jueves, 14 de abril de 2022

Comunión, fe y compromiso: Jesús cena con sus seguidores/as (Mateo 26.17-29), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz


Giampetrino, La última cena (1495/1497)

14 de abril, 2022

Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre. Mateo 26.29, RVC

Entre los discípulos, unos habían huido, otros asistían al suplicio entre las mujeres. Judas, sólo Judas, atestigua a favor de Jesús, a cara descubierta, en voz alta, en la hora del abandono. Solo, sin miedo frente a Caifás, ante el Consejo, atestiguó diciendo: “Poned en libertad al inocente y tomad el dinero”. Respondieron: “Guarda tu bolsa, qué nos importa”. Sí, qué os importa el inocente, jueces… Judas corrió gesticulando al templo. Atestiguó ante nadie que ese hombre era inocente. Lanza del Vasto

 

Trasfondo

“La pasión de Jesús se desarrolla ante todo en medio de la comunidad de discípulos; es allí, en primer lugar, donde es entregado (vv. 21, 23, 24-25) y donde ‘da’ su cuerpo y su sangre” (Jean Radermakers). En efecto, es aleccionador para nuestras comunidades el que este relato de la institución quede enmarcado por la traición de uno de los doce y por el anuncio de las negaciones de Pedro”.[1] Después de la entrada de Jesús a Jerusalén, suele descomponerse el esquema que traemos en la mente sobre los demás sucesos, debido al esquema que califica a cada día nuestro con una palabra: autoridad, controversia, silencio, conceptos completamente ajenos al proyecto de Mateo, quien agrega a su relato situaciones complejas que se acumularon a medida que avanzaban estos días. Los gestos y parábolas de Jesús son colocados en segundo plano con el riesgo de perder la perspectiva abrumadora de lo que el autor incluyó por considerarlo necesario (acciones, parábolas, debates teológicos, discursos apocalípticos…). En el cap. 23, por ejemplo, desenmascara duramente a los letrados y fariseos (vv. 1-36), y se lamenta fuertemente sobre la ciudad como asesina de profetas (vv. 37-39) y sobre su destino (24.1-44) para cerrar con los anuncios escatológicos (25.31-46). Son segmentos discursivos de gran aliento y enorme profundidad. Con el cap. 26 entramos, en la narración de Mateo, a “terreno minado”, puesto que allí da inicio la pasión del Señor propiamente dicha, que abarca tres capítulos densos y dramáticos.

“De cierto les digo, que uno de ustedes me va a traicionar” (26.21b)

Dominada por el anuncio formal de 26.1-2 (“Cuando acabó este discurso, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Como ustedes saben, dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado”), la narración cobra un ritmo frenético y describe cada suceso con firmeza: primero, muestra el arreglo para apresar a Jesús y matarlo (3-5), luego Jesús es ungido en Betania (6-13), Judas lo traiciona (14-16) y, finalmente, se prepara la mesa para la celebración de la Pascua (17-19). La traición misma forma parte de relato de ésta y la acompaña desde su ignominia (20-25) como elemento intrínseco y de ruptura al instante mayúsculo que vendría con la nueva ceremonia realizada por el Señor Jesús. El contraste entre ambos destinos es destacado de forma precisa: “A decir verdad, el Hijo del Hombre sigue su camino, como está escrito acerca de él, ¡pero ay de aquél que lo traiciona! ¡Más le valdría no haber nacido!”. (24). Jesús no tenía alternativa, pero Judas bien pudo haber escogido otro rumbo para su vida.

