21 de diciembre, 2025
Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.
Juan 17.5
Introducción
Los niños tienen
una fascinante capacidad para ponernos en apuros. Al enseñarles de la Creación
y mostrarles que Dios ha creado todas las cosas, tarde o temprano tendrán la
pregunta que pone nervioso a cualquier teólogo: ¿Quién creó a Dios? La
respuesta a esta pregunta suele ir desde un simple “Nadie creó a Dios” hasta
intentar explicarle a los niños la Causa Eficiente o el Primer Motor de
Aristóteles. Que, por cierto, es un tema filosófico fascinante, pero no tiene
nada que ver con su pregunta. San Agustín solía bromear con lo difícil que es
este tema y cuando alguien le preguntaba “¿Quién creó a Dios?” o “¿Qué hacía
Dios antes de crear el mundo?”, su respuesta era mirarle a los ojos y decirle
con mucha seriedad: “¡Estaba creando el Infierno para el que haga esas
preguntas!”. Hoy, sin embargo, intentaremos responder a la pregunta, “¿cuál fue
la gloria de Jesús antes de que el mundo fuese?”, preferentemente sin tener ese
destino. Quiero explicar el error que solemos cometer al leer este versículo y
pasajes semejantes como si fueran una línea temporal o nos hablaran de un
pasado remotísimo. Mi objetivo es simple, deseo que no veamos este versículo
como un aburrido Tratado sobre la Formación del Universo. El Evangelio de Juan
no pretende darnos clases de ciencias naturales, ¡está mostrando la
majestuosidad de Jesucristo como dador de vida eterna! Esta no es la historia
de cómo surgió el mundo en el tiempo, es la historia del Conde de Montecristo,
o mejor dicho, la historia del Cristo del Monte de la Condena, de cómo Cristo
se preparó en Getsemaní para su muerte y resurrección, para cumplir el
propósito de que toda la Creación contemple su gloria dando “Nuevas de Gran
Gozo”… ¡Ésta es una historia de Adviento!
I. ¿Qué había antes
del tiempo?
Nosotros estamos
acostumbrados a pensar el tiempo como si fuera una cinta métrica. El momento
del Big Bang o comienzo del universo estaría en el punto 0 y a partir de ahí se
iría desarrollando linealmente hacia el futuro. Eso nos lleva a siempre estar
pensando en un “antes” como un momento previo. Antes de llegar a la iglesia
estábamos en la casa, antes de eso era verano ye estábamos de vacaciones, antes
de eso ocurrió la Segunda Mundial, antes de eso fue el Pleistoceno, antes de
eso se formó la Tierra, antes de eso surge el Sistema Solar, antes de eso se
forma el Universo y antes de eso… ¿qué hay antes del 0 en nuestra cinta?
Stephen Hawking, el científico que predijo la existencia de los Hoyos Negros,
decía que el tiempo no es eterno, es parte del Universo. La palabra “antes” se
refiere a algo que es previo a otra cosa. Antes de las 3 de la tarde son las 2
de la tarde. Pero eso solo tiene sentido si el tiempo ya existe. Pensemos en
una esfera de Navidad. Si vamos viajando hacia el sur y llegamos al Polo Sur de
la esfera, ¿qué hay al sur del Polo Sur? ¡No hay nada! Ya no hay sur. Si
seguimos avanzando en esa dirección iríamos hacia el Norte. Lo mismo pasa con
el Tiempo, el Tiempo no es eterno, nació con el Big Bang. Por lo tanto, así
como no puede haber un sur que esté al sur del Polo Sur, no puede haber un
“antes” que esté antes del tiempo. Lo que aquí llama la atención es que Stephen
Hawking aseguraba que la primera persona en pensar algo así no fue un
científico, sino un cristiano: nuestro amigo San Agustín, quien dijo en su
autobiografía llamada las Confesiones: "Tú Dios creaste el cielo y
la tierra, y esta creación procedió de Ti. Antes de que hicieras el cielo y la
tierra, no había tiempo…”.
