sábado, 19 de febrero de 2022

Pérgamo: “Al que venciere, daré a comer del maná escondido” (Apocalipsis 2.12-17), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz

Acrópolis de Pérgamo

20 de febrero, 2022

Al que salga vencedor, le daré a comer del maná escondido, y le daré también una piedrecita blanca; en ella está escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe.            

Apocalipsis 2.17, RVC 

Trasfondo

P

érgamo (“ciudadela”), al norte de Esmirna, es famosa por uno de los productos que surgieron allí, el pergamino, material hecho a partir de la piel de cordero o de otros animales, fabricado para escribir sobre él. Fue una de las ciudades más importantes del mundo antiguo desde el punto de vista religioso. Allí se ubicó el gobierno romano de la provincia. Templos impresionantes coronaban su ciudadela, de una altura de 300 metros. Con una larga historia helenística tras de sí, entre 180 y 160 a.C., Eumenes II construyó un imponente altar de mármol para Zeus (actualmente en un museo de Berlín), cuyo fuego se mantenía encendido todo el tiempo. En el año 29 a.C. se erigió en la parte más alta un templo dedicado a Augusto y a Roma, con lo que comenzó el culto imperial en Asia Menor. También se veneraba a Esculapio, deidad de la salud y los milagros que tenía allí su templo principal (Asklepion), lugar de peregrinación,[1] en el cual se ofrecían masajes, aguas medicinales y bañeras. De allí fue nativo el famoso médico Galeno.

La palabra del Señor Jesucristo dirigida a esta iglesia pone en acto toda su fuerza irresistible: él es quien “tiene la espada aguda de dos filos” (v. 12): “La ‘espada’ del v. 12 se recoge en ‘la espada de mi boca’ en el v. 16: ambas expresiones se combinan en la visión de Patmos (1.16). La idea de un arma saliendo de la boca se basa en Isaías 11.4 y 49.2, pero se modifica deliberadamente. […] Sugiere la autoridad de la palabra hablada, en particular la sentencia del juez, y se asocia en Ap 19.13 y 15 con la ‘palabra de Dios’” (cf. Heb 4.12 y Ef 6.17).[2] A esta comunidad de fe “Cristo se le presenta armado de esta gran espada, y antes del final de la carta amenaza con blandirla contra el grupo infiel dentro de la iglesia”.[3]

 

“Yo sé dónde vives, y dónde está el trono de Satanás” (2.13a)

El Señor Jesucristo reconoce desde un principio que la situación de esta comunidad era extremadamente difícil: “Sé dónde vives: allí donde Satanás tiene su trono” (13a). En relación temática con la “sinagoga de Satanás” (2.9; 3.9), esta expresión puede referirse a varias cosas al mismo tiempo: a) el protagonismo de Pérgamo en el culto al emperador, pues era algo así como la “Roma oriental”; b) el culto a Esculapio, por la centralidad de la serpiente en el mismo; y c) el aspecto de sillón de la gran acrópolis, que bien podía simbolizar a Satanás sentado en las alturas para ejercer su poder nefasto. El Señor felicita a la comunidad por haber sido fiel en un medio tan hostil incluso ante el martirio de uno de sus integrantes, Antipas (13b). “Fueron incitados a negar la fe, pero no renegaron de Cristo sino que se negaron a llamar kurios al César”.[4] Según algunos testimonios históricos, los acusados podían exculparse si maldecían el nombre de Jesús. La palabra griega mártus aún no había adquirido el significado de “testigo por la sangre”, que recibirá más tarde.

Otra posibilidad para explicar este martirio e identificar el trono satánico es que podía asociarse con el templo de Esculapio, puesto que el símbolo de ese dios era la vara con la serpiente (figura de Satán) “y que sus curaciones eran para los cristianos caricaturas diabólicas de los milagros de Cristo. Otros, finalmente, piensan que el trono de Satán es el gigantesco altar de Zeus”.[5] Stam subraya: “El santuario se mantenía lleno de culebras, símbolo de la medicina y la curación, debido a la leyenda de que resucitaban cada año”.[6]

 

“Al que salga vencedor, le daré a comer del maná escondido (2.17b)