Por ello este hombre se volvió personaje de novelas de muy alto voltaje, como es Judas (1932; México, Jus, 1998), del franco-italiano Giuseppe Lanza del Vasto (1901-1981), que explora los mundos interiores de una mente atormentada: “Su unión con el profeta nazareno no alivia su insatisfacción y sentimiento de aislamiento, Judas se siente desdeñado y experimenta amor, pero también una profunda envidia, tanto por los dones del maestro, como por su hosca sabiduría”. Y se agrega: “Judas, con sus miedos, su sobrevaluación de la inteligencia y su soberbia resulta, para este escritor en busca de certezas, una imagen reveladora de la deriva espiritual del individuo contemporáneo y del puñado de personajes contradictorios que se agitan en el interior de cada conciencia”.[2] “Jesús va estrechando el circulo de los posibles traidores (v. 21: ‘Uno de vosotros’; v. 23: ‘en la misma fuente’). A la primera denuncia todos reaccionan, excepto Judas. A la segunda se ve forzado a reaccionar. Sin reproche alguno, Jesús identifica al traidor, aunque no necesariamente a los oídos de todos”.[3] Acaso por ello este versículo es “tan hiriente para nuestra sensibilidad moderna”.[4]

“…No volveré a beber de este fruto de la vid…” (26.29)

“La Pascua va a ser celebrada y en consecuencia el Hijo de hombre va a ser entregado (paradídotai: el presente indica que el acontecimiento inminente está ya inscrito en el designio de Dios, antes incluso de que los jefes del pueblo hayan deliberado sobre él). El Cristo mateano toma aquí la dirección de todo el drama que se va a desarrollar, domina la situación y, sin embargo, sus sufrimientos no perderán nada de su realidad humana: es Cristo-Jesús (v. 1) quien va a sufrir”.[5] Este horizonte teológico y literario preside el espíritu del relato de la celebración de la Pascua judía y de su transición al sacramento cristiano que actualiza y aviva el recuerdo de lo sucedido a Jesús antes, durante y después de la cruz. Se trata del establecimiento de un nuevo pacto, de una nueva alianza, largamente atisbada y anunciada por los profetas. ¿Cómo debía realizarse, cuándo y en qué momento se llevaría a cabo en la historia?

 

El relato de la institución, muy cercano al de Marcos, recoge probablemente el texto litúrgico de las comunidades judeo-cristianas. Por este gesto profético, Jesús vive de antemano su propia muerte. Mateo ilumina su sentido cuando añade: “para remisión de los pecados”. Aquí se inscribe además uno de los tres “a partir de ahora” de su evangelio: poco antes de su pasión, Jesús se despidió de los judíos diciéndoles: “A partir de ahora, no me veréis hasta que digáis...” (23.39); aquí se despide de sus discípulos; y delante del Sanedrín declarará: “A partir de ahora, veréis al Hijo del Hombre...” (26.64), ese Hijo del Hombre que se manifestará a los discípulos el día de pascua.[6]

 

Jesús asumió la función del padre de familia en la celebración de la Pascua, pero, a diferencia de él, no expuso la historia de lo sucedido en Egipto, sino que centró el acto en su propia persona. Esta nueva “liturgia” arraigó “en el hecho histórico de los sufrimientos y de la muerte histórica de Jesús de Nazaret”.[7] El elemento totalmente nuevo del v. 26, en relación con la pascua antigua, lo constituyeron las últimas palabras: “Esto es mi cuerpo”. El nuevo pacto se fundamenta en lo sucedido al cuerpo y la sangre de Jesús entregados voluntariamente; sangre “derramada por muchos, para perdón de los pecados” (v. 28). El remate es eminentemente escatológico: “Así, pues, mediante el nuevo banquete, los discípulos quedan asociados al sacrificio (único) de Cristo. […] Lo que interesa al pensamiento evangélico son las obras y las palabras de esta presencia [en comunión con el Señor]. Aquí, la obra realizada en la cruz, palabras de Cristo a sus discípulos y, sólo al fin de los tiempos la presencia, es decir, la parusía manifiesta y sensible en el reino”.[8]

 

 Conclusión

 

Contrapone Jesús “este producto de la vid” y “el nuevo”. Son dos calidades de amor al hombre: el que debería existir en Israel en virtud de la antigua alianza (21.34: el fruto de la viña) y el que corresponde a la alianza de Jesús. A él ya no Ie basta el amor exigido por la primera (22.39: el amor al prójimo como a sí mismo, el derecho y la justicia; cf. ls 5.7). EI amor nuevo es el vino que ha ofrecido en su copa y que los discípulos aún no han bebido; tendrá plena realidad en su muerte, y consiste en el servicio a los hombres hasta dar la vida (20.28).[9]

 

Sentarse a la mesa del Señor es una vivencia espiritual que conecta todos los tiempos: el pasado, con la Pascua antigua del Éxodo, el presente, con el cumplimiento de la promesa del Señor de acompañar siempre a su pueblo, y el futuro, el horizonte final de comunión y compromiso absoluto ante su presencia definitiva y eterna.