Aquí ya tenemos una pista clave para nuestro pasaje. Cuando Jesús dice al Padre: “aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” no se refiere a una gloria pasada, sepultada en el remoto origen del Universo. Y aquí debo decirles algo que más adelante habré de reiterar: No hubo un Tiempo en el cual Dios no fuera Creador, por la sencilla razón de que “antes” de la Creación, ¡no había Tiempo! La gloria que reclama Jesús no es una gloria temporal. Jesús está reclamando su gloria eterna, la que tuvo antes de su humillación, lo que los teólogos llaman kénosis. Jesús no está pidiendo regresar a un pasado remoto, está hablando de algo mucho más importante: su autoridad por sobre todas las cosas. Así que por más interesante que sea especular sobre qué había antes de que Dios creara el mundo, tenemos que dejar esa charla para alguna sobremesa que más adelante pudiéramos tener, ahora vamos a enfocarnos en la Gloria de Dios manifestada en Cristo nuestro Señor. Por lo tanto, cambiemos de enfoque radicalmente, pasemos de la teoría del Tiempo al cuidado de nuestra salud.
II. El peso de la gloria
Dice el texto: “Aquella
gloria que tuve contigo”. Aunque el evangelio está escrito en griego, la
palabra “gloria” tiene un sentido que proviene del Antiguo Testamento. En
hebreo, la palabra que se usa para gloria es kabod y significa
literalmente algo pesado. De hecho, el término “Gloria” aludía a un órgano del
cuerpo, ¡el hígado!, que en hebreo se dice kaved. Es la misma raíz. Y
efectivamente, el hígado es el órgano interno más pesado. Estamos hablando de
que un corazón humano pesa entre 280 y 350 gramos, los riñones entre 125 y 170
cada uno. El hígado ¡ronda el kilo y medio! Es más, el hígado es ligeramente
más pesado que el cerebro, que pesa 1.4 kilogramos aproximadamente. Para que
vean que estudiar la Biblia te lleva a conocer más de anatomía y fisiología. No
es coincidencia que Gloria e hígado tengan la misma raíz en hebreo. En el
Antiguo Testamento no existen palabras abstractas, todo remite a algo tangible.
Por ejemplo, la nariz. Cuando Salmo 103:8 dice que Jehová “es lento para la ira
y grande en misericordia”, el texto hebreo dice realmente: “Jehová tiene
narices largas”. La razón es que ellos pensaban que el enojo era como un vapor
que salía de adentro. Si la nariz era corta o estaba tapada, ¡la persona
explotaba como una olla exprés mal instalada! Pero Dios tiene narices muy
largas y el vapor de su ira no sale de golpe, sino apaciblemente. Al pensar en
la paciencia, ellos pensaban en la nariz. Lo mismo ocurre con gloria, al pensar
en ella, la misma palabra la asociaba con el hígado. ¡Y es bellísimo! Quizá a
muchos de ustedes no les guste el hígado encebollado, pero bíblicamente es un
órgano con mucho peso.
Yo sé que ya pasó el mes de sermones de Levítico, pero es imprescindible que regresemos a ese libro para adentrarnos en lo profundo del Santuario y comprender mejor la Gloria de Dios. ¡Pero hagámoslo con cuidado! No cualquiera debe entrar al Lugar Santísimo, solo les pido que hagan lo que hagan, no toquen el Arca del Pacto, recordemos lo que le pasó al pobre de Uza, cuando creyendo que el arca se caería, se le ocurrió tocarla y el peso del arca, su poder de gloria, lo fulminó. Pasemos por los Atrios donde vemos al pueblo lavarse en la Fuente Central y entremos al Lugar Santo. Ahí están los hijos de Aarón preparando los sacrificios. ¿Les parece si entrevistamos a los sacerdotes para que nos expliquen qué están haciendo? ¡Vengan! ¡Vamos!
Entrevistador: Disculpen
levitas, sabemos que está muy ocupados en este importante sacrificio para todo
el pueblo, pero, ¿les importaría explicarnos cómo están preparando esta
ofrenda?