Pero la iglesia de Pérgamo mereció también un reproche porque toleraba a un pequeño grupo de personas que profesaban “la doctrina de Balaam” (14a), “designación metafórica de una herejía con características innegables de libertinaje en el sentido propio del término, es decir, de desenfreno moral”.[7] La alusión a Balaam indica que el prototipo es aquel personaje y el consejo que dio a Balac (Nm 22-24; 31.16). Su consejo fue que las mujeres moabitas se entregaran a los israelitas para que éstos se convirtieran a los ídolos y participaran de sus comidas sagradas. “A imitación de aquel, también los herejes de Pérgamo seducen a los miembros de la iglesia, persuadiéndolos a actos idolátricos (comer carne inmolada en los sacrificios paganos) y a entregarse a la fornicación”,[8] entendiendo esta última palabra en sentido metafórico. Hay un consenso general acerca de que los nicolaítas (15) son los mismos personajes mencionados en la carta a Éfeso: Debía tratarse de gente entregada a especulaciones judeo-gnósticas, como aquellas que ya san Pablo había tenido que combatir en las cartas a los Colosenses y a los Efesios, y que prepararon la gnosis del siglo II. Cristo exige a la comunidad que no tolere por más tiempo ese desorden; de lo contrario, vendrá él pronto en persona, y con la fuerte irresistible de la palabra de Dios los arrojará de la iglesia y los entregará a la condenación eterna [16]”.[9]

Al vencedor en estas lides ideológicas y espirituales se le promete una doble recompensa: le será dado comer del “maná escondido” (17a), es decir, del alimento celestial, que se niega a los mortales, símbolo supremo de la unión con Dios en la eternidad, además de recibir una piedra blanca, con un nombre nuevo escrito (17b), expresión de su nueva naturaleza, cuya magnificencia sólo puede comprender y apreciar quien la posee. Entre los griegos, a los competidores en justas atléticas se les entregaba una tablilla blanca con su nombre. La promesa del maná tiene resonancias mesiánicas, tal como se afirma en 2 Baruc 29, que anuncia que ese alimento volvería a caer en los días del Mesías. Otra tradición judía dice que el maná fue escondido en una cueva. Sobre la segunda promesa: “Posiblemente la piedrecita blanca, pura, hermosa y duradera, no sea más que un objeto apropiado para grabar el Nombre, el mismo que el mártir no ha negado bajo prueba y cuya bendición ahora lo ha de acompañar siempre. A la luz de la promesa paralela en la carta a Filadelfia (3.12), podemos entender que el Nombre aquí es el de Cristo”.[10]

 

Conclusión

 

Aunque en general la congregación de Pérgamo había sido ejemplarmente fiel (2.13) y sólo un grupo se había desviado de la verdad (2.14), sin embargo, todos compartían la culpa y estaban llamados (en la persona de su ángel) a volver a Dios: “Por lo tanto, ¡arrepiéntete!...” (2.16). Dos veces Cristo habla a la congregación en segunda persona del singular (arrepiéntete, iré …a ti), pero después cambia a la tercera persona del plural (contra ellos). Tanto la herejía de algunos como la tolerancia de otros serán juzgadas por la aguda espada de la palabra del Señor”.[11]

 

De manera similar, hoy, toda iglesia que quiera reivindicar de verdad el apelativo de cristiana deberá considerar seriamente su fidelidad al Evangelio de Jesucristo en todos los niveles a fin de no ser objeto del juicio de su Señor y Salvador. Grande es el desafío para todas las comunidades de fe.



[1] Alfred Wikenhauser, El Apocalipsis de san Juan. Barcelona, Herder, 1981 (Biblioteca Herder, Sagrada Escritura, 100), p. 70.

[2] Ugo Vanni, Apocalipsis. Una asamblea litúrgica interpreta la historia, Estella, Verbo Divino, 1989, pp. 43-44.

[3] Juan Stam, Apocalipsis. Tomo I. Caps. 1-5. 2ª. ed. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2006, p. 118.

[4] Ibid., p. 119.

[5] A. Wikenhauser, op. cit., p. 71.

[6] J. Stam, op. cit., p. 117.

[7] A. Wikenhauser, op. cit., p. 71.

[8] Ídem.

[9] Ibid., p. 72.

[10] J. Stam, op. cit., p. 122.