 

           Atisbó la cruz lentamente

sus ojos tras la huida

de sus seguidores se posaron

fijamente en el cielo

De ahí venía su destino

agregado al calor de los sucesos

 

Se dibujó en su rostro la desdicha

y el rumor de la vida se deshizo

entre brumas de sueños y anhelos

 

Un huerto esperaba sus pisadas

donde habría un soliloquio desolado

una entrega decidida para siempre

un diálogo profundo en silencio

 

Violencia dosificada

administrada por los poderes criminales

dueños ya de su existencia

regentes de su camino

y la angustia se hizo omnipresente

 

Las palabras surgidas de esos labios

eco fueron de ese sufriente corazón

simultáneo al dolor y la cesura

de afrontar el reverso de la vida

 

Amor torturado

en las mazmorras de la historia

 

(Comunión dolorida)[10]



[1] P. Le Poittevin y Etienne Charpentier, El evangelio según san Mateo. 8ª ed. Estella, Verbo Divino,1987 (Cuadernos bíblicos, 2), p. 62.

[2] Cf. Armando González Torres, “Judas, el apóstol traidor”, en Milenio, 13 de abril de 2019, www.milenio.com/cultura/laberinto/judas-el-apostol-traidor.

[3] J. Mateos y F. Camacho, Evangelio de Mateo. Lectura comentada. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1981, p. 254.

[4] Pierre Bonnard, Mateo. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1976, p. 563.

[5] P. Le Poittevin y E. op. cit., p. 62.

[6] Ídem.

[7] P. Bonnard, op.cit., p. 566.

[8] Ibid., pp. 567, 569.

[9] J. Mateos y F. Camacho, op. cit., pp. 255-256.

[10] L. Cervantes-O., Itinerario cierto. Santiago de Chile, Hebel Ediciones, 2016, pp. 23-24.

sábado, 9 de abril de 2022

Jesús en Jerusalén, anuncio del Reino de Dios (Mateo 21.1-11), Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz


Giotto, Entrada a Jerusalén (1304/1306)

10 de abril, 2022

Cuando Jesús entró en Jerusalén, todos en la ciudad se conmocionaron, y decían: “¿Quién es éste?”. La multitud decía: “Éste es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”.

Mateo 21.10-11, RVC

Trasfondo

Podría decirse que la relación entre Jesús y Jerusalén fue de amor-odio, pues la cercanía del Señor con ella solamente es destacada por el Cuarto Evangelio. En el caso de Marcos y Mateo, Jesús más bien tomaba distancia de ella y únicamente se acercó para culminar su vida y ministerio. Podría decirse que su llegada a la ciudad, tan bien planeada y articulada a fin de producir un “efecto mesiánico inverso”, es decir, que aun cuando practicó una especie de “toma de la ciudad”, estaba muy consciente de los hechos violentos que ocurrirían. El grupo que lo acompañó y la gran escenificación de una especie de “entronización popular” contribuyeron a que la imagen que produjo se sumaría, tarde o temprano, al trágico teatro que se desarrollaría en la última semana de su vida. Parecería que Jesús forzó la situación a fin de acelerar los sucesos que se venían gestando desde que fue visto como una amenaza ideológica y política por los líderes religiosos del pueblo. Las sucesivas advertencias que dio a sus discípulos, comenzando desde el cap. 10, fueron aumentando de intensidad hasta el momento en que sus opositores comenzaron a ponerlo en la mira por causa del servicio que llevó a cabo (12.38).