Sacerdote 1: Shalom. Observen con temor santo. He abierto la
víctima y ahora separo los órganos, el más importante es el hígado (Ha-Kaved).
Este es el órgano más pesado del cuerpo. La Ley nos ordena arrancar el lóbulo
que está sobre el hígado. Porque no se come, se quema en el altar. Al subir el
humo, reconocemos que la parte más densa y sustancial de la vida pertenece
únicamente al Señor.
Entrevistador: Fíjese que
recién vi en la región de Babilonia que los reyes hacen actos de adivinación
para conocer si les irá bien en la guerra. Como dice Ezequiel 21.21: ellos
sacuden saetas, consultan ídolos y miran el hígado buscando el futuro. ¿Por qué
ustedes en vez de usar el hígado como bola de cristal, lo queman?
Sacerdote
2: ¡Abominación! Los paganos buscan el «peso» del destino
en las vísceras de la creación. Nosotros sabemos que solo Jehová dirige el
destino con el peso de su gloria. No leemos el futuro, lo entregamos a Dios. Al
quemar el hígado, confesamos que el destino y la vida no son nuestros sino de
Dios. El humo sube como ofrenda; no bajamos la mirada a la carne para adivinar,
alzamos los ojos al Cielo para desprendernos de nuestro propio peso y confiar
solo en Jehová.
Entrevistador: ¡Muchas gracias!... y qué bonito atuendo.
Como
pudimos ver en esta breve entrevista, el hígado era la parte más importante del
sacrificio, la grasa que lo envuelve era el elixir de la vida, por eso estaba
prohibido comerla ya que la vida solo le pertenece a Dios. Hoy sabemos muchas
más cosas del hígado que nos hacen ver lo maravilloso que es este órgano.
• Es capaz de regenerarse hasta en
un 80%. Literalmente el hígado nos dice como Jesús dijo en Juan 10:18 “Tengo
poder para poner mi vida y para volverla a tomar”.
• El hígado es capaz de realizar
más de 500 funciones vitales simultáneamente. No hay máquina ni computadora que
pueda hacer algo así: produce proteínas, almacena energía, regula hormonas,
coagula la sangre. Como dice Colosenses 1:17 sobre Jesús, sostiene “todas las
cosas” de nuestra fisiología.
• El hígado es capaz de filtrar
aproximadamente 1.5 litros de sangre por minuto. Es nuestro guardián absoluto
contra las toxinas. Esto nos regresa a nuestro pasaje, en Juan 17:17 Jesús dice
“Santifícalos, purifícalos, en tu verdad”. Sí, el cerebro es lo que permite
nuestra conciencia, pensar y sentir, pero para que todo eso se logre
necesitamos un guardián, el Peso Pesado de los órganos internos que trabaja
arduamente para mantener nuestra vida. Podemos decir bíblica y biológicamente,
que el hígado es el órgano más glorioso que tenemos. De ahí que debemos
cuidarlo al máximo. La gloria de Dios en Cristo es, entonces, su peso que
permite que vivamos eternamente, es lo que nos permite regenerarnos y
purificarnos. ¡La gloria de Dios nos mantiene vivos! Nos da la vida eterna: “Y
esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a
Jesucristo, a quien has enviado” (v.3).
III. Del castillo de
if a la roca del rey
Vayamos ahora a la
expresión “antes de que las cosas fuesen”. Ya hemos dicho que no puede ser una
“antes” en el Tiempo porque antes de la Creación no había Tiempo. Jesús en
Getsemaní está hablando de algo más importante: la restitución de su gloria
tras su humillación. Para comprender mejor lo que está pasando les quiero
contar brevemente la historia de Edmundo Dantés, el protagonista de la novela
de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo. Edmundo Dantés es un joven
capitán con un futuro brillante, pero es traicionado, lo despojan de su nombre,
su rango y es hecho prisionero en las oscuras mazmorras del Castillo de If.
Durante catorce años se convierte en el "Prisionero 34". Pero escapa
y se encuentra con un gran tesoro. Regresa a su tierra disfrazado como el Conde
de Montecristo. Se mueve de incógnito entre quienes lo despreciaron.
