida continua. Fuera de él, la vida es corta y la muerte eterna. Sin Él, es vivir ciego, con hambre, con sed, con ansiedad, depresión, enfermo, en violencia y guerra, es llevar una muerte en vida.

La muerte no es la última palabra en Jesús, solo es el principio de un vivir plena y eternamente, de un disfrutar plenamente en la era escatológica la plenitud de la vida, como Jesús mismo no los ha mostrado y enseñado.

La dimensión futura de la vida eterna incluye la resurrección del cuerpo, tal y como lo declaramos en el credo apostólico “Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna”, en otra traducción dice “y la vida perdurable”. 

Conclusión

El proyecto de Dios es y será siempre un proyecto de vida. Ante la muerte, y cientos y miles de muertos en nuestro mundo por causas mismas del pecado como es la avaricia, el poder, el control y el dinero, Juan nos dice que es necesario volver nuestra vida, ver en Jesús como el dador y sustentador de todo lo que existe, nada es nuestro, todo le pertenece a él, nuestra vida misma se nos ha prestado, la muerte ronda nuestra vida, y alejados de él somos nada, pero quien camina con Dios en esta vida, camina con él hacía la eternidad, esa es la invitación de Juan, ver en Jesús como el Dios encarnado que nos trajo vida y vida en abundancia, y que viviendo en él, vivimos.

La vida eterna comienza con el nacer de nuevo. Con un cambio de vida, con un creer y aceptar a Jesús como el enviado de Dios, aceptar sus obras y unirse a ese gran proyecto de Dios, a vivir como Jesús mismo demanda, una vida alejada del pecado, del mal, de la destrucción de la vida, de la muerte, para buscar la vida en abundancia y no solo vivirla, sino también comunicarla y compartirla, hacer que este mensaje cambie corazones, transforme mentes y convierta vidas, que se vuelvan a Dios.

Jesús no cabe en los esquemas humanos, él siempre trasciende, profundiza y va más allá de nosotros y lo que concebimos, él nos lleva o quiere llevar a otra dimensión de la vida, la vida en abundancia y la vida eterna.

Sí, mis hermanos y hermanas, Dios está con nosotros en esta vida y en la venidera. El Dios que nos da alegrías mundo, es el mismo Dios que nos espera en la eternidad. Su presencia no termina, su amor no se acaba, no hay límite para el poder de Dios. La fe nos enseña una verdad sencilla, pero profunda: “Quien camina con Dios en este mundo, camina con Dios por toda la eternidad”.

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