[11] Ibid., p. 121.

domingo, 13 de febrero de 2022

Esmirna: "Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida" (Apocalipsis 2.8-11), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz


13 de febrero, 2022

No tengas miedo de lo que vas a sufrir, pues el diablo pondrá a prueba a algunos de ustedes y los echará en la cárcel, y allí tendrán que sufrir durante diez días. Tú sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.                                  
Apocalipsis 2.10, RVC

 

Trasfondo

L

a ciudad de Esmirna (actual Izmir, tercera ciudad de Turquía) se halla al norte de Éfeso a unos 80 km; con ella y con Pérgamo se disputaba ser la primera ciudad de Asia. Hacia el 195 a.C. consagró un templo en honor de Roma y en el 26 d.C. obtuvo el privilegio de erigir un templo en honor de Tiberio, Livia y el Senado. Vivía allí una importante colonia judía, que en tiempos del martirio del obispo Policarpo (c. 70-c. 155) se mostró fuertemente hostil hacia la comunidad cristiana. A esa iglesia dirigió Ignacio de Antioquía una carta, alrededor del año 110.[1] Policarpo, junto con Ignacio y Clemente de Roma, son considerados los Padres Apostólicos principales.

 

A la iglesia de Esmirna, Cristo se presenta en la realidad de su misterio pascual: muerto y resucitado. Está al comienzo y al final de la historia de la salvación (es primero y último: v. 8). La iglesia se encuentra en una situación difícil: es objeto de persecución incluso por parte de los judíos (v. 9), y es pobre. Y esas dificultades irán incluso acentuándose en un próximo futuro (v. 9-10). Pero Cristo asiste a su iglesia; así, su pobreza se cambiará en riqueza, los días de la tribulación están contados (diez días); si la iglesia sigue siendo fiel hasta la muerte, obtendrá como regalo la plenitud de la vida y no tendrá que temer la perdición definitiva (la muerte segunda: v. 11).[2] 

“Yo conozco tus obras, tus sufrimientos, y tu pobreza (aunque en realidad eres rico)” (2.9a)

Todo lo contrario de otras iglesias, como Laodicea, la de Esmirna recibe un cálido elogio, sin ningún reproche o recriminación, por el contrario, se reconoce sus obras, su sufrimiento y su pobreza, en ese orden (2.9a). “Expresamente se pone de relieve su pobreza, o sea, su estrechez económica, consecuencia del reducido número de sus miembros, o bien de las dificultades en que se debatía. Por fortuna esta pobreza se ve ampliamente superada por su riqueza en bienes espirituales”.[3] La comunidad de fe se encontraba en medio de fuertes hostilidades, y especialmente se reconoce que ha sido calumniada ante sus conciudadanos romanos, incluso ante las autoridades acusándola de agitadora. Como consecuencia de esas acusaciones falsas, se suscitó la amenaza de una gran persecución, en la cual se encarcelarían algunos de sus miembros (10a), aun cuando no duraría mucho (“diez días”).

Precisamente sobre el problema de la presencia del judaísmo, particularmente por el fuerte lenguaje utilizado para referirse a él: “Sé cómo te calumnian los que dicen ser judíos, pero que en realidad no son sino una sinagoga de Satanás” (9b), afirma Xabier Pikaza:

 

Significativamente, las dos iglesias más frágiles por su pobreza y falta de poder (Esmirna y Filadelfia: 2,4) son para Juan las más fuertes al estar amenazadas por el riesgo de aquellos que llama “falsos judíos”, que expulsan de su seno a los cristianos, privándoles de la protección social que el judaísmo gozaba dentro del Imperio. En otro tiempo, los judeocristianos podían presentarse como miembros de la sinagoga: un grupo dentro del judaísmo. Ahora se han cerrado las fronteras: el “falso” judaísmo, vinculado a sus purezas y gestos nacionales, ha dejado a los cristianos sin defensa legal ante el Imperio. Juan responde con dureza, llamándole sinagoga de Satán y defendiendo el “verdadero” judaísmo de la iglesia.[4]

 

La censura del Señor Jesús a los judíos por su oposición hacia los cristianos los estigmatiza como gente “que lleva indignamente el título honorífico de judío; no son en realidad aquella ‘sinagoga (o asamblea) de Dios’ que pretenden ser”[5] puesto que se ligaron al adversario de Dios y de su iglesia, razón por la cual el lenguaje se acerca al del Cuarto Evangelio en su fustigamiento de los judíos como “hijos del diablo” (Juan 8.44). 

“Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (10b)

La exhortación a mantenerse fieles hasta la entrega de la vida expone la enorme gravedad de la persecución que se avecinaba. La corona de la vida (stéphanon tes zoes), prometida como premio a tal fidelidad, simboliza la vida eterna. “Esmirna es celebrada por los antiguos autores por el conjunto de magnificas monumentos que rodeaban su cima; se hablaba de la ‘corona de Esmirna’, pero la verdadera corona de la vida es la que da Jesús. […] Podría pensarse en la recompensa concedida a los corredores del estadio. Pero los textos cristianos hacen de la corona el símbolo de la salvación reservada a los elegidos y ciertos ritos antiguos del bautismo suponían la entrega de una corona”.[6]

 

Stéphanos es generalmente una guirnalda de victoria, fiesta, honor o adoración. Tal distinción probablemente se aplique estrictamente en el Apocalipsis, donde diádema se usa para referirse a la realeza del dragón (12.3), de la bestia (13.1) y de Cristo (19.12), pero stéphanos en otros lugares, donde predominan otras ideas. Ciertamente no hay razón para negar a stéphanos su sentido más usual aquí. Es “corona”, no “diadema” […]. La “corona de espinas” es reconocidamente stéphanos; en los evangelistas (Mt 27.29; Mc 15.17; Jn 19.2, 5), pero eso era literalmente una guirnalda. Para los soldados significaba realeza fingida; quizás para los escritores también implicaba victoria.[7] 

La segunda muerte, de la cual es librado el que vence, es la condenación eterna. Está contrapuesta a la muerte física que quizá algunos creyentes cristianos recibirían pronto en el martirio. “La separación de las comunidades cristiana y judía puede ayudar a explicar la falta comparativa de alusión judía en esta carta. La referencia a la ‘segunda muerte’, una frase comúnmente considerada rabínica, quizás respondió a una burla judía en Esmirna”.[8] “Así como la ciudad ha renacido de sus cenizas, Cristo, por medio del profeta de la Revelación, promete a la comunidad cristiana de Esmirna darle la corona de la vida por haber permanecido fiel hasta la muerte”.[9]

 

Conclusión

 

En conclusión, Esmirna, junto con Filadelfia, es la única comunidad que no es objeto de reproche por parte del profeta; en cambio, alaba su riqueza espiritual, la anima en el sufrimiento y le promete la corona de la vida, para que podamos considerar que estos cristianos poseían una mentalidad acorde con la del autor del Apocalipsis. Es decir, era una comunidad que se sentía rodeada por un mundo hostil, formado por cristianos judaizantes que sentían el tirón de su comunidad judía de origen, por un lado, y por otro lado, aceptaron como referentes de su fe cristiana la autoridad de Juan, siendo como él reticente a las prácticas de un paulinismo radical. Siguiendo esta misma línea, asumiendo la tradición joánica, la comunidad de Esmirna también se identificó con los postulados del Evangelio y sobre todo con las cartas de Juan y consideraba el docetismo como un peligro inminente para la fe cristiana.[10]



[1] Alfred Wikenhauser, El Apocalipsis de san Juan. Barcelona, Herder, 1981 (Biblioteca Herder, Sagrada Escritura, 100), p. 68.

[2] Ugo Vanni, Apocalipsis. Una asamblea litúrgica interpreta la historia, Estella, Verbo Divino, 1989, pp. 43-44.

[3] A. Wikenhauser, op. cit.

[4] X. Pikaza, Apocalipsis. Estella, Verbo Divino, 1999, p. 57.

[5] A. Wikenhauser, op. cit.

[6] Etienne Charpentier, “Siguiendo el Apocalipsis”, en Equipo Cahiers Evangile, El Apocalipsis. Estella, Verbo Divino, 1990 (Cuadernos bíblicos, 9), p.20.

[7] Colin J. Hemer, The letters to the seven churches of Asia in their local setting. Sheffield, Sheffield Academic Press, 1989, p. 72.

[8] Ibid., pp. 76-77.

[9] Mauricio Saavedra Monroy, The Church of Smyrna. History and theology of a primitive Christian community. Frankfurt am Main, Peter Lang, 2015, p. 277.