Ya en el cap. 14 el propio Herodes se enteró de su fama y decidió asesinar a Juan Bautista, para tratar de amedrentar e intimidar a Jesús. Pero el relato de Mateo plantea una suerte de redoblamiento de su actividad, mientras los opositores intentaban probarlo y cuestionarlo (15.1-7), aunque él radicalizó su lenguaje y la crítica a la religión oficial. En el 16, nuevamente le pidieron una señal y él respondió fustigándolos acremente, calificándolos de “generación mala y adúltera” (16.4a), con lo que terminó de ponerlos en su contra y a partir de ahí anunció su intención de ir a Jerusalén. En ese contexto, los anuncios de su destino próximo llegaron a los oídos de sus discípulos, quienes no los comprendieron de la manera que él quería.

“Tu Rey viene a ti, / manso, y sentado sobre una burra” (21.5a)

La narración de este evangelio se centra en el carácter del Mesías que llega y su relación con el Reino de Dios anunciado por Jesús. Él toma la iniciativa para procurarse la cabalgadura siguiendo al pie de la letra el texto de Zacarías 9.9. El texto profético al que alude se compone de Isaías 62.11 y Zacarías 9, citados libremente. Muy apegado a las profecías antiguas, a diferencia de Marcos, Mateo se empeña en conectar la intención de Jesús por entrar a Jerusalén con los textos mencionados, especialmente en segundo, en el que la perspectiva mesiánica es extraordinariamente nacionalista y visualiza la recuperación del poder monárquico para la dinastía de David, algo que reaparece en alguna medida en su texto, pero que no coincide necesariamente con la visión universalista que se estaba gestando en todo el evangelio. El punto de contacto más importante era la humildad con que este rey venía a la ciudad para tomar el poder que merecía: “…no será un rey guerrero ni violento; su cabalgadura, en efecto, no es propia de reyes, sino de gente pobre, aunque fue la de los patriarcas de Israel (Gn 49,11; 22,3; 44,3). Tal es el rey de Israel querido por Dios”.[1]

Jesús mismo [es] quien toma la iniciativa en esta escena; ninguna fuerza externa lo coacciona; el texto sugiere que estos detalles estaban previstos desde siempre en el plan de Dios”.[2] La imagen del rey mesiánico está bien delimitada para hacerla coincidir con las referencias antiguas: “La cita del A.T. es bastante libre; procede probablemente de una colección de textos vetero-testamentarios utilizada en la enseñanza mesiánica de las escuelas judías o de las primeras comunidades cristianas”.[3] Un rey llegando de mamera mansa era la utopía misma prevista por los profetas y otros textos: ciertamente estaría “ceñido de fuerza” para quebrantar a los príncipes injustos, pero, por otra parte no confiaría en el caballo ni en el arco, pues sería poderoso esencialmente por su palabra. La humildad será su atributo principal, por lo que será parte de su imagen como Mesías verdadero: “El hecho de que este rey no monte en un caballo, característica del poder de los impíos (cf. Sal 20.8; Éx 15.1; Sal 147.10), sino un asno, no es solamente ridículo: el asno es la cabalgadura del pobre, pero fue también la de los Padres de Israel (Gn 49.11; 22.3; 44.3)”.[4]

“Éste es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea” (21.11)

La reacción de la multitud es opuesta al simbolismo del animal que monta Jesús: la extensión de los mantos a su paso recuerda cómo se aclamó a Jehú cuando le cedieron el poder (II Reyes 9.4ss). Porque ellos esperan un rey que irá directamente a combatir el yugo romano y eliminarlo, es decir, la interpretación popular de la entrada de Jesús no es triunfal, sino triunfalista. Como sucesor de David, más allá de genealogías, lo vieron como el posible restaurador de la monarquía de Israel, un proyecto ciertamente fallido hacía varios siglos, que las élites de Israel deseaban resucitar y cuyas expectativas compartían con el pueblo pobre. (Porque no hay nada más riesgoso para las mayorías que compartir las esperanzas de las clases dominantes, gracias a la propaganda y a una práctica abusiva del poder político...) Jesús no responde a la aclamación mesiánica (pues la expresión Hosanna significa “Salva desde lo alto”, Salmo 118.25-26) sino hasta que está en el templo, el espacio espiritual por excelencia, aunque también objeto del juicio divino y de la ira profética de Jesús.