Finalmente, llega el momento cumbre donde se quita la máscara y se revela que
el aclamado Conde es en realidad aquel reo menospreciado a quien pisotearon
pero que ahora posee la autoridad suprema y tiene en sus manos el destino de
todos. Su gloria oculta finalmente sale a la luz.
Esto
es lo que está pasando en el Evangelio de Juan. Jesús en Getsemaní se encuentra
a punto de ser arrestado y llevado al pretorio tal como el prisionero 34,
Edmundo Dantés, fue encarcelado en el Castillo de If. Jesús está pronto a
encontrarse con la burla de sus enemigos y una Muerte de Cruz. Sin embargo,
Jesús encuentra en lo profundo de su humillación el tesoro de la Gloria de Dios
por la cual resucitará, ascenderá a los cielos y en su retorno juzgará a los
vivos y a los muertos. No es un conde, es un Rey. Por eso cuando Jesús ora a su
padre pidiendo “glorifícame al lado tuyo” está reclamando su autoridad y poder
y cuando dice “desde antes de que las cosas fuesen”, significa su dignidad
suprema frente a todo el mundo. Aquí es donde debemos entender la preposición
“antes” en su contexto bíblico.
El texto utiliza en griego la preposición “pro”, que significa estar delante. Estrictamente hablando esa preposición tiene dos sentidos, funciona temporalmente como un “antes” o funciona como jerarquía, estar “antes” o “delante” indicando mayor autoridad. Como el capitán que va antes de sus soldados. Sin embargo, como nosotros estamos obsesionados con las cintas métricas pensamos ese “antes” solo como un tiempo previo donde el mundo no existía y Dios estaba solo y aburrido. Pero yo quiero decirles algo hermanos. Yo, como muchos de ustedes, no fui padre hasta que nació Azul. Un hijo de nosotros no puede decirnos “Cuéntame cuando eras mi papá antes de que yo naciera”. No es un asunto temporal, es de relación. Nadie mejor que Quino pudo explicarlo mejor. Vean la tira cómica de Mafalda que les han hecho llegar; vemos a la perspicaz niña argentina preguntándole a su mamá:
— Pero… ¿por
qué tengo que hacerlo?
— (Su
mamá le responde) ¡Porque te lo ordeno yo, que soy tu madre!
— (A lo que Mafalda replica) ¡Si es cuestión de títulos yo soy tu hija!... ¡Y nos graduamos el mismo día! ¿O no?
En
lo que compete a nosotros, seres Creados, Dios siempre ha sido nuestro Creador porque
antes de la Creación, simplemente no había Tiempo. Pero desde la eternidad,
antes de que el Tiempo fuese, nuestro Dios ya nos había elegido para su Gloria.
A veces nos imaginamos a Dios en el pasado, solito, sin universo, sin ángeles,
que también son creados, como ya nos lo advirtió el pastor en otro sermón. Nos
imaginamos a Dios sentado en un trono sin nada que hacer. Lo cual también se
refleja en otra caricatura de Quino, aunque no de Mafalda. Ahí vemos a Dios ya
con los ángeles, pero todavía sin haber creado el mundo. Todos los angelitos
están echados en sus nubes aburridísimos y Dios en su trono recargando su
cabeza sobre su puño sin nada que hacer. De pronto, en la viñeta se ve a un
ángel estornudando (“Achú”), y en la siguiente viñeta no pasa nada, la escena
sigue congelada. En la última viñeta aparece la leyenda “5 millones de años
después” y otro ángel responde “¡Salud!”.
¡Es
erróneo pensar que alguna vez Dios estuvo solito, aburrido y ocioso sin nada
que hacer antes de la Creación! Jesús fue muy claro: “Mi padre trabaja y yo
hasta ahora trabajo”. Dios es nuestro Creador y nosotros somos su Creación, es
un vínculo irrompible. ¡Importante!, porque esto va para YouTube y no vayan a
aparecer los cazadores de herejías. No estoy diciendo que la Creación sea
eterna, sino que Dios se ha revelado a nosotros en la historia. Y no hay un
“antes” temporal que valga, porque, ya lo dijimos, el tiempo no es eterno, solo
Dios. ¡Otra advertencia! Tampoco significa que Dios dependa de nosotros, sino
todo lo contrario, significa que, como los bebés recién nacidos, nosotros
dependemos de Dios, nuestro Padre eterno.