[10] Ídem.

domingo, 6 de febrero de 2022

Éfeso: "Yo conozco tus obras, tu trabajo arduo y tu paciencia" (Apocalipsis 2.1-7), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz

6 de febrero, 2022

Yo conozco tus obras, tu arduo trabajo y tu paciencia. Sé que no soportas a los malvados, que has puesto a prueba a los que dicen ser apóstoles y no lo son, y que has descubierto que son unos mentirosos. […] Pero tengo contra ti que has abandonado tu primer amor. […] Al que salga vencedor, le permitiré comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.                               

Apocalipsis 2.2, 4, 7b, RVC

 

Trasfondo

L

uego de la apoteósica presentación del Señor y Salvador Jesucristo y de su mensajero, el vidente Juan, en el primer capítulo del libro, y ante la urgente necesidad de conducir a las comunidades de fe del Asia Menor por el camino de la fidelidad al Evangelio, el Apocalipsis presenta nada menos que al Espíritu como autor de siete cartas dirigidas a cada una. El esquema, “que posee un dinamismo transformante”, se repite en todas ellas: a) dirección; b) presentación del Señor; c) juicio de Jesucristo; d) llamada de atención profunda; y e) promesa al vencedor.[1] Invariablemente se repite la frase: “El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (2.7, 11,17,29; 3.6, 13, 22), que precede a la promesa o anuncio positivo para el futuro inmediato. El Señor Jesucristo se presenta con una serie de títulos que correspondían en la antigüedad a Yahvé. “Investido de esta suma autoridad, habla a cada comunidad como el único Señor de la Iglesia. Su palabra no es sólo de revelación sino de juicio y purificación. Conoce muy bien (verbo oida) ‘desde dentro’ la situación de la Iglesia; por eso comienza siempre alabando su buena conducta, animando la perseverancia de su fe y la práctica de su amor”.[2] Lo que el Señor intenta es la conversión de su iglesia, que abandonase su pecado y su tibieza, lo que también llega hasta nosotros hoy con singular pertinencia:

 

Cristo alza también su voz para que la iglesia acepte su palabra por medio del Espíritu Santo. Debe ponerse en actitud de escucha sapiencial del Espíritu a fin de que éste le conceda la inteligencia sobrenatural para poder entenderla y asimilarla interiormente, y le conceda la energía y el consuelo para seguir con decisión sus exigencias. Finalmente, anima a la Iglesia con el premio de la victoria, le promete una participación en la Nueva Jerusalén.

Así consigue que la Iglesia se mantenga en actitud de tensión espiritual, volcada hacia la realización de su meta escatológica.[3]

 

Estas cartas se presentan con un mensaje de “gracia y paz”, que proceden solo de Dios, aludido siempre con una fórmula trinitaria. Este saludo es dirigido a siete iglesias situadas en la región costera occidental del Asia Menor, que son sólo algunas de las comunidades cercanas a Éfeso, pues hay testimonios de otras más en la misma región (Col 1.2; 4.13; Hch 20.5, 17). “Juan se dirige a siete de ellas para expresar el destino universal de su mensaje. Ya aquí encontramos el simbolismo numérico hebreo, en el que la cifra ‘siete’ indica perfección, totalidad y plenitud”. 

“Yo conozco tus obras, tu arduo trabajo y tu paciencia” (2a)

“Éfeso es la iglesia madre de todas estas iglesias. Se trata de una ciudad muy importante; de ella y de la atmosfera que en ella reinaba tenemos un retrato muy vivo en Hch 19, donde se narra la estancia de Pablo en esa ciudad. Se recuerdan en particular el importante culto de la diosa Artemisa y la proliferación de prácticas y escritos mágicos. Según numerosas tradiciones, Juan permaneció allí bastante tiempo ejerciendo en ella su ministerio”.[4] Pablo dirigió una carta a los efesios. El Señor Jesús aparece como “el que tiene en su mano derecha las siete estrellas y pasea en medio de los siete candelabros de oro” (2.1): “…donde está el apóstol, allí está el corazón de la iglesia, y Jesús se coloca en el corazón de la iglesia”.