“La aclamación de la multitud, como vemos frecuentemente en Mateo, tiene un doble sentido: quizá no es más que una simple excitación mesiánica y, en este caso, la gente no dejaría de fijarse en la singularidad de este atuendo regio; pero puede expresar también la fe del evangelista y su Iglesia. En tal caso, la multitud saluda al rey que entra en Jerusalén para realizar allí el servicio (20.28) doloroso de la cruz”.[5] Este acercamiento a la realidad visible del Reino de Dios podía parecer un espejismo, especialmente por la clara conciencia que Jesús tenía de lo que iba a suceder. Pero eso no le resta peso por el tipo de anuncio tan sonoro de la venida de dicho reino, así fuera debido solamente al fervor popular expresado públicamente. La contradicción entre el sufrimiento próximo del Señor y este acto visible de reconocimiento cobraría importancia con los sucesos posteriores que precedieron al arresto y martirio del Señor. Se trataba de un anuncio conflictivo y paradójico de su obra redentora.

Conclusión

La entrada del Señor a Jerusalén puso frente a frente dos proyectos de existencia histórica sumamente opuestos: por un lado, la creencia popular y triunfalista en un Mesías que vendría a poner fin al sometimiento del pueblo judío, vinculada a una interpretación nacionalista de las profecías antiguas. Y, por el otro, de la posibilidad de recibir, así fuera por unos pocos minutos, la presencia del Reino deseado por Dios, articulado a la amplia obra de redención mediada por su Hijo. Tal como lo resumió el teólogo reformado francés Jacques Ellul (1912-1994):

 

Sin embargo, Dios nunca se desdice de su palabra —Jerusalén es aún Jerusalén, y la ciudad futura de Dios no tiene otro nombre. Jesús como el rey de los judíos sacrificado ante sus puertas. Cristo como el Señor del mundo resucitado en medio de ella, revelan más que el mismo David hasta donde ella es la ciudad del Mesías, el lugar escogido, la ciudad del rey de los judíos y de los paganos. Y porque es todo esto, ella es siempre, por su misma historia, la seguridad de la promesa de que está viniendo una nueva Jerusalén.[6]



Llega Jesús a la ciudad:
la capital del pacto abre sus brazos

para engullirlo

con su sonrisa de pecado

 

Llora por ella mientras cruza
el atrio de su templo luminoso:

ha de morir crucificado

ante la insensatez de sus hermanos

 

Pero entre ellos hay gritos de jolgorio:
el hosanna habita en muchas bocas
donde la esperanza quiso nacer

como anuncio del Reino

que ha de brotar de su cuerpo destrozado

 

No hubo comprensión ni compromiso:
el olvido acribilló aquellas palmas

que se movían a la luz del sol

para convertirlas en instrumentos de tortura

 

Por un instante aquel borrico se detiene:

Jesús recibe en vida

el honor de Ungido que merece

 

Este preludio / anuncio / presentación

del Rey de reyes

a pesar del rumor de sangre que se acercaba
anticipó el fulgor de su venida

la final y definitiva

cuando todas las razas de la tierra
tengan que contemplar su dominio
mientras el afán de juicio se consuma

 

Hoy alegremos nuestras mentes:
Jesús viene a cumplir su cometido

 

Las palmas de los pobres galileos

en relevo de siglos

han llegado a nuestras manos

 

(1984)[7]



[1] J. Mateos y F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1981, p. 208.

[2] Pierre Bonnard, Evangelio según san Mateo. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1976, p. 452.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ibid., p. 453.

[6] Jacques Ellul, La ciudad. Buenos Aires, La Aurora, 1972, p. 144.