Entonces,
¿a qué se refiere Jesús con “antes” de que las cosas fuesen? Como les decía, la
preposición “Pro” no se usaba solo en sentido temporal, de hecho, en el habla
cotidiano era utilizada más en un sentido de jerarquía, de autoridad y poder.
En el campo de batalla, el capitán es el que se ponía delante de los soldados,
en griego se decía “pro”. También por eso se habla de la “proa” del barco. Del
mismo modo, al decir “con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo
fuese” significa, el peso, la autoridad que tenía sobre el mundo, mi autoridad
por encima de todas las cosas. Jesús no está viajando al pasado, está
reclamando su “potestad sobre toda carne” (v. 2), sobre vivos y muertos, sobre
todo el orbe de la Creación que se llenará de la gloria, del peso, del poder de
vida de Dios como las aguas cubren el mar. Jesús no está mirando hacia atrás a
un pasado remoto, está mirando hacia arriba, hacia la gloria del Padre que hoy
cubre y protege nuestra existencia.
Jesús ora así en Getsemaní porque está a punto de ser arrestado, está por ser acorralados por los guardias y ser llevado, no al Castillo de If, sino al pretorio, donde recibirá latigazos, burlas y se le impondrá el castigo de la cruz. Pero eso solo era un momento de humillación, porque tras esa prisión que se endurecerá hasta tener que descender a los mismos infiernos saldrá libre con el tesoro de la vida eterna que repartirá por todo el mundo, adquiriendo de nuevo su gloria. Aquí Jesús sería como Simba de El Rey León, desterrado de su dignidad, olvidado y menospreciado hasta el momento en que reclama su identidad como Rey y lucha contra el Enemigo, Scar para Simba, Satanás y la Muerte para Jesús. Tras la victoria puede pararse ante la roca, esa roca removida, y entonces rugir con estruendo delante de María Magdalena “ve a donde están mis hermanos, y diles de mi parte que subo a mi Padre, ¡diles que he resucitado y he recuperado mi gloria!”.
Conclusión: Gloria a Dios en las alturas
Cuando aquella
noche los pastores vieron en el cielo el coro de ángeles cantando del
nacimiento de Jesucristo en la pequeña Belén, su coro tenía un solo tema:
“Gloria a Dios en las alturas”. La gloria de Dios es lo que le da vida al mundo
y lo que garantiza nuestra vida eterna. Junto con el Padre, Jesucristo reclama
esa gloria de la que tuvo que despojarse para nacer frágil y vulnerable en
aquel pesebre y luego vivir la mayor parte de su vida en algo que suele
llamarse “secreto mesiánico”, lo que significa que Jesús escondió su gloria e
identidad para presentarse como un simple pescador y predicador, curandero acaso.
El mundo lo menospreció, solo sus discípulos y discípulas vieron en él algo que
les atrajo. Los demás le llamaron “glotón”, le recriminaron que fuera amigo de
prostitutas y leprosos. Camino al Calvario los soldados se burlaron de él
mientras lo golpeaban. Sin embargo, aquel preso repudiado por el mundo y
asesinado en la cruz, ¡resucitó de entre los muertos! Y se presentó ante el
mundo como el Glorioso Hijo de Dios. Sólo muy pocos supieron lo que pasaba
aquella noche en Belén y la historia que estaba por comenzar. Esta es la
historia de cómo Jesucristo se humilló a sí mismo hasta la muerte y luego fue
exaltado hasta lo sumo, recuperando toda su gloria eterna con la que nos
protege y nos ama. Esta historia navideña comienza diciendo: “hubo una vez en el
mundo un pesebre, y en ese pesebre algo más grande —y glorioso— que el mundo
entero” (C.S. Lewis).
No hay comentarios:
Publicar un comentario