El Señor testifica que conoce la fatiga, el trabajo arduo, duro (kópos) y la perseverancia (hypomoné) “por no poder soportar a los malvados” (2b), es decir, a cuantos se declaran apóstoles y se presentan como enviados autorizados cuando en realidad no lo son. La comunidad los ha puesto a prueba (cf. I Jn 4.1-6) y ha logrado demostrar su falsedad. Eran los comienzos del pensamiento gnóstico y de la herejía docetista (“el Señor parecía ser humano”), frente a cuantos ofenden el ágape con una fe ideologizada y deforme. También Ignacio de Antioquía (35-110) atestiguó que la iglesia de Éfeso estuvo amenazada por la predicación de misioneros itinerantes gnósticos, pero no recibió su enseñanza. Ireneo (140-202), considerado como el más importante adversario del gnosticismo, recordó que allí Juan se opuso a Cerinto, un importante promotor de esa corriente.[5] De ahí el elocuente reconocimiento del Señor. 

“Pero tengo contra ti que has abandonado tu primer amor” (4)

A esta iglesia el Señor le reprocha abandonar el amor de otro tiempo, del primer tiempo, el primer amor” (Ap 2.4; cf. Jr 2.2), y le pide que se convierta y vuelva a las primeras obras (Ap 2.5: prota érga).

 

Juan constata que el entusiasmo inicial comienza a decaer. El tema del enfriamiento de la caridad es también el tema escatológico por excelencia (cf. Mt 24.12); frente a esta disminución del amor, el juicio del Señor es terrible, durísimo: recuerda, cambia de actitud y vuelve al amor primero, porque ‘si no lo haces, si no te conviertes, vendré a ti y arrancaré tu candelabro de su puesto’ (Ap 2.5). El Señor amenaza con apagar una de las siete lámparas, símbolo de la iglesia, porque esta iglesia no existe, no es tal si no vive radicada en el agape. El agape es la condición de la que depende ser o no ser de la iglesia. Si la iglesia de Éfeso no vuelve a vivir en el régimen del agape, ¡no es una comunidad cristiana! Cristo se ve obligado, paseando por entre los siete candelabros, a apagar su lampara y a decir que ya no existe, porque no tiene el fundamento del amor.[6] 

Pero uno de sus méritos, señalado también por el Señor Jesús es que detestaba las obras de los nicolaítas, a los que también el Señor detestaba (7). Aunque no se sabe con exactitud de quiénes se trataba, es muy probable que coincidieran con quienes reducían la fe y el agape a la ideología y que Juan combatió en su primera carta. En esta iglesia, “el vencedor será aquel que sepa permanecer en la eclesialidad del régimen del agape”. Ellos/as comerán del árbol de la vida, cuyas hojas servían de medicina a las naciones” (Ap 22.2), es decir, “permanecerán eternamente en la vida plena, que se caracteriza sólo por el agape: sin amor, en efecto, sin agape, no hay vida plena ni participación en el árbol de la vida”.[7]

 

Conclusión 

“A Éfeso, pues, la primera iglesia, primera también en la fe, se le exige con fuerza el agape. Por el hecho de presidir a un círculo de iglesias, Éfeso debe presidir en el amor”.[8] La exhortación a recuperar el ímpetu inicial es muy persistente y rebasa, con mucho, el espacio meramente geográfico e histórico de esa ciudad, por lo que se proyecta en el tiempo y se aplica a todas las comunidades que pueden y deben renovar constantemente su fervor y misión al servicio del Señor Jesucristo. Lo dicho a la comunidad cristiana de Éfeso llega hasta nosotros con toda la fuerza con que el Espíritu exhortó a escuchar su recomendación consabida: “El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”, es decir, que lo considere seriamente y lo aplique a su propia realidad, a fin de encontrar el camino firme de la obediencia a los designios del dueño y Señor de la iglesia universal.



[1] Francisco Contreras Molina, “El Apocalipsis cristiano”, en Reseña Bíblica, Estella, Verbo Divino, núm. 7, otoño de 1995, p. 16.

[2] Ibid., pp. 16-17.

[3] Ibid., p. 17.

[4] Enzo Bianchi, El Apocalipsis. Comentario exegético-espiritual. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2009 (Nueva alianza, 211), p. 70.

[5] Ibid., p. 71.

[6] Ibid., pp. 71-72.

[7] Ibid., p. 72.

[8] Ídem.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

  31 de diciembre, 2025 …todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser huma...