[7] L. Cervantes-Ortiz, “Llega Jesús”, en Itinerario cierto. Santiago de Chile, Hebel Ediciones, 2016, pp 15-16, https://issuu.com/hebel.ediciones/docs/2016_itinerario_cierto_-l.c-o.


sábado, 2 de abril de 2022

"Cuaresma sin cuaresma": El plan de redención en la historia de salvación, Pbro. Leopoldo Cervantes-Ortiz

3 de abril, 2022

Como pueden ver, ahora vamos camino a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte. […] Imiten al Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

Mateo 20.18, 28b, RVC 

Trasfondo

C

ada vez que se aborda en la iglesia un tema relacionado con el llamado “plan de salvación” se asume de manera muy positivista que es posible anular o borrar las contradicciones inherentes a fin de volcarnos plenamente a reiterar la manera en que Dios organizó y dirigió los sucesos alrededor de la vida, pasión, muerte en la cruz y resurrección de Jesús de Nazaret, su Hijo y Salvador. Es verdad que, como veremos nuevamente, el propio Señor Jesús tenía muy claro en su mente que la actividad desarrollada para promover y experimentar el Reino de Dios en el mundo le ocasionaría muchos problemas y lo pondría en riesgo de muerte. Pero ello no se puede empatar o complementar de manera tan inmediata con los acontecimientos, tal como se fueron dando en medio de una vorágine de violencia sacrificial que se adueñó del escenario y de la historia contada por los “evangelistas”. El profundo ejercicio espiritual que se propone es equilibrar, hasta donde sea posible el plan divino de redención con la sucesión de hechos de aquella semana fatal, teniendo como eje las afirmaciones previas de Jesús en el evangelio de Mateo, cuya obra sigue, en parte, la narración original de Marcos.

Asimismo, hablaremos de una “cuaresma sin cuaresma”, esto es, de una especie de preparación moral, psicológica y espiritual que, aunque no la designamos con ese nombre en el medio evangélico, constituye una posibilidad real y efectiva de “afinar” el ser y la fe para conmemorar los momentos cruciales de la obra redentora de Dios a través de su Hijo Jesucristo que lo llevó a la cruz y que desembocó en la resurrección como acontecimiento fundador de la fe cristiana. Seguimos aquí la orientación señalada en estas palabras: “Jesús se preparó para su Pasión entrando en un periodo especial de ayuno y oración durante 40 días, solo en el desierto. Allí peleó una batalla espiritual soportando la tentación y el hambre corporal. La Iglesia Global (su Novia) se prepara para la conmemoración anual de su Pasión, muerte y resurrección, ayunando durante los 40 días anteriores al igual que Él lo hizo”.[1] No debe quedar duda de que la “preparación espiritual” es necesaria para renovar la comunión con Dios y seguir adelante en el camino de la fe como personas y como comunidad.

Como se puede apreciar, el énfasis recae en dos conceptos fundamentales que se complementan muy bien, más allá de los 40 días de rigor que nos muestran los textos: preparación y disciplina espiritual. Porque no se trata únicamente de volver a tradiciones religiosas superadas que nos condicionen para participar de mejor manera en los cultos que tenemos por delante, sino más bien de asumir estas fechas con la mejor conciencia cristiana posible, a fin de estar dispuestos/as para alimentar nuestra fe con la Palabra pronunciada en los próximos días. 

“El Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas” (21.18a)

En el pasaje que nos ocupa aparece el tercer anuncio de Jesús de la muerte-resurrección. A diferencia de los dos primeros, en éste se “omite la idea de inevitabilidad (16.21: ‘tiene que’) y de inminencia (17.22: ‘lo van a entregar’). Se añade la condena a muerte, atribuida a los sumos sacerdotes y letrados, y la entrega a los paganos [éthnesin], que tiene un propósito definido: que sea burlado, azotado y crucificado”.[2] ¿Clarividencia, realismo político, profundidad en la visión, certeza teológica? Todo ello reunido en la mentalidad del Jesús presentado por Mateo, que fue capaz de avizorar todo lo que se venía sobre su vida en los siguientes días. El hecho de ir anticipando, de ir preparando la tragedia que se vendría sobre él dota a la narración de un carácter peculiar que se aprecia en el momento mismo que arranca el camino a la ciudad (“Mientras Jesús subía a Jerusalén, en el camino llevó aparte a sus doce discípulos” 20.17), pues marca un ritmo y se constituye en un anuncio formal de la última etapa del relato evangélico. Los vv. 18 y 19 son un resumen cerrado de lo que vendría, con una claridad que no queda más remedio que afirmar como parte de una conciencia mesiánica aderezada con el toque apocalíptico por la forma en que Jesús se refirió a sí mismo: Como pueden ver, ahora vamos camino a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los no judíos, para que se burlen de él y lo azoten, y lo crucifiquen; pero al tercer día resucitará”.

