9 de noviembre, 2025
El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Juan 10.10, Reina-Valera Contemporánea
Trasfondo
Una
de las mayores alegorías y simbolismos con que el Señor Jesucristo se refirió a
su persona fue la del Buen Pastor, siguiendo con ello la imagen que venía desde
el Antiguo Testamento pues la cultura judía, ligada desde siempre al cuidado de
los animales del campo, la asociaba con la acción de Dios y con la delegación
que recibieron los gobernantes que también eran llamados “pastores”. Después
del largo capítulo sobre el ciego de nacimiento, el texto continúa con la
presentación de esa alegoría que no sería bien comprendida y acerca de la cual
debió explicarla con más detalle. La alegoría forma parte del conjunto de
frases precedidas de la afirmación “Yo soy” que alude directamente a la
respuesta de Dios a Moisés en la zarza ardiente. En ese contexto surgirá la
afirmación del Señor acerca de la vida en abundancia ligada al cuidado y
atención que ofrece como pastor de las ovejas. La afirmación de la vida como
muestra de la acción de Jesús es el eje alrededor del cual se construyen todas
las demás afirmaciones del anuncio del Evangelio, pues desde el principio del
texto se señala que “en él estaba la vida” (1.4) y que el Hijo “a los que
quiere da vida” (5.21). Además, desde la perspectiva sacramental de este
evangelio, Jesús mismo es el “pan de vida” (6.35) y más adelante afirma que quien
sigue a Jesús, como el ciego que aparece en el relato, “tendrá la luz de la
vida” (8.12).
La puerta de las ovejas (vv. 1-6)
La
parábola-alegoría (en la primera no cuentan los detalles y en la segunda sí) inicia
con una sentencia rica en imágenes: “En verdad, en verdad os digo: el que no
entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado,
ese es un ladrón y salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las
ovejas” (vv. 1-2). La intempestiva afirmación presenta un escenario pastoril en
donde destaca, en primer lugar, la imagen de la puerta que es aplicada
inmediatamente de manera cristológica. A continuación, se describe la figura
del pastor contrapuesta a la del ladrón. Al pastor le abre el portero “y las
ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera”
(v. 3). La idea de lo comunitario responde a la autoimagen que tenían las
comunidades juaninas en el contexto de su progresivo desapego del judaísmo. Ellas
se sentían estrechamente ligadas a la figura del Discípulo Amado, quien era el
vínculo directo con el Señor.
El Señor Jesús ha sacado a “sus ovejas juaninas” que conoce por nombre (3) y va delante de ellas (4a) quienes lo siguen porque conocen su voz (4b). Esta gran familiaridad se corresponde con la confianza que tenía el Discípulo Amado. “Esta imagen del pastor encabezando las ovejas es de una gran belleza. El detalle de que las ovejas conocen su voz va a ser aprovechado en seguida para contraponer la imagen del ladrón o advenedizo”[1] pues a éste no lo seguirán “sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños” (5). Pero todo esto no fue entendido por sus escuchas, por lo que él debió de ampliar la explicación de la alegoría.
El buen pastor que da vida en abundancia
(vv. 7-13)
Ante la incomprensión, el Señor pasa a una primera
explicación que se centra en la imagen de la Puerta mediante dos pasos: a) Jesús
es la puerta, mención de los salteadores; y b) él es la puerta para la
vida. Enfáticamente lo afirma en el v. 7: “Yo soy la puerta de las ovejas”: es
la tercera expresión “Yo soy” con un predicado por lo que sirve para
identificarse. Y de inmediato se refiere a todos aquellos que vinieron antes de
él, quienes son ladrones y salteadores a quienes las ovejas no escuchan (8). La
puerta, a su vez, es una puerta para la vida, pues entrar por ella garantiza la
vida y, siguiendo la imagen de la oveja, quien pasa por ella “encuentra pastos”
(9), es decir alimento para subsistir: “Los pastos abundantes que se prometen
[que recuerdan al Salmo 23] son la salvación. Para ello es necesario ‘entrar’
por la puerta que es Jesús. Esta idea de la vida se reitera de nuevo
contraponiendo al ladrón y a Jesús. […] La expresión ‘he venido’ lleva en sí
misma la idea del envío o encarnación”.[2]
“En el v.9 tenemos el tema de los que entran y salen por la puerta, que es
Jesús, y encuentran pastos. Antes hemos oído que Jesús ofrece el agua viva y el
pan de vida; ahora ofrece el pasto de la vida, pues en el v. 10 se aclara que
al hablar del pasto, Jesús se refiere en realidad a una plenitud de vida. El
don de la vida se opone aquí a la mortandad que se asocia con el ladrón”.[3]
A partir del v. 11 se destaca con más relieve la imagen del buen pastor en contraste con el asalariado (o incluso, mercenario). Con esa imagen era designado el Mesías en las profecías del Antiguo Testamento, como en Jeremías 23 y Ezequiel 34. La gran característica de este pastor es que “da su vida por las ovejas” (11b), es decir, la acción sacrificial, no así el asalariado, que huye cuando se presenta el peligro (12-13). No considera a las ovejas como suyas, por lo tanto, escapa y no arriesga su vida. El resto del pasaje desarrolla la relación familiar entre el pastor y las ovejas. Los vv. 14-21 trazan puentes hacia la extrema comunión entre el pastor y las ovejas (14-15) y hacia las ovejas de otro redil (16) que, con todo, apunta hacia la unidad de la iglesia: a ellas también las debe traer y “oirán su voz”, y se formará un solo rebaño con un solo pastor (16b). Así se cumplirá la oración del cap. 17 sobre la unidad del pueblo de Dios en Cristo.
Conclusión
La
vida en abundancia de la que habló el Señor es la gran promesa que Él da a su
pueblo a fin de superar las controversias causadas por pastores asalariados y
con escaso compromiso. Esa vida abarca todo lo imaginable en función no
solamente de la sobrevivencia sino de una vida vivida en plenitud, con base en
un buen alimento, en sólidos y nutritivos pastos que el Señor ofrece a sus
seguidores. El pastor excelente que es Él garantiza la certeza de una
existencia completa y bien encaminada con base en la vida que viene de Él
mismo, pues se ha entregado plenamente y Él daría su vida sin que nadie se la
arrebate (17-18), por eso lo ama el Padre, porque la pone y la vuelve a tomar.
Ése es el fundamento de la verdadera vida abundante, plena, completamente
generosa.
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