Cada bloque destacado reclama una explicación: primero, el acto de subir a Jerusalén como decisión clara, concreta y provocadora, a sabiendas de todo lo que representaría en términos de la violencia religiosa e imperialista que se volcaría en su contra. Segundo, el Hijo del Hombre, denominación apocalíptica tomada de Ezequiel, Daniel y 1 Enoc (24 veces en todo Mateo), le sirvió para hablar de su persona, y así confluir con la mentalidad dominante en su tiempo. Tercero, la condena a muerte como horizonte inmediato. Y, finalmente, la entrega a los no judíos, la burla, la crucifixión y la afirmación de la resurrección. Todo un paquete salvífico compacto y sin concesiones: “…la victoria de la vida sobre sobre la muerte está asegurada. Jesús habla al Israel mesiánico (‘los Doce’). Quiere hacerles ver que los jefes religiosos de Israel y los doctores de su Ley son los enemigos mortales del Hombre”.[3] 

“El Hijo del Hombre vino… para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (21.18a)

A este anuncio le sigue la petición de la madre de los Zebedeos que, en el contexto del pensamiento apocalíptico, cobra sentido: sentarse en el reino del Señor alrededor suyo (20.21). En ella se concentran varios elementos derivados del anuncio previo: “pasar el trago” que le espera (22) y la asignación de esos lugares privilegiados (23). Ante la reacción indignada de los demás discípulos (24), Jesús daría una lección extraordinaria acerca de la superioridad verdadera (“el que sirve”, 26b-27) relacionada con su propia acción y con la entrega de su vida “en rescate por todos” (28), nuevamente asociada a la figura del Hijo del Hombre. Con lo dicho por el Señor quedaría bien claro el tipo de mesianismo que él encarnó y la disposición que manifestó para avanzar en el camino hacia la cruz y la resurrección. Su proyecto renovador vino a establecer una nueva manera de comprender el poder y el servicio, algo fundamental para afrontar los días posteriores: quien anhelaba la supremacía debía ponerse a disposición para servir, incluso ante el riesgo de perder la vida.

La concepción mesiánica de los discípulos es cuestionada desde la raíz: Jesús los previene contra ella, pues “el dominio y la opresión que ejercen los jefes y grandes del mundo están desterradas de la comunidad mesiánica. La grandeza o la primacía no son consecuencia del dominio, sino del servicio (cf. 18.4). Jesús va a demostrar su realeza dando su vida para liberar a los hombres (28); aquel cuyo servicio se parece más al de Jesús es el que está más cerca de ese rey y ocupa el primer puesto en su comunidad”.[4] Eso mismo se muestra de manera inmediata con el episodio de los dos ciegos (20.29-34). Se trataba, pues, de todo un programa bien articulado de servicio redentor, en total consonancia con la intención salvadora de Dios.

 

Conclusión

“Jesús entra en la fase final de su éxodo. Recorre el itinerario del antiguo pueblo para entrar en la tierra prometida, pero, mientras para éste fue un itinerario de violencia y muerte, para Jesús es un camino de amor que culminará en el don de su propia vida. Su muerte será la entrada en la verdadera tierra prometida, el reino del Padre”.[5] El plan divino de redención, en el marco de la historia de salvación, va a desplegarse en una intensa vorágine en los días próximos en la vida del Señor hasta desembocar en los momentos cruciales de definición de la obra redentora.



[1] Asociación para la Educación Teológica Hispana, www.aeth.org.

[2] Juan Mateos y Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1981, p. 199.

[3] Ídem.

[4] Ibid., pp. 201-202.

[5] Ibid., p. 202.

"Ha puesto eternidad en el corazón de ellos" (Eclesiastés 3.9-15), Pbro. L. Cervantes-Ortiz

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